miércoles, 23 de septiembre de 2026

Tlatelolco: Las claves de la masacre

 

Pocos documentos en el cine documental mexicano han tenido el impacto historiográfico y la contundencia analítica de Tlatelolco: Las claves de la masacre (2002), producido por Canal 6 de Julio y el periódico La Jornada, bajo la dirección de Carlos Mendoza. En su doble condición de obra cinematográfica de montaje de archivo e investigación histórico-forense, este largometraje representa una piedra angular para desmontar las versiones oficiales que el Estado mexicano sostuvo durante más de tres décadas sobre el movimiento estudiantil de 1968 y la tragedia de la Plaza de las Tres Culturas.

El documental articula un minucioso análisis cronológico, visual y espacial de los hechos ocurridos el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, apoyado en fotogramas de época, filmaciones inéditas en 35mm encomendadas secretamente por la Secretaría de Gobernación, cables desclasificados del Departamento de Defensa y de la CIA de Estados Unidos, testimonios de supervivientes, reporteros y camarógrafos de la época, así como las memorias póstumas del general Marcelino García Barragán (Secretario de la Defensa Nacional durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz).

La tesis central de la obra demuestra que los tiroteos del 2 de octubre no fueron producto de un choque fortuito ni de un ataque lanzado por los estudiantes, sino el resultado de una operación encubierta y coordinada desde las más altas esferas del gobierno federal —particularmente el Estado Mayor Presidencial (EMP), bajo el mando del general Luis Gutiérrez Oropeza, y la Secretaría de Gobernación encabezada por Luis Echeverría Álvarez— para provocar un fuego cruzado, aterrorizar a la población e inculpar al Consejo Nacional de Huelga (CNH).

Ejes Reveladores del Material Visual y Documental:

El Batallón Olimpia y el Guante Blanco:
La identificación visual de un contingente militar vestido de civil que portaba un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda como contraseña. Este grupo tomó por la fuerza los accesos y balcones del edificio Chihuahua para arrestar a la dirigencia del CNH y abrir fuego inicial.
Los Francotiradores del Estado Mayor Presidencial:
La presencia documentada de tiradores apostados en el templo de Santiago Tlatelolco, en los edificios ISSSTE 11, Atizapán, 2 de Abril, 15 de Septiembre y en la marquesina del edificio Chihuahua, quienes dispararon deliberadamente contra la multitud desarmada y contra las tropas del ejército regular al mando del general Cristóforo Mazón Pineda (Operación Galeana).
La Grabación Secreta de Gobernación:
El testimonio del camarógrafo contratado por Servando González (director enviado por el Palacio Nacional) revelando la existencia de más de 12,000 pies de película profesional en 35mm filmada desde el noveno piso de la Secretaría de Relaciones Exteriores, la cual capturó la totalidad de la masacre y fue entregada a la Presidencia de la República.
El Conflicto entre Mandos Militares:
Las declaraciones del general García Barragán calificando la intervención de los francotiradores del EMP como una «traición militar» encaminada a forzar al ejército regular a intervenir brutalmente ante un ataque ficticio.

Desde la perspectiva del lenguaje cinematográfico, Tlatelolco: Las claves de la masacre no es simplemente un documental conmemorativo; es una lección magistral de montaje forense. El realizador Carlos Mendoza emplea una gramática narrativa donde la imagen en movimiento se trata con el rigor de una evidencia pericial. A través de acercamientos ópticos, ralentización de cuadros (slow-motion), diagramas de trayectoria balística y superposición de croquis arquitectónicos sobre fotogramas reales, la edición descompone la confusión del tiroteo para revelar la lógica de la emboscada.

El ritmo del documental contrapone la serenidad fría del análisis cartográfico con la carga emocional de los testimonios orales y la densidad sonora de las ráfagas de armas automáticas. Es de destacar el uso del archivo fílmico: imágenes que en 1968 sirvieron como propaganda o registro confidencial del Estado son reapropiadas mediante el montaje dialéctico para volverse pruebas de cargo contra el propio régimen.

