martes, 22 de septiembre de 2026

El CUEC, la Revolución Mexicana, y el 68

El cine como trinchera

El cine en México es una de las arenas donde el Estado y sus disidentes han disputado la propiedad de la memoria colectiva. Pocas instituciones en el panorama cultural de América Latina encarnan un origen tan radical y una trayectoria tan paradójica como el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), hoy transformado en la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Fundado en 1963 por el intelectual y promotor cultural Manuel González Casanova —quien previamente había promovido la cultura cinéfila nacional mediante la Federación de Cine-Clubes y el legendario ciclo 50 Lecciones de Cine, donde compartieron cátedra figuras de la talla de Gabriel García Márquez, José Revueltas y Manuel Álvarez Bravo—, el CUEC nació con una vocación transformadora: pasar de la contemplación pasiva de la pantalla a la praxis directa del lenguaje audiovisual. Como la escuela de cine más antigua de la región y miembro desde 1972 del CILECT, el CUEC no sólo descentralizó el monopolio del cine industrial de los Estudios Churubusco, sino que erigió un modelo pedagógico donde el estudiante se asumió como un creador crítico.

La prueba de fuego de esta institución se libró en las calles de la Ciudad de México durante el verano de 1968. En ese momento, el CUEC vivió su bautismo político y estético, fijando un precedente que redefiniría la relación entre el Estado autoritario, la vanguardia estudiantil y la construcción de la memoria histórica a través del celuloide.


I. El Bautismo del Fuego: La Génesis de El grito

En julio de 1968, mientras el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) encabezado por Gustavo Díaz Ordaz articulaba la respuesta represiva contra la movilización universitaria, un colectivo de 18 alumnos de primer ingreso y cursos avanzados del CUEC tomó una decisión estética e ideológica sin retorno: empuñar las cámaras Bolex de cuerda de 16 milímetros (equipadas con chasis de 400 pies) y convertir el material vírgil destinado a las prácticas escolares en la trinchera documental del Consejo Nacional de Huelga (CNH).

Filmando de manera clandestina, improvisando soportes —como esconder el lente cinematográfico en el hueco del faro de un Valiant desde la cajuela para registrar la ocupación militar de Ciudad Universitaria—, los estudiantes acumularon más de ocho horas de material fáctico. La gesta tuvo un costo humano directo: tras la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, el montaje no pudo culminarse de inmediato. Leobardo López Arretche, director asignado por el colectivo para estructurar el material, fue aprehendido por las fuerzas del Estado, despojado de parte del equipo y confinado en el Palacio de Lecumberri como preso político. López Arretche sería, de hecho, uno de los últimos dirigentes y realizadores en abandonar las crujías de la "Cárcel Negra".

Entre 1969 y 1970, bajo la guía del propio López Arretche recién liberado, con la producción de José Rovirosa y el montaje de Ramón Aupart, el CUEC dio a luz El grito (120 minutos, blanco y negro). La obra se estructuró prescindiendo de la voz institucional del Estado; en su lugar, incorporó la contundente crónica epistolar de la periodista italiana Oriana Fallaci —herida por proyectiles militares en el edificio Chihuahua— y los manifiestos del CNH, leídos magistralmente por Magda Vizcaíno. Con la música de protesta de Óscar Chávez y las transmisiones intervenidas de Radio UNAM, El grito se erigió como el primer largometraje del CUEC y el único testimonio fílmico concebido desde el corazón mismo del movimiento.

«La edición y el montaje de los fragmentos filmados por esos alumnos constituyen El grito, el testimonio fílmico más importante de dicho movimiento estudiantil; es, además, una película emblemática de la UNAM, porque representa la manera en que la enseñanza crítica se vincula con los movimientos sociales.»

— María del Carmen de Lara, cineasta y exdirectora del CUEC.

Censurado y perseguido durante más de un año por los aparatos de inteligencia gubernamental, el documental tuvo su estreno clandestino en 1971 en el cineclub de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Las copias en 16 mm se multiplicaron y circularon de mano en mano entre comités de lucha universitarios, transformándose en una pieza fundacional del cine militante latinoamericano. Restaurado fotograma a fotograma por la Filmoteca de la UNAM en 2018 (rehabilitando 145 mil cuadros de celuloide), El grito permanece como la contranarrativa definitiva frente a la versión oficial de la prensa vendida y la historiografía del Estado.


II. La Cooptación Echeverrista

La relación entre el CUEC y el Estado mexicano atravesó una mutación profunda tras el sexenio de Díaz Ordaz. La transición hacia el gobierno de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) —quien en 1968, como Secretario de Gobernación, había sido el arquitecto operativo de la represión— planteó una sofisticada estrategia de legitimación política denominada la "Apertura Democrática". Frente a la juventud radicalizada y el surgimiento de la guerrilla urbana, la consigna del régimen echeverrista fue pragmática: coopta e institucionaliza el disenso.

Mediante la estatización de la industria cinematográfica, la creación de corporaciones estatales como CONACINE, CONACITE y el reordenamiento del Banco Nacional Cinematográfico bajo la gestión de Rodolfo Echeverría (hermano del Presidente), el Estado que había enviado tanques a la UNAM abrió de par en par las puertas del presupuesto público a los egresados del CUEC y a la generación del "Nuevo Cine Mexicano" (Jorge Fons, Jaime Humberto Hermosillo, Arturo Ripstein, Felipe Cazals y Paul Leduc). Como sintetizó agudamente el historiador Emilio García Riera, el país presenció un fenómeno inédito: nunca antes una generación de realizadores con formación crítica accedió con tanto financiamiento público a la producción cinematográfica industrial.

En este cruce de caminos se ubica Canoa (1975), dirigida por Felipe Cazals con guion de Tomás Pérez Turrent. Producida por CONACINE I a través del eficiente sistema de cuotas sindicales de la era echeverriista, la película reconstruye el linchamiento real perpetrado el 14 de septiembre de 1968 en San Miguel Canoa, Puebla, donde cinco empleados de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) fueron masacrados por una turba azuzada por el cura párroco del pueblo, quien los acusó falsamente de ser "comunistas" que pretendían izar la bandera rojinegra en el templo local.

El análisis de crítica cinematográfica e historiografía política en torno a Canoa revela una profunda división teórica:

  • La alegoría directa del 68: Para un sector de la crítica y para el propio Felipe Cazals, Canoa funcionaba como una feroz metáfora indirecta de Tlatelolco. En el texto filmado, los empleados universitarios encarnan la inocencia y la fragilidad de los estudiantes perseguidos; el cura párroco alude alegóricamente al dogmatismo autoritario de Díaz Ordaz y a los medios serviles; y la turba efervescente retrata a la clase media acrítica que apladio la represión. Desde esta perspectiva, la película era una denuncia audaz que lograba hacer brotar la herida del 68 en las pantallas comerciales.
  • El desplazamiento de la culpa y la absolución del Estado: En contraste, la lectura historiográfica más incisiva —sostenida por el crítico Jorge Ayala Blanco, continuada por Carlos Monsiváis y analizada por Israel Rodríguez en El nuevo cine y la revolución congelada— sostiene que Canoa operó, de manera involuntaria o calculada, como un dispositivo ideológico funcional al echeverriismo.

Como argumentaba Ayala Blanco en sus debates cinematográficos, Canoa desplaza el origen de la violencia autoritaria: los culpables visibles de la masacre son el fanatismo religioso del cura, la ignorancia bárbara del pueblo inculto y el cacicazgo rural. El Estado mexicano —el Ejército, la Secretaría de Gobernación, el PRI— no aparece en cuadro como el perpetrador; por el contrario, irrumpe al final del metraje bajo la figura de las fuerzas del orden que llegan a restablecer la paz. El mensaje subliminal permitía al echeverrismo mirarse al espejo y proyectar que la violencia en México no provenía del régimen, sino del atraso cultural y clerical del país. Como sentenció célebremente Carlos Monsiváis: «Canoa es una película donde el PRI se mira al espejo y ve a un cura».

Existe una distinción teórica fundamental entre el poder operativo en Canoa y en Tlatelolco. Mientras que en Canoa se retrata un poder capilar y orgánico (un microfascismo comunitario ejercido mediante el miedo, el fanatismo y el control parroquial, donde la turba actúa de forma horizontal), en Tlatelolco presenciamos la ejecución de un poder estatal soberano y vertical (un crimen de Estado planificado desde la cúpula militar y el Estado Mayor Presidencial). Sin embargo, ambas esferas se retroalimentaron en 1968: el discurso anticomunista emitido desde el micrófono presidencial necesitó del prejuicio orgánico para legitimarse, del mismo modo que el régimen echeverrista utilizó la denuncia del "fanatismo vergonzoso" de Canoa —premiada incluso con el Oso de Plata en el Festival de Berlín— para exhibir una fachada de pluralidad y libertad de expresión ante el mundo.


III. La Cristiada

Para comprender en toda su densidad cómo el cine mexicano ha procesado las tensiones entre la fe, el Estado secular y la rebelión popular, resulta imprescindible abordar la representación de la Guerra Cristera (1926-1929) no como un mero brote de fanatismo local, sino como un tablero geopolítico multidimensional. En este ámbito, la precisión analítica de la crítica e historiografía cinematográfica adquiere una vigencia categórica al examinar obras como De todos modos Juan te llamas (1976), ópera prima de Marcela Fernández Violante —pionera del cine nacional y primera mujer egresada del CUEC—, cuyo guion articula una de las revisiones más desmitificadoras del periodo posrevolucionario.

Frente a la versión maniquea de la historia oficial, la historiografía moderna —encabezada por los estudios de Jean Meyer (La Cristiada) y Lorenzo Meyer (México y Estados Unidos en el conflicto petrolero)— demuestra que el conflicto religioso estuvo indisolublemente ligado a la presión de Washington sobre el régimen de Plutarco Elías Calles. La amenaza de aplicar con rigor el Artículo 27 constitucional a las concesiones petroleras y a la propiedad de nacionales estadounidenses colocó al Estado mexicano al borde de un cerco financiero o militar. Como sostiene Lorenzo Meyer, la llegada del embajador estadounidense Dwight Morrow en 1927 redefinió las prioridades estatales: la diplomacia del petróleo exigió la pacificación inmediata del campo a cambio del reconocimiento y financiamiento al gobierno callista. Para Jean Meyer, este proceso convirtió a la Cristiada en el catalizador donde el régimen posrevolucionario sacrificó su retórica jacobina y antiimperialista en el altar del pragmatismo geopolítico, entendiendo que pacificar el país era la condición indispensable para garantizar la fluidez del crudo hacia el norte, consolidar el monopolio del poder militar y sofocar a las facciones comunistas, agraristas y ultranacionalistas que se oponían a transar con Estados Unidos.

En este marco, De todos modos Juan te llamas se sitúa como un documento sociológico y cinematográfico excepcional sobre la Cristiada, marcando una ruptura radical frente a las producciones comerciales del cine de oro (como Sucedió en Jalisco de Raúl de Anda) o las hagiografías de sesgo puramente confesional. Producida por la UNAM y el CUEC —siendo formalmente el primer largometraje producido por la Máxima Casa de Estudios—, la cinta de Fernández Violante se rodó a partir de noviembre de 1974 en locaciones de Tulancingo, Hidalgo (Huapalcalco, La Cañada y San Antonio Farías), incorporando a los habitantes locales como extras.

Con guion de la propia realizadora en colaboración con Mitl Valdés y Adrián Palomeque, la obra abreva de textos históricos e investigativos prohibidos durante décadas en la historiografía priísta. La sinopsis plantea un retrato despiadado del Bajío de 1927: el general Guinda Guajardo (encarnado por Jorge Russek) es el cacique militar enviado por Calles para ejecutar a sangre y fuego la Ley Calles. Su esposa Beatriz, ultracatólica, muere linchada dentro de un templo en medio de un violento operativo militar durante una misa clandestina, detonando en el general una espiral de represión desalmada.

