lunes, 24 de agosto de 2026

Los indomables de Antonio Estrada

Acercarse a la obra de Antonio Estrada después del monumento literario que representa Rescoldo (1961) resulta complicado, en parte porque sus libros son difíciles de conseguir, pero también porque su corpus literario es dolorosamente breve. Para comprender esta escasez, así como la naturaleza fragmentaria de sus obras póstumas, es indispensable abandonar la crítica de escritorio y adentrarse en la sociología literaria: Estrada fue un hombre empujado a los márgenes, limitado no por su talento, sino por una feroz integridad moral, artística y política que le cerró las puertas del canon oficial.

Los indomables es el testimonio vivo e interrumpido de un proyecto literario mayor —el "Tríptico Duranguense"—, que devela tanto la violencia estructural del México rural como el altísimo costo de ser un intelectual disidente en la época dorada del autoritarismo priista.

Antes de juzgar el valor literario de sus textos, debemos dimensionar la figura de Antonio Estrada como intelectual militante. A diferencia de los escritores cooptados por el mecenazgo del Estado revolucionario, Estrada escribió desde la orfandad institucional. Su literatura está indisolublemente ligada a su biografía: hijo de un coronel cristero fusilado en la sierra, periodista perseguido, militante del Sinarquismo (del cual terminó desencantado al percibir sus derivas totalitarias) y activista del movimiento democrático navista en San Luis Potosí.

Esta trayectoria lo convirtió en un paria cultural. El régimen que destruyó su libro-reportaje La grieta en el yugo (1963) era el mismo que dominaba las editoriales y los suplementos culturales. Su marginalidad fue la consecuencia directa de negarse a claudicar frente al sistema. La muerte lo sorprendió de un infarto en 1968, a los cuarenta años, cuando apenas comenzaba a estabilizarse económicamente para dedicarse de lleno a la escritura. Así, Estrada dejó inconclusa una ambiciosa trilogía narrativa sobre la sierra duranguense, compuesta por Rescoldo, La sed junto al río y Los indomables. Su obra es breve porque la auténtica disidencia en México consume la vida misma.

Las páginas de Los indomables ofrecen una experiencia desconcertante, difícil de seguir e inconsistente. En marcado contraste con la impecable arquitectura narrativa de Rescoldo —elogiada por Juan Rulfo como una de las mejores novelas del siglo XX—, la lectura de Los indomables provoca la sensación de estar ante un texto dislocado. Hay brincos en las secuencias, variaciones abruptas en la voz narrativa y aparentes inconsistencias estructurales.

La crítica literaria e historiográfica, respaldada por el trabajo del investigador Antonio Avitia Hernández —quien rescató y compiló estos textos bajo el título de Narrativa Póstuma—, coincide en una premisa fundamental: no estamos leyendo una novela terminada, sino el borrador vivo de un proyecto mutilado por la muerte.

Al fallecer prematuramente, el manuscrito quedó tal como Estrada lo dejó en su mesa de trabajo: un conjunto de pasajes desprovistos de la corrección de estilo, la criba severa y la labor de ensamblaje que el autor aplicaba religiosamente a sus textos antes de la imprenta. La obra es la radiografía de un proceso creativo interrumpido.

Gran parte de la dislocación secuencial que se percibe se debe a un choque de géneros. Estrada no solo era un novelista, sino un observador agudo del tejido social. En Los indomables, combinaba el relato de ficción con la recopilación directa de las tradiciones orales de las etnias de la sierra de Durango (particularmente tepehuanes y coras).

Al no haber alcanzado la etapa de integración narrativa, el texto oscila sin previo aviso entre el cuaderno de campo antropológico y la prosa de ficción. Pese a estos baches de continuidad, el valor de la obra es incalculable en dos frentes clave:

Testimonio etnolingüístico:
La obra constituye un rescate brillante del habla popular serrana. Estrada plasma arcaísmos, indigenismos y giros propios del Mezquital, retratando la cosmogonía indígena con una fidelidad que elude el folclorismo de cartón o la lástima paternalista, tan comunes en la literatura indigenista oficial de su época.
Registro histórico sin maniqueísmos:
El autor dibuja la complejidad social de las guerras de resistencia indígena y los resabios de la "Segunda Cristiada", ofreciendo una mirada polifónica a los conflictos rurales del Durango posrevolucionario.