Historiadores, sociólogos y analistas políticos han destacado la rigurosidad con la que el documental entrelaza las fuentes visuales con la investigación archivística desclasificada de inicios del siglo XXI (procedente tanto del Archivo General de la Nación en México como del Security Archive de la Universidad George Washington).

Líderes académicos como Sergio Aguayo Quezada (investigador de El Colegio de México y autor de 1968: Los archivos de la violencia) y el crítico cultural Carlos Monsiváis han coincidido en que el valor medular del material radica en haber desmantelado la narrativa del "choque de dos fuegos". Para la historiografía contemporánea, el trabajo de Canal 6 de Julio probó documentalmente que el Estado mexicano empleó tácticas de contrainsurgencia urbana y guerra sucia antes de la década de 1970, utilizando la figura del "enemigo interno" como justificante represivo.

La inclusión de cables de la CIA desclasificados en la investigación añade un peso probatorio definitivo: los propios informes de la inteligencia estadounidense enviados a Washington confirmaban que no existía evidencia alguna de injerencia soviética o cubana en el movimiento estudiantil, desmintiendo el mito fundacional empleado por Díaz Ordaz para legitimar el baño de sangre.

El debate historiográfico sobre Sócrates Campos Lemus —delegado de la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional (IPN) ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH)— exige una distinción analítica fundamental: determinar si operó como un agente o provocador infiltrado a sueldo del Estado previo al 2 de octubre de 1968, o si fue un dirigente de retórica ultra-radical e irresponsable que se quebró bajo tortura física y psicológica tras su detención, convirtiéndose en un informante utilizado por el régimen.


I. Argumentos y Evidencias a Favor de la Tesis del Agente / Infiltrado

Quienes sostienen que Campos Lemus actuaba en coordinación directa con los servicios de inteligencia gubernamentales o la Secretaría de Gobernación antes de la masacre apoyan su postura en los siguientes elementos documentales y testimoniales:

1. La Provocación del Zócalo (27 y 28 de agosto de 1968)

Referencia Específica: Canal 6 de Julio (Carlos Mendoza, Dir.), documental Tlatelolco: Las claves de la masacre (2002); e investigaciones periodísticas de archivo en el Archivo General de la Nación (AGN).

Evidencia y Análisis: Durante la multitudinaria marcha estudiantil del 27 de agosto, Campos Lemus tomó de forma unilateral el micrófono en el Zócalo para proponer la instalación de un campamento permanente de guardia hasta forzar el diálogo público con el presidente Gustavo Díaz Ordaz, e izó la bandera rojinegra en el asta central. Informes del Estado Mayor Presidencial y de Gobernación revelan que este acto constituyó el pretexto operativo para desalojar la plaza con el Ejército la madrugada del 28 de agosto, organizar el "desagravio a la bandera" y justificar la escalada represiva. El documental argumenta que existen indicios documentales de que dicha acción no fue consensuada por la plenaria del CNH, sino una provocación planificada.

2. Las Declaraciones Ministeriales de octubre de 1968

Referencia Específica: Archivo General de la Nación (AGN), Galería 1, Fondo Dirección Federal de Seguridad (DFS) y expediente de la Procuraduría General de la República (PGR), octubre de 1968.

Evidencia y Análisis: Tras ser aprehendido en Tlatelolco el 2 de octubre, Campos Lemus rindió declaraciones inmediatas ante el Ministerio Público Federal y la prensa nacional. Acusó directamente a figuras de oposición y del propio PRI (como Carlos A. Madrazo, Manuel Moreno Sánchez y Braulio Maldonado) de haber financiado al CNH con armas y recursos para perpetrar un golpe de Estado. Esta versión coincidió exactamente con el libreto que la Secretaría de Gobernación, encabezada por Luis Echeverría Álvarez, intentaba imponer para culpar a una "conjura política interna" y eximir de responsabilidad a las fuerzas armadas.

3. Beneficios Procesales y Carrera Burocrática Posterior

Referencia Específica: Registros de nómina pública y cargos gubernamentales durante los sexenios de Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982).

