sábado, 15 de agosto de 2026

A un siglo, la Cristiada ayer y hoy

En 2026 se cumplen cien años del inicio de la Guerra Cristera. Aunque por formalismo histórico se la considera una efeméride consumada, ni los agravios ni la vocación violenta de la historia mexicana empezaron en 1926, ni terminaron en 1941. El conflicto entre la Iglesia católica y el Estado laico se venía fraguando desde el siglo XIX, y esa inercia de violencia continúa hasta el presente con apenas breves remansos entre tormentas.

La Cristiada, lejos de ser un simple tema en los libros de texto, es un espejo incómodo de nuestro presente. A un siglo de distancia, México sigue tropezando con la intolerancia autoritaria y violenta de los poderes fácticos. Las verdaderas causas que encendieron la mecha en 1926 permanecen latentes, y la espiral de violencia que la acompañó sigue siendo, trágicamente, una constante no resuelta en nuestra realidad nacional.

La primera aproximación a un tema social complejo como la Cristiada —la más fácil de entender, convincente y emotiva— suele ser la maniquea: el autoritarismo irracional y caprichoso frente a la libertad religiosa de un pueblo noble. Sin embargo, aunque es debatible quién, si acaso, tiene la razón dentro del absurdo, siempre existen razones.

El debate sobre la libertad religiosa y la responsabilidad del Estado me recuerda un caso que presencié en Tennessee a finales del siglo XX. Una niña, de unos diez años, con leucemia, recibía tratamiento en el hospital universitario de la Universidad de Tennessee, Knoxville. El pastor familiar convenció a los padres de suspender el tratamiento, argumentando que la enfermedad era voluntad divina y que interferir era un pecado.

El hospital demandó a los padres para que siguieran atendiéndola y ganó temporalmente. El caso se volvió noticia nacional. Entonces, Jerry Falwell, un influyente teleevangelista, pagó a un equipo de abogados para defender la libertad religiosa de la familia y se suspendió el tratamiento de forma definitiva. Cuando la niña ya agonizaba, la llevaron de nuevo al hospital, pero era demasiado tarde y falleció. Su velorio duró días, pues el pastor les decía a los padres que, si rezaban con suficiente fe, la pequeña resucitaría.

El Estado no solo necesita el monopolio de la fuerza física (policía/ejército), sino también el de la "violencia simbólica". Pensadores como Althusser definen a la escuela como el principal aparato ideológico del Estado. Su función no es solo enseñar a leer o escribir, sino legitimar el orden establecido e inculcar la sumisión a las reglas del Estado, arrebatándole a la Iglesia el poder de dictar lo que es "bueno" o "malo" para la sociedad.

Émile Durkheim argumentó que a medida que las sociedades se modernizan y secularizan, necesitan un nuevo pegamento social. El Estado crea entonces una religión civil (término también explorado por Rousseau y Robert Bellah). Esta religión laica tiene sus propios "santos" (héroes patrios), "días sagrados" (efemérides), "cánticos" (himnos) y "reliquias" (banderas). La escuela es el templo donde se ofician estos rituales cívicos diarios para crear devoción al Estado.

Desde la sociología histórica, Ernest Gellner explica que el Estado moderno y la sociedad industrial requerían ciudadanos estandarizados (con un mismo idioma, valores y lealtades) para funcionar. La educación pública, laica y obligatoria fue la herramienta para crear estas "comunidades imaginadas" (término de Anderson). El Estado no socava a la Iglesia por pura malicia, sino porque no puede permitir que sus ciudadanos tengan una lealtad superior al Papa o a Dios cuando necesita que respondan a la Constitución, paguen impuestos y vayan a la guerra por la República.

El historiador por antonomasia del conflicto cristero es Jean Meyer, a quien prácticamente se le adjudica la aceptación académica e internacional del término "Cristiada". En su monumental obra, Meyer se muestra empático hacia el campesinado cristero, logrando comprender su cosmovisión sin asumir necesariamente una postura apologética de la jerarquía católica. La Cristiada (1973), de Jean Meyer. Es la obra cumbre en tres tomos que documenta el conflicto desde las bases campesinas, respaldando la idea de la "Segunda" como defensa ante el exterminio.

Algunos historiadores critican a Meyer argumentando que su empatía llega a romantizar el movimiento cristero. Desde una visión más crítica de la Iglesia, se argumenta que el campesinado, aunque valiente, fue instrumentalizado por una jerarquía eclesiástica reaccionaria que buscaba mantener sus privilegios feudales, y por terratenientes que se oponían al reparto agrario de la Revolución.

Hay que diferenciar entre las dinámicas de la primera Cristiada (1926-1929) y "La Segunda" (1932-1938). Esta última, más que un levantamiento religioso unificado, fue en gran medida una acción de legítima defensa frente a la traición del Estado. Tras los "Arreglos" de 1929, el gobierno violó sistemáticamente la amnistía pactada, dedicándose a cazar y asesinar a los líderes cristeros desmovilizados, pues el régimen naciente no podía tolerar la existencia de una oposición popular con capacidad de organización y fuerza militar.