Más allá de su estado de terminación, Los indomables subraya el tema central que unifica el tríptico duranguense de Estrada: la violencia intrínseca de la cultura rural mexicana.

Estrada nos despoja de cualquier visión romántica del campo. En su narrativa, la violencia no solo emana del Estado opresor o del cacique (aunque son actores fundamentales); la violencia está enraizada en las dinámicas de supervivencia, en la hostilidad de la geografía, en la pobreza extrema, en el despojo de tierras y en el choque cultural entre etnias y mestizos. Es una violencia estructural, atmosférica, de la cual sus personajes, trágica y estoicamente, no pueden escapar.

En conclusión, asomarse a Los indomables es entrar a la "cocina literaria" de uno de los narradores más singulares y menospreciados de nuestras letras. En sus imperfecciones e hilvanes sueltos radica su mayor atractivo: es un espejo astillado que refleja, con absoluta brutalidad, la obra de un genio que el Estado silenció, pero que la literatura se niega a olvidar.

martes, 18 de agosto de 2026

Antonio Estrada Muñoz

El Estado mexicano que se consolida en el siglo XX es la síntesis dialéctica de los pactos cupulares de la «pandilla revolucionaria» y de los escombros de las disidencias aplastadas. En 1929, Plutarco Elías Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR, abuelo del PRI), institucionalizando la llamada "familia revolucionaria". Los caudillos sobrevivientes dejarán de asesinarse entre sí para repartirse el poder pacíficamente mediante la institucionalización del control monopólico político y militar. Ese mismo año, el gobierno aniquiló cualquier proyecto alternativo de nación: aplastó militarmente la Rebelión Escobarista y reprimió con violencia el movimiento civil democrático del Vasconcelismo.

En este contexto, el movimiento cristero, lejos de desaparecer con los Arreglos de 1929, fue mutando la resistencia del campesinado católico frente a la persecución gubernamental y el abandono clerical: transitó de la insurrección armada a un activismo político militante y terminó, en muchos de sus sectores originarios, relegado a una profunda marginalidad.

A partir de la década de 1940, especialmente durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho (quien declaró públicamente: "Soy creyente"), el Estado mexicano y la Iglesia católica llegaron a un acuerdo tácito. En la Constitución, los artículos anticlericales radicales seguían intactos; legalmente, la Iglesia carecía de derechos. Sin embargo, en la práctica, el gobierno hizo la concesión de "hacerse de la vista gorda", permitiendo la educación religiosa privada y el culto abierto. A cambio de esta supervivencia institucional, la jerarquía católica se comprometió a desmovilizar cualquier insurgencia cristera y a legitimar al PRI como partido hegemónico.

La cúpula pactó su comodidad mientras las bases campesinas de regiones como Los Altos de Jalisco, Michoacán y Guanajuato fueron sometidas a una marginalidad deliberada. El Estado retrasó el reparto agrario, desvió la infraestructura y mantuvo un cerco militar que empujó a muchos excombatientes a la pobreza extrema o al exilio migratorio.

Para entender la complejidad de la Cristiada, el caso de San Luis Potosí es fundamental. A diferencia de otros estados donde operaba el Ejército Federal, allí el gobierno delegó el combate al general Saturnino Cedillo, el cacique indiscutible de la región. Cedillo utilizó a sus propias milicias "agraristas" (campesinos a quienes se les había prometido tierra) para combatir a los cristeros. Fue una guerra fratricida: campesinos pobres matando a otros campesinos pobres.

La gran ironía histórica es que Cedillo era profundamente católico. Permitía a sus soldados llevar imágenes de la Virgen de Guadalupe y toleraba el culto clandestino. Su combate no nacía de un odio jacobino, sino de un pragmatismo territorial: no podía permitir que otra fuerza armada desafiara su control. No obstante, el mismo Estado centralista que lo usó para pacificar la región terminó viéndolo como una amenaza. En 1938, Cedillo se levantó en armas defendiendo su autonomía y fue acribillado en la sierra, compartiendo el destino de aniquilación de los líderes cristeros a los que él mismo había combatido.