Evidencia y Análisis: Mientras la mayoría de los dirigentes del CNH permanecieron recluidos en la Crujía C del Palacio de Lecumberri hasta 1971, Campos Lemus obtuvo beneficios procesales acelerados, fue liberado tempranamente e incorporado a la nómina pública, ocupando cargos como Director de Comunicación Social en el Estado de Hidalgo y delegado del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). Para diversos analistas, esta trayectoria constituyó el pago o retribución institucional por sus servicios al Estado.


II. Argumentos y Evidencias en Contra de la Tesis de Agente Previo al 2 de octubre

La mayoría de los historiadores académicos y los propios líderes del CNH rechazan que existan pruebas de que Campos Lemus estuviera a sueldo de la DFS antes de Tlatelolco. Sostienen que su colaboración fue producto del quebrantamiento físico tras su captura.

1. Revisión Sistemática de los Archivos Desclasificados de la DFS y la CIA

Referencia Específica: Aguayo Quezada, Sergio. 1968: Los archivos de la violencia (Grijalbo/Reforma, 1998).

Evidencia y Análisis: El historiador Sergio Aguayo examinó exhaustivamente miles de expedientes desclasificados de la Dirección Federal de Seguridad y de la CIA (obtenidos mediante la Ley de Libertad de Información de EE. UU.). Aguayo identificó con ficha, seudónimo y recibos de pago a infiltrados reales del gobierno en el CNH —como Áyax Segura Garrido, delegado de la Vocacional 7 del IPN, cuyo expediente como informante a sueldo de la DFS está plenamente documentado—. Sin embargo, Aguayo no encontró ninguna ficha, recibo ni registro en los fondos de la DFS que catalogue a Sócrates Campos Lemus como agente previo al 2 de octubre, concluyendo que fue un dirigente irresponsable instrumentalizado tras ser sometido a tortura en el Campo Militar Número 1.

2. Testimonio Directo de la Dirigencia Presa en Lecumberri

Referencia Específica: González de Alba, Luis. Los días y los años (Editorial Era, 1971) y Tlatelolco. Aquella tarde (Cal y Arena, 2016).

Evidencia y Análisis: Luis González de Alba, representante de la Facultad de Filosofía y Letras ante el CNH preso en Lecumberri, descartó que Campos Lemus fuera un agente reclutado desde el inicio. González de Alba lo definió como un "fanfarrón desbocado" y un ultra-radical de asamblea cuya vanidad política perjudicó al movimiento. Precisó que, tras sufrir golpizas y tortura directa en el Campo Militar Número 1 la noche del 2 de octubre, Campos Lemus se quebró psicológicamente y aceptó memorizar y repetir ante las cámaras los textos redactados por la DFS para salvar su vida.

3. Distinción entre Radicalismo de Asamblea y Conspiración Previa

Referencia Específica: Álvarez Garín, Raúl. La estela de Luz: Los silencios del 68 (Grijalbo, 1998).

Evidencia y Análisis: Raúl Álvarez Garín, uno de los principales estrategas del CNH, argumenta que el perfil de Campos Lemus respondía al de un líder protagónico e indisciplinado. Su "traición" no derivó de un contrato previo con el Estado, sino de su rendición incondicional ante los interrogadores militares, convirtiéndose en un detenido-informante que el régimen utilizó mediáticamente para desarticular la defensa legal del movimiento.

4. Informes de Inteligencia de la Embajada de Estados Unidos

Referencia Específica: Doyle, Kate (Ed.). The Tlatelolco Massacre: U.S. Documents on Military and Intelligence Activities. National Security Archive, George Washington University.

Evidencia y Análisis: Los cables diplomáticos enviados a Washington en octubre de 1968 por la Embajada de Estados Unidos analizan las acusaciones vertidas por Campos Lemus sobre presuntos financiamientos de políticos priistas o de la CIA al movimiento estudiantil. Los analistas estadounidenses concluyeron que las declaraciones de Sócrates eran "fabricaciones del gobierno mexicano" diseñadas para desviar la responsabilidad militar, sin registrar a Campos Lemus como un activo de inteligencia operado antes de su detención.

