El cine como trinchera
El cine en México es una de las arenas donde el Estado y sus disidentes han disputado la propiedad de la memoria colectiva. Pocas instituciones en el panorama cultural de América Latina encarnan un origen tan radical y una trayectoria tan paradójica como el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), hoy transformado en la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Fundado en 1963 por el intelectual y promotor cultural Manuel González Casanova —quien previamente había promovido la cultura cinéfila nacional mediante la Federación de Cine-Clubes y el legendario ciclo 50 Lecciones de Cine, donde compartieron cátedra figuras de la talla de Gabriel García Márquez, José Revueltas y Manuel Álvarez Bravo—, el CUEC nació con una vocación transformadora: pasar de la contemplación pasiva de la pantalla a la praxis directa del lenguaje audiovisual. Como la escuela de cine más antigua de la región y miembro desde 1972 del CILECT, el CUEC no sólo descentralizó el monopolio del cine industrial de los Estudios Churubusco, sino que erigió un modelo pedagógico donde el estudiante se asumió como un creador crítico.
La prueba de fuego de esta institución se libró en las calles de la Ciudad de México durante el verano de 1968. En ese momento, el CUEC vivió su bautismo político y estético, fijando un precedente que redefiniría la relación entre el Estado autoritario, la vanguardia estudiantil y la construcción de la memoria histórica a través del celuloide.
I. El Bautismo del Fuego: La Génesis de El grito
En julio de 1968, mientras el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) encabezado por Gustavo Díaz Ordaz articulaba la respuesta represiva contra la movilización universitaria, un colectivo de 18 alumnos de primer ingreso y cursos avanzados del CUEC tomó una decisión estética e ideológica sin retorno: empuñar las cámaras Bolex de cuerda de 16 milímetros (equipadas con chasis de 400 pies) y convertir el material vírgil destinado a las prácticas escolares en la trinchera documental del Consejo Nacional de Huelga (CNH).
Filmando de manera clandestina, improvisando soportes —como esconder el lente cinematográfico en el hueco del faro de un Valiant desde la cajuela para registrar la ocupación militar de Ciudad Universitaria—, los estudiantes acumularon más de ocho horas de material fáctico. La gesta tuvo un costo humano directo: tras la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, el montaje no pudo culminarse de inmediato. Leobardo López Arretche, director asignado por el colectivo para estructurar el material, fue aprehendido por las fuerzas del Estado, despojado de parte del equipo y confinado en el Palacio de Lecumberri como preso político. López Arretche sería, de hecho, uno de los últimos dirigentes y realizadores en abandonar las crujías de la "Cárcel Negra".
Entre 1969 y 1970, bajo la guía del propio López Arretche recién liberado, con la producción de José Rovirosa y el montaje de Ramón Aupart, el CUEC dio a luz El grito (120 minutos, blanco y negro). La obra se estructuró prescindiendo de la voz institucional del Estado; en su lugar, incorporó la contundente crónica epistolar de la periodista italiana Oriana Fallaci —herida por proyectiles militares en el edificio Chihuahua— y los manifiestos del CNH, leídos magistralmente por Magda Vizcaíno. Con la música de protesta de Óscar Chávez y las transmisiones intervenidas de Radio UNAM, El grito se erigió como el primer largometraje del CUEC y el único testimonio fílmico concebido desde el corazón mismo del movimiento.
«La edición y el montaje de los fragmentos filmados por esos alumnos constituyen El grito, el testimonio fílmico más importante de dicho movimiento estudiantil; es, además, una película emblemática de la UNAM, porque representa la manera en que la enseñanza crítica se vincula con los movimientos sociales.»
— María del Carmen de Lara, cineasta y exdirectora del CUEC.
Censurado y perseguido durante más de un año por los aparatos de inteligencia gubernamental, el documental tuvo su estreno clandestino en 1971 en el cineclub de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Las copias en 16 mm se multiplicaron y circularon de mano en mano entre comités de lucha universitarios, transformándose en una pieza fundacional del cine militante latinoamericano. Restaurado fotograma a fotograma por la Filmoteca de la UNAM en 2018 (rehabilitando 145 mil cuadros de celuloide), El grito permanece como la contranarrativa definitiva frente a la versión oficial de la prensa vendida y la historiografía del Estado.
II. La Cooptación Echeverrista
La relación entre el CUEC y el Estado mexicano atravesó una mutación profunda tras el sexenio de Díaz Ordaz. La transición hacia el gobierno de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) —quien en 1968, como Secretario de Gobernación, había sido el arquitecto operativo de la represión— planteó una sofisticada estrategia de legitimación política denominada la "Apertura Democrática". Frente a la juventud radicalizada y el surgimiento de la guerrilla urbana, la consigna del régimen echeverrista fue pragmática: coopta e institucionaliza el disenso.