Esta vocación represiva del Estado tuvo un altísimo costo humano, encarnado a la perfección en la familia Estrada, originaria de Durango. Su trayectoria vital documenta una línea de continuidad histórica innegable en la disidencia católica, comenzando por el coronel Florencio Estrada, un ranchero alegre y valeroso de Huazamota, quien se negó a aceptar los Arreglos de 1929, sentenciando: "Mi compromiso no es con el Estado ni con la Iglesia, es con Nuestro Señor". Así, volvió a tomar las armas en lo que se conoce como la «Segunda Cristiada». Huyó a la sierra del Mezquital con su mujer, Dolores Muñoz, sus cuatro hijos pequeños —entre ellos Antonio, de apenas siete años— y un puñado de hombres. Ya no eran un ejército estructurado, sino irreductibles asediados sin balas ni comida. A su lucha se unieron coras, huicholes, tepehuanes y mexicaneros que peleaban porque el gobierno les había despojado de sus bosques, conformando una alianza campesina-indígena.

El centro moral de esta resistencia fue Dolores Muñoz. Aunque al inicio se resistía a irse a "La Bola", ya que era miembro de una familia caciquil pro gobierno, sobrevivió a la pérdida de una hija por un embarazo mal atendido en la sierra, a los intentos de asesinato de sus propios hermanos (caciques gobiernistas) y a un infarto. Aun así, era ella quien animaba a Florencio a no rendirse.

El desenlace llegó en el verano de 1936. Florencio fue traicionado por un compadre, cercado por federales y por sus cuñados, los Muñoz. Tras ser fusilado y su cuerpo vejado, Dolores huyó a la Ciudad de México, donde mantuvo a sus hijos trabajando como sirvienta y logró ingresarlos al orfanato para cristeros de La Divina Infantita, en Mixcoac.

Aquel niño sobreviviente, Antonio Estrada Muñoz (nacido en 1927), heredó la lucha de su padre, pero comprendió que la resistencia armada había llegado a un callejón sin salida. Cambió el fusil por la pluma y la calle. Tras formarse en el Seminario Conciliar de León y en la Escuela de Periodismo Carlos Septién, se integró a la militancia cívica dentro de la Unión Nacional Sinarquista (UNS).

Sin embargo, su paso por el Sinarquismo no culminó en una obediencia ciega, sino en una profunda decepción moral. Históricamente, el movimiento sinarquista sufrió graves fracturas internas. Antonio Estrada terminó distanciándose y confrontando a los líderes de la cúpula al advertir que el movimiento se estaba desviando hacia actitudes abiertamente fascistas. Estrada, un idealista democrático, rechazó la adopción del modelo totalitario, el falangismo, la intolerancia sectaria y el culto incondicional a la "Jefatura" que los nuevos líderes exigían. Para él, esta radicalización autoritaria traicionaba el espíritu original y legítimo del campesinado católico.

Esta ruptura ideológica explica por qué Estrada decidió abandonar las filas del dogmatismo de ultraderecha para sumar su pluma al movimiento del doctor Salvador Nava en San Luis Potosí entre 1961 y 1962. El Navismo representaba todo lo que la cúpula sinarquista había dejado de ser: una lucha cívica, verdaderamente democrática y antiautoritaria. Como parte de este movimiento contra el brutal cacicazgo de Gonzalo N. Santos, Estrada publicó en 1963 su libro-reportaje La grieta en el yugo. La obra fue confiscada y destruida casi de inmediato por el régimen, desatando una persecución a muerte en su contra.

Su transición ilustra la tragedia del disidente puro en México: atrapado entre dos autoritarismos. Por un lado, se topó con la maquinaria represiva del Estado, que operó en San Luis Potosí como un ensayo general de los eventos de 1968, demostrando décadas antes de Tlatelolco que su vocación violenta aplastaba todo lo que no podía cooptar. Por el otro lado, enfrentó la traición de su propio bando.