Síntesis Historiográfica

El consenso entre historiadores (Sergio Aguayo, Kate Doyle) y miembros del CNH (Luis González de Alba, Raúl Álvarez Garín) establece que no existe evidencia documental que acredite a Sócrates Campos Lemus como agente a sueldo antes del 2 de octubre.

Aunque el documental Tlatelolco: Las claves de la masacre demuestra que sus acciones (como la toma del Zócalo) sirvieron como provocaciones objetivas útiles para el gobierno, la evidencia de archivo indica que el régimen no necesitó contratarlo previamente: aprovechó su radicalismo en las asambleas y, tras capturarlo en Tlatelolco, lo quebró mediante tortura para emplearlo como el vocero de la versión oficial.


Del guante blanco

Aunque el Batallón Olimpia (1968) y Los Halcones (1971) no constituyeron orgánicamente la misma estructura, la historiografía del México contemporáneo demuestra la existencia de una profunda línea de continuidad política, táctica e institucional entre ambos. Ambos aparatos operaron como instrumentos clandestinos del Estado priista diseñados para neutralizar al movimiento estudiantil bajo la doctrina de la denegabilidad plausible (mecanismo que permitía al gobierno encubrir o negar la responsabilidad directa del Ejecutivo en las masacres urbanas).

I. Distinción Institucional y Naturaleza Orgánica

Para analizar su relación, resulta imprescindible precisar la composición y origen de cada agrupación:

  • Batallón Olimpia (1968): Fue un cuerpo integrado exclusivamente por militares en activo (efectivos del Ejército Mexicano, la Policía Militar y el Batallón de Fusileros Paracaidistas), bajo el mando operativo del Estado Mayor Presidencial (EMP) encabezado por el general Luis Gutiérrez Oropeza. Para la emboscada del 2 de octubre en Tlatelolco, vestían de civiles identificándose únicamente con un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda.
  • Los Halcones (1971): Fue un grupo paramilitar de choque compuesto mayoritariamente por civiles (jóvenes reclutados en sectores vulnerables, exconvictos, integrantes de pandillas urbanas y desempleados), encuadrados y coordinados por oficiales del ejército. Financiados bajo la estructura del Departamento del Distrito Federal (DDF), operaban bajo las órdenes del coronel Manuel Díaz Escobar, entonces Subdirector de Servicios Generales del DDF.

II. Ejes de Conexión y Continuidad Histórica

1. El Puente Político: La Figura de Luis Echeverría Álvarez

El hilo conductor de mayor peso institucional entre ambos episodios es Luis Echeverría Álvarez. En 1968, como Secretario de Gobernación del presidente Gustavo Díaz Ordaz, Echeverría coordinó la estrategia política contra el movimiento estudiantil que culminó con el despliegue del Batallón Olimpia. En 1971, ya como presidente de la República, autorizó e instrumentó el uso de Los Halcones para disolver de manera sangrienta la manifestación del 10 de junio en la calzada de San Cosme (la Matanza de Corpus Christi o Halconazo).

2. Mandos e Instructores Militares Compartidos

Si bien la tropa de base de Los Halcones era de origen civil, la estructura de mando y adiestramiento fue estrictamente militar. El coronel Manuel Díaz Escobar y la plantilla de instructores que adiestraron a Los Halcones en campamentos clandestinos (como los del aeródromo de San Juan de Aragón y la Cuchilla del Tesoro) provenían de las filas de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) y del Estado Mayor Presidencial, las mismas instituciones que concibieron y dirigieron al Batallón Olimpia tres años atrás. Los mandos militares transmitieron a este grupo paramilitar técnicas de contrainsurgencia, combate cuerpo a cuerpo (kendo, karate) y manejo de armamento pesado.