Décadas más tarde, esta tragedia rural fue rescatada por el cineasta Matías Meyer (hijo de Jean Meyer) basado en Rescoldo, los últimos cristeros (1961), novela testimonial de Antonio Estrada —hijo de un coronel cristero— para crear un auténtico poema visual que documenta la brutalidad del ejército federal contra los reductos cristeros en Durango.

Aunque la cacería de líderes fue real y documentada, la "Segunda" no fue solo supervivencia. Otros historiadores señalan que también estuvo fuertemente motivada por el rechazo radical a la implementación de la educación socialista de Lázaro Cárdenas. En este periodo, algunos grupos cristeros cometieron actos de terrorismo local, como cortar orejas a maestros rurales o quemar escuelas públicas, lo que complica la narrativa de que fueron víctimas pasivas.

Analizada desde el presente, la historia trágica de esta "Segunda Cristiada" rima dolorosamente con episodios contemporáneos, como el destino de Hipólito Mora y el movimiento de autodefensas en Michoacán. En ambos casos observamos el mismo patrón: ciudadanos rurales que se levantan en armas para defender su vida y sus comunidades, que son posteriormente desarmados bajo promesas oficiales, y que terminan siendo traicionados, criminalizados y acribillados por un Estado —ya sea el régimen autoritario del siglo XX o el narcoestado del siglo XXI— que no tolera la disidencia armada, pero que tampoco garantiza la paz. Por otro lado, aunque la rima poética y la traición estatal son innegables, los contextos estructurales difieren. Los cristeros se enfrentaban a un Estado moderno en consolidación que quería imponer un monopolio ideológico e institucional (exceso de Estado). Por el contrario, las autodefensas de Hipólito Mora surgieron ante un vacío de poder estatal frente al crimen organizado (ausencia o complicidad del Estado).

 

El 29 de junio de 2023, horas después de que Mora y sus escoltas fueran acribillados en una emboscada en La Ruana (Felipe Carrillo Puerto), Michoacán, sus allegados dieron a conocer un último mensaje, donde el fundador de las autodefensas dejaba claro que estaba consciente de que su final era inminente debido a las amenazas y a los atentados previos a los que había sobrevivido. La esencia de su mensaje era un llamado a la resistencia y un reclamo a las autoridades. Las palabras que dejó para la posteridad fueron:

Lo dije en muchas ocasiones, sabía que este día llegaría, lo dije: me voy a morir peleando. Solo no quiero que mi muerte sea en vano.Que los michoacanos, que todos presumimos bravura, seamos valientes una vez y acabemos con este mal que nos tiene en el suelo, que los policías vean que tienen la fuerza para acabar con esto, que el gobierno el que este al momento de mi muerte se fije en los ciudadanos antes que en sus campañas o en sus bolsillos.Yo nunca acepté sobornos ni intimidaciones, luché sin recibir nada a cambio más que el cariño de la gente, los que no me querían eran los chicos malos, yo ya estaré con mi hijo Manolo y le diré a la muerte "donde estabas, por qué me huías tanto".Que mi muerte no sea en vano y tanto mi familia, como mis amigos y mis fieles seguidores hagan lo que tengan que hacer para que la lucha que yo empecé siga siendo por una causa justa para los ciudadanos.Aquí y en el otro mundo soy y seguiré siendo Hipólito Mora.

En su análisis sobre el centenario de la Guerra Cristera, el historiador José Manuel Villalpando define este conflicto como una mancha trágica y vergonzosa en la historia de México. Para él, la guerra fue, en esencia, un choque de fanatismos: por un lado, el radicalismo totalitario y jacobino del gobierno de Plutarco Elías Calles; por el otro, la intransigencia de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Esta severa polarización dejó un saldo devastador de casi 250,000 muertos.

Villalpando aprovecha para desmentir un mito histórico muy común hoy en día: no fue el Estado mexicano el que clausuró los templos y suspendió el culto público. En realidad, fue una orden directa de la propia jerarquía de la Iglesia católica, utilizada como una medida de protesta y rebelión política.

Además, el conflicto estuvo plagado de ironías. Por ejemplo, el ejército cristero contrató como su líder a Enrique Gorostieta, un general de convicciones liberales y masónicas. Como contraparte, el encargado de aniquilarlos por parte del gobierno fue el general Joaquín Amaro, otro masón que, paradójicamente, terminó convirtiéndose en un ferviente católico años después.

El desenlace de la guerra trajo consigo lo que el historiador considera un abandono imperdonable. En 1929, los obispos mexicanos negociaron la paz con el gobierno del presidente Emilio Portes Gil y aceptaron someterse a las leyes del país. Sin embargo, al hacerlo, traicionaron y dejaron a su suerte a los miles de combatientes cristeros que seguían arriesgando la vida en el campo de batalla.

Finalmente, frente a la ligereza con la que a menudo se debate este tema en la actualidad, Villalpando hace un llamado a estudiar el periodo con rigor y recomienda cuatro fuentes fundamentales:

  • La Cristiada, de Jean Meyer (considerada la obra definitiva sobre el tema, dividida en tres tomos). 
  •  Aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929, de Alicia Olivera Sedano (el primer estudio histórico serio sobre el periodo). 
  •  Matar y morir por Cristo Rey, de Fernando M. González. 
  •  Las entrevistas de historia oral de James Wilkie, que recogen testimonios de sobrevivientes cristeros y actores clave de la época, como el propio Portes Gil.