sábado, 12 de septiembre de 2026

Salvador Abascal y el sinarquismo

Pocos personajes del siglo XX mexicano encarnan con tanta radicalidad la resistencia del catolicismo intransigente frente al Estado posrevolucionario como Salvador Abascal Infante (1910–1994). Abascal no fue un observador pasivo de su tiempo; fue el ideólogo, organizador y jefe supremo de la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en su etapa de mayor auge de masas, para convertirse más tarde en el gran archivero y editor de la memoria contrarrevolucionaria. Su biografía traza la línea continua que une a la resistencia subterránea de la Guerra Cristera con las sociedades secretas, la movilización cívico-religiosa de los años treinta, las disputas ideológicas con el fascismo europeo y la preservación cultural del México hispanista y católico a través de las imprentas.


I. La génesis secreta de la Cristiada: La "U", los éxitos políticos y la estrategia de Calles

Para comprender la formación política e ideológica de Salvador Abascal es indispensable remitirse a su entorno familiar y a la figura de su padre, don Felipe Abascal. La historiografía tradicional suele presentar a la Guerra Cristera (1926-1929) como una explosión campesina puramente espontánea desencadenada por el rigor jacobino de la "Ley Calles". Sin embargo, los testimonios orales recogidos por los historiadores James W. Wilkie y Edna Monzón de Wilkie desvelan una arquitectura subterránea meticulosamente articulada desde años antes.

Entre 1917 y 1925, don Felipe Abascal recorrió el país para tejer las redes de una organización clandestina conocida simplemente como la "U" (Unión). Operando bajo el manto legal de grupos laicos —utilizando principalmente la logística, representación y recursos de los Caballeros de Colón—, la "U" tenía la misión de unificar a todas las agrupaciones católicas hacia un fin supremo: el establecimiento de un gobierno católico en México dentro de los márgenes de la ley.

Lejos de nacer con una vocación levantisca, la "U" buscó primero la vía institucional y electoral, cosechando triunfos legislativos y municipales inéditos: lograron bancadas enteras de diputados en el Congreso local de Michoacán, dominaron casi por completo la diputación en Jalisco y colocaron a numerosos presidentes municipales en el Bajío y el Occidente. No obstante, al cerrarse los espacios cívicos y desatarse la persecución religiosa, la cúpula de la "U" dio el salto hacia la insurrección armada, convirtiéndose en el embrión de los primeros focos cristeros en Pénjamo, Colima y Jalisco.

«Durante seis años mi padre viajó por toda la República fundando una organización, que fue secreta en aquella época y que ya no hay por qué seguir ocultando. Se llamaba la "U"... De esa famosa organización, disuelta por orden de la Santa Sede, alcanzó a nacer, a brotar, la Revolución Cristera. Los primeros brotes cristeros fueron encabezados por miembros de la "U".»
— Salvador Abascal (Testimonio ante James W. Wilkie)

En el penetrante análisis de Salvador Abascal, el estallido bélico no fue un accidente, sino una maniobra meditada por el propio Plutarco Elías Calles. A Calles le convenía precipitar la guerra civil religiosa para lograr un triple objetivo estratégico: amalgamar a las facciones revolucionarias divididas en torno a su liderazgo, eclipsar la sombra política de Álvaro Obregón y distraer la atención del ejército y la opinión pública de las concesiones diplomáticas contraídas con el gobierno de Estados Unidos en los Tratados de Bucareli.


II. El engaño de Cárdenas a Calles y la fragua de "Las Legiones"

Tras la firma de los "Arreglos" de 1929, la resistencia católica se replegó hacia el subterráneo. El ascenso de Lázaro Cárdenas a la Presidencia de la República en 1934 planteó un nuevo reto existencial para la derecha confesional. Cárdenas impulsó la educación socialista mediante la reforma al Artículo 3° constitucional y articuló el corporativismo obrero y campesino.

Salvador Abascal desmontó tempranamente el mito de un Cárdenas manipulable. En sus conversaciones con los Wilkie, Abascal revela cómo Cárdenas ejecutó una maniobra magistral de engaño político sobre el "Jefe Máximo". Calles favorecía la candidatura del general Manuel Pérez Treviño, pero Cárdenas cultivó astutamente a Rodolfo Calles (hijo del caudillo), presentándose como una "cándida paloma" y un dócil ejecutor que sería un segundo "Nopalitos" (en alusión al expresidente Pascual Ortiz Rubio). Rodolfo, entusiasmado, convenció a su padre de inclinar la balanza por Cárdenas, quien, una vez investido con la banda presidencial, demostró una astucia e inteligencia política consumadas para desmantelar al callismo en 1935 y 1936.

Ante la acometida del proyecto laico cardenista, surgió en 1934 la sociedad secreta **Las Legiones**, fundada en Jalisco y extendida a Querétaro y Michoacán. Estructuradas en células clandestinas masculinas y femeninas de entre 300 y 800 miembros, Las Legiones buscaban defender a la comunidad católica frente a la represión oficial. Abascal se integró en Morelia en 1935 y asumió la tarea de articular la organización en todo Michoacán, la Ciudad de México y la diáspora mexicana en el sur de Estados Unidos (cubriendo desde Brownsville y San Antonio hasta Dallas y San Francisco).

Como reveló el historiador y sacerdote Victorlet Ledit en su libro El frente de los pobres —basado en el testimonio del ingeniero Antonio Santacruz, último jefe nacional secreto de la entidad—, Las Legiones no fueron un mito urbano, sino la placenta organizativa que preparó el terreno para la acción pública.


III. La Unión Nacional Sinarquista: Entre la masa popular y el dilema del fascismo

En mayo de 1937, en la ciudad de León, Guanajuato, la jefatura secreta de Las Legiones decidió sacar a la luz pública su brazo de movilización: la Unión Nacional Sinarquista (UNS). El vocablo (del griego sin: con; arché: orden; "con orden", en oposición a la anarquía revolucionaria) dio nombre a un movimiento de masas inédito en la historia de la derecha hispanoamericana.

Cuando Salvador Abascal asumió la Jefatura Suprema de la UNS en 1940, el sinarquismo contaba con cientos de miles de afiliados: campesinos desposeídos, artesanos y clases medias urbanas del Bajío. Los sinarquistas marchaban en formación militarizada, luciendo camisas color café, un brazalete con el mapa de México sobre una bandera tricolor en cuadro blanco y rindiendo honores a la bandera en mítines multitudinarios, pero manteniendo una disciplina estricta de no violencia y prohibición absoluta de portar armas.

Debate Historiográfico: ¿Fue el sinarquismo un movimiento fascista?
La propaganda aliada durante la Segunda Guerra Mundial tildó a la UNS como una "quinta columna del fascismo en México". La historiografía contemporánea ofrece un análisis matizado:
Paralelos estéticos y doctrinales:
La UNS compartió con el fascismo europeo y el falangismo español la disciplina marcial, la retórica del orden, el corporativismo, el anticomunismo y el rechazo a la democracia liberal ilustrada.
Diferencias de fondo:
A diferencia de los fascismos europeos —que eran movimientos estatistas, totalitarios y paganos—, el sinarquismo era un movimiento fundamentalista católico y antiestatista. Su objetivo no era la deificación del Estado, sino la subordinación del orden social a la doctrina de la Iglesia y el restablecimiento de la tradición cristiana.

IV. El desierto de María Auxiliadora y la desarticulación del movimiento

El punto culminante y el inicio del declive del liderazgo de Abascal en la UNS ocurrió en 1941 con la fundación de la colonia María Auxiliadora, en el desierto de Baja California Sur. Concebido por Abascal como una utopía agrarista y católica —una comunidad rústica regida bajo las leyes de la fe, al margen del Estado laico—, el proyecto movilizó a cientos de familias sinarquistas.

Sin embargo, la aridez extrema, la falta de agua y las fricciones entre Abascal y la cúpula secreta de Antonio Santacruz en la Ciudad de México provocaron el colapso del experimento. Abascal renunció a la Jefatura Suprema y fue expulsado de la UNS en 1944. Golpeado por las prohibiciones del gobierno de Manuel Ávila Camacho en el marco de la guerra mundial, el sinarquismo se fragmentó en facciones irreconciliables.


V. El eclipse político frente al PAN: La disputa por el alma conservadora

Durante la década de 1940, la derecha mexicana vivió una bifurcación estratégica. Por un lado, el sinarquismo encarnaba la vía extra-institucional, popular, campesina e intransigente. Por el otro, surgía en 1939 el Partido Acción Nacional (PAN), fundado por Manuel Gómez Morin y Manuel Ulloa, junto con intelectuales urbanos como Efraín González Luna.

El desplazamiento del sinarquismo por parte del PAN como la fuerza dominante del conservadurismo responde a tres claves evolutivas:

Vía Electoral e Institucional:
El PAN aceptó competir dentro del sistema de partido hegemónico, utilizando las urnas, el derecho constitucional y las tribunas parlamentarias como trincheras de resistencia cívica.
Evolución Doctrinaria:
Mientras Abascal rechazaba de plano la democracia liberal, el PAN estructuró un discurso de "democracia política" y "humanismo laico", atrayendo a empresarios, profesionales y clases medias urbanas.
Urbanización e Industrialización:
l rápido crecimiento de las ciudades a partir de los años cuarenta redujo el peso social del campesinado tradicional (base de la UNS) frente a las clases medias instruidas que adoptaron al PAN como vehículo de oposición moderna.

VI. La trinchera de la imprenta: Editorial Jus y la gesta de Rescoldo

Apartado de la política activa, Salvador Abascal trasladó su combate al plano historiográfico y cultural a través de Editorial Jus, sello fundado en 1938 por Manuel Gómez Morin pero convertido bajo la dirección de Abascal en el gran bastión de la literatura hispanista y revisionista.

Desde Jus, Abascal publicó obras destinadas a combatir la historiografía oficial liberal. No obstante, uno de los mayores hitos de la editorial fue el rescate de la narrativa cristera mediante la publicación de la trilogía del autor duranguense Antonio Estrada.

La aparición de Rescoldo: Los últimos cristeros (1961) —junto a La sed junto al río y Los indomables— constituyó un suceso estético. Hijo del cabecilla cristero Florencio Estrada, el autor inmortalizó la resistencia armada de los campesinos de Durango durante la "Segunda Cristiada" de los años treinta. Con un lenguaje de viva sonoridad popular y aliento telúrico —comparado por la crítica con Pedro Páramo de Juan Rulfo y valorado por historiadores como Juan Sasturain—, Rescoldo dio voz a aquellos combatientes olvidados por la jerarquía eclesiástica y el Estado.


VII. Legado histórico

Salvador Abascal Infante falleció en la Ciudad de México en 1994, fiel a su visión providencialista del mundo. Su legado no se refleja en cargos públicos ni en triunfos electorales, sino en su impronta sobre la memoria de la derecha mexicana.

Desde las catacumbas de la "U" y Las Legiones, pasando por las multitudinarias marchas sinarquistas, hasta la trinchera impresa de Editorial Jus, Abascal fue el hilo conductor de un pensamiento contrarrevolucionario que se negó a ser borrado, legando a la historiografía los testimonios indispensables para comprender las tensiones religiosas y sociales que modelaron al México contemporáneo.