3. La Evolución Táctica de la Denegabilidad Plausible

La creación de Los Halcones representó el aprendizaje operativo que el Estado extrajo del costo político de Tlatelolco:

  • En 1968, el empleo de tropas regulares y militares disfrazados generó un escándalo internacional que expuso el rostro autoritario del régimen a pocos días de los Juegos Olímpicos.
  • En 1971, la estrategia evolucionó hacia el paramilitarismo: en lugar de movilizar al Ejército uniformado, el régimen creó un cuerpo de choque "desechable". Cuando Los Halcones atacaron a los estudiantes con macanas de bambú y armas de fuego, el gobierno de Echeverría intentó deslindarse declarando ante los medios que el choque era una "fricción sangrienta entre facciones estudiantiles rivales".

4. Antecedente Directo de la Guerra Sucia y la Brigada Blanca

El Batallón Olimpia y Los Halcones formaron parte de la fase experimental de la contrainsurgencia urbana en México. Esta cadena de represión extrajudicial culminaría a mediados de la década de 1970 con la conformación formal de la Brigada Blanca (agrupamiento integrado por la Dirección Federal de Seguridad, la Policía Militar y la Dirección General de Policía y Tránsito), el aparato clandestino encargado de la tortura, ejecución y desaparición forzada de disidentes durante la Guerra Sucia.


III. Cuadro Comparativo

Criterio Batallón Olimpia (1968) Los Halcones (1971)
Composición Militares en activo (Ejército, Policía Militar, Paracaidistas). Grupo paramilitar (Civiles, pandilleros, exconvictos, entrenados por militares).
Mando Operativo Estado Mayor Presidencial (Gen. Luis Gutiérrez Oropeza). Departamento del Distrito Federal / SEDENA (Col. Manuel Díaz Escobar).
Distintivo / Apariencia Ropa civil con un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda. Ropa civil, corte de pelo militar, macanas de bambú, varas de Kendo y armas de fuego.
Evento Principal Masacre de Tlatelolco (2 de octubre de 1968). Matanza de Corpus Christi / El Halconazo (10 de junio de 1971).
Estrategia Infiltración de mitin para desencadenar fuego cruzado contra el ejército regular. Ataque paramilitar directo y encubierto para simular violencia entre grupos de estudiantes.

Síntesis Histórica

El Batallón Olimpia fue la prueba piloto militar de represión encubierta en 1968; Los Halcones representaron la profesionalización del paramilitarismo urbano en 1971. En ambos casos, el Estado mexicano empleó mandos y métodos clandestinos para reprimir a la disidencia civil, buscando mantener intacta la imagen institucional del gobierno y de las Fuerzas Armadas.



Para comprender el aporte histórico del documental hacia el público general, resulta necesario contrastar las dos posturas ideológicas e historiográficas en disputa:

Eje de Análisis El Discurso Oficial de Minimización (Díaz Ordaz / Régimen) La Evidencia Histórica Documentada (Canal 6 de Julio / Historiografía)
Causalidad del Tiroteo Sostenía que estudiantes o "provocadores comunistas" fuertemente armados dispararon desde el edificio Chihuahua contra la tropa y sus propios compañeros para generar caos. Demuestra que los primeros disparos provienen de francotiradores del Estado Mayor Presidencial y del Batallón Olimpia (de guante blanco) apostados en azoteas y departamentos.
Cifra de Víctimas Díaz Ordaz afirmó públicamente que los muertos "pasaron de 30 y no llegaron a 40", acusando de mitómanos a quienes hablaban de cientos. Cables desclasificados de la Embajada de EE. UU. y del Departamento de Defensa estimaron la cifra real entre 150 y 350 muertos, además de miles de heridos y detenidos.
Injerencia Extranjera Se promovió el fantasma de una "conjura comunista internacional" financiada por Cuba o la URSS para sabotear los XIX Juegos Olímpicos. Documentos de la CIA desmienten categóricamente el financiamiento soviético o cubano, calificándolo como una invención propagandística del gobierno mexicano.
Actuación del Ejército Presentó al Ejército como una fuerza pacificadora que entró a Tlatelolco para restablecer el orden y fue "emboscada". Revela que las tropas de verde fueron utilizadas a ciegas como carne de cañón por una cadena de mando paralela del EMP que les disparaba a ellos mismos desde los edificios.