Mediante la estatización de la industria cinematográfica, la creación de corporaciones estatales como CONACINE, CONACITE y el reordenamiento del Banco Nacional Cinematográfico bajo la gestión de Rodolfo Echeverría (hermano del Presidente), el Estado que había enviado tanques a la UNAM abrió de par en par las puertas del presupuesto público a los egresados del CUEC y a la generación del "Nuevo Cine Mexicano" (Jorge Fons, Jaime Humberto Hermosillo, Arturo Ripstein, Felipe Cazals y Paul Leduc). Como sintetizó agudamente el historiador Emilio García Riera, el país presenció un fenómeno inédito: nunca antes una generación de realizadores con formación crítica accedió con tanto financiamiento público a la producción cinematográfica industrial.
En este cruce de caminos se ubica Canoa (1975), dirigida por Felipe Cazals con guion de Tomás Pérez Turrent. Producida por CONACINE I a través del eficiente sistema de cuotas sindicales de la era echeverriista, la película reconstruye el linchamiento real perpetrado el 14 de septiembre de 1968 en San Miguel Canoa, Puebla, donde cinco empleados de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) fueron masacrados por una turba azuzada por el cura párroco del pueblo, quien los acusó falsamente de ser "comunistas" que pretendían izar la bandera rojinegra en el templo local.
El análisis de crítica cinematográfica e historiografía política en torno a Canoa revela una profunda división teórica:
- La alegoría directa del 68: Para un sector de la crítica y para el propio Felipe Cazals, Canoa funcionaba como una feroz metáfora indirecta de Tlatelolco. En el texto filmado, los empleados universitarios encarnan la inocencia y la fragilidad de los estudiantes perseguidos; el cura párroco alude alegóricamente al dogmatismo autoritario de Díaz Ordaz y a los medios serviles; y la turba efervescente retrata a la clase media acrítica que apladio la represión. Desde esta perspectiva, la película era una denuncia audaz que lograba hacer brotar la herida del 68 en las pantallas comerciales.
- El desplazamiento de la culpa y la absolución del Estado: En contraste, la lectura historiográfica más incisiva —sostenida por el crítico Jorge Ayala Blanco, continuada por Carlos Monsiváis y analizada por Israel Rodríguez en El nuevo cine y la revolución congelada— sostiene que Canoa operó, de manera involuntaria o calculada, como un dispositivo ideológico funcional al echeverriismo.
Como argumentaba Ayala Blanco en sus debates cinematográficos, Canoa desplaza el origen de la violencia autoritaria: los culpables visibles de la masacre son el fanatismo religioso del cura, la ignorancia bárbara del pueblo inculto y el cacicazgo rural. El Estado mexicano —el Ejército, la Secretaría de Gobernación, el PRI— no aparece en cuadro como el perpetrador; por el contrario, irrumpe al final del metraje bajo la figura de las fuerzas del orden que llegan a restablecer la paz. El mensaje subliminal permitía al echeverrismo mirarse al espejo y proyectar que la violencia en México no provenía del régimen, sino del atraso cultural y clerical del país. Como sentenció célebremente Carlos Monsiváis: «Canoa es una película donde el PRI se mira al espejo y ve a un cura».
Existe una distinción teórica fundamental entre el poder operativo en Canoa y en Tlatelolco. Mientras que en Canoa se retrata un poder capilar y orgánico (un microfascismo comunitario ejercido mediante el miedo, el fanatismo y el control parroquial, donde la turba actúa de forma horizontal), en Tlatelolco presenciamos la ejecución de un poder estatal soberano y vertical (un crimen de Estado planificado desde la cúpula militar y el Estado Mayor Presidencial). Sin embargo, ambas esferas se retroalimentaron en 1968: el discurso anticomunista emitido desde el micrófono presidencial necesitó del prejuicio orgánico para legitimarse, del mismo modo que el régimen echeverrista utilizó la denuncia del "fanatismo vergonzoso" de Canoa —premiada incluso con el Oso de Plata en el Festival de Berlín— para exhibir una fachada de pluralidad y libertad de expresión ante el mundo.
III. La Cristiada
Para comprender en toda su densidad cómo el cine mexicano ha procesado las tensiones entre la fe, el Estado secular y la rebelión popular, resulta imprescindible abordar la representación de la Guerra Cristera (1926-1929) no como un mero brote de fanatismo local, sino como un tablero geopolítico multidimensional. En este ámbito, la precisión analítica de la crítica e historiografía cinematográfica adquiere una vigencia categórica al examinar obras como De todos modos Juan te llamas (1976), ópera prima de Marcela Fernández Violante —pionera del cine nacional y primera mujer egresada del CUEC—, cuyo guion articula una de las revisiones más desmitificadoras del periodo posrevolucionario.