Roberto Cruz y la Revolución

Para la historiografía política del siglo XX mexicano, la figura del general de división Roberto Cruz (1888-1990) constituye el instrumento coercitivo y el ejecutor de la camarilla sonorense. Si la Revolución Mexicana gestó un mito sobre la institucionalización del poder, Cruz encarna su reverso empírico, la trinchera sangrienta, la represión calculada y, al mismo tiempo, un código de honor militar e integridad personal que sobrevivió a los exilios, a las traiciones y a la desmemoria.

Su trayectoria biográfica permite articular los nudos ciegos de nuestra historia: el trágico destino del pueblo yaqui, la brutalidad marcial contra Victoriano Huerta, la consolidación de la diarquía Álvaro Obregón-Plutarco Elías Calles, la sangrienta purga del grupo delahuertista, la matanza de Huitzilac, la Guerra Cristera, el revanchismo portesgilista y la posterior reconciliación e institucionalización bajo el manto de Lázaro Cárdenas.


I. La raíz y el estigma: Los yaquis en la tempestad del Norte

Nacido en Guaymas, Sonora, Roberto Cruz creció en el epicentro de la frontera étnica. El pueblo yaqui (yoeme) habitaba un territorio codiciado por las élites porfiristas y las compañías deslindadoras. A finales del siglo XIX y principios del XX, el Estado porfirista desplegó una auténtica política de deportación y exterminio: miles de yaquis fueron cazados, apresados y deportados en condiciones infrahumanas hacia las plantaciones de henequén en Yucatán y de tabaco en Valle Nacional. La resistencia yaqui en la Sierra del Bacatete convirtió a Sonora en una zona de permanente asedio militar.

Cuando estalla la Revolución en 1910 y se profundiza en 1913 tras el asesinato de Francisco I. Madero, los yaquis se integran en masa a las fuerzas revolucionarias. ¿La promesa? La restitución inalienable de su territorio sagrado y el fin del despojo. Obregón y los mandos sonorenses entendieron de inmediato que la infantería yaqui era una fuerza de choque formidable: combatientes disciplinados, austeros, capaces de marchar jornadas extenuantes y de pelear con un valor que aterrorizaba a las tropas enemigas.

Sin embargo, el vínculo fue profundamente utilitario. Los sonorenses instrumentalizaron el coraje yaqui para ganar la guerra civil, pero una vez conquistado el poder en la Ciudad de México, el Estado revolucionario reasumió la política de pacificación forzada y colonización sobre el río Yaqui. Esta paradoja de asimilación y violencia estatal marcaría a la comunidad indígena hasta el histórico Decreto de Restitución del presidente Lázaro Cárdenas en 1937, e incluso hasta los reclamos de soberanía hídrica y territorial que se extienden en el presente.

En las memorias del general compiladas en Roberto Cruz en la Revolución Mexicana, esta dualidad emerge con absoluta transparencia. Durante su etapa como Inspector General de la Policía o alto mando militar, Cruz evoca con nostalgia norteña el idioma y la proximidad con sus soldados indios:

«En ese tiempo había muchos batallones yaquis y mayos que fueron los que dieron el triunfo al general Obregón, en los campos de Celaya y Trinidad. Iban aerme a la secretaría, y mis ayudantes tenían órdenes de dejarlos pasar; se juntaban unos 12 o 15, con todo y mujeres [...] yo les hablaba en español y ellos en yaqui, hasta que alguno, no soportando la broma, me decía en yaqui: —Achiaq empo iton yori noka emposu itobenasi jiaky (¿Por qué nos estás hablando en español, si eres yaqui como nosotros?) Yo me reía y les empezaba a hablar en yaqui...» (Pág. 84).

La escena condensa la naturaleza del régimen sonorense: una familiaridad étnica y afectiva en el campamento militar que no dudaba en transformarse en metralla cuando las demandas comunitarias amenazaban el proyecto de centralización nacional.


II. La epopeya yaqui: Los Ocho Pueblos, el Bacatete y el pacto con Cárdenas

En el Capítulo 13 de sus memorias (La tribu yaqui), Roberto Cruz asume una postura de cronista e historiador para desentrañar la resistencia secular de los ocho pueblos tradicionales: Cócorit (chile), Bácum (lugar donde el río hace un lago), Tórin (rata), Vícam (alimento descompuesto), Pótam (fruta a medio madurar), Ráhum (lugar donde algo fue arrastrado), Huírivis (nombre de un pájaro) y Belem (originariamente Beneme, señorita).

Cruz testimonia haber visto las mismísimas Cédulas Reales de la Corona española —cuidadosamente guardadas por los gobernadores tradicionales en canutos de carrizo— con las que la tribu justificaba el dominio ancestral sobre las tierras bañadas por el río Yaqui. El general rescata hechos de armas legendarios, como la Batalla del cerro de Mazacoba (19 de marzo de 1900), donde el joven líder Pablo Opodepe, de tan solo 23 años, se encerró en el último reducto junto a 60 guerreros y peleó hasta la muerte, dejando un escenario épico donde las tropas del general Lorenzo Torres hallaron 61 cadáveres yaquis sin un solo cartucho en sus cartucheras.

Esta prolongada tragedia social de más de dos siglos solo encontró cauce institucional bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Cruz relata cómo Cárdenas, en plena rebelión indígena, detuvo el tren presidencial en la estación de Las Guásimas y, sin más escolta que dos ayudantes y un guía, se adentró en las entrañas de la Sierra del Bacatete para parlamentar en el propio cuartel general rebelde:

«—No vengo a pelear contra ustedes, vengo a platicar para entregarles sus tierras por las que tanto han luchado; yo soy el presidente de la república.» (Pág. 142).

Cárdenas restituyó a la tribu aproximadamente cien mil hectáreas en la margen derecha del río, proveyó canales, maquinaria agrícola, escuelas y compró el ganado de los rancheros privados para crear ejidos ganaderos gestionados por la comunidad.

Años más tarde, durante los funerales del presidente Cárdenas en la Ciudad de México, Cruz se encontró en el avión con la comisión yaqui encabezada por el cacique Tosamasay (Pluma Blanca). En una conmovedora interacción en dialecto yaqui, los jefes le externaron el temor de que, con la muerte del "Padre Lázaro", les fueran despojadas sus tierras. La respuesta de Roberto Cruz condensa la máxima de la resistencia indígena norteña:

«—Ytase itapo jobare eni Roberto ytom achay Lázaro muco. Buia itonmaca iton iguana.
—Cate uga cayta enchim ugua eme ara nasua catem toja. Roberto Cruz enchin ania.
(Qué vamos a hacer ahora, Roberto, nuestro padre Lázaro murió. Las tierras que él nos dio seguramente querrán quitárnoslas. No piensen eso, nada les quitarán, ustedes saben pelear no se dejen. Roberto Cruz estará con ustedes).» (Pág. 143).

Cruz intercedió directamente ante el Presidente de la República para garantizar que la autonomía yaqui permaneciera intocada, advirtiendo que, si Grecia había tenido a sus espartanos, México poseía en Sonora a sus yaquis: hombres leales en la paz, pero combatientes temibles si se desafiaba su territorio.


III. La fragua revolucionaria: De Cochori al asedio de Guaymas (1913-1914)

Tras el golpe de Estado de Victoriano Huerta en febrero de 1913, Sonora se convierte en la fragua del Ejército Constitucionalista. El entonces joven capitán Roberto Cruz opera en la línea costera del Golfo de California. En sus memorias relata la ferocidad del encuentro militar en Cochori, entre Empalme y Cruz de Piedra, donde detuvieron a sangre y fuego a la columna huertista del general Miguel Girón:

«Por tren habían salido de Empalme. Yo al mando de 200 hombres cubría el puerto avanzado el Cochori [...] dejamos que el tren de Girón se aproximara lo más posible y en el momento oportuno abrimos el fuego [...] El mismo general Girón murió en ese combate. En ese hecho de armas tuve la pena de perder a mi segundo en jefe, el valiente capitán segundo Concepción Gámez...» (Pág. 42).

El mérito en Cochori le valió a Cruz la encomienda personal de Álvaro Obregón para organizar e integrar el histórico Onceavo Batallón de Infantería, del cual asumió el mando como Mayor a los 25 años.

La épica del riel y la leva porfirista

La logística sonorense dependía de las vías férreas. Ante la destrucción de los puentes y la falta de material rodante hacia el sur, Cruz describe una maniobra de ingeniería improvisada que demuestra la capacidad organizativa del constitucionalismo: desmontar y trasladar tramos de vía y máquinas a hombros mediante cadenas humanas de más de dos mil hombres, rellenando calderas con agua transportada en cubetas desde pozos distantes a más de un kilómetro.

En contraposición, Cruz contrapone el espíritu del ejército voluntario sonorense —movido por la indignación ante el asesinato de Madero— frente a la tropa federal de Huerta, alimentada por la leva forzosa de peones traídos de las haciendas del centro del país (como las de Íñigo Noriega) y apoyada por la oligarquía porfirista (los Braniff, Escandón y Rincón Gallardo). Mientras las tropas de Huerta eran "pobre carne de cañón", la oficialidad joven de Obregón marchaba impulsada por un celo bélico incontestable.


IV. La crisis de 1923-1924: La fractura de los generales y la Gran Batalla de Ocotlán

Para 1923, la Revolución devoró a sus propios hijos. La sucesión presidencial de Álvaro Obregón fracturó a la familia sonorense. Adolfo de la Huerta —a quien Cruz retrata con nobleza como un hombre íntegro originario de Guaymas, exgobernador y expresidente que murió en la más absoluta pobreza pagando su vivienda a plazos— se levantó en armas apoyado por más de la mitad del Ejército Nacional y por figuras de inmenso prestigio como el general Salvador Alvarado.

En este conflicto, la lealtad de Roberto Cruz hacia la diarquía Obregón-Calles fue absoluta. Cuando la rebelión delahuertista amenazó con tomar el control del occidente del país, Cruz avanzó como Jefe de la División de Caballería de las Operaciones de Occidente. En la víspera de la batalla decisiva, Cruz recibió una misiva personal de su antiguo jefe, el rebelde Salvador Alvarado:

«Roberto: Te saludo con el cariño de siempre. No te invito a que te vengas con nosotros porque te conozco bien y sé que no lo harás, pero cualquiera que sea nuestra situación y en todo tiempo siempre seré tu amigo. Salvador Alvarado» (Pág. 86).

Cruz no vaciló: leyó la carta ante sus oficiales y la entregó intacta al presidente Obregón. La amistad personal quedaba subordinada al mando de facción.

La Batalla de Ocotlán (9 de febrero de 1924)

La sangrienta batalla por el cruce del río Lerma en Ocotlán, Jalisco, definió el rumbo de la rebelión. Las fuerzas delahuertistas, atrincheradas en la margen izquierda bajo fortificaciones diseñadas por el general huertista Gustavo Salas, impedían el avance constitucionalista. El puente de Cuitzeo estaba dinamitado y el tiroteo no cesaba día ni noche.