A través del núcleo familiar del general Guajardo, Fernández Violante radiografía la fragmentación social e ideológica de la época desde sus contradicciones internas: su hija Armanda es enviada a la Ciudad de México para ponerla a salvo de la barbarie del Bajío; su hijo Gabriel abraza la causa de la izquierda comunista en abierta rebelión contra el autoritarismo de su padre; y su sobrino, el coronel Gontrán Bonilla, encarna la figura trágica del militar idealista que, al sostener con ética los principios originales de la Revolución y negarse a solapar los despojos y masacres del ejército, termina siendo asesinado por el propio aparato estatal al que sirve.

De este modo, la película se niega a construir héroes maniqueos: muestra con crudeza cómo cristeros y campesinos —sectores populares pobres y despojados— son empujados a aniquilarse entre sí en los campos de batalla, mientras en la cima política el régimen callista y la alta jerarquía eclesiástica pactan los Arreglos de 1929 con la mediación del embajador estadounidense Dwight Morrow, reabriendo los templos, salvaguardando las inversiones petroleras de Estados Unidos y consolidando el monopolio del poder militar.

Como han señalado críticos de la talla de Jorge Ayala Blanco y Emilio García Riera, el mérito de Fernández Violante radica en exponer las tripas económicas de la guerra. La película muestra con frialdad cómo la cúpula militar utilizó la persecución religiosa como fachada para despojar de tierras a los campesinos y controlar la producción algodonera y petrolera, mientras en la Ciudad de México el régimen callista negociaba con Washington. Fernández Violante captura la fricción ideológica interna: el régimen se proclamaba "socialista", anticlerical y defensor del pueblo, pero en la práctica depuraba e incineraba a los batallones ultranacionalistas o comunistas que criticaban la cesión ante las petroleras de Estados Unidos.

El cierre de De todos modos Juan te llamas (1976) sintetiza con lucidez la postura ideológica y teórica de Marcela Fernández Violante. En las secuencias finales, la cámara encuadra una edición de portada roja y tipografía mecanografiada: el folleto El problema del proletariado en México, texto de formación marxista publicado por Ediciones de Cultura Popular del Partido Comunista Mexicano (PCM), vinculado a la tradición analítica de Vicente Lombardo Toledano, la CROM y la sociología soviética de la época.

Este guiño bibliográfico —que contrasta en el imaginario con la literatura confesional de combate como La persecución religiosa en México de López Beltrán— condensa la tesis medular de la cineasta formada en la UNAM crítica de los años setenta:

La Guerra Cristera no fue en el fondo una contienda teológica sobre la fe o la existencia de Dios, sino un trágico conflicto socioeconómico e instrumental. Mientras la cúpula del Estado posrevolucionario, la alta jerarquía eclesiástica y el gobierno de Estados Unidos negociaban acuerdos petroleros, agrarios y geopolíticos, se envió a matarse entre sí a masas de campesinos y agraristas desposeídos.

Al destacar el documento marxista sobre el dogma religioso, Fernández Violante evidencia que el verdadero drama de 1926 residía en la condición servil del peón: carente de tierra, salario y derechos sindicales. Ya fuera muriendo al grito de «¡Viva Cristo Rey!» o «¡Viva el Supremo Gobierno!», el campesinado fue reducido a simple carne de cañón. Ante el cinismo pragmático del régimen, la consolidación del capital y los pactos de la alta política, la condición de explotación permanecía inalterada: «de todos modos Juan te llamas».

A pesar de haber conquistado la Diosa de Plata a Mejor Ópera Prima, los premios Ariel a Mejor Actor (Jorge Russek) y Mejor Actriz (Rocío Brambila), y de haber cosechado aclamación en festivales como Nueva York y La Habana en 1976, la película enfrentó una censura de facto por parte del Ejército, la Iglesia y los exhibidores comerciales. Tras exhibirse escasamente una semana en salas de cine, fue enlatada durante años. Hoy, restaurada por la Filmoteca de la UNAM, se reconoce como la piedra angular del cine político y feminista universitario en México.


IV. El Legado del CUEC/ENAC

A lo largo de seis décadas de existencia y tras su histórica transición en 2019 a Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) —paso institucional que permitió otorgar el título formal de Licenciatura en Cinematografía con nueve especialidades académicas—, la percepción pública e ideológica sobre el CUEC ha fluctuado entre la admiración por su excelencia técnica y el recelo ante sus posturas críticas.

Para la historiografía del cine latinoamericano, el CUEC ha operado como el modelo pedagógico más generoso y arriesgado de la región: una institución pública donde el estudiante no se limita al consumo teórico, sino que dispone de infraestructura universitaria para producir proyectos de autor con total libertad formal. De sus aulas han egresado las miradas que redefinieron el lenguaje cinematográfico global y nacional:

  • Alfonso Cuarón: Ganador de 5 premios Oscar, realizador de obras maestras contemporáneas como Roma y Gravity.
  • Emmanuel Lubezki: Fotógrafo galardonado con 3 premios Oscar consecutivos, revolucionario de la luz natural y la plástica cinematográfica.
  • Jorge Fons: Autor de obras cruciales sobre la represión urbana y la marginalidad como Los Albañiles y El callejón de los milagros.
  • Jaime Humberto Hermosillo: Uno de los primeros egresados de la institución, explorador audaz de la moral de la clase media en La tarea.
  • María Novaro: Cineasta fundamental del nuevo mapa femenino con Danzón.
  • Marcela Fernández Violante: Primogénita de la institución, primera mujer egresada y voz crítica de la historia oficial.
  • Luis Estrada: Heredero de la sátira política incisiva contra el régimen gubernamental en La ley de Herodes y El infierno.
  • Nombres indispensables para la plástica audiovisual como Carlos Bolado, Ernesto Contreras, Fernando Eimbcke, Issa López, Julián Hernández, Juan Mora Catlett y Alfredo Joskowicz.

Sin embargo, la percepción ideológica del CUEC en el espectro sociopolítico mexicano conserva una marcada dualidad. Para los sectores conservadores y la burocracia cultural del viejo régimen, el CUEC fue percibido históricamente como un bastión de radicalismo de izquierda, una "incubadora de agitadores" que utilizaba el presupuesto de la UNAM para desestabilizar la imagen del país. En contraste, para la izquierda crítica y la vanguardia documental, el CUEC representa la reserva moral de la imagen en movimiento: la escuela que salió a filmar las calles en 1968 cuando la televisión comercial aplaudía la represión, y la comunidad que ha sabido mantener un cordón umbilical con las demandas sociales de los sectores vulnerables.

En última instancia, el recorrido del CUEC desde la trinchera clandestina de El grito en 1968 hasta su institucionalización en la ENAC demuestra que el cine en México nunca ha sido una manifestación neutra. Entre el dolor fáctico de los estudiantes perseguidos y las complejas alianzas con el financiamiento estatal, las cámaras del CUEC capturaron no sólo los fotogramas de una época, sino las grietas de una nación que continúa debatiéndose entre el mito autoritario y la búsqueda intransigente de la verdad histórica.

lunes, 21 de septiembre de 2026

El 68 a través de Luis González de Alba

Una crisis generacional, paranoia y el PRI

El movimiento estudiantil de 1968 en México suele presentarse como el despertar romántico de una juventud reprimida por un régimen monolítico. Sin embargo, el análisis político riguroso exige desentrañar una matriz mucho más compleja. El 68 fue el punto de colisión donde convergieron tres dinámicas históricas: la irrupción global de la generación de los baby boomers, la esclerosis del Partido Revolucionario Institucional (PRI) —incapaz de procesar la menor apertura democratizadora— y la paranoia contrainsurgente de la Guerra Fría que cooptó a la cúpula del poder federal. La trayectoria de Luis González de Alba —delegado del Consejo Nacional de Huelga (CNH), preso en Lecumberri, divulgador científico, activista pionero de la liberación sexual y polemista formidable— se constituye en un hilo narrativo de la historia contemporánea mexicana.

González de Alba no ocupó el vértice superior de las negociaciones políticas del CNH —reservado a figuras como Raúl Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla o Marcelino Perelló—; fue un dirigente de base de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sin embargo, su prosa magistral en Los días y los años y en su obra testamentaria Tlatelolco. Aquella tarde lo convirtió en un cronista incómodo del movimiento al romper con la sacralización victimista del 68 y denunciar la presencia de provocadores, exageraciones y falsedades en la propia memoria de la izquierda. González de Alba pagó el precio de volverse un disidente repudiado, reafirmando su vocación por ir a contracorriente y negar los mitos heroicos.


I. La esclerosis del PRI

El estallido estudiantil de 1968 fue el síntoma de un sistema político que había clausurado sistemáticamente todas las vías de reforma institucional. Dentro del propio PRI, los intentos por democratizar la selección de candidatos y descentralizar las decisiones de la presidencia habían sido reprimidos. El ejemplo más elocuente fue el de Carlos A. Madrazo, quien al asumir la dirigencia nacional del partido (1964-1965) intentó instaurar elecciones internas y romper el monopolio de las cúpulas caciquiles; su experimento democratizador fue abortado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, forzando la renuncia de Madrazo y demostrando que la dictadura perfecta no toleraba disidencias ni en su propio seno.

Cerrada la válvula de escape política, el Estado optó por el garrote militar contra cualquier sector que demandara autonomía. Como atestigua González de Alba en su obra testimonial emblemática, Los días y los años, los estudiantes de 1968 conocían perfectamente los antecedentes de la violencia gubernamental contra médicos, ferrocarrileros y campesinos:

«Otro dirigente ferrocarrilero, Valentín Campa, también se encontraba encarcelado a causa de la huelga de 1958. En 1965 había sido aprehendido el periodista Víctor Rico Galán y su grupo; el movimiento de los médicos había terminado con ceses y detenciones, algunos médicos seguían en la cárcel; en 1967 se inició, de manera sistemática, la aprehensión de dirigentes estudiantiles... En los últimos años la tropa había entrado en las universidades de Michoacán, Puebla, Sonora, Tabasco; habíamos visto aplastar con el ejército demandas estudiantiles y populares... Y más atrás, la huelga de los médicos, contra la que se usaron los más sucios recursos, desde el sentimentalismo populachero para pedir a los médicos que se comportaran como los abnegados y bondadosos apóstoles que deben ser, y no simples mercantilistas.»

El régimen había desarticulado el tejido social hasta convertir a los sindicatos y gremios en «meros resonadores de sus propias alabanzas». Frente a la juventud universitaria que rechazaba el vasallaje, el Estado aplicó la misma fórmula represiva que había perfeccionado contra los trabajadores.


II. La sombra del "cerebro comunista"

El conflicto generacional de los baby boomers resonaba en las calles de París con el Mayo Francés y, en Europa Oriental, con la Primavera de Praga. La élite gobernante mexicana leyó las demandas libertarias a través del prisma distorsionado del anticomunismo de la Guerra Fría. Documentos desclasificados del Security Archive y de agencias de inteligencia estadounidenses confirmaron que tanto el presidente Gustavo Díaz Ordaz como su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, eran informantes de alto nivel de la CIA, identificados bajo los criptónimos LITEMPO-2 y LITEMPO-8, respectivamente, en la red dirigida por el jefe de estación Winston Scott.

Esta subordinación ideológica alimentó la paranoia oficial: el movimiento estudiantil no podía ser una expresión genuina de descontento urbano, sino una «conjura soviético-cubana» diseñada para sabotear los Juegos Olímpicos de octubre. En su afán por justificar la existencia de una mente maestra detrás de las brigadas, el régimen fijó la mirada en figuras intelectuales como el escritor José Revueltas. A sus 54 años, autor de Los días terrenales y militante marxista crítico, Revueltas encarnaba para el gobierno al "cerebro comunista" que manipulaba a los jóvenes desde la Facultad de Filosofía y Letras.