Frente a la versión maniquea de la historia oficial, la historiografía moderna —encabezada por los estudios de Jean Meyer (La Cristiada) y Lorenzo Meyer (México y Estados Unidos en el conflicto petrolero)— demuestra que el conflicto religioso estuvo indisolublemente ligado a la presión de Washington sobre el régimen de Plutarco Elías Calles. La amenaza de aplicar con rigor el Artículo 27 constitucional a las concesiones petroleras y a la propiedad de nacionales estadounidenses colocó al Estado mexicano al borde de un cerco financiero o militar. Como sostiene Lorenzo Meyer, la llegada del embajador estadounidense Dwight Morrow en 1927 redefinió las prioridades estatales: la diplomacia del petróleo exigió la pacificación inmediata del campo a cambio del reconocimiento y financiamiento al gobierno callista. Para Jean Meyer, este proceso convirtió a la Cristiada en el catalizador donde el régimen posrevolucionario sacrificó su retórica jacobina y antiimperialista en el altar del pragmatismo geopolítico, entendiendo que pacificar el país era la condición indispensable para garantizar la fluidez del crudo hacia el norte, consolidar el monopolio del poder militar y sofocar a las facciones comunistas, agraristas y ultranacionalistas que se oponían a transar con Estados Unidos.
En este marco, De todos modos Juan te llamas se sitúa como un documento sociológico y cinematográfico excepcional sobre la Cristiada, marcando una ruptura radical frente a las producciones comerciales del cine de oro (como Sucedió en Jalisco de Raúl de Anda) o las hagiografías de sesgo puramente confesional. Producida por la UNAM y el CUEC —siendo formalmente el primer largometraje producido por la Máxima Casa de Estudios—, la cinta de Fernández Violante se rodó a partir de noviembre de 1974 en locaciones de Tulancingo, Hidalgo (Huapalcalco, La Cañada y San Antonio Farías), incorporando a los habitantes locales como extras.
Con guion de la propia realizadora en colaboración con Mitl Valdés y Adrián Palomeque, la obra abreva de textos históricos e investigativos prohibidos durante décadas en la historiografía priísta. La sinopsis plantea un retrato despiadado del Bajío de 1927: el general Guinda Guajardo (encarnado por Jorge Russek) es el cacique militar enviado por Calles para ejecutar a sangre y fuego la Ley Calles. Su esposa Beatriz, ultracatólica, muere linchada dentro de un templo en medio de un violento operativo militar durante una misa clandestina, detonando en el general una espiral de represión desalmada.
A través del núcleo familiar del general Guajardo, Fernández Violante radiografía la fragmentación social e ideológica de la época desde sus contradicciones internas: su hija Armanda es enviada a la Ciudad de México para ponerla a salvo de la barbarie del Bajío; su hijo Gabriel abraza la causa de la izquierda comunista en abierta rebelión contra el autoritarismo de su padre; y su sobrino, el coronel Gontrán Bonilla, encarna la figura trágica del militar idealista que, al sostener con ética los principios originales de la Revolución y negarse a solapar los despojos y masacres del ejército, termina siendo asesinado por el propio aparato estatal al que sirve.
De este modo, la película se niega a construir héroes maniqueos: muestra con crudeza cómo cristeros y campesinos —sectores populares pobres y despojados— son empujados a aniquilarse entre sí en los campos de batalla, mientras en la cima política el régimen callista y la alta jerarquía eclesiástica pactan los Arreglos de 1929 con la mediación del embajador estadounidense Dwight Morrow, reabriendo los templos, salvaguardando las inversiones petroleras de Estados Unidos y consolidando el monopolio del poder militar.
Como han señalado críticos de la talla de Jorge Ayala Blanco y Emilio García Riera, el mérito de Fernández Violante radica en exponer las tripas económicas de la guerra. La película muestra con frialdad cómo la cúpula militar utilizó la persecución religiosa como fachada para despojar de tierras a los campesinos y controlar la producción algodonera y petrolera, mientras en la Ciudad de México el régimen callista negociaba con Washington. Fernández Violante captura la fricción ideológica interna: el régimen se proclamaba "socialista", anticlerical y defensor del pueblo, pero en la práctica depuraba e incineraba a los batallones ultranacionalistas o comunistas que criticaban la cesión ante las petroleras de Estados Unidos.
El cierre de De todos modos Juan te llamas (1976) sintetiza con lucidez la postura ideológica y teórica de Marcela Fernández Violante. En las secuencias finales, la cámara encuadra una edición de portada roja y tipografía mecanografiada: el folleto El problema del proletariado en México, texto de formación marxista publicado por Ediciones de Cultura Popular del Partido Comunista Mexicano (PCM), vinculado a la tradición analítica de Vicente Lombardo Toledano, la CROM y la sociología soviética de la época.