Ante la parálisis, el presidente Obregón rechazó la propuesta inicial de Cruz de mandar nadadores nocturnos y ordenó construir pontones de madera flotantes sujetos con neumáticos a medio inflar. Cruz asumió el mando del ala derecha e ideó la maniobra decisiva: comisionó a su familiar, el capitán J. Carmen Díaz (un extraordinario nadador), para que cruzara el río a nado sujetando un cable de acero con la boca en medio de un diluvio de proyectiles enemigos, atándolo a un álamo de la orilla opuesta.

Cruz cruzó personalmente el Lerma al frente de 800 hombres bajo fuego encarnizado. Cuando el reporte llegó al teléfono del tren presidencial donde aguardaba Obregón, el caudillo manco exclamó: «Esta batalla ya la ganamos».

La victoria en Ocotlán le costó a Cruz la baja de casi todo su estado mayor y una herida de bala en el escroto. La anécdota registra el humor ácido e implacable de Obregón esa misma noche en el tren de operaciones:

«—¡Tenían que pegarle ahí a ese muchacho, es lo que más le abulta!» (Pág. 88).

Dos días después, el 12 de febrero de 1924, Cruz ocupó la ciudad de Guadalajara con el orgullo de lucir en las presillas las insignias de General de División.


V. La advertencia desoída y la tragedia de Huitzilac (1927)

A medida que se aproximaban las elecciones de 1928, Álvaro Obregón impulsó la reforma constitucional para volver al poder, quebrando el principio fundacional del movimiento revolucionario: Sufragio efectivo, no reelección.

Roberto Cruz revela en las páginas 153 a 156 un episodio íntimo y fundamental: fue el único general de alto rango que encaró a Obregón para pedirle en persona que no aceptara la candidatura. Cruz acudió de madrugada a la residencia del caudillo en la avenida Álvaro Obregón de la Ciudad de México. Tomando café a solas en el comedor, Cruz le advirtió:

«Vengo a decirle mi general, que usted no acepte esa postulación. Usted es más grande en estos momentos fuera de la presidencia, que dentro de ella [...] si usted aceptara esa postulación, siendo como es un revolucionario distinguido, conculcaríamos el gran lema y principio de nuestra lucha armada: Sufragio efectivo no reelección.» (Pág. 154).

Obregón lo tranquilizó falsamente diciéndole que no se preocupara, que estaba ajeno a ello. Sin embargo, un mes después aceptó la postulación. Cruz notó de inmediato la frialdad y el distanciamiento del caudillo, cuyo carácter apasionado no toleró la objeción moral. Obregón fue víctima del cerco de los "lambiscones" que, al igual que los científicos a Porfirio Díaz, le cantaron al oído que era el único hombre indispensable.

Paralelamente, el general Francisco R. Serrano, amigo íntimo de Obregón y exjefe de su estado mayor, había acudido a la hacienda Náinari para consultar sobre su propia aspiración presidencial. Obregón le dio luz verde diciéndole que aceptara porque él no figuraría. Cuando Obregón cambió de opinión, Serrano ya no pudo retirar su candidatura sin perder la dignidad militar.

La matanza de Cuernavaca y el intento frustrado de Cruz

En los primeros días de octubre de 1927, el general Serrano viajó a Cuernavaca para celebrar su onomástico acompañado de amigos ajenos a la política, entre ellos un joven sobrino de 16 años de apellido Jáuregui y un arquitecto que le mostraba unos planos. Serrano no estaba levantado en armas cuando fue aprehendido.

La mañana del fusilamiento, Obregón llegó al Castillo de Chapultepec y se encerró durante una hora en el despacho privado de Plutarco Elías Calles. Obregón no le perdonaba a Serrano el atrevimiento de competir por la Presidencia. Tan pronto como Obregón se retiró, Calles giró la orden para que el general Claudio Fox recogiera a Serrano y a sus acompañantes en Cuernavaca y los ejecutara a todos en el camino a la capital.

Al enterarse de la espantosa instrucción, Cruz ingresó de inmediato al despacho de Calles para intervenir y salvar la vida de su amigo:

«Acabo de saber, mi general, que se han dado órdenes para fusilar al general Serrano, y vengo a pedirle de la manera más respetuosa que revoque esa orden improcedente [...] castíguelo, si a bien lo tiene, y si usted me autoriza, yo salgo en estos momentos para Cuernavaca [...] con absoluta responsabilidad le traigo a Serrano, lo pongo en Santiago Tlatelolco o donde usted me diga, o bien lo llevo a la frontera...» (Pág. 155-156).

Calles, con el rostro embargado por la contrariedad y la amargura, fue incapaz de eludir la implacable presión de Obregón. La orden se ejecutó en el tramo de Huitzilac. Serrano y su comitiva fueron masacrados. La dictadura de la reelección cobraba su cuota más sangrienta.


VI. El puño del régimen: La Guerra Cristera y el martirio del Padre Pro

Nombrado Inspector General de la Policía del Distrito Federal por el presidente Calles en 1925, el general Roberto Cruz se convirtió en la cara visible del aparato de seguridad estatal durante el estallido de la Guerra Cristera (1926-1929).

La decisión de Calles de aplicar con rigor punitivo los artículos constitucionales en materia de cultos (la "Ley Calles") provocó una insurrección campesina en el centro del país y la creación de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. En sus memorias, Cruz refleja la mirada laica, jacobina y marcial del grupo sonorense, considerando las protestas eclesiales como un desacato inaceptable a la autoridad del Estado:

«Decir aquello en un gobierno revolucionario como el del general Calles, era tanto como ponerle un par de banderillas de fuego [...] Mostrándome uno de los diarios en donde venían publicadas las declaraciones del arzobispo, me dijo: —Mire lo que dicen estos léperos; vamos a ver si respetan nuestras leyes y de qué cuero salen más correas. Aplique usted la Ley General...» (Pág. 95).

El atentado contra Obregón y el arresto de Miguel Agustín Pro

En noviembre de 1927, un comando de la Liga Cristera ejecutó un atentado con bombas y disparos contra el automóvil del candidato reelecto Álvaro Obregón en el Bosque de Chapultepec. Obregón resultó ileso, y uno de los atacantes, herido de bala en la cabeza y ciego, fue utilizado por la policía de Cruz —a través del agente Bazail, quien se hizo pasar por amigo del herido en el hospital— para ubicar la casa de seguridad en la calle de Londres.

En esa finca fue arrestado el sacerdote jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, junto con su hermano Humberto y otros militantes. La investigación policial encabezada por Cruz encontró en otra casa de la calle Santa María el maletín personal del sacerdote con su fotografía e información comprometedora.

En su célebre libro El indio que mató al padre Pro, el periodista Julio Scherer García analiza con rigor quirúrgico la figura de Roberto Cruz y la arbitrariedad judicial del proceso. Sin juicio previo, sin permitir el debido proceso ni el desahogo de pruebas de la defensa, Plutarco Elías Calles ordenó la ejecución sumaria del Padre Pro y de sus compañeros.

El 23 de noviembre de 1927, en el patio de la Inspección General de Policía, el Padre Pro fue fusilado con los brazos en cruz frente a los fotógrafos de prensa convocados expresamente por el régimen. Calles y Cruz buscaban enviar un mensaje de terror aleccionador al movimiento cristero. Sin embargo, la serenidad del jesuita antes de morir y su grito final —«¡Viva Cristo Rey!»— convirtieron la ejecución en un bumerán propagandístico: el régimen ofreció al mundo la imagen de un martirio sangriento y desalmado.


VII. Ética personal, intrigas y parábolas de la ingratitud

La figura de Roberto Cruz no se agota en el papel del implacable jefe policiaco; sus memorias rescatan un código ético personal que contrastaba con la perversidad de los juegos de poder políticos.

La parábola del hermano Antonio y la ingratitud

En las páginas 156 a 158, Cruz narra un episodio revelador protagonizado por su hermano Antonio, teniente coronel destacado en Cócorit. Durante una patrulla en la región yaqui, el capitán Pedro Paredes asesinó cobardemente a un comerciante ambulante chino (falluquero) para robarle algunas bagatelas, amenazando a sus subordinados para rendir un parte falso culpando a los indios alzados.

Antonio investigó, descubrió el crimen y aprehendió al culpado. El general Salvador Alvarado ordenó de inmediato un Consejo de Guerra Sumario y la ejecución de Paredes. Sin embargo, cuando la madre, la esposa y los dos pequeños de Paredes acudieron suplicando compasión, Antonio escuchó a su corazón y liberó al prisionero a riesgo de su propia carrera.

Poco tiempo después, al estallar el conflicto entre constitucionalistas y villistas, Antonio cayó prisionero de las tropas enemigas. Paredes, que se había pasado al bando vencedor, exigió a gritos que le entregaran a don Antonio para fusilarlo personalmente. En medio de aquella angustia, el hermano de Cruz, Ramón, recogió del suelo una hoja suelta de una novela arrastrada por el viento donde se leía: "El árbol de la ingratitud es el que da más frutos...". Paredes no pudo ejecutar su venganza; meses más tarde cayó preso en combate sin volver a asesinar a ningún chino indefenso.

La renuncia al poder: Chihuahua y el honor militar

Esta misma reserva moral se evidenció cuando Cruz fungía como Inspector General de Policía y una nutridísima comisión del estado de Chihuahua —encabezada por el senador Abel Rodríguez y compuesta por comerciantes, banqueros y ganaderos— acudió a su oficina para ofrecerle la candidatura a la gubernatura del estado. Incluso el candidato rival, el coronel Jesús Antonio Almeida, enviaba a decir que se retiraba si Cruz aceptaba.

Pese a que la ley lo autorizaba por haber nacido en Chihuahua y tener todo el respaldo del centro, Cruz rechazó tajantemente la oferta:

«—Eso dice la ley —le contesté—, pero mi conciencia me dice que no.» (Pág. suelta).

Las intrigas de Portes Gil y la ejecución de Palomera López

Tras el magnicidio de Obregón en La Bombilla (julio de 1928), la política mexicana ingresó en la nebulosa del Maximato. Cruz retrata con amargura cómo el ascenso de Emilio Portes Gil a la presidencia interina no respondió a una "popularidad personal", sino a una imposición directa de Calles negociada e impulsada operativamente por el propio Cruz. Sin embargo, Portes Gil desplegó una red de intrigas para distanciar a Cruz de Calles.

En 1929, cuando Cruz solicitó su baja del ejército y se retiró a su rancho, el régimen de Portes Gil ordenó encarcelar y fusilar al general Palomera López, un militar de carrera intachable cuyo único delito fue su profunda amistad con Cruz. Se inventó la acusación de que Palomera López estaba confabulado en una rebelión con Cruz, usando una carta falsa. Cruz denuncia con indignación que Palomera López fue pasado por las armas por un crimen inexistente, víctima de la venganza política contra su persona. Perseguido y despojado de sus cargos, Cruz tomó la ruta del exilio.