Sin embargo, la realidad de las calles era operada por una camada universitaria de jóvenes inquietos e idealistas. Entre ellos destacaba Eduardo Valle Espinoza, apodado «El Búho». Estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM, de apenas 21 años y originario del barrio de La Merced, Valle se convirtió en uno de los estrategas más perspicaces del CNH. Su apodo derivaba tanto de sus prominentes anteojos con lentes de grueso calibre como de su perfil marcadamente noctámbulo: era quien permanecía en los pisos universitarios hasta las 3 o 4 de la mañana redactando manifiestos, corrigiendo volantes y manteniendo en la memoria cada acuerdo de asamblea. Mientras la paranoia gubernamental buscaba conspiraciones internacionales, jóvenes como «El Búho» y González de Alba articulaban el reclamo juvenil por una apertura democrática.

González de Alba retrata con agudeza en Los días y los años cómo el Ejecutivo y el Poder Judicial construyeron un libreto paranoico:

«Díaz Ordaz, investido de todos sus atributos y con la banda presidencial cruzada en el pecho, hizo saber ante el gobierno en pleno, los altos jefes militares y la nación que lo escuchaba, que los disturbios de "la llamada Revolución de Mayo", en Francia, no se habían iniciado por casualidad cuando todo el mundo estaba atento a las pláticas Vietnam-Washington; y que la proximidad de los Juegos Olímpicos convertía a México en blanco favorito para los mismos agitadores... El mismo análisis fue presentado, al poco tiempo, por el Ministerio Público para dejar "probado" a todas luces que existía una conjura internacional de la que nosotros formábamos parte.»

III. Provocaciones, delación y montajes

Para desarticular la protesta, el aparato estatal desplegó una estrategia compleja de contrainsurgencia, penetración con agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la instrumentalización de dirigentes radicales. La historiografía y las revisiones documentales del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico (MEH) diferencian tres niveles en el fenómeno de la infiltración:

1. El agente orgánico e infiltrado desde el origen: El caso emblemático es Áyax Segura Garrido, representante de la Vocacional 7 del IPN e hijo del antiguo jefe de la Policía del D.F. Pese a haber sido consignado formalmente a Lecumberri tras el 2 de octubre para simular su militancia, los expedientes desclasificados de la Galería 1 del Archivo General de la Nación (AGN) —cuya versión pública de 155 fojas (expediente 100-10-1) fue ordenada por el INAI en 2015— confirmaron que Segura era un informante activo de la DFS que firmaba partes policíacos al calce junto a mandos represivos como Luis de la Barreda Moreno. Cuadros del CNH como Eduardo Valle «El Búho», Luis Tomás Cabeza de Vaca y González de Alba denunciaron oportunamente cómo Áyax entregaba la ubicación exacta de brigadas y casas de seguridad.

2. El dirigente provocador y detenido-informante: La trayectoria de Sócrates Amado Campos Lemus, delegado de Economía del IPN, responde a un perfil distinto que suele confundirse con el de un agente estadounidense. González de Alba —en sus análisis posteriores en Nexos, Letras Libres y sus colaboraciones periodísticas— rechazó la hipótesis conspirativa de que Sócrates fuera un agente de la CIA contratado con sueldo antes del 68, considerando esa idea como una fantasía consuelo de la izquierda para no aceptar que el movimiento albergó porros, mitómanos y aventureros en sus propias filas. Para Luis, Sócrates fue un "fanfarrón desbocado" y un provocador que encabezó la facción ultrarradical del IPN impulsando propuestas irresponsables —marchar a la Cámara de Diputados, decretar huelga indefinida o instalar el plantón en el Zócalo el 27 de agosto— diseñadas para empujar al movimiento al despeñadero. Como documentó «El Búho» en Escritos sobre el movimiento de 1968 (1983) e Historias de la rebelión por la democracia (2008), Sócrates buscaba provocar la represión para capitalizarla políticamente.

Las investigaciones del MEH y de Sergio Aguayo ratifican que no existe ficha de Sócrates como agente reclutado previo al 68. Sin embargo, tras ser capturado el 2 de octubre, se quebró en el Campo Militar Número 1 bajo tortura e intimidaciones contra su familia, convirtiéndose en un detenido-informante bajo custodia que leyó declaraciones prefabricadas acusando al CNH de poseer armas y señalando a sus compañeros cara a cara. La prueba definitiva de su capitulación la publicó Arturo Ortiz Marbán en A 50 del 68: prisión y otras vivencias: una carta del 23 de enero de 1969 enviada a Díaz Ordaz desde Lecumberri, firmada por Sócrates, ofreciendo organizar «un público acto de desagravio y solidaridad» con el Presidente.

3. El montaje político de la DFS: Apenas cinco días después de Tlatelolco, el 7 y 8 de octubre de 1968, la escritora Elena Garro —retenida e incomunicada por agentes estatales— ofreció una famosa conferencia de prensa donde aseguró que Sócrates Campos Lemus y el exdirigente del PRI, Carlos A. Madrazo conspiraba junto con otros para derrocar a Díaz Ordaz. Aquella declaración no revelaba una alianza real, sino un sofisticado montaje orquestado por la DFS para usar a Garro y a Sócrates como chivos expiatorios, vinculando al movimiento estudiantil con Madrazo para incriminarlo en subversión y destruirlo políticamente antes de su trágica muerte en el sospechoso accidente aéreo de 1969.

González de Alba registró en Los días y los años la indignación que provocó la conducta de estos cuadros:

«El tiempo dejó probado que no era cierto: ningún miembro del Consejo conocía de antemano el resultado final, pero al mismo tiempo comprobó también que sí hubo un delegado deshonesto, Áyax Segura, sin lugar a dudas. Todavía ahora no alcanzamos a explicarnos las increíbles declaraciones de Sócrates... ¡Las que hizo después del 2 de octubre!... Es lo más deshonesto que hay y yo lo llamo traición.»

IV. Las dos cadenas de mando

Un punto de inflexión decisivo en el testimonio de González de Alba es su impugnación frontal a la tesis del "operativo militar perfecto". Cronistas e intelectuales emblemáticos, como Carlos Monsiváis y Julio Scherer García, sostuvieron en sus textos que los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco demostraban la «perfecta sincronización de las fuerzas represivas» del Estado. Sin embargo, González de Alba, quien vivió la balacera retenido en el tercer piso del edificio Chihuahua, sostuvo exactamente lo contrario: Tlatelolco evidenció una absoluta desorganización, la falta de un mando unificado y una confusión sangrienta entre los agresores de civil y la tropa regular.

Los hechos históricos confirman la lectura de González de Alba sobre la existencia de dos cadenas de mando paralelas en las Fuerzas Armadas. La versión oficial justificó la masacre afirmando que los estudiantes habían abatido a un alto mando al ingresar a la plaza. El militar herido fue el general brigadier José Hernández Toledo (comandante del Batallón de Fusileros Paracaidistas), quien entró con un megáfono desarmado pidiendo disolver el mitin y recibió un impacto a las 18:15 horas. La pericial sobre los archivos del Secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, demostró que la bala que hirió a Hernández Toledo tuvo una trayectoria descendente: vino de las alturas de los edificios, no de la multitud.

¿Quiénes disparaban desde lo alto? Los francotiradores del Estado Mayor Presidencial (EMP), al mando del coronel Carlos Humberto Bermúdez Dávila, y los efectivos del Batallón Olimpia, bajo las órdenes del coronel Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle. Un cable desclasificado de la Defense Intelligence Agency (DIA) de Estados Unidos, fechado el 4 de octubre de 1968, confirmó que el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del EMP y hombre de confianza de Díaz Ordaz, operó una cadena de mando paralela que saboteó las órdenes de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Mientras García Barragán había diseñado la Operación Galeana para rodear la plaza y arrestar a los líderes sin abrir fuego, Gutiérrez Oropeza apostó francotiradores en los edificios Chihuahua, ISSSTE y 15 de Septiembre con la orden deliberada de disparar contra la multitud y contra las tropas del propio Ejército regular. Esta provocación desató el pánico: los soldados de verde creyeron que los estudiantes los atacaban desde arriba y respondieron con fuego masivo hacia el edificio Chihuahua. González de Alba presenció el desconcierto de los miembros del Batallón Olimpia (identificados por sus guantes o pañuelos blancos en la mano izquierda), quienes al ver que la tropa regular les respondía el fuego, se tiraron aterrorizados al suelo del balcón gritando desesperadamente hacia la plaza: «¡Batallón Olimpia, no disparen!». Aquellos soldados de civil no esperaban la respuesta del ejército porque creían formar parte de un operativo coordinado por la SEDENA, ignorando que la cúpula política había creado un fuego cruzado a ciegas.

González de Alba inmortalizó en Los días y los años y reiteró en Tlatelolco. Aquella tarde la vivencia directa de esa trampa:

«De uno de los helicópteros cayó una bengala verde... Cayó otra bengala, ésta era roja... A mi lado Sócrates tenía el micrófono: ¡No corran, compañeros! ¡Es una provocación!… Los francotiradores de guante blanco y ropa civil, primeros en disparar, cayeron en pánico, desconcertados por el hecho de que el ejército les respondiera el fuego. Desde el suelo entendí el grito: ¡Batallón Olimpia, no disparen!... Les gritaban al ejército que no les dispararan.»

V. La crujía de Lecumberri

Tras la razzia de Tlatelolco, el Palacio de Lecumberri se convirtió en la caja de resonancia del movimiento. En las crujías de la "Cárcel Negra", coincidirían las dos generaciones del descontento: la madurez teórica de José Revueltas y la militancia juvenil de Eduardo Valle «El Búho» y Luis González de Alba. Entre 1968 y 1971, Revueltas entabló un discipulado entrañable con «El Búho», a quien llamaba cariñosamente «Búhito», siendo Valle quien se encargaba de esconder y sacar de prisión los manuscritos de la novela El apando.

En el universo testimonial y personal de González de Alba, el apellido Escudero ocupa un lugar fascinante que requiere ser desglosado para evitar las confusiones habituales que genera el uso directo de apellidos en sus escritos:

1. El brigadista de Filosofía en Los días y los años: Durante los mítines en la UNAM previos a octubre de 1968, González de Alba menciona a "Escudero" como un compañero militante de su propia facultad, orador de base y brigadista que participaba en el boteo y las asambleas.

2. El maestro de hebreo en Lecumberri: Durante su encierro en la Crujía C, González de Alba entabló relación con un preso veterano de origen judío de apellido Escudero. Fue este personaje quien le obsequió un volumen de los Salmos en hebreo y español para mitigar el hastío de la celda. Aquel gesto fortuito detonó en Luis una pasión vitalicia por la lengua hebrea, la cultura judía y la historia del Estado de Israel.

3. Carlos Escudero, el compañero de vida: Totalmente ajeno a los sucesos de 1968 y mucho más joven que el escritor, Carlos Escudero fue un bailarín y profesor de danza que se convirtió en la pareja sentimental de González de Alba durante más de tres décadas, desde finales de los años setenta hasta la muerte del autor en 2016. Representó su refugio doméstico y su verdadero núcleo familiar frente a las encendidas tempestades políticas y literarias. Fue Carlos Escudero quien halló el cuerpo sin vida de Luis tras su suicidio y quien resguardó su archivo personal.

Por su parte, Eduardo Valle «El Búho» continuó una relevante trayectoria tras salir de prisión. En 1983 publicó Escritos sobre el movimiento de 1968, donde asentó de manera pionera las acusaciones contra los provocadores. Más tarde, tras investigar las redes del narcotráfico como asesor en la PGR, publicó El Segundo Disparo: la narcodemocracia mexicana (1995), obra que le valió el exilio. Finalmente, en 2008 dio a conocer El año de la rebelión por la democracia (Océano), sacando a la luz los anexos documentales del expediente 114/2004-1 por genocidio contra la cúpula echeverrista.