Al mismo tiempo que el Estado reprimía las plazas, la jerarquía eclesiástica asestó el golpe final. Consideró a los movimientos populares de base un blanco fácil y les retiró su apoyo, prefiriendo cobijarse bajo el pragmatismo del Partido Acción Nacional (PAN), de perfil urbano y empresarial. Privada de respaldo institucional, y purgada de las voces democráticas como la de Estrada, la base social cristera se fracturó definitivamente. El movimiento de masas se diluyó en un sectarismo radicalizado que dio origen a sociedades secretas de extrema derecha como "El Yunque". La disidencia, aplastada por el gobierno y secuestrada por el fascismo en la sombra, terminó pudriéndose en la marginalidad.

Los estudios sobre la derecha en México del historiador Jean Meyer (quien documenta las purgas y divisiones dentro del Sinarquismo entre la facción democrática y la facción fascista/falangista de Salvador Abascal), así como los trabajos historiográficos sobre el Movimiento Navista en San Luis Potosí, los cuales destacan cómo católicos democráticos y ex-sinarquistas (como Estrada) encontraron en la lucha civil de Salvador Nava el antídoto contra el autoritarismo, tanto del PRI como de la extrema derecha.

Su transición ilustra la mutación del movimiento católico: de la guerrilla rural a la movilización de masas. Sin embargo, se topó con la misma maquinaria intolerante. El Estado reprimió el activismo cívico con la misma saña con la que combatió a los alzados en la sierra. Durante su estadía en San Luis Potosí entre 1961 y 1962, Antonio se sumó al movimiento cívico de Salvador Nava contra el cacique Gonzalo N. Santos. En 1963 publicó su libro-reportaje La grieta en el yunque (confiscado y destruido inmediatamente), lo que le valió una persecución a muerte.

La represión brutal contra estas manifestaciones cívicas operó como un ensayo general de los eventos de 1968. Décadas antes de Tlatelolco, el Estado ya disparaba contra campesinos y militantes en las plazas del Bajío, demostrando que su vocación violenta no distinguía ideologías: aplastaba todo lo que no podía cooptar.

Al mismo tiempo, la jerarquía eclesiástica asestó el golpe final. Consideró al Sinarquismo popular un blanco fácil para la represión y le retiró su apoyo, prefiriendo cobijarse bajo el pragmatismo del Partido Acción Nacional (PAN), de perfil urbano y empresarial. Privada de respaldo institucional, la base social cristera se fracturó. El movimiento de masas se diluyó en un sectarismo radicalizado que dio origen a sociedades secretas de extrema derecha como "El Yunque". La disidencia, aplastada y traicionada, se pudrió en la sombra.

La dolorosa transición de Antonio Estrada destiló en él una vocación literaria excepcional. Años después de su huida, Antonio regresó a la sierra a buscar la tumba de su padre; de esa herida nació su obra cumbre: Rescoldo. Los últimos cristeros (1961).

Cuando el libro se publicó, pasó desapercibido. El tema era un tabú para el régimen priista y el medio literario ignoraba a los autores católicos. Fue Juan Rulfo quien rompió el silencio. Aunque crítico de la "novela cristera" panfletaria, Rulfo quedó deslumbrado con Rescoldo y se convirtió en su principal promotor, afirmando sin titubeos que era "una de las cinco mejores novelas mexicanas del siglo XX". Académicos y críticos (como Jean Meyer, José Luis Martínez y Christopher Domínguez Michael) respaldaron esta visión.

Juan Rulfo vivió el conflicto desde el trauma periférico (su padre fue asesinado en Jalisco). Aborda la Cristiada desde la resaca de la violencia; en su obra, cristeros y federales son figuras espectrales marcadas por la fatalidad. Alcanza la genialidad universalizando la tragedia mediante el mito, transformando el habla rural en una voz atemporal.