VIII. Reconciliación en la penumbra, homenaje a los caídos y juicio de la historia

Años después, al regresar del exilio y encontrándose en el Hotel Regis de la Ciudad de México, Roberto Cruz supo que Plutarco Elías Calles se hallaba delicado de salud en su residencia. Pese a las viejas intrigas que los habían distanciado, Cruz solicitó una audiencia. Al dar las once de la mañana del día siguiente, en un encuentro cargado de dramatismo histórico, el anciano "Jefe Máximo", vistiendo su bata de casa y con la voz cortada por la emoción, se fundió en un abrazo con su antiguo ejecutor:

«—Su presencia aquí en estos momentos, general Cruz, me demuestra su categoría de hombre. Usted que sufrió destierro, persecuciones y toda clase de infamia, viene como siempre y me tiende su mano de amigo. Mire usted, andan por ahí muchos individuos a quienes yo hice gente [...] y en la actualidad hasta el saludo me niegan; en cambio usted viene a verme. Olvide todo lo pasado, mi general Roberto Cruz; siempre y en todo tiempo seré su amigo...» (Pág. 132-138).

Cruz rescata además la figura de Calles señalando que, al igual que Adolfo de la Huerta o el propio general Ángel Flores (a quien defiende de las acusaciones de envenenamiento, aclarando que murió por acumulación médica de arsénico prescrito para una dolencia articular), Calles murió en una relativa estrechez económica para los parámetros de la época, con un testamento que apenas alcanzaba los dos millones de pesos compuestos mayoritariamente por obsequios de sus allegados.

De igual forma, Cruz resalta su estrecha amistad con el presidente Lázaro Cárdenas. Al confesarle a Cárdenas que había acudido a visitar al viejo "Jefe Máximo" en su retiro, Cárdenas le respondió con una reverencia institucional que desmentía el rencor: «Hiciste muy bien Roberto, el señor general Calles es digno de toda estimación y respeto.»

Al final de su vida, Cruz rinde un emotivo homenaje a los caudillos y soldados olvidados que hicieron posible la Revolución —hombres como Pancho Coss, el valiente coahuilteco firmante del Plan de Guadalupe que volaba trenes huertistas, lazó un cañón enemigo a caballo y rescató a su madre de la cárcel en medio de un tiroteo feroz, muriendo digno y pobre en su tierra—. Evocando la frase de Bartolomé Mitre ("¡Cuánta acción heroica ha quedado envuelta en el humo de los combates o yace sepultada en el polvo de los archivos!"), Cruz cierra sus memorias rindiendo tributo a compañeros de lucha como Benjamín Hill, Ángel Flores, Maycotte y García Vigil.

Roberto Cruz sobrevivió a todos sus contemporáneos, a sus jefes y a sus detractores. Murió en 1990 a la respetable edad de 101 años. Fue el último testigo de una estirpe de hierro: el sabueso sonorense que vio al ejército maderista marchar sobre los rieles de Sonora, el estratega que cruzó el río Lerma a nado, el hombre que intentó salvar en vano a Serrano en Chapultepec, el comandante que ejecutó al Padre Pro y el anciano general que intercedió en idioma yaqui por la paz de los pueblos del Norte. Su figura permanece en el centro de la historia nacional como el testimonio de que el Estado mexicano no se erigió sobre ideales abstractos, sino sobre la sangre, el fuego y la voluntad inquebrantable de sus hombres.

jueves, 10 de septiembre de 2026

El destierro de Plutarco Elías Calles en abril de 1936

Microhistoria, contingencia y el colapso del Maximato (9-10 de abril de 1936)

Vista desde el presente, la Historia suele verse bajo el prisma del determinismo. Los grandes virajes políticos tienden a interpretarse como secuencias lógicas e ineludibles, en las que el desenlace estaba preescrito por fuerzas estructurales subyacentes. Sin embargo, como demuestra el análisis de la ciencia política e historiografía contemporáneas, la realidad histórica es un proceso sumamente contingente. Aunque existen dinámicas de fondo que condicionan los márgenes de maniobra, cualquier evento crítico conlleva una multitud de desenlaces posibles. El presente que habitamos es tan solo una de las infinitas ramificaciones a las que pudo haber llegado el pasado.

Un caso paradigmático en la historia política hispanoamericana es el colapso definitivo del Maximato en la madrugada del 10 de abril de 1936. La narrativa oficial ha consolidado la idea de que la victoria del presidente Lázaro Cárdenas sobre el general Plutarco Elías Calles era el paso natural hacia la institucionalización del régimen postrevolucionario y la consolidación del presidencialismo en México. No obstante, al examinar la evidencia documental directa —en particular el testimonio del general de brigada Rafael Navarro Cortina, comandante de la Guarnición de la Plaza de la Ciudad de México y ejecutor directo de la expulsión—, queda al descubierto que el evento fue una operación militar y psicológica de altísimo riesgo, donde la paz nacional pendió de un hilo durante horas.

Rapidez y discreción absoluta:
Anular cualquier margen de filtración a la prensa o a los cuarteles militares para prevenir la movilización de unidades leales a Calles.
Cortesía e integridad institucional:
Tratar al "Jefe Máximo" con el rigor de la ley pero con el máximo respeto a su dignidad, evitando cualquier tipo de humillación pública, violencia física o sobrepaso de atribuciones.

Para la primavera de 1936, la dualidad del poder en México resultaba insostenible. Por un lado, Lázaro Cárdenas ejercía la Presidencia Constitucional impulsando un proyecto de movilización obrera y reparto agrario; por el otro, Plutarco Elías Calles, el "Jefe Máximo de la Revolución", continuaba tutelando la política nacional desde la sombra.

En la valoración del propio Navarro Cortina, aproximadamente el 80% del marco de mando del Ejército Nacional mantenía lealtades o simpatías con el callismo. En ese escenario inestable, la decisión de Cárdenas de remover a Calles del territorio nacional no representaba un trámite administrativo, sino un cálculo estratégico de extrema peligrosidad. En el abanico de probabilidades de aquella noche de abril, la resolución pacífica era apenas una de las opciones. Las alternativas abarcaban: un levantamiento militar fratricida de mandos callistas que reabriera la sangrienta guerra civil; un golpe de Estado preventivo o la detención del propio presidente Cárdenas; un enfrentamiento armado en la residencia de Calles que derivara en su muerte, convirtiéndolo en un mártir político y detonando una insurrección generalizada.

Para inclinar la balanza sin disparar un solo tiro, Cárdenas comprendió la importancia de la selección del ejecutor. El elegido fue el general Navarro Cortina, un militar de lealtad constitucional inquebrantable, dotado del temple y la compostura requeridos para imponerse ante la figura más temida del país.

La transcripción literal del testimonio de Navarro Cortina, recogida por James W. Wilkie y Edna Monzón de Wilkie en el Volumen III de Frente a la Revolución Mexicana (páginas CXVI a CXXI), desglosa minuto a minuto la arquitectura del operativo en la Hacienda de Santa Bárbara (Quinta Anzures).

Tras recibir las instrucciones directas de Cárdenas en la residencia oficial de Los Pinos cerca de las dos de la mañana, Navarro organizó el dispositivo de contención: cortó el servicio telefónico de la finca a través de la central de Teléfonos de México y desplegó un cerrojo militar discreto con tropas de las Guardias Presidenciales.

Al ingresar a la alcoba de Calles a las 6:30 AM, el general encontró al "Jefe Máximo" acostado, sosteniendo un libro de pastas rojas (que reportes de prensa identificaron posteriormente como una traducción de *Mi Lucha* de Adolf Hitler). Calles prolongó el silencio durante minutos deliberados, leyendo sin mirar al visitante en una maniobra de poder orientada a intimidar al subordinado. Navarro, consciente de que "de lo que ocurriera podía depender un cambio en la historia", rompió la espera con sobriedad marcial: "El señor Presidente de la República lo invita a salir inmediatamente del país..."

El "Jefe Máximo" reaccionó con ira: arrojó el libro con violencia, se incorporó bruscamente y dejó al descubierto en la cabecera una pistola calibre .45. Ante el movimiento, Navarro contempló el abismo de la responsabilidad: un intento de agresión o un disparo contra Calles habría cubierto de luto al país. Con frialdad, Navarro contuvo el exabrupto frenando los amagos de Calles de movilizar sus "recursos": "—Es tarde para mover sus 'recursos', mi general. Pues como soldado he tomado todas las precauciones del caso... y si usted quiere evitar un 'desastre' [...] usted debe aceptar 'la invitación'..."

Acorralado y advirtiendo que el dispositivo militar era infranqueable, Calles intentó una última posición de honor militar y orgullo político: "—En tal caso, señor general, es preferible que me ponga frente al 'paredón' y ahí termine todo esto..." Ese instante constituyó el punto de viraje del Maximato. Para un caudillo militar formado en las armas de la Revolución Mexicana, el fusilamiento conservaba un aura de martirio y dignidad marcial; la expulsión, en cambio, representaba la irrelevancia y la muerte política absoluta. Navarro desmanteló la provocación con una respuesta institucional: "—No tengo esas instrucciones, mi general, y sí las de velar por su seguridad personal, hasta en tanto no se encuentre usted en el extranjero..."

Al comprender que no habría paredón ni margen de negociación, la postura de Calles se desmoronó. El testimonio describe cómo el exmandatario bajó los hombros, fijó la vista en el techo contemplando el colapso de su estructura de poder y preguntó con voz ronca: "¿A qué parte de los Estados Unidos tienen que trasladarme?".

De manera paralela y coordinada, Cárdenas utilizó la Inspección de Policía para arrestar y concentrar en el hangar de Balbuena a los tres pilares del entramado callista:

Luis N. Morones:
Líder de la CROM y operador del brazo sindical.
Luis L. León:
Intelectual y operador político del grupo.
Melchor Ortega:
Exgobernador de Guanajuato y conector con los cacicazgos regionales.

Los cuatro hombres fueron embarcados a las siete de la mañana en un transporte militar Lockheed Electra con destino a Brownsville, Texas. La cúpula del Maximato fue desarticulada en un solo movimiento. El valor de la fuente primaria de Wilkie radica en revelar cómo el paso del caudillismo de facciones al presidencialismo hegemónico se resolvió en la tensión micropsicológica de una habitación.

La operación encabezada por el general Navarro Cortina destaca tres factores estructurales del sistema político mexicano contemporáneo:

La eficacia del eufemismo institucional:
Cárdenas no usó el término "decreto de expulsión" o "prisión", sino una "atenta invitación a salir del país". Esta fórmula jurídica y diplomática le permitió al Estado ejercer la fuerza pública reduciendo el costo político y evitando el enjuiciamiento de una figura emblemática de la Revolución.
La subordinación del Ejército al Mando Constitucional:
Navarro Cortina, a pesar de haberse formado en el contexto revolucionario, obedeció la cadena de mando encarnada en el Presidente de la República. La respuesta que le dio a Calles sobre la falta de órdenes para ejecutarlo confirmó que las Fuerzas Armadas dejaban de responder a liderazgos personales para servir a las instituciones.
El aislamiento de los caudillismos regionales:
Al deportar simultáneamente a Calles, Morones, León y Ortega, Cárdenas privó a los mandos provinciales de sus cabezas de articulación, permitiendo que entre 1935 y 1937 la Secretaría de Gobernación y el PNR purgaran a los gobernadores callistas mediante el recurso de la "desaparición de poderes".