VI. La querella con Poniatowska

El distanciamiento entre González de Alba y la intelectualidad de izquierda se cristalizó de manera dramática en su acérrima disputa con Elena Poniatowska. La publicación en 1971 de La noche de Tlatelolco convirtió a Poniatowska en la referente internacional de la memoria del 68. Sin embargo, para González de Alba —quien en su juventud mantuvo una relación afectuosa sintetizada en el tránsito del «ay Elenita» al indignado «¡carajo, Elena!»—, dicho libro representó un acto grave de deshonestidad intelectual y distorsión histórica.

En sus ensayos periodísticos y formalmente en su libro Tlatelolco. Aquella tarde (2016), González de Alba denunció que La noche de Tlatelolco era en gran medida una copia y reapropiación no acreditada de su propio testimonio en Los días y los años. Precisó que la autora había incorporado más de 500 líneas de su texto, introduciendo alteraciones, cambiando nombres, modificando secuencias de hechos y distorsionando el tono político del movimiento para adaptarlo a un melodrama de víctimas indefensas destinado al aplauso fácil del público. La querella escaló a los tribunales en 1997, obligando a la editorial Era a corregir en ediciones posteriores los párrafos atribuidos erróneamente o modificados sin consentimiento del autor.

Para González de Alba, el trabajo de Poniatowska sustituyó la complejidad de la resistencia estudiantil por un "martirologio piadoso" que convertía a los jóvenes en víctimas pasivas de una tragedia sentimental. Frente a la literatura de consumo emotivo, exigió que los historiadores tomaran La noche de Tlatelolco con extrema reserva, rescatando los hechos fríos registrables por encima de las ficciones consoladoras.


VII. Entre la represión sangrienta y la negación de los mitos del 68

Uno de los aspectos más complejos, controvertidos y aparentemente contradictorios en la figura de Luis González de Alba radica en la tensión interna de su propio discurso sobre Tlatelolco y sus víctimas. Por un lado, González de Alba nunca negó la represión ni la naturaleza sangrienta de la tarde del 2 de octubre; fue un testigo presencial que narró cómo los francotiradores del Batallón Olimpia y el tiroteo del Ejército acribillaron a la multitud, dejando un saldo trágico de niños, jóvenes y vecinos muertos en la plaza. Él mismo fue golpeado, detenido y encarcelado durante casi tres años en Lecumberri, acusado falsamente de homicidio en masa.

Sin embargo, por otro lado, el testimonio de González de Alba resulta desconcertante para la narrativa tradicional de la izquierda porque emprendió una cruzada encarnizada contra lo que denominó "la mitología del 68", llegando a insinuar que el movimiento inventó o infló cifras y relatos ficticios. Esta postura se sintetiza en cuatro ejes paradójicos de su pensamiento:

1. La negación tajante de los "desaparecidos" en el 68: González de Alba sostuvo categóricamente que en el movimiento estudiantil de 1968 no hubo desaparecidos. Afirmaba con vehemencia que todos los caídos y presos tenían nombre y apellido identificables: «muertos con nombre, encarcelados o perseguidos; ningún dirigente del CNH desapareció, ninguno murió en Tlatelolco ni en el Campo Militar». Para González de Alba, la figura de la "desaparición forzada" en México pertenece estrictamente a la etapa posterior: la Guerra Sucia de los años setenta bajo el mandato de Luis Echeverría, cuando la insurgencia armada y las guerrillas urbanas sufrieron la detención clandestina y el exterminio sin rastro. Mezclar las desapariciones de la Guerra Sucia con los eventos de 1968 constituía, a su juicio, un anacronismo e imprecisión histórica.

2. El rechazo a los relatos de incineraciones y vuelos de la muerte: En Tlatelolco. Aquella tarde, González de Alba tildó de "ficción mexicana" las historias que hablaban de cientos de cuerpos recogidos en la plaza con helicópteros o incinerados masivamente en los hornos del Campo Militar Número 1. Consideraba que la cifra real de muertos en Tlatelolco —estimada por fuentes serias entre 30 y 40 personas, en su mayoría transeúntes y niños vecinos de la unidad habitacional que jugaban en la plaza— había sido desfigurada por el ego de ciertos dirigentes y por la propaganda ideológica para construir un mito de proporciones bíblicas. Criticó duramente a figuras como Fausto Trejo, a quien acusó de inventar años después la versión fantasiosa de que un alumno había recibido una bala destinada a él, guiado por un ego desmedido que le impidió aceptar que los disparos fueron al azar sobre la masa.

3. La insinuación de una "autovictimización" ideológica: La postura de González de Alba generó la percepción de que, por momentos, relativizaba la escala de la tragedia para desmantelar la aureola heroica del movimiento. Al afirmar que en Tlatelolco "apenas hubo una asistencia escasa que ni siquiera llenaba la plaza" y al insistir en que los caídos fueron vecinos accidentales y no cuadros de vanguardia, sus críticos lo acusaron de insinuar que el saldo de muertos fue minimo y accidental. Sin embargo, la intención de Luis no era exonerar al gobierno de Díaz Ordaz, sino despojar a la cúpula del CNH del monopolio del sufrimiento y denunciar el uso mercantil que intelectuales y exdirigentes hicieron de la tragedia a través de viajes, financiamientos y prestigio mediático.

4. El error del "diálogo público" como trampa: González de Alba concluyó que el insistir tercamente en el "diálogo público" en la plaza como exigencia innegociable fue el peor error táctico del CNH, una trampa donde la propia dirigencia se puso el pie para tropezar una y otra vez ante un régimen autoritario que solo buscaba el pretexto de la provocación para imponer el terror.


VIII. La promiscuidad

Paralelamente a su trinchera política, Luis González de Alba fue un vanguardista pionero en la conquista de las libertades civiles e individuales en México. Habiendo crecido en el entorno profundamente conservador y católico de Charcas, San Luis Potosí, concibió la vivencia abierta de la homosexualidad no como una mera orientación privada, sino como una insurrección ética frente al control social. En 1975, coescribió en la revista ¡Siempre! el primer manifiesto de liberación homosexual en el país, e impulsó la apertura de espacios de encuentro y libertad en la Zona Rosa de la Ciudad de México, entre ellos el célebre bar El Vaivén y el legendario El 9.

En su obra autobiográfica Otros días, otros años (1995), González de Alba formuló una de las defensas más radicales y polémicas de la promiscuidad como postura política. Para el autor, la monogamia obligatoria constituía un apéndice más del paquete normativo impuesto por la trinidad del control institucional mexicano: la Iglesia Católica, el PRI y el Partido Comunista Mexicano (PCM), que exigían al individuo el confinamiento en la estructura familiar burguesa. La promiscuidad festiva de la década de 1970 representaba, en sus palabras, la ruptura definitiva con la culpa y la emancipación respecto al confesionario y al partido. Luis resumía esta convicción con una sentencia memorable:

«Nos enseñaron que el amor era escaso y había que ahorrarlo. Yo aprendí que era abundante y había que gastarlo.»

Sin embargo, esta apología de la libertad afectiva colisionó dramáticamente con la irrupción de la epidemia del VIH/SIDA a partir de la década de 1980. Por un lado, tras ser diagnosticado como seropositivo, González de Alba actuó con determinación civil al fundar la Fundación Mexicana contra el Sida. Por otro lado, la epidemia convirtió a Otros días, otros años en una elegía dolorosa, en un registro de duelo por la muerte sistemática de decenas de amigos y amantes de aquella era de efervescencia sexual.

En este punto se gestó la paradoja más trágica y controvertida de su trayectoria intelectual. Temeroso de que el reconocimiento explícito del vínculo entre la promiscuidad masiva y la propagación del virus alimentara el discurso punitivo de la Iglesia y la derecha moralista —quienes interpretaban el SIDA como un "castigo divino"—, González de Alba adoptó posturas sumamente cuestionables. En sus columnas en Milenio a lo largo de los años 2000, llegó a coquetear con el negacionismo del VIH, poniendo en duda la causalidad entre el virus y el síndrome o cuestionando la toxicidad de los tratamientos antivirales como el AZT. Esta postura detonó choques encendidos con científicos de la talla de Antonio Lazcano y con activistas seropositivos, resquebrajando temporalmente su prestigio como divulgador de la ciencia, precisamente en el único ámbito donde sus convicciones identitarias primaron sobre el rigor empírico que en otros campos exigía con ferocidad.


IX. Filosemitismo

Uno de los rasgos más singulares y debatidos de González de Alba fue su apasionado filosemitismo y su abierta defensa del Estado de Israel. Luis no era judío por nacimiento ni por convención religiosa; provenía de una familia católica de Charcas, San Luis Potosí, y se declaraba categóricamente ateo y jalisciense por elección. Su fisonomía marcadamente mediterránea hacía que en Atenas fuera tomado por griego y en Estambul por turco. Para verificar sus raíces, se sometió al análisis del Proyecto Genoma Humano de National Geographic; el resultado descartó ascendencia judía directa y confirmó su linaje griego mediterráneo, hallazgo que lo regocijó enormemente dada su devoción por la Grecia clásica y el racionalismo de Kavafis.

Su vínculo afectivo con la cultura judía fue un construido cultural e intelectual. Se inició en Lecumberri cuando un preso veterano le obsequió los Salmos en hebreo, y se consolidó en la esfera familiar a través de su sobrino —hijo de su hermana—, a quien llamaba afectuosamente «mi sobrino el-soldado-de-Israel». El joven hizo aliyah, se convirtió y se enlistó en las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzahal). Luis sentía un enorme orgullo por él y practicaba el hebreo para comunicarse con su sobrino en sus viajes y correspondencia.

Para la generación de González de Alba (nacido en 1944), Israel no encajaba en el paradigma de una empresa colonialista, sino en el de una utopía socialista, laica y científica. Su visión de Israel se fundaba en tres pilares clave:

1. El experimento socialista y antiimperialista: Para la juventud ilustrada de los años sesenta, el embrión de Israel eran los kibutzim: comunas agrícolas laicas, sin propiedad privada, levantadas por supervivientes del Holocausto que carecían de metrópoli a la cual regresar. Recordaba con frecuencia que la propia URSS había respaldado la creación de Israel en 1947-1948 contra el mandato del Imperio Británico.

2. El refugio de la razón y la libertad civil: Frente al autoritarismo de los regímenes confesionales de Medio Oriente, González de Alba contemplaba a Tel Aviv como una vibrante burbuja liberal y laica, con marcha del orgullo gay, universidades de excelencia y prensa independiente. Veía en ella una encarnación moderna de la polis griega.

3. La alternativa tecnológica al nacionalismo patrio: En su combate frontal contra el nacionalismo del PRI y la mitología indigenista de Aztlán, Luis admiraba la capacidad de un país diminuto para hacer fértil el desierto mediante la tecnología, el desalinizado de agua y la investigación científica aplicada.

Cuando la izquierda dogmática mexicana mutó su postura histórica pro-israelí de los años sesenta hacia un antisionismo militante a partir de los noventa, González de Alba convirtió la defensa de Israel en una trinchera contra lo que consideraba "el maniqueísmo religioso de la izquierda". Cuestionaba con vehemencia la doble moral de sus detractores: «Ustedes que marchan por Palestina nunca marcharon por los gays colgados en Irán». Aunque su lealtad emocional a la foto laica del Israel de 1968 le generó un indudable punto ciego frente al drama palestino, en sus últimos años (2014-2015) llegó a matizar su postura en columnas periodísticas, calificando la ocupación de Cisjordania como insostenible y a Benjamín Netanyahu como un verdadero desastre para el propio Israel.

En una conmovedora coincidencia histórica y poética, el suicidio de González de Alba, consumado la tarde del 2 de octubre de 2016 en su residencia de Guadalajara, no solo conmemoraba los 48 años de la tragedia de Tlatelolco, sino que coincidió de manera exacta con la víspera de Rosh Hashaná (el Año Nuevo judío), entrelazando en su despedida final las dos grandes pasiones y memorias que vertebraron su vida.