Antonio Estrada escribe desde la entraña. Su novela es un testimonio autobiográfico puro, escrito en primera persona por el niño que lo vivió. Su genialidad radica en la crudeza de su realismo y su arraigo geográfico: la Sierra Madre Occidental es un verdugo de piedra y frío, con sus nevadas y su dieta de pinole y gorditas de cuajada, que asedia a los combatientes con alacranes . Estrada alcanza la excelencia literaria a través de la autenticidad sin florituras.

El lenguaje de Estrada también ha sido elogiado por la crítica gracias a su laconismo expresivo y sin juicios de valor moralizantes, pero su genialidad radica en la crudeza de su realismo y su arraigo geográfico. En la literatura de Estrada, descrita por académicos en Texas A&M International University Research, el entorno de la Sierra Madre Occidental de Durango deja de ser un simple decorado y se convierte en un personaje protagónico, un verdugo de piedra y frío que asedia a los combatientes tanto como lo hace el Ejército Federal.

Mientras que Rulfo alcanza la genialidad universalizando la tragedia rural mexicana mediante el mito y la fragmentación temporal, Estrada alcanza la excelencia literaria a través de la autenticidad. Críticos y académicos, como se reseña en la revista Animal Político, coinciden en que la narrativa de Estrada carece de florituras artificiales; es el fluir puro y duro de la vida humana al límite. Antonio Estrada escribe desde la entraña misma del conflicto.

Antonio pagó caro su idealismo. Casado con Dora Maldonado y padre de seis hijos, atravesó graves angustias económicas. Sobrevivió haciendo trabajos de corrección, como velador en una fábrica y empleado de tiendas Elektra. Apenas empezaba a estabilizarse económicamente como editor de una revista de la constructora ICA, cuando la muerte lo alcanzó de un infarto el 7 de abril de 1968. Tenía apenas cuarenta años.

sábado, 15 de agosto de 2026

A un siglo, la Cristiada ayer y hoy

En 2026 se cumplen cien años del inicio de la Guerra Cristera. Aunque por formalismo histórico se la considera una efeméride consumada, ni los agravios ni la vocación violenta de la historia mexicana empezaron en 1926, ni terminaron en 1941. El conflicto entre la Iglesia católica y el Estado laico se venía fraguando desde el siglo XIX, y esa inercia de violencia continúa hasta el presente con apenas breves remansos entre tormentas.

La Cristiada, lejos de ser un simple tema en los libros de texto, es un espejo incómodo de nuestro presente. A un siglo de distancia, México sigue tropezando con la intolerancia autoritaria y violenta de los poderes fácticos. Las verdaderas causas que encendieron la mecha en 1926 permanecen latentes, y la espiral de violencia que la acompañó sigue siendo, trágicamente, una constante no resuelta en nuestra realidad nacional.

La primera aproximación a un tema social complejo como la Cristiada —la más fácil de entender, convincente y emotiva— suele ser la maniquea: el autoritarismo irracional y caprichoso frente a la libertad religiosa de un pueblo noble. Sin embargo, aunque es debatible quién, si acaso, tiene la razón dentro del absurdo, siempre existen razones.

El debate sobre la libertad religiosa y la responsabilidad del Estado me recuerda un caso que presencié en Tennessee a finales del siglo XX. Una niña, de unos diez años, con leucemia, recibía tratamiento en el hospital universitario de la Universidad de Tennessee, Knoxville. El pastor familiar convenció a los padres de suspender el tratamiento, argumentando que la enfermedad era voluntad divina y que interferir era un pecado.

El hospital demandó a los padres para que siguieran atendiéndola y ganó temporalmente. El caso se volvió noticia nacional. Entonces, Jerry Falwell, un influyente teleevangelista, pagó a un equipo de abogados para defender la libertad religiosa de la familia y se suspendió el tratamiento de forma definitiva. Cuando la niña ya agonizaba, la llevaron de nuevo al hospital, pero era demasiado tarde y falleció. Su velorio duró días, pues el pastor les decía a los padres que, si rezaban con suficiente fe, la pequeña resucitaría.