Este guiño bibliográfico —que contrasta en el imaginario con la literatura confesional de combate como La persecución religiosa en México de López Beltrán— condensa la tesis medular de la cineasta formada en la UNAM crítica de los años setenta:
La Guerra Cristera no fue en el fondo una contienda teológica sobre la fe o la existencia de Dios, sino un trágico conflicto socioeconómico e instrumental. Mientras la cúpula del Estado posrevolucionario, la alta jerarquía eclesiástica y el gobierno de Estados Unidos negociaban acuerdos petroleros, agrarios y geopolíticos, se envió a matarse entre sí a masas de campesinos y agraristas desposeídos.
Al destacar el documento marxista sobre el dogma religioso, Fernández Violante evidencia que el verdadero drama de 1926 residía en la condición servil del peón: carente de tierra, salario y derechos sindicales. Ya fuera muriendo al grito de «¡Viva Cristo Rey!» o «¡Viva el Supremo Gobierno!», el campesinado fue reducido a simple carne de cañón. Ante el cinismo pragmático del régimen, la consolidación del capital y los pactos de la alta política, la condición de explotación permanecía inalterada: «de todos modos Juan te llamas».
A pesar de haber conquistado la Diosa de Plata a Mejor Ópera Prima, los premios Ariel a Mejor Actor (Jorge Russek) y Mejor Actriz (Rocío Brambila), y de haber cosechado aclamación en festivales como Nueva York y La Habana en 1976, la película enfrentó una censura de facto por parte del Ejército, la Iglesia y los exhibidores comerciales. Tras exhibirse escasamente una semana en salas de cine, fue enlatada durante años. Hoy, restaurada por la Filmoteca de la UNAM, se reconoce como la piedra angular del cine político y feminista universitario en México.
IV. El Legado del CUEC/ENAC
A lo largo de seis décadas de existencia y tras su histórica transición en 2019 a Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) —paso institucional que permitió otorgar el título formal de Licenciatura en Cinematografía con nueve especialidades académicas—, la percepción pública e ideológica sobre el CUEC ha fluctuado entre la admiración por su excelencia técnica y el recelo ante sus posturas críticas.
Para la historiografía del cine latinoamericano, el CUEC ha operado como el modelo pedagógico más generoso y arriesgado de la región: una institución pública donde el estudiante no se limita al consumo teórico, sino que dispone de infraestructura universitaria para producir proyectos de autor con total libertad formal. De sus aulas han egresado las miradas que redefinieron el lenguaje cinematográfico global y nacional:
- Alfonso Cuarón: Ganador de 5 premios Oscar, realizador de obras maestras contemporáneas como Roma y Gravity.
- Emmanuel Lubezki: Fotógrafo galardonado con 3 premios Oscar consecutivos, revolucionario de la luz natural y la plástica cinematográfica.
- Jorge Fons: Autor de obras cruciales sobre la represión urbana y la marginalidad como Los Albañiles y El callejón de los milagros.
- Jaime Humberto Hermosillo: Uno de los primeros egresados de la institución, explorador audaz de la moral de la clase media en La tarea.
- María Novaro: Cineasta fundamental del nuevo mapa femenino con Danzón.
- Marcela Fernández Violante: Primogénita de la institución, primera mujer egresada y voz crítica de la historia oficial.
- Luis Estrada: Heredero de la sátira política incisiva contra el régimen gubernamental en La ley de Herodes y El infierno.
- Nombres indispensables para la plástica audiovisual como Carlos Bolado, Ernesto Contreras, Fernando Eimbcke, Issa López, Julián Hernández, Juan Mora Catlett y Alfredo Joskowicz.
Sin embargo, la percepción ideológica del CUEC en el espectro sociopolítico mexicano conserva una marcada dualidad. Para los sectores conservadores y la burocracia cultural del viejo régimen, el CUEC fue percibido históricamente como un bastión de radicalismo de izquierda, una "incubadora de agitadores" que utilizaba el presupuesto de la UNAM para desestabilizar la imagen del país. En contraste, para la izquierda crítica y la vanguardia documental, el CUEC representa la reserva moral de la imagen en movimiento: la escuela que salió a filmar las calles en 1968 cuando la televisión comercial aplaudía la represión, y la comunidad que ha sabido mantener un cordón umbilical con las demandas sociales de los sectores vulnerables.
En última instancia, el recorrido del CUEC desde la trinchera clandestina de El grito en 1968 hasta su institucionalización en la ENAC demuestra que el cine en México nunca ha sido una manifestación neutra. Entre el dolor fáctico de los estudiantes perseguidos y las complejas alianzas con el financiamiento estatal, las cámaras del CUEC capturaron no sólo los fotogramas de una época, sino las grietas de una nación que continúa debatiéndose entre el mito autoritario y la búsqueda intransigente de la verdad histórica.