X. Capital cultural

Un aspecto fundamental para calibrar el perfil público de González de Alba radica en la forma en que se reinventó como el divulgador de la ciencia más leído de México durante las décadas de 1990 y 2000. Sorprendentemente, Luis no era científico de profesión; no poseía un doctorado en física o biología, ni laboraba en un laboratorio realizando investigación de campo. Su formación académica formal era la licenciatura en Psicología por la UNAM. Sin embargo, en 1997 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo por su labor en la divulgación científica.

Esta aparente paradoja se explica a través de la singular posición social y el capital cultural que acumuló a lo largo de su vida:

1. El capital moral e intelectual del 68: Su condición de exdirigente del CNH y preso político de Lecumberri que tuvo el valor de cuestionar los dogmas de la propia izquierda le otorgó un prestigio de independencia intelectual intocable. Editores e intelectuales liberales de primer orden —encabezados por Héctor Aguilar Camín— impulsaron sus espacios permanentes en publicaciones emblemáticas como La Jornada (con su columna «La ciencia en la calle»), Milenio («Se descubrió que...») y la revista Letras Libres.

2. Una prosa seductora y pedagógica: Poseía un estilo literario extraordinario, caracterizado por una claridad cristalina, una ironía fina y una convicción narrativa aplastante. Su método no era el rigor del paper académico, sino la traducción cultural: leía febrilmente publicaciones internacionales como Scientific American, estudiaba la obra de Richard Dawkins o la poesía de Konstantino Kavafis, y explicaba la física cuántica, la evolución biológica o la astronomía en un español fluido y provocador.

3. Un nodo social en la bohemia intelectual: Su faceta de empresario cultural y nocturno en la Zona Rosa y la colonia Roma —donde regenteó espacios de encuentro libertario como los bares El Vaivén y El 9, además de su restaurante La Taberna del Griego— lo conectó directamente con la élite literaria, periodística y artística del país, otorgándole una proyección pública de la que carecía la mayoría de los científicos de carrera.

Esta prominencia mediática desató severas tensiones con la comunidad científica institucional. Investigadores de la talla de Marcelino Cereijido, Ruy Pérez Tamayo y el propio Antonio Lazcano lo criticaron acerbamente, calificándolo como el prototipo del "todólogo" que opinaba con arrogancia pontificia sobre genoma humano, física de partículas, sida o mecánica cuántica sin haber pisado nunca un laboratorio ni haberse sometido al arbitraje de sus pares.

El propio González de Alba asumía con honestidad esa limitación técnica: se definía como un divulgador que leía mucho y traducía con entusiasmo, no como un investigador. Para Luis, la divulgación científica no era una profesión académica neutra, sino un combate ideológico de primera línea. Utilizaba la ciencia como un mazo rationalista para desmantelar la superstición religiosa, el indigenismo oficial y lo que denominaba "la izquierda mágica". Este empeño desmitificador alcanzó su cénit en su célebre ensayo y posterior libro Las mentiras de mis maestros (editado en Nexos #228 en 1996 y ampliado por Cal y Arena en 2002), donde demolió los mitos del nacionalismo revolucionario y el culto a la derrota gloriosa en la historiografía mexicana.


XI. Conclusión

El movimiento estudiantil de 1968 fue el desenlace trágico de una crisis triple: la rebeldía de una generación urbana que rebasó los moldes de la posguerra, la esclerosis de un régimen partidista que cerró las puertas a la democratización pacífica y la paranoia de una cúpula gobernante subordinada a las agencias contrainsurgentes de la Guerra Fría. La masacre de Tlatelolco no fue un error táctico; fue la maniobra calculada de un grupo de poder que instrumentó francotiradores y cadenas paralelas de mando para forzar un baño de sangre y aplastar las libertades civiles.

La vida y la obra de Luis González de Alba, en sintonía con las denuncias documentadas de Eduardo Valle «El Búho», permanecen como un antídoto intelectual insustituible. A través de su rigor testimonial, su rechazo a las ficciones piadosas y su defensa intransigente de la libertad individual, la diversidad sexual y el pensamiento racional, González de Alba demostró que el verdadero homenaje a la historia no consiste en erigir mitos cómodamente trágicos, sino en sostener, con serenidad y valentía, la verdad de los hechos.

Raúl Salinas de Gortari

La retórica de la eficiencia

En su célebre formulación de 1975, Samuel Johnson advirtió que el patriotismo suele ser el último refugio de los bribones. No obstante, la historia política del siglo XX demuestra que dicho refugio se ha expandido para incorporar una jerga tecnocrática más refinada: el lenguaje del nacionalismo, la eficiencia administrativa, la modernización del Estado y la austeridad presupuestal. Cuando las decisiones públicas se despojan de la responsabilidad ética y del bienestar social, la retórica técnica deja de ser un instrumento de gestión para convertirse en una cobertura ideológica bajo la cual se transfieren bienes públicos, se compromete la soberanía alimentaria y se vulnera la salud de los sectores más desprotegidos.

Pocas trayectorias dentro del México contemporáneo ilustran esta dinámica con mayor precisión documental que la de Raúl Salinas de Gortari en la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO) entre 1979 y 1992. La revisión de los hechos legal e históricamente asentados sobre la gestión de esta paraestatal pone de manifiesto cómo las políticas presentadas bajo los imperativos de la modernización tecnológica y el ahorro fiscal derivaron en la desarticulación de sectores agrícolas estratégicos y en la distribución de insumos tóxicos entre la población de menores recursos.


I. La "austeridad" y el episodio de la leche contaminada (1986-1988)

A raíz del accidente nuclear de Chernóbil en abril de 1986, la radiación residual —principalmente Cesio-137 y Estroncio-90— contaminó la producción agrícola y láctea de diversos países europeos, entre ellos la República de Irlanda. Mientras diversas naciones rechazaron los cargamentos lácteos que superaban los límites de seguridad radiológica fijados por la Organización Mundial de la Salud, la administración pública mexicana, a través de CONASUPO y su filial Liconsa, concretó la compra de aproximadamente 40,000 toneladas de leche en polvo contaminada a precio de remate, justificando la transacción en criterios de contención de gasto y austeridad financiera.

El hallazgo de la contaminación no provino de los mecanismos ordinarios de control sanitario, sino de las observaciones del Vicealmirante Manuel Rodríguez Gordillo, entonces Jefe del Estado Mayor de la Tercera Zona Naval en Veracruz. En 1987, tras detectar brotes gastrointestinales anómalos entre el personal militar abastecido con dicho producto en la base de Las Bajadas, Rodríguez Gordillo remitió muestras al laboratorio de la Central Nuclear de Laguna Verde. La prueba realizada por el físico Miguel Ángel Valdovinos confirmó niveles de radiactividad que multiplicaban los rangos tolerables para consumo humano.

La respuesta institucional ante el hallazgo evidencia la prioridad del aparato estatal por encima de la protección ciudadana:

1. En lugar de activar una alerta sanitaria pública, la Secretaría de Marina sometería al Vicealmirante a un proceso penal militar por presunta difamación y rebelión, reubicándolo administrativamente en la Isla Socorro.

2. El físico Miguel Ángel Valdovinos fue removido de su cargo en la planta nuclear.

3. A pesar de las solicitudes formales de devolución, investigaciones y auditorías legislativas posteriores documentaron la reintroducción de partidas del lácteo por puertos nacionales para su posterior distribución comercial y asistencial en los sectores de mayor marginalidad del país.

El argumento técnico del ahorro presupuestal transformó un desecho industrial internacional en un bien distribuido a través de la red de abasto social del Estado, desestimando las advertencias científicas en nombre de la eficiencia económica.


II. La "modernización" como pretexto: La desarticulación del nixtamal tradicional

Paralelamente al caso lácteo, la gestión de los granos básicos por parte de CONASUPO funcionó como el vehículo para la reestructuración del mercado de la tortilla en México. Históricamente, el sistema nacional se asentaba en una red descentralizada de más de 20,000 molinos nixtamalizadores que procesaban grano entero fresco para abastecer a la población.

En documentos internos de planificación elaborados bajo la gestión de Raúl Salinas de Gortari en CONASUPO, la institución diagnosticó el proceso tradicional de nixtamalización como un esquema "rudimentario, ineficiente y poco cuidadoso", determinando que la política pública debía sustituir gradualmente la masa fresca por harina industrializada de maíz.

Esta retórica de la modernización técnica se tradujo en acciones administrativas concretas:

1. Transferencia de capacidad estatal: En 1986, el Estado conservaba el 42.4 % de la capacidad de producción de harina nixtamalizada, mientras que la empresa privada Maseca poseía el 57.6 %. En 1990, CONASUPO enajenó de forma directa —al margen del grupo privatizador de la Secretaría de Hacienda— la planta procesadora de Atlacomulco, la más moderna de la red pública. Las auditorías del Congreso de la Unión en el sexenio posterior concluyeron la intervención decisiva de la alta gerencia de CONASUPO en dicha venta a precio preferencial.

2. Consolidación del duopolio industrial: Hacia 1992, la participación de mercado de Maseca ascendió al 65.5 %, en tanto que la oferta estatal se redujo al 27.6 %, sentando las bases del duopolio Maseca-Minsa (Gruma), posteriormente sujeto a investigación por la Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE) debido a prácticas relativas en la fijación de precios de la harina.

3. Pérdida de soberanía alimentaria: La transición forzada de la masa de nixtamal a la harina industrializada no solo alteró la calidad nutricional del alimento básico nacional, sino que aceleró la dependencia de las importaciones de maíz amarillo, generando una brecha económica donde el precio al consumidor final aumentó mientras el pago al productor rural se mantuvo estancado.


III. Conclusión

El concepto periodístico de "el hermano incómodo" surgió de la cobertura realizada por Vicente Leñero en la portada de la revista Proceso (No. 942, noviembre de 1994), bajo la dirección de Julio Scherer García. La categoría buscaba sintetizar el papel de las estructuras familiares paralelas en el ejercicio del poder público.

Tras la detención de Raúl Salinas en 1995 y las investigaciones conducentes al aseguramiento de más de 110 millones de dólares en instituciones bancarias europeas (como la Banque Pictet en Suiza), quedó al descubierto la inconsistencia entre el tabulador salarial de un servidor público de CONASUPO y el volumen de capital acumulado. Aunque los litigios posteriores en materia de enriquecimiento ilícito culminaron en resoluciones judiciales de exoneración o devolución de bienes por vacíos procesales, los informes de auditoría del Congreso y las actas administrativas dejaron asentadas las irregularidades en las licitaciones de granos y en la adjudicación de contratos públicos durante su encargo.

El análisis histórico de la gestión de Raúl Salinas de Gortari en CONASUPO confirma la validez de la tesis planteada: el lenguaje del nacionalismo, la eficiencia administrativa y la austeridad fiscal son con frecuencia instrumentalizado para justificar el desmantelamiento del patrimonio público y la marginación de las necesidades sociales más elementales.

La importación de lácteos contaminados bajo el pretexto del menor costo y la desestructuración de la industria tradicional del nixtamal en favor de monopolios privados no constituyeron errores técnicos fortuitos, sino el resultado lógico de una política donde la eficiencia se midió en función de la rentabilidad privada y el rigor fiscal sirvió para encubrir la omisión de la responsabilidad estatal. El archivo histórico demuestra que las peores afrentas al interés público raramente se anuncian con cinismo; se firman en decretos que prometen modernidad, ahorro y progreso.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Salvador Abascal y el sinarquismo

Pocos personajes del siglo XX mexicano encarnan con tanta radicalidad la resistencia del catolicismo intransigente frente al Estado posrevolucionario como Salvador Abascal Infante (1910–1994). Abascal no fue un observador pasivo de su tiempo; fue el ideólogo, organizador y jefe supremo de la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en su etapa de mayor auge de masas, para convertirse más tarde en el gran archivero y editor de la memoria contrarrevolucionaria. Su biografía traza la línea continua que une a la resistencia subterránea de la Guerra Cristera con las sociedades secretas, la movilización cívico-religiosa de los años treinta, las disputas ideológicas con el fascismo europeo y la preservación cultural del México hispanista y católico a través de las imprentas.