El Estado no solo necesita el monopolio de la fuerza física (policía/ejército), sino también el de la "violencia simbólica". Pensadores como Althusser definen a la escuela como el principal aparato ideológico del Estado. Su función no es solo enseñar a leer o escribir, sino legitimar el orden establecido e inculcar la sumisión a las reglas del Estado, arrebatándole a la Iglesia el poder de dictar lo que es "bueno" o "malo" para la sociedad.

Émile Durkheim argumentó que a medida que las sociedades se modernizan y secularizan, necesitan un nuevo pegamento social. El Estado crea entonces una religión civil (término también explorado por Rousseau y Robert Bellah). Esta religión laica tiene sus propios "santos" (héroes patrios), "días sagrados" (efemérides), "cánticos" (himnos) y "reliquias" (banderas). La escuela es el templo donde se ofician estos rituales cívicos diarios para crear devoción al Estado.

Desde la sociología histórica, Ernest Gellner explica que el Estado moderno y la sociedad industrial requerían ciudadanos estandarizados (con un mismo idioma, valores y lealtades) para funcionar. La educación pública, laica y obligatoria fue la herramienta para crear estas "comunidades imaginadas" (término de Anderson). El Estado no socava a la Iglesia por pura malicia, sino porque no puede permitir que sus ciudadanos tengan una lealtad superior al Papa o a Dios cuando necesita que respondan a la Constitución, paguen impuestos y vayan a la guerra por la República.

El historiador por antonomasia del conflicto cristero es Jean Meyer, a quien prácticamente se le adjudica la aceptación académica e internacional del término "Cristiada". En su monumental obra, Meyer se muestra empático hacia el campesinado cristero, logrando comprender su cosmovisión sin asumir necesariamente una postura apologética de la jerarquía católica. La Cristiada (1973), de Jean Meyer. Es la obra cumbre en tres tomos que documenta el conflicto desde las bases campesinas, respaldando la idea de la "Segunda" como defensa ante el exterminio.

Algunos historiadores critican a Meyer argumentando que su empatía llega a romantizar el movimiento cristero. Desde una visión más crítica de la Iglesia, se argumenta que el campesinado, aunque valiente, fue instrumentalizado por una jerarquía eclesiástica reaccionaria que buscaba mantener sus privilegios feudales, y por terratenientes que se oponían al reparto agrario de la Revolución.

Hay que diferenciar entre las dinámicas de la primera Cristiada (1926-1929) y "La Segunda" (1932-1938). Esta última, más que un levantamiento religioso unificado, fue en gran medida una acción de legítima defensa frente a la traición del Estado. Tras los "Arreglos" de 1929, el gobierno violó sistemáticamente la amnistía pactada, dedicándose a cazar y asesinar a los líderes cristeros desmovilizados, pues el régimen naciente no podía tolerar la existencia de una oposición popular con capacidad de organización y fuerza militar.

Décadas más tarde, esta tragedia rural fue rescatada por el cineasta Matías Meyer (hijo de Jean Meyer) basado en Rescoldo, los últimos cristeros (1961), novela testimonial de Antonio Estrada —hijo de un coronel cristero— para crear un auténtico poema visual que documenta la brutalidad del ejército federal contra los reductos cristeros en Durango.

Aunque la cacería de líderes fue real y documentada, la "Segunda" no fue solo supervivencia. Otros historiadores señalan que también estuvo fuertemente motivada por el rechazo radical a la implementación de la educación socialista de Lázaro Cárdenas. En este periodo, algunos grupos cristeros cometieron actos de terrorismo local, como cortar orejas a maestros rurales o quemar escuelas públicas, lo que complica la narrativa de que fueron víctimas pasivas.

Analizada desde el presente, la historia trágica de esta "Segunda Cristiada" rima dolorosamente con episodios contemporáneos, como el destino de Hipólito Mora y el movimiento de autodefensas en Michoacán. En ambos casos observamos el mismo patrón: ciudadanos rurales que se levantan en armas para defender su vida y sus comunidades, que son posteriormente desarmados bajo promesas oficiales, y que terminan siendo traicionados, criminalizados y acribillados por un Estado —ya sea el régimen autoritario del siglo XX o el narcoestado del siglo XXI— que no tolera la disidencia armada, pero que tampoco garantiza la paz. Por otro lado, aunque la rima poética y la traición estatal son innegables, los contextos estructurales difieren. Los cristeros se enfrentaban a un Estado moderno en consolidación que quería imponer un monopolio ideológico e institucional (exceso de Estado). Por el contrario, las autodefensas de Hipólito Mora surgieron ante un vacío de poder estatal frente al crimen organizado (ausencia o complicidad del Estado).