Conclusión

Tlatelolco: Las claves de la masacre trasciende la categoría de documental televisivo para consolidarse como un acto de justicia historiográfica. En un país donde la impunidad institucional intentó sepultar los crímenes de Estado bajo el manto de la "versión oficial", la investigación visual de Carlos Mendoza demostró que la imagen cinemática, analizada con metodología rigurosa, tiene el poder de restaurar la verdad de los caídos. Como afirmaba el propio cierre del documental: a más de tres décadas de la masacre, la memoria demostró ser más fuerte que el olvido.

El costo psicológico de la represión de 1968

Los efectos de la violencia ejercida por el Estado sobre los movimientos sociales no se agotan en el recuento de cadáveres ni en el número de encarcelamientos. Existe una dimensión sorda y prolongada: el daño psicopatológico secundario. La combinación de represión armada, tortura, prisión política, estigmatización mediática e impunidad sistémica genera un cuadro complejo que desarticula el aparato de elaboración psíquica del individuo.

En el plano clínico, las víctimas de la represión política suelen presentar una constelación nosológica específica:

Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C):
Caracterizado no solo por reviviscencias hiperactivas (flashbacks, pesadillas), sino por la alteración profunda en la regulación afectiva, la disociación y la pérdida de la capacidad para estructurar un sentido de futuro.
Culpa del Superviviente (Survivor's Guilt):
Un fenómeno psíquico donde el individuo que sobrevivió a la masacre o al presidio experimenta un conflicto moral inconsciente: «¿Por qué yo sobreviví y mis compañeros murieron?». Esta culpa suele somatizarse en conductas autopunitivas, melancolización severa y, en casos extremos, la autoeliminación física.
Daño Moral (Moral Injury):
La ruptura del sistema de creencias y valores universales tras atestiguar o sufrir actos de crueldad extrema perpetrados por instituciones que teóricamente debían otorgar protección jurídica.
Violencia Simbólica Secundaria e "Invisibilización":
Cuando el Estado impone la narrativa de que la masacre "no ocurrió" o que las víctimas eran "criminales y agitadores", se produce un fenómeno de asfixia psicológica. La falta de validación social del trauma impide el duelo colectivo e incrementa el riesgo suicida.

En México, el movimiento de 1968 no terminó el 2 de octubre en Tlatelolco ni con la clausura de Lecumberri en 1971. Dejó una estela de traumatización crónica que condujo a múltiples episodios de colapso psíquico, alcoholismo defensivo, aislamiento esquizoide y suicidios consumados. 

1. Leobardo López Arretche (1942–1970): El colapso traumático agudo

Leobardo López Arretche, cineasta egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) y director del emblemático documental El grito (1968), encarna el impacto psicopatológico inmediato de la represión. Tras filmar clandestinamente el movimiento estudiantil y la ocupación militar de Ciudad Universitaria, López Arretche fue aprehendido en 1969 y confinado en el Palacio de Lecumberri como preso político.

Durante su cautiverio sufrió interrogatorios violentos, hacinamiento y la constante amenaza de destrucción del material fílmico. Tras obtener su libertad condicional, encaró la abrumadora tarea de editar más de 8 horas de metraje fáctico para estructurar El grito. El proceso de edición actuó como un retraumatización constante: revivir fotograma a fotograma los rostros de sus compañeros asesinados, encarcelados o desaparecidos intensificó un cuadro de depresión mayor reactiva y culpa de superviviente.

El 24 de julio de 1970, con apenas 28 años y poco después de concluir el corte definitivo de la película, López Arretche se quitó la vida. Clínicamente, su suicidio se comprende como un colapso traumático agudo: la imposibilidad de integrar el impacto de la prisión, el horror de las imágenes procesadas y el agotamiento psíquico producido por la persecución del Estado.