El testimonio del general Navarro Cortina inmortaliza el momento en que la figura del "Jefe Máximo" se desmoronó sin estrépito. La historia no respondió a un destino prefijado, sino al temple, la disciplina y la precisión táctica de hombres que, en medio del caos, impusieron la supremacía de las instituciones.

El episodio de la Quinta Anzures ilustra que los grandes virajes de la historia no responden exclusivamente a leyes socioeconómicas abstractas. El paso del caudillismo personalizado al presidencialismo institucional —pilar de la estabilidad política mexicana durante el resto del siglo XX— se resolvió en la tensión micropsicológica de una recámara a las seis de la mañana. Si el general Navarro hubiera vacilado, si se hubiera dejado llevar por la ira ante los insultos de Calles, o si una chispa de violencia hubiera terminado en el asesinato del "Jefe Máximo", el resultado no habría sido la consolidación de la Presidencia, sino una sangrienta conflagración civil de insospechadas consecuencias. La historia no es un riel rectilíneo; es un mar tumultuoso de azares donde las estructuras sociales imponen los márgenes de lo posible, pero la conducta, el temple y la contingencia de los individuos terminan por decidir cuál de los infinitos pasados se convierte en nuestro presente.

El destierro de Plutarco Elías Calles en abril de 1936 fue la decapitación del "Jefe Máximo", pero no el fin automático de su régimen. El verdadero poder del Maximato no residía únicamente en la figura de Calles, sino en una red capilar de gobernadores, caciques regionales y comandantes militares que controlaban los estados. Entre junio de 1935 y finales de 1937, Lázaro Cárdenas desplegó una estrategia de pinza institucional, social y militar para asfixiar y desmantelar los feudos callistas sin provocar una rebelión generalizada.

El instrumento legal más contundente de Cárdenas fue el uso estratégico del Artículo 76 constitucional a través del Senado de la República. Si un gobernador callista mostraba resistencia a la línea del Ejecutivo o intentaba reprimir las movilizaciones obreras o agrarias promovidas por el cardenismo, el Senado declaraba la "desaparición de poderes" en la entidad, removía al mandatario y nombraba un gobernador provisional afín a Palacio Nacional. Entre diciembre de 1935 y 1936, Cárdenas utilizó este mecanismo para decapitar los principales baluartes del callismo provincial:

  • Destitución de Rodolfo Elías Calles (hijo del Jefe Máximo).
  • Purga de gobernadores abiertamente leales a la facción callista. 
  • Neutralización de la estructura heredada por Carlos Riva Palacio.

En junio de 1935, tras la primera ruptura pública con Calles, Cárdenas nombró al expresidente Emilio Portes Gil como presidente del Partido Nacional Revolucionario (PNR). Portes Gil actuó como el "demoledor político" del régimen:

  • Organizó la expulsión sistemática de los diputados y senadores callistas del bloque parlamentario.
  • Intervinó los comités estatales del PNR, cerrando el paso a las candidaturas de las élites provinciales vinculadas a Calles.
  • Dividió a las élites locales ofreciendo impunidad y continuidad a los cuadros secundarios que decidieran jurar lealtad al Ejecutivo.

Un gobernador en el México posrevolucionario solo era tan fuerte como el general que comandaba la zona militar de su estado. Cárdenas, un conocedor profundo de la geografía militar del país, aplicó una rotación metódica de mandos:

  • Trasladó a los generales sospechosos de simpatías callistas a zonas periféricas o administrativas sin tropas al mando.
  • Colocó en las Jefaturas de Operaciones a militares de su absoluta confianza (como Francisco J. Múgica o Manuel Ávila Camacho en sus respectivas esferas de influencia).
  • Al aislar a los gobernadores del brazo armado del Ejército, les retiró la capacidad de negociar o levantarse en armas.

Cárdenas no solo operó desde arriba; movilizó a las bases populares para arrinconar a las oligarquías provinciales. Apoyó la creación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) en 1936 bajo la dirección de Vicente Lombardo Toledano. Las huelgas promovidas por la CTM desestabilizaban a los gobiernos locales callistas, dándole al Ejecutivo el pretexto perfecto para intervenir e imponer el orden. A través del impulso al reparto masivo de tierras y la entrega de armas a las milicias ejidales, Cárdenas le quitó a los caciques regionales el monopolio de la violencia local y la base territorial del trabajo rural.

La expulsión de Luis N. Morones el 10 de abril de 1936 junto a Plutarco Elías Calles no solo representó la purga de un caudillo político, sino el desmantelamiento definitivo del modelo sindical hegemonizado por la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM). Este hecho actuó como el catalizador histórico que permitió la hegemonía de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la reestructuración corporativa del Estado cardenista.

Durante los gobiernos de Obregón y Calles, la CROM funcionó como un brazo corporativo privilegiado mediante el Partido Laborista Mexicano. Morones ejerció un control vertical, corrupto y de subordinación al capital nacional, utilizando la mediación estatal para aplastar a sindicatos independientes.

Al aliarse abiertamente con Calles durante la crisis de 1935 y criticar la ola de huelgas respaldada por Cárdenas, Morones quedó descolocado políticamente. Su arresto y exilio en 1936 desarticularon la cabeza del aparato cromista. Privada del subsidio público, de la protección del Ministerio del Trabajo y de la red de favores del Maximato, la CROM sufrió un vaciamiento masivo de sus bases y quedó reducida a una central minoritaria sin capacidad de veto.

Apenas dos meses antes del exilio de Morones, en febrero de 1936, se fundó el Comité Nacional de Defensa Proletaria, que dio origen a la Confederación de Trabajadores de México (CTM), liderada por Vicente Lombardo Toledano y Fidel Velázquez (al frente de la CGOCM y de sindicatos de industria como el minero, petrolero y ferroviario). La expulsión de Morones despejó el camino para la CTM en tres frentes clave:

Absorción de la militancia obrera:
Miles de obreros de fábrica, artesanos y sindicatos locales abandonaron las filas de la CROM para integrarse a la nueva central, que ofrecía representación real y el respaldo del Ejecutivo.
Monopolio de la huelga:
Cárdenas reconoció implícitamente a la CTM como el interlocutor válido en las disputas laborales, garantizando la legalidad de los paros cuando estos respaldaban la política industrial o nacionalista del gobierno.
Unificación del frente del trabajo:
La caída de Morones eliminó al principal saboteador de la unidad sindical, permitiendo a Lombardo Toledano articular el concepto del "frente único obrero".

El reemplazo de la CROM por la CTM implicó un giro doctrinario en el movimiento obrero mexicano:

De la componenda al proyecto de clase:
Morones concebía al sindicato como una agencia de negociación patrimonialista; Lombardo Toledano introdujo una retórica marxista y antiimperialista que alineaba los intereses de la clase trabajadora con la defensa de la soberanía nacional.
Sosten para las grandes reformas cardenistas:
La CTM se convirtió en el brazo ejecutor de la política de Cárdenas. Fue la base social que contuvo las presiones de las cámaras patronales (como la recién creada COPARMEX) y dio la fuerza callejera para sostener la **Expropiación Petrolera de 1938** y la nacionalización de los ferrocarriles.

La purga del moronismo facilitó el paso final de la ingeniería política cardenista: la transformación del PNR en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en marzo de 1938.

Con la CROM neutralizada y la CTM plenamente consolidada bajo el liderazgo lombardista, Cárdenas estructuró el nuevo partido oficial en cuatro sectores: obrero, campesino (CNC), militar y popular. La CTM asumió el control absoluto del sector obrero, pactando una alianza orgánica con el Estado a cambio de cuotas de representación legislativa, gubernaturas y control de la contratación colectiva.

La expulsión de Morones no significó la autonomía del movimiento obrero, sino la sustitución de un caudillismo sindical dependiente de la figura de Calles por un corporativismo de Estado hipercentralizado, que se convertiría en la columna vertebral de la estabilidad política mexicana durante las siguientes seis décadas.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La razón y las razones

En una plática de sobremesa con mi familia en agosto del 2026, observé que cada vez es más común que la gente se estacione en las esquinas de las calles de nuestras zonas residenciales. Ante mi comentario, un familiar, caracterizado por ser asertivo, declaró que estacionarse en las esquinas es simplemente una cuestión de "sentido común" y que solo las personas carentes de dicho sentido podrían encontrar falla en hacerlo. No me sorprendió el tono tajante de su postura, pero me pareció contradictorio con sus opiniones frecuentes, en las que suele expresar una desaprobación hacia otras infracciones antisociales menores, como invadir cajones para personas con discapacidad o abandonar el carrito del supermercado a mitad del estacionamiento.

La planificación urbana moderna y la ingeniería de tránsito demuestran que prohibir el estacionamiento en las esquinas no es un capricho burocrático, sino un principio básico de seguridad vial. En el diseño urbano existe el concepto del triángulo de visibilidad: el ángulo despejado que requiere un conductor para verificar que no se aproximen otros vehículos o peatones antes de incorporarse a un cruce. Estacionar un automóvil en la esquina anula esta línea de visión, fuerza a los conductores a asomarse a ciegas hacia el carril de circulación, reduce drásticamente el radio de giro para vehículos de emergencia —como ambulancias o camiones de bomberos— y desprotege al peatón al eliminar su zona segura de cruce.

Desde la psicología social, apelar al "sentido común" para justificar un riesgo objetivo responde a lo que Leon Festinger definió como reducción de disonancia cognitiva, sumado al fenómeno de la hipocresía moral investigado por Daniel Batson: la tendencia del individuo a evaluar sus propias transgresiones bajo el lente de la necesidad práctica mientras juzga las faltas ajenas como fallas de carácter moral.

Esta escena doméstica me remitió de inmediato a un aforismo que me ha resonado últimamente: aunque no siempre hay razón, siempre hay razones. La aparente incoherencia de mi familiar no es una anomalía personal, sino la manifestación en miniatura de cómo los individuos reajustamos nuestro marco moral según la conveniencia inmediata. Ocupar la esquina resuelve un problema privado de espacio a costa de poner en riesgo la seguridad colectiva. Cuando una falta propia se vuelve cotidiana, se racionaliza bajo el disfraz del "sentido común", mientras se reserva la indignación ética para el comportamiento ajeno.

Para entender por qué la gente empieza a estacionarse masivamente en las esquinas de la Zona Metropolitana de Monterrey, no basta con señalar la hipocresía individual. Es necesario analizar la estructura urbana que la produce. 