 

El 29 de junio de 2023, horas después de que Mora y sus escoltas fueran acribillados en una emboscada en La Ruana (Felipe Carrillo Puerto), Michoacán, sus allegados dieron a conocer un último mensaje, donde el fundador de las autodefensas dejaba claro que estaba consciente de que su final era inminente debido a las amenazas y a los atentados previos a los que había sobrevivido. La esencia de su mensaje era un llamado a la resistencia y un reclamo a las autoridades. Las palabras que dejó para la posteridad fueron:

Lo dije en muchas ocasiones, sabía que este día llegaría, lo dije: me voy a morir peleando. Solo no quiero que mi muerte sea en vano.Que los michoacanos, que todos presumimos bravura, seamos valientes una vez y acabemos con este mal que nos tiene en el suelo, que los policías vean que tienen la fuerza para acabar con esto, que el gobierno el que este al momento de mi muerte se fije en los ciudadanos antes que en sus campañas o en sus bolsillos.Yo nunca acepté sobornos ni intimidaciones, luché sin recibir nada a cambio más que el cariño de la gente, los que no me querían eran los chicos malos, yo ya estaré con mi hijo Manolo y le diré a la muerte "donde estabas, por qué me huías tanto".Que mi muerte no sea en vano y tanto mi familia, como mis amigos y mis fieles seguidores hagan lo que tengan que hacer para que la lucha que yo empecé siga siendo por una causa justa para los ciudadanos.Aquí y en el otro mundo soy y seguiré siendo Hipólito Mora.

En su análisis sobre el centenario de la Guerra Cristera, el historiador José Manuel Villalpando define este conflicto como una mancha trágica y vergonzosa en la historia de México. Para él, la guerra fue, en esencia, un choque de fanatismos: por un lado, el radicalismo totalitario y jacobino del gobierno de Plutarco Elías Calles; por el otro, la intransigencia de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Esta severa polarización dejó un saldo devastador de casi 250,000 muertos.

Villalpando aprovecha para desmentir un mito histórico muy común hoy en día: no fue el Estado mexicano el que clausuró los templos y suspendió el culto público. En realidad, fue una orden directa de la propia jerarquía de la Iglesia católica, utilizada como una medida de protesta y rebelión política.

Además, el conflicto estuvo plagado de ironías. Por ejemplo, el ejército cristero contrató como su líder a Enrique Gorostieta, un general de convicciones liberales y masónicas. Como contraparte, el encargado de aniquilarlos por parte del gobierno fue el general Joaquín Amaro, otro masón que, paradójicamente, terminó convirtiéndose en un ferviente católico años después.

El desenlace de la guerra trajo consigo lo que el historiador considera un abandono imperdonable. En 1929, los obispos mexicanos negociaron la paz con el gobierno del presidente Emilio Portes Gil y aceptaron someterse a las leyes del país. Sin embargo, al hacerlo, traicionaron y dejaron a su suerte a los miles de combatientes cristeros que seguían arriesgando la vida en el campo de batalla.

Finalmente, frente a la ligereza con la que a menudo se debate este tema en la actualidad, Villalpando hace un llamado a estudiar el periodo con rigor y recomienda cuatro fuentes fundamentales:

  • La Cristiada, de Jean Meyer (considerada la obra definitiva sobre el tema, dividida en tres tomos). 
  •  Aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929, de Alicia Olivera Sedano (el primer estudio histórico serio sobre el periodo). 
  •  Matar y morir por Cristo Rey, de Fernando M. González. 
  •  Las entrevistas de historia oral de James Wilkie, que recogen testimonios de sobrevivientes cristeros y actores clave de la época, como el propio Portes Gil.