2. Luis González de Alba (1944–2016): El suicidio ritualizado y diferido

Luis González de Alba, representante de la Facultad de Filosofía y Letras ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH), fue detenido el 2 de octubre de 1968 en el tercer piso del edificio Chihuahua y recluido durante dos años y medio en la Crujía C de Lecumberri, donde redactó su obra clásica Los días y los años.

A diferencia de López Arretche, González de Alba desplegó durante cuatro décadas mecanismos de defensa basados en la hiperracionalización, la polémica intelectual, la militancia por la diversidad sexual y una crítica ácida hacia la propia mitificación del 68. Sin embargo, en la estructura profunda de su personalidad, la fecha del 2 de octubre operó como un hito traumatogénico inamovible.

El 2 de octubre de 2016, a exactamente 48 años de la masacre de Tlatelolco, González de Alba se suicidó de un disparo en el tórax en su domicilio de Guadalajara. Su acto no responde a una respuesta depresiva impulsiva, sino a lo que la suicidología define como un suicidio altamente planificado, racionalizado y ritualizado. Al elegir la fecha exacta del evento represivo para poner fin a su vida —habiendo ordenado previamente todos sus bienes y derechos de autor—, González de Alba ejerció el control absoluto sobre su propio cuerpo y su muerte, cerrando el ciclo vital en un acto de autonomía frente al trauma originario que marcó su destino desde 1968.

3. La estela invisible: Psicosis, alcoholismo y "muertes lentas"

Más allá de los suicidios explícitos de López Arretche y González de Alba, la literatura clínica sobre los excombatientes y prisioneros del 68 revela una constelación de suicidios "sordos" o de equivalentes suicidas (suicidios crónicos):

  • Alcira Soust Scaffo (1924–1997): Aunque no se suicidó físicamente, la poetisa uruguaya que permaneció 12 días escondida en los baños de la Facultad de Filosofía y Letras durante la ocupación militar de la UNAM sobrevivió a base de papel higiénico y agua. El evento le provocó una descompensación psicótica duradera, derivando en un estado de desorganización esquizofreniforme y deambulación crónica hasta el fin de sus días.
  • Desesperanza y autólisis en la clandestinidad: Decenas de militantes de base del CNH que posteriormente migraron a la guerrilla urbana (como la Liga Comunista 23 de Septiembre) o que intentaron reintegrarse a la vida civil bajo el régimen echeverrista, sufrieron severas adicciones, depresiones refractarias al tratamiento y aislamientos terminales que desembocaron en muertes tempranas, catalogadas por la psiquiatría social como autólisis indirecta.

El costo psicológico del '68 global

El fenómeno represivo y su desenlace psíquico varió sustancialmente según la naturaleza política, la escala de violencia militar y el contexto geopolítico de cada país. A continuación se evalúa el impacto comparativo entre México, Checoslovaquia, Francia y Yugoslavia.

Escenario / Evento Naturaleza de la represión estatal Expresión Psicológica Dominante Patrón del Fenómeno Suicida
México (1968) Masacre armada de Estado (Tlatelolco), tortura sistemática, encarcelamiento masivo (Lecumberri) e impunidad oficial. Trastorno de Estrés Postraumático Complejo, culpa del superviviente, silenciamiento forzado y paranoia. Suicidio interno/retardado (Arretche, González de Alba). Violencia dirigida hacia adentro o conductas autodestructivas.
Primavera de Praga (Checoslovaquia) Invasión militar extranjera (Pacto de Varsovia), ocupación territorial, purga ideológica y "normalización" autoritaria. Desesperanza existencial colectiva, alienación política, disociación social y pérdida de soberanía. Suicidio sacrificatorio / Inmolación pública (Jan Palach, Jan Zajíc). El cuerpo utilizado como protesta política colectiva.
Mayo del 68 (Francia) Baja letalidad física por parte de la policía gaullista, reincorporación rápida al orden institucional y consumo masivo. Desilusión política (*la désillusion*), melancolía posestructuralista, fatiga existencial y cooptación. Baja tasa de suicidio violento. Muerte política o ideológica (integración al sistema burgués o radicalismo marginal).
Belgrado '68 (Yugoslavia) Cooptación retórica por parte de Tito, seguida de purga académica silenciosa (Escuela de la Praxis) y vigilancia policíaca. Disonancia cognitiva, cinismo político, aislamiento intelectual y ruptura del ideal autogestionario. "Suicidio profesional" e interiorización del desengaño. Muerte civil antes que autoeliminación física.