Monterrey ha operado históricamente bajo un modelo de prosperidad material acelerada y dependencia absoluta del automóvil. En muchas colonias residenciales trazadas hace tres o cuatro décadas, las casas fueron diseñadas con cochera para un solo vehículo. Hoy, en esos mismos hogares conviven dos, tres o cuatro adultos donde la deficiencia estructural del transporte público vuelve indispensable que cada integrante tenga su propio automóvil para movilizarse. La densidad de metales y llantas ha multiplicado el volumen original de las calles sin que estas hayan crecido un solo centímetro.

Es aquí donde el comportamiento urbano regiomontano conecta con el famoso experimento del "Universo 25", realizado por el etólogo John B. Calhoun. En dicho estudio, Calhoun creó un entorno idílico para ratones: comida y agua ilimitadas, clima perfecto y ausencia de depredadores. No obstante, al sobrepasar cierto umbral de densidad poblacional y agotarse el espacio social sin una estructura que permitiera la convivencia ordenada, la micro-sociedad colapsó. Surgió lo que Calhoun denominó el sumidero conductual: las labores de cuidado se abandonaron, la agresividad sin sentido se disparó y aparecieron conductas completamente apáticas y desvinculadas de la comunidad. El "paraíso" de abundancia material terminó en una degradación social absoluta.

El entorno metropolitano de Monterrey muestra síntomas inquietantes de su propio "sumidero conductual". Gozamos de dinamismo económico y consumo, pero vivimos en un entorno urbano estresado donde los servicios públicos, la vialidad y los espacios comunes han sido desbordados por el hacinamiento vehicular y la saturación inmobiliaria. La fricción constante en el tráfico, las disputas por el espacio frente a las casas y la privatización informal de la vía pública son los equivalentes regios a los comportamientos anómalos observados en el experimento de Calhoun.

Cuando el espacio público se encoge y la infraestructura no acompaña al crecimiento, el orden social no se destruye de la noche a la mañana mediante una gran crisis; se erosiona lentamente en los pequeños detalles. Comienza cuando la norma compartida cede ante la necesidad individual, redefiniendo la falta de civismo como "sentido común". La costumbre de estacionarse en la esquina, la agresividad al volante o el cerramiento ilegal de calles comunitarias no son simples fallas de educación individual: son los síntomas de un ecosistema urbano sofocado que, al carecer de una planificación cívica adecuada, empuja a sus habitantes a la degradación de la convivencia y al paulatino colapso de su calidad de vida.

Héctor Germán Oesterheld y El Eternauta

El rol cultural de Oesterheld y el significado de su obra han sido objeto de un intenso debate intelectual que va desde la la crítica político-literaria hasta elevación mítica. El Eternauta funciona como un palimpsesto donde se superponen la ciencia ficción urbana, el viaje en el tiempo, la alegoría del poder y la tragedia histórica. En su capa exterior, la obra relata una invasión alienígena en las calles de Buenos Aires. En su capa metanarrativa, la historia se repliega sobre sí misma cuando Juan Salvo, un viajero atrapado en un bucle temporal, se le aparece al propio guionista, Héctor Germán Oesterheld, para contarle los hechos. Finalmente, en su estrato más profundo y doloroso, la ficción dialoga con la tragedia real de su autor, secuestrado y desaparecido por la dictadura militar argentina en 1977 tras sufrir el asesinato de sus cuatro hijas y ser sometido a la tortura de ver las fotografías de sus cadáveres exhibidas por sus captores.

Juan Sasturain, en ensayos como El Aventurador, posiciona a Oesterheld como el creador del relato mítico más importante del siglo XX en Argentina. Para Sasturain, la gran innovación de Oesterheld es el "héroe colectivo": en lugar del superhéroe mesiánico anglosajón, la resistencia la encabeza un grupo de vecinos comunes (un profesor, un tornero, un jubilado) que se convierten en héroes a través de la solidaridad en la acción.

Sasturain elevó la historieta de Oesterheld a la categoría de alta cultura y rescató el valor ético de "poner el cuerpo", argumentando que tener una aventura no es un entretenimiento irresponsable, sino la decisión consciente de asumir la responsabilidad sobre el propio destino. Sin embargo, tiende a la hagiografía. Al superponer de forma indivisible la calidad literaria de Oesterheld con su trágico martirio político, su lectura dificulta la crítica objetiva de sus textos y fomenta una visión teleológica que interpreta toda su obra temprana únicamente como un presagio de su futura militancia.

Desde la crítica especializada en ciencia ficción, Pablo Capanna analiza el mérito de Oesterheld en su capacidad para aclimatar las estructuras de la literatura anglosajona (como las de H.G. Wells o Robert A. Heinlein) al entorno rioplatense, reemplazando el escenario imperialista estadounidense por la geografía cotidiana de Buenos Aires. Desmitifica la obra y la restituye a su contexto original de 1957, valorando su eficacia narrativa y su dimensión de entretenimiento popular sin la necesidad de forzar lecturas políticas contemporáneas. Su perspectiva, centrada primordialmente en los valores formales del género, minimiza la densidad ideológica y las tensiones sociales que germinaban en el relato original y que más tarde redefinirían la cultura argentina.

Diversos analistas culturales y críticos literarios cuestionan la evolución del rol de Oesterheld durante los años 70. En El Eternauta II (1976), escrito en la clandestinidad militante dentro de la organización Montoneros, el "héroe colectivo" humanista de 1957 muta en una vanguardia militarizada donde Juan Salvo se convierte en un líder dispuesto a sacrificar las vidas de sus propios compañeros en función de un fin superior. La fractura ideológica del autor, visibilizando cómo el dogmatismo político de la época desgastó la empatía y el sentido comunitario que hacían única a la primera parte de la obra. Se corre el riesgo de juzgar la obra de manera descontextualizada, ignorando que la radicalización del texto fue la respuesta desesperada de un autor que escribía bajo la violencia explícita del Terrorismo de Estado y la inminencia de su propia destrucción.

En su dimensión alegórica, la estructura del enemigo en *El Eternauta* refleja las trampas del poder autoritario. El poder no opera de forma directa, sino mediante capas de alienación: los Hombres-Robot (ciudadanos despojados de voluntad), los Cascarudos y los Manos (seres sensibles extorsionados a través del miedo), todos instrumentalizados por "Los Ellos", una entidad difusa que encarna el poder por el poder mismo. Esta metáfora demuestra que la mayor crueldad del absolutismo consiste en hacer que los oprimidos se destruyan entre sí.

Así, entre la reivindicación de Sasturain, el rigor de Capanna y las advertencias sobre su deriva ideológica, la figura de Oesterheld permanece en el centro de la cultura hispanoamericana como el testimonio trágico de un creador que entendió la literatura como un compromiso ético ineludible.

Este documental recorre la vida, el legado literario y el trágico destino personal del guionista argentino **Héctor Germán Oesterheld (HGO)**, relacionando su trayectoria vital con el nacimiento y evolución de su obra más emblemática: El Eternauta. Nacido en 1919, Oesterheld estudió Geología, pero su verdadera pasión fue la escritura. Comenzó escribiendo cuentos infantiles y dio el salto a la historieta en 1952 con Bull Rocket y Sargento Kirk, convencido de que la historieta podía ser un vehículo cultural digno y reflexivo para la juventud.

Ante los condicionamientos del mercado editorial tradicional, fundó junto a su hermano la Editorial Frontera en 1954 para crear revistas emblemáticas como Frontera y Hora Cero, caracterizadas por un mayor respeto hacia los autores e ilustradores.

Junto al dibujante Francisco Solano López, Oesterheld creó una invasión alienígena ambientada en Buenos Aires (la cancha de River, la Av. General Paz, la Plaza de los Dos Congresos) con modismos y costumbres locales. Rompió con el modelo del héroe individual estadounidense introduciendo la figura del héroe colectivo.

En 1969 con Alberto Breccia en la revista Gente trata una versión experimental de El Eternauta II, y nuevamante en 1976 en la revista Scorpio, escrita desde la clandestinidad.

El documental incluye el testimonio de su viuda, Elsa Sánchez, quien relata la incorporación de Oesterheld y sus cuatro hijas (Estela, Diana, Beatriz y Marina) a la organización Montoneros durante los años 70. En 1977, Oesterheld fue secuestrado por la dictadura cívico-militar junto a sus cuatro hijas, sus yernos y nietos, convirtiéndose en uno de los casos más dolorosos de la represión ilegal en Argentina.

Este video corresponde a un episodio del programa Continuará... (emitido por Canal Encuentro y conducido por Juan Sasturain), dedicado al análisis de la obra cumbre de la historieta argentina: ***El Eternauta***, creada por Héctor Germán Oesterheld (HGO) y dibujada por Francisco Solano López.

El 4 de septiembre de 1957 debutó El Eternauta en el primer número de la revista Hora Cero Semanal. Debido al impacto de este lanzamiento, esa fecha fue declarada en Argentina como el Día Nacional de la Historieta.

Solano López recuerda haber conocido a Oesterheld en la Editorial Abril a principios de los años 50, colaborando posteriormente en la fundación de Editorial Frontera con obras como Rolo el marciano adoptivo y Joe Zonda. Explica cómo dibujó de memoria la casa real de Oesterheld y por qué le dio al personaje del guionista ("Germán") un rostro neutro, dado que Hugo Pratt ya había usado los rasgos reales de Oesterheld para el personaje de Ernie Pike. Recibía tres páginas semanales manuscritas por Oesterheld. Los guiones eran concisos pero precisos, lo que le daba libertad para interpretar y componer visualmente las secuencias. Destaca que la gran originalidad de El Eternauta residió en trasladar una invasión extraterrestre a las calles de Buenos Aires, rompiendo con la tradición del cine B y la literatura norteamericana que siempre situaba la acción en Nueva York o en el medio oeste de Estados Unidos. Menciona la influencia de la revista Más Allá, la novela The Puppet Masters de Robert A. Heinlein y el cuento Saturnino Fernández, héroe. Resalta cómo Oesterheld tomó los tropos clásicos de la ciencia ficción de la Guerra Fría para darles un matiz social, político e idiolecto profundamente argentino.

Este video corresponde a la segunda parte de la entrega del programa Continuará... (emitido por Canal Encuentro y conducido por Juan Sasturain), dedicada a profundizar en la dimensión literaria, el diseño de personajes y la memoria histórica en torno a El Eternauta. Se destaca la doble faceta de H. G. Oesterheld como geólogo (curiosidad técnica y científica) y como lector voraz en inglés de autores clásicos de la literatura de aventuras como Joseph Conrad, Jack London, Rudyard Kipling y Robert Louis Stevenson. Su obra cruza preguntas metafísicas sobre el tiempo y el espacio con dilemas éticos profundos: la responsabilidad individual, la libertad, el destino y la relación con el prójimo.

Francisco Solano López explica que dibujó rubio deliberadamente a Juan Salvo —pese a no ser el rasgo más común en Argentina— para darle un toque distintivo e inquietante inspirado en las películas de ciencia ficción de clase B estadounidenses. Favalli, diseñado como el profesor e intelectual, tenía una contextura física fuerte y mesurada que transmitía seguridad y servía de guía al grupo. Polanski representa al inmigrante o descendiente de Europa central, mientras que Lucas Herbert (empleado de banco calvo) encarna al tipo urbano y oficinista. Juntos componen un mosaico representativo de la sociedad porteña de la época.