I. La génesis secreta de la Cristiada: La "U", los éxitos políticos y la estrategia de Calles

Para comprender la formación política e ideológica de Salvador Abascal es indispensable remitirse a su entorno familiar y a la figura de su padre, don Felipe Abascal. La historiografía tradicional suele presentar a la Guerra Cristera (1926-1929) como una explosión campesina puramente espontánea desencadenada por el rigor jacobino de la "Ley Calles". Sin embargo, los testimonios orales recogidos por los historiadores James W. Wilkie y Edna Monzón de Wilkie desvelan una arquitectura subterránea meticulosamente articulada desde años antes.

Entre 1917 y 1925, don Felipe Abascal recorrió el país para tejer las redes de una organización clandestina conocida simplemente como la "U" (Unión). Operando bajo el manto legal de grupos laicos —utilizando principalmente la logística, representación y recursos de los Caballeros de Colón—, la "U" tenía la misión de unificar a todas las agrupaciones católicas hacia un fin supremo: el establecimiento de un gobierno católico en México dentro de los márgenes de la ley.

Lejos de nacer con una vocación levantisca, la "U" buscó primero la vía institucional y electoral, cosechando triunfos legislativos y municipales inéditos: lograron bancadas enteras de diputados en el Congreso local de Michoacán, dominaron casi por completo la diputación en Jalisco y colocaron a numerosos presidentes municipales en el Bajío y el Occidente. No obstante, al cerrarse los espacios cívicos y desatarse la persecución religiosa, la cúpula de la "U" dio el salto hacia la insurrección armada, convirtiéndose en el embrión de los primeros focos cristeros en Pénjamo, Colima y Jalisco.

«Durante seis años mi padre viajó por toda la República fundando una organización, que fue secreta en aquella época y que ya no hay por qué seguir ocultando. Se llamaba la "U"... De esa famosa organización, disuelta por orden de la Santa Sede, alcanzó a nacer, a brotar, la Revolución Cristera. Los primeros brotes cristeros fueron encabezados por miembros de la "U".»
— Salvador Abascal (Testimonio ante James W. Wilkie)

En el penetrante análisis de Salvador Abascal, el estallido bélico no fue un accidente, sino una maniobra meditada por el propio Plutarco Elías Calles. A Calles le convenía precipitar la guerra civil religiosa para lograr un triple objetivo estratégico: amalgamar a las facciones revolucionarias divididas en torno a su liderazgo, eclipsar la sombra política de Álvaro Obregón y distraer la atención del ejército y la opinión pública de las concesiones diplomáticas contraídas con el gobierno de Estados Unidos en los Tratados de Bucareli.


II. El engaño de Cárdenas a Calles y la fragua de "Las Legiones"

Tras la firma de los "Arreglos" de 1929, la resistencia católica se replegó hacia el subterráneo. El ascenso de Lázaro Cárdenas a la Presidencia de la República en 1934 planteó un nuevo reto existencial para la derecha confesional. Cárdenas impulsó la educación socialista mediante la reforma al Artículo 3° constitucional y articuló el corporativismo obrero y campesino.

Salvador Abascal desmontó tempranamente el mito de un Cárdenas manipulable. En sus conversaciones con los Wilkie, Abascal revela cómo Cárdenas ejecutó una maniobra magistral de engaño político sobre el "Jefe Máximo". Calles favorecía la candidatura del general Manuel Pérez Treviño, pero Cárdenas cultivó astutamente a Rodolfo Calles (hijo del caudillo), presentándose como una "cándida paloma" y un dócil ejecutor que sería un segundo "Nopalitos" (en alusión al expresidente Pascual Ortiz Rubio). Rodolfo, entusiasmado, convenció a su padre de inclinar la balanza por Cárdenas, quien, una vez investido con la banda presidencial, demostró una astucia e inteligencia política consumadas para desmantelar al callismo en 1935 y 1936.

Ante la acometida del proyecto laico cardenista, surgió en 1934 la sociedad secreta **Las Legiones**, fundada en Jalisco y extendida a Querétaro y Michoacán. Estructuradas en células clandestinas masculinas y femeninas de entre 300 y 800 miembros, Las Legiones buscaban defender a la comunidad católica frente a la represión oficial. Abascal se integró en Morelia en 1935 y asumió la tarea de articular la organización en todo Michoacán, la Ciudad de México y la diáspora mexicana en el sur de Estados Unidos (cubriendo desde Brownsville y San Antonio hasta Dallas y San Francisco).

Como reveló el historiador y sacerdote Victorlet Ledit en su libro El frente de los pobres —basado en el testimonio del ingeniero Antonio Santacruz, último jefe nacional secreto de la entidad—, Las Legiones no fueron un mito urbano, sino la placenta organizativa que preparó el terreno para la acción pública.


III. La Unión Nacional Sinarquista: Entre la masa popular y el dilema del fascismo

En mayo de 1937, en la ciudad de León, Guanajuato, la jefatura secreta de Las Legiones decidió sacar a la luz pública su brazo de movilización: la Unión Nacional Sinarquista (UNS). El vocablo (del griego sin: con; arché: orden; "con orden", en oposición a la anarquía revolucionaria) dio nombre a un movimiento de masas inédito en la historia de la derecha hispanoamericana.

Cuando Salvador Abascal asumió la Jefatura Suprema de la UNS en 1940, el sinarquismo contaba con cientos de miles de afiliados: campesinos desposeídos, artesanos y clases medias urbanas del Bajío. Los sinarquistas marchaban en formación militarizada, luciendo camisas color café, un brazalete con el mapa de México sobre una bandera tricolor en cuadro blanco y rindiendo honores a la bandera en mítines multitudinarios, pero manteniendo una disciplina estricta de no violencia y prohibición absoluta de portar armas.

Debate Historiográfico: ¿Fue el sinarquismo un movimiento fascista?
La propaganda aliada durante la Segunda Guerra Mundial tildó a la UNS como una "quinta columna del fascismo en México". La historiografía contemporánea ofrece un análisis matizado:
Paralelos estéticos y doctrinales:
La UNS compartió con el fascismo europeo y el falangismo español la disciplina marcial, la retórica del orden, el corporativismo, el anticomunismo y el rechazo a la democracia liberal ilustrada.
Diferencias de fondo:
A diferencia de los fascismos europeos —que eran movimientos estatistas, totalitarios y paganos—, el sinarquismo era un movimiento fundamentalista católico y antiestatista. Su objetivo no era la deificación del Estado, sino la subordinación del orden social a la doctrina de la Iglesia y el restablecimiento de la tradición cristiana.

IV. El desierto de María Auxiliadora y la desarticulación del movimiento

El punto culminante y el inicio del declive del liderazgo de Abascal en la UNS ocurrió en 1941 con la fundación de la colonia María Auxiliadora, en el desierto de Baja California Sur. Concebido por Abascal como una utopía agrarista y católica —una comunidad rústica regida bajo las leyes de la fe, al margen del Estado laico—, el proyecto movilizó a cientos de familias sinarquistas.

Sin embargo, la aridez extrema, la falta de agua y las fricciones entre Abascal y la cúpula secreta de Antonio Santacruz en la Ciudad de México provocaron el colapso del experimento. Abascal renunció a la Jefatura Suprema y fue expulsado de la UNS en 1944. Golpeado por las prohibiciones del gobierno de Manuel Ávila Camacho en el marco de la guerra mundial, el sinarquismo se fragmentó en facciones irreconciliables.


V. El eclipse político frente al PAN: La disputa por el alma conservadora

Durante la década de 1940, la derecha mexicana vivió una bifurcación estratégica. Por un lado, el sinarquismo encarnaba la vía extra-institucional, popular, campesina e intransigente. Por el otro, surgía en 1939 el Partido Acción Nacional (PAN), fundado por Manuel Gómez Morin y Manuel Ulloa, junto con intelectuales urbanos como Efraín González Luna.

El desplazamiento del sinarquismo por parte del PAN como la fuerza dominante del conservadurismo responde a tres claves evolutivas:

Vía Electoral e Institucional:
El PAN aceptó competir dentro del sistema de partido hegemónico, utilizando las urnas, el derecho constitucional y las tribunas parlamentarias como trincheras de resistencia cívica.
Evolución Doctrinaria:
Mientras Abascal rechazaba de plano la democracia liberal, el PAN estructuró un discurso de "democracia política" y "humanismo laico", atrayendo a empresarios, profesionales y clases medias urbanas.
Urbanización e Industrialización:
l rápido crecimiento de las ciudades a partir de los años cuarenta redujo el peso social del campesinado tradicional (base de la UNS) frente a las clases medias instruidas que adoptaron al PAN como vehículo de oposición moderna.

VI. La trinchera de la imprenta: Editorial Jus y la gesta de Rescoldo

Apartado de la política activa, Salvador Abascal trasladó su combate al plano historiográfico y cultural a través de Editorial Jus, sello fundado en 1938 por Manuel Gómez Morin pero convertido bajo la dirección de Abascal en el gran bastión de la literatura hispanista y revisionista.

Desde Jus, Abascal publicó obras destinadas a combatir la historiografía oficial liberal. No obstante, uno de los mayores hitos de la editorial fue el rescate de la narrativa cristera mediante la publicación de la trilogía del autor duranguense Antonio Estrada.

La aparición de Rescoldo: Los últimos cristeros (1961) —junto a La sed junto al río y Los indomables— constituyó un suceso estético. Hijo del cabecilla cristero Florencio Estrada, el autor inmortalizó la resistencia armada de los campesinos de Durango durante la "Segunda Cristiada" de los años treinta. Con un lenguaje de viva sonoridad popular y aliento telúrico —comparado por la crítica con Pedro Páramo de Juan Rulfo y valorado por historiadores como Juan Sasturain—, Rescoldo dio voz a aquellos combatientes olvidados por la jerarquía eclesiástica y el Estado.


VII. Legado histórico

Salvador Abascal Infante falleció en la Ciudad de México en 1994, fiel a su visión providencialista del mundo. Su legado no se refleja en cargos públicos ni en triunfos electorales, sino en su impronta sobre la memoria de la derecha mexicana.

Desde las catacumbas de la "U" y Las Legiones, pasando por las multitudinarias marchas sinarquistas, hasta la trinchera impresa de Editorial Jus, Abascal fue el hilo conductor de un pensamiento contrarrevolucionario que se negó a ser borrado, legando a la historiografía los testimonios indispensables para comprender las tensiones religiosas y sociales que modelaron al México contemporáneo.

Roberto Cruz y la Revolución

Para la historiografía política del siglo XX mexicano, la figura del general de división Roberto Cruz (1888-1990) constituye el instrumento coercitivo y el ejecutor de la camarilla sonorense. Si la Revolución Mexicana gestó un mito sobre la institucionalización del poder, Cruz encarna su reverso empírico, la trinchera sangrienta, la represión calculada y, al mismo tiempo, un código de honor militar e integridad personal que sobrevivió a los exilios, a las traiciones y a la desmemoria.

Su trayectoria biográfica permite articular los nudos ciegos de nuestra historia: el trágico destino del pueblo yaqui, la brutalidad marcial contra Victoriano Huerta, la consolidación de la diarquía Álvaro Obregón-Plutarco Elías Calles, la sangrienta purga del grupo delahuertista, la matanza de Huitzilac, la Guerra Cristera, el revanchismo portesgilista y la posterior reconciliación e institucionalización bajo el manto de Lázaro Cárdenas.


I. La raíz y el estigma: Los yaquis en la tempestad del Norte

Nacido en Guaymas, Sonora, Roberto Cruz creció en el epicentro de la frontera étnica. El pueblo yaqui (yoeme) habitaba un territorio codiciado por las élites porfiristas y las compañías deslindadoras. A finales del siglo XIX y principios del XX, el Estado porfirista desplegó una auténtica política de deportación y exterminio: miles de yaquis fueron cazados, apresados y deportados en condiciones infrahumanas hacia las plantaciones de henequén en Yucatán y de tabaco en Valle Nacional. La resistencia yaqui en la Sierra del Bacatete convirtió a Sonora en una zona de permanente asedio militar.