Juan Sasturain resalta que para Oesterheld la aventura es una circunstancia límite que transforma a hombres comunes en héroes. A diferencia del cómic estadounidense donde predomina el superhéroe individual, en *El Eternauta* el héroe es **colectivo**: es el grupo de amigos, vecinos y camaradas que se organizan para resistir juntos.

Martín Mórtola Oesterheld (hijo de una de las cuatro hijas desaparecidas del guionista) reflexiona sobre la delgada línea entre la lectura infantil de la historieta y la trágica historia familiar real. Comparte cómo descubrió con los años que el recuerdo borroso de haber visto a su abuelo a los tres años y medio no era una ficción, sino la realidad de haber sido la última persona de la familia en estar con Héctor Germán Oesterheld mientras este se encontraba secuestrado en un centro clandestino de detención durante la dictadura militar.

En este video de la editorial Ediciones Aquilina, el escritor y periodista argentino Juan Sasturain reflexiona sobre su libro, El Aventurador, enfocado en la figura y obra de Héctor Germán Oesterheld (HGO), creador de El Eternauta.

Sasturain relata cómo las lecturas de historietas a finales de la década de 1950 marcaron a toda una generación de lectores y futuros narradores en Argentina. Analiza cómo el trágico destino personal de Oesterheld —su militancia revolucionaria y su posterior desaparición a manos de la última dictadura militar junto a sus cuatro hijas — dimensionó la figura del autor al punto de convertirlo en un mito. Señala que este mito a menudo "se comió" la riqueza y diversidad de toda su producción historietística, reduciéndola únicamente a El Eternauta

Cuestiona la lectura simplista que califica a El Eternauta como una obra puramente premonitoria de la tragedia argentina. Aclara que Oesterheld no fue asesinado por lo que escribió en sus historietas, sino por su militancia política, y que reducir su obra a una mera profecía empobrece la complejidad de su genio narrativo.

Sasturain destaca el período creativo más prolífico de Oesterheld (1950-1962 en Editorial Frontera y sus colaboraciones con ilustradores icónicos como Alberto Breccia, Hugo Pratt y Francisco Solano López). Subraya que, en una época previa a la masificación de la televisión, la historieta ocupaba un rol central en el sistema cultural y narrativo para la juventud.

El Estado terrorista asesina inocentes para que se entienda que no hay inocentes, todos son culpables
José Pablo Feinmann

Este episodio del programa Filosofía Aquí y Ahora (de la serie de especiales conducidos por el filósofo y ensayista argentino José Pablo Feinmann), analiza la figura de Héctor Germán Oesterheld desde dos vértices: la educación sentimental de una generación a través de la historieta y la trágica consumación de su compromiso político durante la dictadura militar.

Feinmann recupera la categoría propuesta por Oscar Masotta para dignificar a la historieta y repasa el impacto cultural de Oesterheld en autores e intelectuales que crecieron en los años 50 (como Fontanarrosa, Trillo, Sasturain o Saccomanno). Destaca la creación de Bull Rocket y El Sargento Kirk (junto a Hugo Pratt), subrayando el hito de Kirk como un desertor del ejército que se pasa "al lado de los indios" , anticipándose por décadas a revisionismos del género en Estados Unidos. Explica que la máxima ética de Oesterheld ("prefiero al héroe en grupo antes que al héroe solitario") articula toda su producción. Esta dinámica colectiva se consolida tras la fundación de Editorial Frontera y las revistas Frontera y Hora Cero. Examina el arranque de la obra maestra con la partida de truco en la buhardilla y la llegada de la "nevada de la muerte". Feinmann reflexiona sobre cómo los niños que leyeron estas aventuras en los años 50 se convirtieron en los jóvenes militantes de la década de 1970. Analiza el cambio de tono en El Eternauta II (1976), donde la influencia de la militancia revolucionaria conduce al dilema ético en el que Juan Salvo opta por salvar a un pueblo sacrificando a su propia familia. Feinmann discute los riesgos de las vanguardias políticas cuando se desconectan de la realidad social y adoptan una posición de exterioridad dogmática. Reconstruye la dimensión más dolorosa de la represión ilegal: el secuestro y desaparición de Oesterheld, el asesinato de sus cuatro hijas y la perversidad psicológica de sus captores. El programa concluye con una sentida dedicatoria a Elsa Sánchez de Oesterheld por su entereza frente a la tragedia y un reconocimiento al valor universal de la obra de HGO.

lunes, 24 de agosto de 2026

Los indomables de Antonio Estrada

Acercarse a la obra de Antonio Estrada después del monumento literario que representa Rescoldo (1961) resulta complicado, en parte porque sus libros son difíciles de conseguir, pero también porque su corpus literario es dolorosamente breve. Para comprender esta escasez, así como la naturaleza fragmentaria de sus obras póstumas, es indispensable abandonar la crítica de escritorio y adentrarse en la sociología literaria: Estrada fue un hombre empujado a los márgenes, limitado no por su talento, sino por una feroz integridad moral, artística y política que le cerró las puertas del canon oficial.

Los indomables es el testimonio vivo e interrumpido de un proyecto literario mayor —el "Tríptico Duranguense"—, que devela tanto la violencia estructural del México rural como el altísimo costo de ser un intelectual disidente en la época dorada del autoritarismo priista.

Antes de juzgar el valor literario de sus textos, debemos dimensionar la figura de Antonio Estrada como intelectual militante. A diferencia de los escritores cooptados por el mecenazgo del Estado revolucionario, Estrada escribió desde la orfandad institucional. Su literatura está indisolublemente ligada a su biografía: hijo de un coronel cristero fusilado en la sierra, periodista perseguido, militante del Sinarquismo (del cual terminó desencantado al percibir sus derivas totalitarias) y activista del movimiento democrático navista en San Luis Potosí.

Esta trayectoria lo convirtió en un paria cultural. El régimen que destruyó su libro-reportaje La grieta en el yugo (1963) era el mismo que dominaba las editoriales y los suplementos culturales. Su marginalidad fue la consecuencia directa de negarse a claudicar frente al sistema. La muerte lo sorprendió de un infarto en 1968, a los cuarenta años, cuando apenas comenzaba a estabilizarse económicamente para dedicarse de lleno a la escritura. Así, Estrada dejó inconclusa una ambiciosa trilogía narrativa sobre la sierra duranguense, compuesta por Rescoldo, La sed junto al río y Los indomables. Su obra es breve porque la auténtica disidencia en México consume la vida misma.

Las páginas de Los indomables ofrecen una experiencia desconcertante, difícil de seguir e inconsistente. En marcado contraste con la impecable arquitectura narrativa de Rescoldo —elogiada por Juan Rulfo como una de las mejores novelas del siglo XX—, la lectura de Los indomables provoca la sensación de estar ante un texto dislocado. Hay brincos en las secuencias, variaciones abruptas en la voz narrativa y aparentes inconsistencias estructurales.

La crítica literaria e historiográfica, respaldada por el trabajo del investigador Antonio Avitia Hernández —quien rescató y compiló estos textos bajo el título de Narrativa Póstuma—, coincide en una premisa fundamental: no estamos leyendo una novela terminada, sino el borrador vivo de un proyecto mutilado por la muerte.

Al fallecer prematuramente, el manuscrito quedó tal como Estrada lo dejó en su mesa de trabajo: un conjunto de pasajes desprovistos de la corrección de estilo, la criba severa y la labor de ensamblaje que el autor aplicaba religiosamente a sus textos antes de la imprenta. La obra es la radiografía de un proceso creativo interrumpido.

Gran parte de la dislocación secuencial que se percibe se debe a un choque de géneros. Estrada no solo era un novelista, sino un observador agudo del tejido social. En Los indomables, combinaba el relato de ficción con la recopilación directa de las tradiciones orales de las etnias de la sierra de Durango (particularmente tepehuanes y coras).

Al no haber alcanzado la etapa de integración narrativa, el texto oscila sin previo aviso entre el cuaderno de campo antropológico y la prosa de ficción. Pese a estos baches de continuidad, el valor de la obra es incalculable en dos frentes clave:

Testimonio etnolingüístico:
La obra constituye un rescate brillante del habla popular serrana. Estrada plasma arcaísmos, indigenismos y giros propios del Mezquital, retratando la cosmogonía indígena con una fidelidad que elude el folclorismo de cartón o la lástima paternalista, tan comunes en la literatura indigenista oficial de su época.
Registro histórico sin maniqueísmos:
El autor dibuja la complejidad social de las guerras de resistencia indígena y los resabios de la "Segunda Cristiada", ofreciendo una mirada polifónica a los conflictos rurales del Durango posrevolucionario.

Más allá de su estado de terminación, Los indomables subraya el tema central que unifica el tríptico duranguense de Estrada: la violencia intrínseca de la cultura rural mexicana.

Estrada nos despoja de cualquier visión romántica del campo. En su narrativa, la violencia no solo emana del Estado opresor o del cacique (aunque son actores fundamentales); la violencia está enraizada en las dinámicas de supervivencia, en la hostilidad de la geografía, en la pobreza extrema, en el despojo de tierras y en el choque cultural entre etnias y mestizos. Es una violencia estructural, atmosférica, de la cual sus personajes, trágica y estoicamente, no pueden escapar.

En conclusión, asomarse a Los indomables es entrar a la "cocina literaria" de uno de los narradores más singulares y menospreciados de nuestras letras. En sus imperfecciones e hilvanes sueltos radica su mayor atractivo: es un espejo astillado que refleja, con absoluta brutalidad, la obra de un genio que el Estado silenció, pero que la literatura se niega a olvidar.

martes, 18 de agosto de 2026

Antonio Estrada Muñoz

El Estado mexicano que se consolida en el siglo XX es la síntesis dialéctica de los pactos cupulares de la «pandilla revolucionaria» y de los escombros de las disidencias aplastadas. En 1929, Plutarco Elías Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR, abuelo del PRI), institucionalizando la llamada "familia revolucionaria". Los caudillos sobrevivientes dejarán de asesinarse entre sí para repartirse el poder pacíficamente mediante la institucionalización del control monopólico político y militar. Ese mismo año, el gobierno aniquiló cualquier proyecto alternativo de nación: aplastó militarmente la Rebelión Escobarista y reprimió con violencia el movimiento civil democrático del Vasconcelismo.

En este contexto, el movimiento cristero, lejos de desaparecer con los Arreglos de 1929, fue mutando la resistencia del campesinado católico frente a la persecución gubernamental y el abandono clerical: transitó de la insurrección armada a un activismo político militante y terminó, en muchos de sus sectores originarios, relegado a una profunda marginalidad.

A partir de la década de 1940, especialmente durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho (quien declaró públicamente: "Soy creyente"), el Estado mexicano y la Iglesia católica llegaron a un acuerdo tácito. En la Constitución, los artículos anticlericales radicales seguían intactos; legalmente, la Iglesia carecía de derechos. Sin embargo, en la práctica, el gobierno hizo la concesión de "hacerse de la vista gorda", permitiendo la educación religiosa privada y el culto abierto. A cambio de esta supervivencia institucional, la jerarquía católica se comprometió a desmovilizar cualquier insurgencia cristera y a legitimar al PRI como partido hegemónico.