Cuando estalla la Revolución en 1910 y se profundiza en 1913 tras el asesinato de Francisco I. Madero, los yaquis se integran en masa a las fuerzas revolucionarias. ¿La promesa? La restitución inalienable de su territorio sagrado y el fin del despojo. Obregón y los mandos sonorenses entendieron de inmediato que la infantería yaqui era una fuerza de choque formidable: combatientes disciplinados, austeros, capaces de marchar jornadas extenuantes y de pelear con un valor que aterrorizaba a las tropas enemigas.

Sin embargo, el vínculo fue profundamente utilitario. Los sonorenses instrumentalizaron el coraje yaqui para ganar la guerra civil, pero una vez conquistado el poder en la Ciudad de México, el Estado revolucionario reasumió la política de pacificación forzada y colonización sobre el río Yaqui. Esta paradoja de asimilación y violencia estatal marcaría a la comunidad indígena hasta el histórico Decreto de Restitución del presidente Lázaro Cárdenas en 1937, e incluso hasta los reclamos de soberanía hídrica y territorial que se extienden en el presente.

En las memorias del general compiladas en Roberto Cruz en la Revolución Mexicana, esta dualidad emerge con absoluta transparencia. Durante su etapa como Inspector General de la Policía o alto mando militar, Cruz evoca con nostalgia norteña el idioma y la proximidad con sus soldados indios:

«En ese tiempo había muchos batallones yaquis y mayos que fueron los que dieron el triunfo al general Obregón, en los campos de Celaya y Trinidad. Iban aerme a la secretaría, y mis ayudantes tenían órdenes de dejarlos pasar; se juntaban unos 12 o 15, con todo y mujeres [...] yo les hablaba en español y ellos en yaqui, hasta que alguno, no soportando la broma, me decía en yaqui: —Achiaq empo iton yori noka emposu itobenasi jiaky (¿Por qué nos estás hablando en español, si eres yaqui como nosotros?) Yo me reía y les empezaba a hablar en yaqui...» (Pág. 84).

La escena condensa la naturaleza del régimen sonorense: una familiaridad étnica y afectiva en el campamento militar que no dudaba en transformarse en metralla cuando las demandas comunitarias amenazaban el proyecto de centralización nacional.


II. La epopeya yaqui: Los Ocho Pueblos, el Bacatete y el pacto con Cárdenas

En el Capítulo 13 de sus memorias (La tribu yaqui), Roberto Cruz asume una postura de cronista e historiador para desentrañar la resistencia secular de los ocho pueblos tradicionales: Cócorit (chile), Bácum (lugar donde el río hace un lago), Tórin (rata), Vícam (alimento descompuesto), Pótam (fruta a medio madurar), Ráhum (lugar donde algo fue arrastrado), Huírivis (nombre de un pájaro) y Belem (originariamente Beneme, señorita).

Cruz testimonia haber visto las mismísimas Cédulas Reales de la Corona española —cuidadosamente guardadas por los gobernadores tradicionales en canutos de carrizo— con las que la tribu justificaba el dominio ancestral sobre las tierras bañadas por el río Yaqui. El general rescata hechos de armas legendarios, como la Batalla del cerro de Mazacoba (19 de marzo de 1900), donde el joven líder Pablo Opodepe, de tan solo 23 años, se encerró en el último reducto junto a 60 guerreros y peleó hasta la muerte, dejando un escenario épico donde las tropas del general Lorenzo Torres hallaron 61 cadáveres yaquis sin un solo cartucho en sus cartucheras.

Esta prolongada tragedia social de más de dos siglos solo encontró cauce institucional bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Cruz relata cómo Cárdenas, en plena rebelión indígena, detuvo el tren presidencial en la estación de Las Guásimas y, sin más escolta que dos ayudantes y un guía, se adentró en las entrañas de la Sierra del Bacatete para parlamentar en el propio cuartel general rebelde:

«—No vengo a pelear contra ustedes, vengo a platicar para entregarles sus tierras por las que tanto han luchado; yo soy el presidente de la república.» (Pág. 142).

Cárdenas restituyó a la tribu aproximadamente cien mil hectáreas en la margen derecha del río, proveyó canales, maquinaria agrícola, escuelas y compró el ganado de los rancheros privados para crear ejidos ganaderos gestionados por la comunidad.

Años más tarde, durante los funerales del presidente Cárdenas en la Ciudad de México, Cruz se encontró en el avión con la comisión yaqui encabezada por el cacique Tosamasay (Pluma Blanca). En una conmovedora interacción en dialecto yaqui, los jefes le externaron el temor de que, con la muerte del "Padre Lázaro", les fueran despojadas sus tierras. La respuesta de Roberto Cruz condensa la máxima de la resistencia indígena norteña:

«—Ytase itapo jobare eni Roberto ytom achay Lázaro muco. Buia itonmaca iton iguana.
—Cate uga cayta enchim ugua eme ara nasua catem toja. Roberto Cruz enchin ania.
(Qué vamos a hacer ahora, Roberto, nuestro padre Lázaro murió. Las tierras que él nos dio seguramente querrán quitárnoslas. No piensen eso, nada les quitarán, ustedes saben pelear no se dejen. Roberto Cruz estará con ustedes).» (Pág. 143).

Cruz intercedió directamente ante el Presidente de la República para garantizar que la autonomía yaqui permaneciera intocada, advirtiendo que, si Grecia había tenido a sus espartanos, México poseía en Sonora a sus yaquis: hombres leales en la paz, pero combatientes temibles si se desafiaba su territorio.


III. La fragua revolucionaria: De Cochori al asedio de Guaymas (1913-1914)

Tras el golpe de Estado de Victoriano Huerta en febrero de 1913, Sonora se convierte en la fragua del Ejército Constitucionalista. El entonces joven capitán Roberto Cruz opera en la línea costera del Golfo de California. En sus memorias relata la ferocidad del encuentro militar en Cochori, entre Empalme y Cruz de Piedra, donde detuvieron a sangre y fuego a la columna huertista del general Miguel Girón:

«Por tren habían salido de Empalme. Yo al mando de 200 hombres cubría el puerto avanzado el Cochori [...] dejamos que el tren de Girón se aproximara lo más posible y en el momento oportuno abrimos el fuego [...] El mismo general Girón murió en ese combate. En ese hecho de armas tuve la pena de perder a mi segundo en jefe, el valiente capitán segundo Concepción Gámez...» (Pág. 42).

El mérito en Cochori le valió a Cruz la encomienda personal de Álvaro Obregón para organizar e integrar el histórico Onceavo Batallón de Infantería, del cual asumió el mando como Mayor a los 25 años.

La épica del riel y la leva porfirista

La logística sonorense dependía de las vías férreas. Ante la destrucción de los puentes y la falta de material rodante hacia el sur, Cruz describe una maniobra de ingeniería improvisada que demuestra la capacidad organizativa del constitucionalismo: desmontar y trasladar tramos de vía y máquinas a hombros mediante cadenas humanas de más de dos mil hombres, rellenando calderas con agua transportada en cubetas desde pozos distantes a más de un kilómetro.

En contraposición, Cruz contrapone el espíritu del ejército voluntario sonorense —movido por la indignación ante el asesinato de Madero— frente a la tropa federal de Huerta, alimentada por la leva forzosa de peones traídos de las haciendas del centro del país (como las de Íñigo Noriega) y apoyada por la oligarquía porfirista (los Braniff, Escandón y Rincón Gallardo). Mientras las tropas de Huerta eran "pobre carne de cañón", la oficialidad joven de Obregón marchaba impulsada por un celo bélico incontestable.


IV. La crisis de 1923-1924: La fractura de los generales y la Gran Batalla de Ocotlán

Para 1923, la Revolución devoró a sus propios hijos. La sucesión presidencial de Álvaro Obregón fracturó a la familia sonorense. Adolfo de la Huerta —a quien Cruz retrata con nobleza como un hombre íntegro originario de Guaymas, exgobernador y expresidente que murió en la más absoluta pobreza pagando su vivienda a plazos— se levantó en armas apoyado por más de la mitad del Ejército Nacional y por figuras de inmenso prestigio como el general Salvador Alvarado.

En este conflicto, la lealtad de Roberto Cruz hacia la diarquía Obregón-Calles fue absoluta. Cuando la rebelión delahuertista amenazó con tomar el control del occidente del país, Cruz avanzó como Jefe de la División de Caballería de las Operaciones de Occidente. En la víspera de la batalla decisiva, Cruz recibió una misiva personal de su antiguo jefe, el rebelde Salvador Alvarado:

«Roberto: Te saludo con el cariño de siempre. No te invito a que te vengas con nosotros porque te conozco bien y sé que no lo harás, pero cualquiera que sea nuestra situación y en todo tiempo siempre seré tu amigo. Salvador Alvarado» (Pág. 86).

Cruz no vaciló: leyó la carta ante sus oficiales y la entregó intacta al presidente Obregón. La amistad personal quedaba subordinada al mando de facción.

La Batalla de Ocotlán (9 de febrero de 1924)

La sangrienta batalla por el cruce del río Lerma en Ocotlán, Jalisco, definió el rumbo de la rebelión. Las fuerzas delahuertistas, atrincheradas en la margen izquierda bajo fortificaciones diseñadas por el general huertista Gustavo Salas, impedían el avance constitucionalista. El puente de Cuitzeo estaba dinamitado y el tiroteo no cesaba día ni noche.

Ante la parálisis, el presidente Obregón rechazó la propuesta inicial de Cruz de mandar nadadores nocturnos y ordenó construir pontones de madera flotantes sujetos con neumáticos a medio inflar. Cruz asumió el mando del ala derecha e ideó la maniobra decisiva: comisionó a su familiar, el capitán J. Carmen Díaz (un extraordinario nadador), para que cruzara el río a nado sujetando un cable de acero con la boca en medio de un diluvio de proyectiles enemigos, atándolo a un álamo de la orilla opuesta.

Cruz cruzó personalmente el Lerma al frente de 800 hombres bajo fuego encarnizado. Cuando el reporte llegó al teléfono del tren presidencial donde aguardaba Obregón, el caudillo manco exclamó: «Esta batalla ya la ganamos».

La victoria en Ocotlán le costó a Cruz la baja de casi todo su estado mayor y una herida de bala en el escroto. La anécdota registra el humor ácido e implacable de Obregón esa misma noche en el tren de operaciones:

«—¡Tenían que pegarle ahí a ese muchacho, es lo que más le abulta!» (Pág. 88).

Dos días después, el 12 de febrero de 1924, Cruz ocupó la ciudad de Guadalajara con el orgullo de lucir en las presillas las insignias de General de División.


V. La advertencia desoída y la tragedia de Huitzilac (1927)

A medida que se aproximaban las elecciones de 1928, Álvaro Obregón impulsó la reforma constitucional para volver al poder, quebrando el principio fundacional del movimiento revolucionario: Sufragio efectivo, no reelección.

Roberto Cruz revela en las páginas 153 a 156 un episodio íntimo y fundamental: fue el único general de alto rango que encaró a Obregón para pedirle en persona que no aceptara la candidatura. Cruz acudió de madrugada a la residencia del caudillo en la avenida Álvaro Obregón de la Ciudad de México. Tomando café a solas en el comedor, Cruz le advirtió:

«Vengo a decirle mi general, que usted no acepte esa postulación. Usted es más grande en estos momentos fuera de la presidencia, que dentro de ella [...] si usted aceptara esa postulación, siendo como es un revolucionario distinguido, conculcaríamos el gran lema y principio de nuestra lucha armada: Sufragio efectivo no reelección.» (Pág. 154).