La cúpula pactó su comodidad mientras las bases campesinas de regiones como Los Altos de Jalisco, Michoacán y Guanajuato fueron sometidas a una marginalidad deliberada. El Estado retrasó el reparto agrario, desvió la infraestructura y mantuvo un cerco militar que empujó a muchos excombatientes a la pobreza extrema o al exilio migratorio.

Para entender la complejidad de la Cristiada, el caso de San Luis Potosí es fundamental. A diferencia de otros estados donde operaba el Ejército Federal, allí el gobierno delegó el combate al general Saturnino Cedillo, el cacique indiscutible de la región. Cedillo utilizó a sus propias milicias "agraristas" (campesinos a quienes se les había prometido tierra) para combatir a los cristeros. Fue una guerra fratricida: campesinos pobres matando a otros campesinos pobres.

La gran ironía histórica es que Cedillo era profundamente católico. Permitía a sus soldados llevar imágenes de la Virgen de Guadalupe y toleraba el culto clandestino. Su combate no nacía de un odio jacobino, sino de un pragmatismo territorial: no podía permitir que otra fuerza armada desafiara su control. No obstante, el mismo Estado centralista que lo usó para pacificar la región terminó viéndolo como una amenaza. En 1938, Cedillo se levantó en armas defendiendo su autonomía y fue acribillado en la sierra, compartiendo el destino de aniquilación de los líderes cristeros a los que él mismo había combatido.

Esta vocación represiva del Estado tuvo un altísimo costo humano, encarnado a la perfección en la familia Estrada, originaria de Durango. Su trayectoria vital documenta una línea de continuidad histórica innegable en la disidencia católica, comenzando por el coronel Florencio Estrada, un ranchero alegre y valeroso de Huazamota, quien se negó a aceptar los Arreglos de 1929, sentenciando: "Mi compromiso no es con el Estado ni con la Iglesia, es con Nuestro Señor". Así, volvió a tomar las armas en lo que se conoce como la «Segunda Cristiada». Huyó a la sierra del Mezquital con su mujer, Dolores Muñoz, sus cuatro hijos pequeños —entre ellos Antonio, de apenas siete años— y un puñado de hombres. Ya no eran un ejército estructurado, sino irreductibles asediados sin balas ni comida. A su lucha se unieron coras, huicholes, tepehuanes y mexicaneros que peleaban porque el gobierno les había despojado de sus bosques, conformando una alianza campesina-indígena.

El centro moral de esta resistencia fue Dolores Muñoz. Aunque al inicio se resistía a irse a "La Bola", ya que era miembro de una familia caciquil pro gobierno, sobrevivió a la pérdida de una hija por un embarazo mal atendido en la sierra, a los intentos de asesinato de sus propios hermanos (caciques gobiernistas) y a un infarto. Aun así, era ella quien animaba a Florencio a no rendirse.

El desenlace llegó en el verano de 1936. Florencio fue traicionado por un compadre, cercado por federales y por sus cuñados, los Muñoz. Tras ser fusilado y su cuerpo vejado, Dolores huyó a la Ciudad de México, donde mantuvo a sus hijos trabajando como sirvienta y logró ingresarlos al orfanato para cristeros de La Divina Infantita, en Mixcoac.

Aquel niño sobreviviente, Antonio Estrada Muñoz (nacido en 1927), heredó la lucha de su padre, pero comprendió que la resistencia armada había llegado a un callejón sin salida. Cambió el fusil por la pluma y la calle. Tras formarse en el Seminario Conciliar de León y en la Escuela de Periodismo Carlos Septién, se integró a la militancia cívica dentro de la Unión Nacional Sinarquista (UNS).

Sin embargo, su paso por el Sinarquismo no culminó en una obediencia ciega, sino en una profunda decepción moral. Históricamente, el movimiento sinarquista sufrió graves fracturas internas. Antonio Estrada terminó distanciándose y confrontando a los líderes de la cúpula al advertir que el movimiento se estaba desviando hacia actitudes abiertamente fascistas. Estrada, un idealista democrático, rechazó la adopción del modelo totalitario, el falangismo, la intolerancia sectaria y el culto incondicional a la "Jefatura" que los nuevos líderes exigían. Para él, esta radicalización autoritaria traicionaba el espíritu original y legítimo del campesinado católico.

Esta ruptura ideológica explica por qué Estrada decidió abandonar las filas del dogmatismo de ultraderecha para sumar su pluma al movimiento del doctor Salvador Nava en San Luis Potosí entre 1961 y 1962. El Navismo representaba todo lo que la cúpula sinarquista había dejado de ser: una lucha cívica, verdaderamente democrática y antiautoritaria. Como parte de este movimiento contra el brutal cacicazgo de Gonzalo N. Santos, Estrada publicó en 1963 su libro-reportaje La grieta en el yugo. La obra fue confiscada y destruida casi de inmediato por el régimen, desatando una persecución a muerte en su contra.

Su transición ilustra la tragedia del disidente puro en México: atrapado entre dos autoritarismos. Por un lado, se topó con la maquinaria represiva del Estado, que operó en San Luis Potosí como un ensayo general de los eventos de 1968, demostrando décadas antes de Tlatelolco que su vocación violenta aplastaba todo lo que no podía cooptar. Por el otro lado, enfrentó la traición de su propio bando.

Al mismo tiempo que el Estado reprimía las plazas, la jerarquía eclesiástica asestó el golpe final. Consideró a los movimientos populares de base un blanco fácil y les retiró su apoyo, prefiriendo cobijarse bajo el pragmatismo del Partido Acción Nacional (PAN), de perfil urbano y empresarial. Privada de respaldo institucional, y purgada de las voces democráticas como la de Estrada, la base social cristera se fracturó definitivamente. El movimiento de masas se diluyó en un sectarismo radicalizado que dio origen a sociedades secretas de extrema derecha como "El Yunque". La disidencia, aplastada por el gobierno y secuestrada por el fascismo en la sombra, terminó pudriéndose en la marginalidad.

Los estudios sobre la derecha en México del historiador Jean Meyer (quien documenta las purgas y divisiones dentro del Sinarquismo entre la facción democrática y la facción fascista/falangista de Salvador Abascal), así como los trabajos historiográficos sobre el Movimiento Navista en San Luis Potosí, los cuales destacan cómo católicos democráticos y ex-sinarquistas (como Estrada) encontraron en la lucha civil de Salvador Nava el antídoto contra el autoritarismo, tanto del PRI como de la extrema derecha.

Su transición ilustra la mutación del movimiento católico: de la guerrilla rural a la movilización de masas. Sin embargo, se topó con la misma maquinaria intolerante. El Estado reprimió el activismo cívico con la misma saña con la que combatió a los alzados en la sierra. Durante su estadía en San Luis Potosí entre 1961 y 1962, Antonio se sumó al movimiento cívico de Salvador Nava contra el cacique Gonzalo N. Santos. En 1963 publicó su libro-reportaje La grieta en el yunque (confiscado y destruido inmediatamente), lo que le valió una persecución a muerte.

La represión brutal contra estas manifestaciones cívicas operó como un ensayo general de los eventos de 1968. Décadas antes de Tlatelolco, el Estado ya disparaba contra campesinos y militantes en las plazas del Bajío, demostrando que su vocación violenta no distinguía ideologías: aplastaba todo lo que no podía cooptar.

Al mismo tiempo, la jerarquía eclesiástica asestó el golpe final. Consideró al Sinarquismo popular un blanco fácil para la represión y le retiró su apoyo, prefiriendo cobijarse bajo el pragmatismo del Partido Acción Nacional (PAN), de perfil urbano y empresarial. Privada de respaldo institucional, la base social cristera se fracturó. El movimiento de masas se diluyó en un sectarismo radicalizado que dio origen a sociedades secretas de extrema derecha como "El Yunque". La disidencia, aplastada y traicionada, se pudrió en la sombra.

La dolorosa transición de Antonio Estrada destiló en él una vocación literaria excepcional. Años después de su huida, Antonio regresó a la sierra a buscar la tumba de su padre; de esa herida nació su obra cumbre: Rescoldo. Los últimos cristeros (1961).

Cuando el libro se publicó, pasó desapercibido. El tema era un tabú para el régimen priista y el medio literario ignoraba a los autores católicos. Fue Juan Rulfo quien rompió el silencio. Aunque crítico de la "novela cristera" panfletaria, Rulfo quedó deslumbrado con Rescoldo y se convirtió en su principal promotor, afirmando sin titubeos que era "una de las cinco mejores novelas mexicanas del siglo XX". Académicos y críticos (como Jean Meyer, José Luis Martínez y Christopher Domínguez Michael) respaldaron esta visión.

Juan Rulfo vivió el conflicto desde el trauma periférico (su padre fue asesinado en Jalisco). Aborda la Cristiada desde la resaca de la violencia; en su obra, cristeros y federales son figuras espectrales marcadas por la fatalidad. Alcanza la genialidad universalizando la tragedia mediante el mito, transformando el habla rural en una voz atemporal.

Antonio Estrada escribe desde la entraña. Su novela es un testimonio autobiográfico puro, escrito en primera persona por el niño que lo vivió. Su genialidad radica en la crudeza de su realismo y su arraigo geográfico: la Sierra Madre Occidental es un verdugo de piedra y frío, con sus nevadas y su dieta de pinole y gorditas de cuajada, que asedia a los combatientes con alacranes . Estrada alcanza la excelencia literaria a través de la autenticidad sin florituras.

El lenguaje de Estrada también ha sido elogiado por la crítica gracias a su laconismo expresivo y sin juicios de valor moralizantes, pero su genialidad radica en la crudeza de su realismo y su arraigo geográfico. En la literatura de Estrada, descrita por académicos en Texas A&M International University Research, el entorno de la Sierra Madre Occidental de Durango deja de ser un simple decorado y se convierte en un personaje protagónico, un verdugo de piedra y frío que asedia a los combatientes tanto como lo hace el Ejército Federal.

Mientras que Rulfo alcanza la genialidad universalizando la tragedia rural mexicana mediante el mito y la fragmentación temporal, Estrada alcanza la excelencia literaria a través de la autenticidad. Críticos y académicos, como se reseña en la revista Animal Político, coinciden en que la narrativa de Estrada carece de florituras artificiales; es el fluir puro y duro de la vida humana al límite. Antonio Estrada escribe desde la entraña misma del conflicto.

Antonio pagó caro su idealismo. Casado con Dora Maldonado y padre de seis hijos, atravesó graves angustias económicas. Sobrevivió haciendo trabajos de corrección, como velador en una fábrica y empleado de tiendas Elektra. Apenas empezaba a estabilizarse económicamente como editor de una revista de la constructora ICA, cuando la muerte lo alcanzó de un infarto el 7 de abril de 1968. Tenía apenas cuarenta años.