Obregón lo tranquilizó falsamente diciéndole que no se preocupara, que estaba ajeno a ello. Sin embargo, un mes después aceptó la postulación. Cruz notó de inmediato la frialdad y el distanciamiento del caudillo, cuyo carácter apasionado no toleró la objeción moral. Obregón fue víctima del cerco de los "lambiscones" que, al igual que los científicos a Porfirio Díaz, le cantaron al oído que era el único hombre indispensable.

Paralelamente, el general Francisco R. Serrano, amigo íntimo de Obregón y exjefe de su estado mayor, había acudido a la hacienda Náinari para consultar sobre su propia aspiración presidencial. Obregón le dio luz verde diciéndole que aceptara porque él no figuraría. Cuando Obregón cambió de opinión, Serrano ya no pudo retirar su candidatura sin perder la dignidad militar.

La matanza de Cuernavaca y el intento frustrado de Cruz

En los primeros días de octubre de 1927, el general Serrano viajó a Cuernavaca para celebrar su onomástico acompañado de amigos ajenos a la política, entre ellos un joven sobrino de 16 años de apellido Jáuregui y un arquitecto que le mostraba unos planos. Serrano no estaba levantado en armas cuando fue aprehendido.

La mañana del fusilamiento, Obregón llegó al Castillo de Chapultepec y se encerró durante una hora en el despacho privado de Plutarco Elías Calles. Obregón no le perdonaba a Serrano el atrevimiento de competir por la Presidencia. Tan pronto como Obregón se retiró, Calles giró la orden para que el general Claudio Fox recogiera a Serrano y a sus acompañantes en Cuernavaca y los ejecutara a todos en el camino a la capital.

Al enterarse de la espantosa instrucción, Cruz ingresó de inmediato al despacho de Calles para intervenir y salvar la vida de su amigo:

«Acabo de saber, mi general, que se han dado órdenes para fusilar al general Serrano, y vengo a pedirle de la manera más respetuosa que revoque esa orden improcedente [...] castíguelo, si a bien lo tiene, y si usted me autoriza, yo salgo en estos momentos para Cuernavaca [...] con absoluta responsabilidad le traigo a Serrano, lo pongo en Santiago Tlatelolco o donde usted me diga, o bien lo llevo a la frontera...» (Pág. 155-156).

Calles, con el rostro embargado por la contrariedad y la amargura, fue incapaz de eludir la implacable presión de Obregón. La orden se ejecutó en el tramo de Huitzilac. Serrano y su comitiva fueron masacrados. La dictadura de la reelección cobraba su cuota más sangrienta.


VI. El puño del régimen: La Guerra Cristera y el martirio del Padre Pro

Nombrado Inspector General de la Policía del Distrito Federal por el presidente Calles en 1925, el general Roberto Cruz se convirtió en la cara visible del aparato de seguridad estatal durante el estallido de la Guerra Cristera (1926-1929).

La decisión de Calles de aplicar con rigor punitivo los artículos constitucionales en materia de cultos (la "Ley Calles") provocó una insurrección campesina en el centro del país y la creación de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. En sus memorias, Cruz refleja la mirada laica, jacobina y marcial del grupo sonorense, considerando las protestas eclesiales como un desacato inaceptable a la autoridad del Estado:

«Decir aquello en un gobierno revolucionario como el del general Calles, era tanto como ponerle un par de banderillas de fuego [...] Mostrándome uno de los diarios en donde venían publicadas las declaraciones del arzobispo, me dijo: —Mire lo que dicen estos léperos; vamos a ver si respetan nuestras leyes y de qué cuero salen más correas. Aplique usted la Ley General...» (Pág. 95).

El atentado contra Obregón y el arresto de Miguel Agustín Pro

En noviembre de 1927, un comando de la Liga Cristera ejecutó un atentado con bombas y disparos contra el automóvil del candidato reelecto Álvaro Obregón en el Bosque de Chapultepec. Obregón resultó ileso, y uno de los atacantes, herido de bala en la cabeza y ciego, fue utilizado por la policía de Cruz —a través del agente Bazail, quien se hizo pasar por amigo del herido en el hospital— para ubicar la casa de seguridad en la calle de Londres.

En esa finca fue arrestado el sacerdote jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, junto con su hermano Humberto y otros militantes. La investigación policial encabezada por Cruz encontró en otra casa de la calle Santa María el maletín personal del sacerdote con su fotografía e información comprometedora.

En su célebre libro El indio que mató al padre Pro, el periodista Julio Scherer García analiza con rigor quirúrgico la figura de Roberto Cruz y la arbitrariedad judicial del proceso. Sin juicio previo, sin permitir el debido proceso ni el desahogo de pruebas de la defensa, Plutarco Elías Calles ordenó la ejecución sumaria del Padre Pro y de sus compañeros.

El 23 de noviembre de 1927, en el patio de la Inspección General de Policía, el Padre Pro fue fusilado con los brazos en cruz frente a los fotógrafos de prensa convocados expresamente por el régimen. Calles y Cruz buscaban enviar un mensaje de terror aleccionador al movimiento cristero. Sin embargo, la serenidad del jesuita antes de morir y su grito final —«¡Viva Cristo Rey!»— convirtieron la ejecución en un bumerán propagandístico: el régimen ofreció al mundo la imagen de un martirio sangriento y desalmado.


VII. Ética personal, intrigas y parábolas de la ingratitud

La figura de Roberto Cruz no se agota en el papel del implacable jefe policiaco; sus memorias rescatan un código ético personal que contrastaba con la perversidad de los juegos de poder políticos.

La parábola del hermano Antonio y la ingratitud

En las páginas 156 a 158, Cruz narra un episodio revelador protagonizado por su hermano Antonio, teniente coronel destacado en Cócorit. Durante una patrulla en la región yaqui, el capitán Pedro Paredes asesinó cobardemente a un comerciante ambulante chino (falluquero) para robarle algunas bagatelas, amenazando a sus subordinados para rendir un parte falso culpando a los indios alzados.

Antonio investigó, descubrió el crimen y aprehendió al culpado. El general Salvador Alvarado ordenó de inmediato un Consejo de Guerra Sumario y la ejecución de Paredes. Sin embargo, cuando la madre, la esposa y los dos pequeños de Paredes acudieron suplicando compasión, Antonio escuchó a su corazón y liberó al prisionero a riesgo de su propia carrera.

Poco tiempo después, al estallar el conflicto entre constitucionalistas y villistas, Antonio cayó prisionero de las tropas enemigas. Paredes, que se había pasado al bando vencedor, exigió a gritos que le entregaran a don Antonio para fusilarlo personalmente. En medio de aquella angustia, el hermano de Cruz, Ramón, recogió del suelo una hoja suelta de una novela arrastrada por el viento donde se leía: "El árbol de la ingratitud es el que da más frutos...". Paredes no pudo ejecutar su venganza; meses más tarde cayó preso en combate sin volver a asesinar a ningún chino indefenso.

La renuncia al poder: Chihuahua y el honor militar

Esta misma reserva moral se evidenció cuando Cruz fungía como Inspector General de Policía y una nutridísima comisión del estado de Chihuahua —encabezada por el senador Abel Rodríguez y compuesta por comerciantes, banqueros y ganaderos— acudió a su oficina para ofrecerle la candidatura a la gubernatura del estado. Incluso el candidato rival, el coronel Jesús Antonio Almeida, enviaba a decir que se retiraba si Cruz aceptaba.

Pese a que la ley lo autorizaba por haber nacido en Chihuahua y tener todo el respaldo del centro, Cruz rechazó tajantemente la oferta:

«—Eso dice la ley —le contesté—, pero mi conciencia me dice que no.» (Pág. suelta).

Las intrigas de Portes Gil y la ejecución de Palomera López

Tras el magnicidio de Obregón en La Bombilla (julio de 1928), la política mexicana ingresó en la nebulosa del Maximato. Cruz retrata con amargura cómo el ascenso de Emilio Portes Gil a la presidencia interina no respondió a una "popularidad personal", sino a una imposición directa de Calles negociada e impulsada operativamente por el propio Cruz. Sin embargo, Portes Gil desplegó una red de intrigas para distanciar a Cruz de Calles.

En 1929, cuando Cruz solicitó su baja del ejército y se retiró a su rancho, el régimen de Portes Gil ordenó encarcelar y fusilar al general Palomera López, un militar de carrera intachable cuyo único delito fue su profunda amistad con Cruz. Se inventó la acusación de que Palomera López estaba confabulado en una rebelión con Cruz, usando una carta falsa. Cruz denuncia con indignación que Palomera López fue pasado por las armas por un crimen inexistente, víctima de la venganza política contra su persona. Perseguido y despojado de sus cargos, Cruz tomó la ruta del exilio.


VIII. Reconciliación en la penumbra, homenaje a los caídos y juicio de la historia

Años después, al regresar del exilio y encontrándose en el Hotel Regis de la Ciudad de México, Roberto Cruz supo que Plutarco Elías Calles se hallaba delicado de salud en su residencia. Pese a las viejas intrigas que los habían distanciado, Cruz solicitó una audiencia. Al dar las once de la mañana del día siguiente, en un encuentro cargado de dramatismo histórico, el anciano "Jefe Máximo", vistiendo su bata de casa y con la voz cortada por la emoción, se fundió en un abrazo con su antiguo ejecutor:

«—Su presencia aquí en estos momentos, general Cruz, me demuestra su categoría de hombre. Usted que sufrió destierro, persecuciones y toda clase de infamia, viene como siempre y me tiende su mano de amigo. Mire usted, andan por ahí muchos individuos a quienes yo hice gente [...] y en la actualidad hasta el saludo me niegan; en cambio usted viene a verme. Olvide todo lo pasado, mi general Roberto Cruz; siempre y en todo tiempo seré su amigo...» (Pág. 132-138).

Cruz rescata además la figura de Calles señalando que, al igual que Adolfo de la Huerta o el propio general Ángel Flores (a quien defiende de las acusaciones de envenenamiento, aclarando que murió por acumulación médica de arsénico prescrito para una dolencia articular), Calles murió en una relativa estrechez económica para los parámetros de la época, con un testamento que apenas alcanzaba los dos millones de pesos compuestos mayoritariamente por obsequios de sus allegados.

De igual forma, Cruz resalta su estrecha amistad con el presidente Lázaro Cárdenas. Al confesarle a Cárdenas que había acudido a visitar al viejo "Jefe Máximo" en su retiro, Cárdenas le respondió con una reverencia institucional que desmentía el rencor: «Hiciste muy bien Roberto, el señor general Calles es digno de toda estimación y respeto.»

Al final de su vida, Cruz rinde un emotivo homenaje a los caudillos y soldados olvidados que hicieron posible la Revolución —hombres como Pancho Coss, el valiente coahuilteco firmante del Plan de Guadalupe que volaba trenes huertistas, lazó un cañón enemigo a caballo y rescató a su madre de la cárcel en medio de un tiroteo feroz, muriendo digno y pobre en su tierra—. Evocando la frase de Bartolomé Mitre ("¡Cuánta acción heroica ha quedado envuelta en el humo de los combates o yace sepultada en el polvo de los archivos!"), Cruz cierra sus memorias rindiendo tributo a compañeros de lucha como Benjamín Hill, Ángel Flores, Maycotte y García Vigil.

Roberto Cruz sobrevivió a todos sus contemporáneos, a sus jefes y a sus detractores. Murió en 1990 a la respetable edad de 101 años. Fue el último testigo de una estirpe de hierro: el sabueso sonorense que vio al ejército maderista marchar sobre los rieles de Sonora, el estratega que cruzó el río Lerma a nado, el hombre que intentó salvar en vano a Serrano en Chapultepec, el comandante que ejecutó al Padre Pro y el anciano general que intercedió en idioma yaqui por la paz de los pueblos del Norte. Su figura permanece en el centro de la historia nacional como el testimonio de que el Estado mexicano no se erigió sobre ideales abstractos, sino sobre la sangre, el fuego y la voluntad inquebrantable de sus hombres.