1. Praga y el Suicidio Altruista-Sacrificatorio

A diferencia de México, donde el suicidio tras la represión tuvo un carácter íntimo, derivado del colapso melancólico o de la culpa de haber sobrevivido, en la Checoslovaquia ocupada en 1969 el suicidio asumió la forma que Émile Durkheim denominó suicidio altruista o anómico-sacrificatorio. La inmolación con fuego de Jan Palach en la Plaza de Wenceslao en enero de 1969 (seguida por Jan Zajíc y Evžen Plocek) no fue el resultado de una depresión psicógena privada, sino un acto deliberado de martirio político diseñado para "despertar" a una sociedad anestesiada por la ocupación soviética.

2. París y la Melancolía de la Cooptación

En el Mayo Francés, el costo psicológico no se midió en traumas por tortura militar o presidio, sino en lo que la filosofía francesa denominó la desilusión ideológica. El régimen de De Gaulle apeló a la contención policíaca sin llegar a la masacre masiva. El impacto psíquico posterior fue la melancolización de una generación que vio cómo las barricadas románticas se disolvían en las elecciones de junio de 1968. Muchos líderes estudiantiles terminaron integrados en la academia, la publicidad o la política institucional, experimentando una "muerte de los ideales" más que un colapso psiquiátrico mortal.

3. Belgrado y la Disonancia Cognitiva del Socialismo Ideal

En Yugoslavia, la represión ejercida por el régimen de Tito operó mediante un mecanismo psicopolítico refinado: reconocer públicamente que "los estudiantes tenían razón" para, acto seguido, purgar a los docentes de la Escuela de la Praxis y asfixiar el movimiento. La consecuencia psicológica predominante entre los activistas yugoslavos fue la disonancia cognitiva y el cinismo: la amarga constatación de que la crítica al estalinismo no era tolerada ni siquiera en la versión más "liberal" del socialismo real.


Conclusión

El estudio comparado de la represión de 1968 demuestra que el suicidio en contextos de violencia estatal no es un mero accidente neuropatológico o un acto privado exento de historia. En el caso mexicano, las muertes de Leobardo López Arretche en 1970 y de Luis González de Alba en 2016 representan los dos extremos de un mismo arco traumático: la respuesta trágica de la psique humana ante la barbarie ejercida por el poder, la tortura, el presidio y la posterior imposición del olvido.

Mientras que en Europa Oriental el trauma se tradujo en inmolación sacrificial contra el invasor extranjero, y en Europa Occidental en desilusión existencial integrada al mercado, en México la represión dejó una herida estructural de estrés postraumático no elaborado que se cobró vidas a lo largo de décadas. El suicidio de los líderes y cronistas del 68 permanece como el testimonio más doloroso de que la represión política invalida el presente y proyecta su sombra letal hacia el futuro de los supervivientes.

el 68 en Yugoslavia

El movimiento estudiantil de junio de 1968 en Yugoslavia representa un episodio fascinante de la historiografía política mundial. Mientras la juventud de París desafiaba al capitalismo gaullista y la de Praga intentaba zafarse del yugo de Moscú, los estudiantes de Belgrado, Zagreb y Ljubljana encabezaron una insurrección que exigía la purificación del modelo socialista y la erradicación de lo que denominaban la «burguesía roja». Este fenómeno desafía los esquemas historiográficos tradicionales y obliga a examinar la naturaleza espontánea u orquestada de las protestas.

Para comprender la densidad intelectual de Belgrado '68 es indispensable remitirse a la Escuela de la Praxis, una corriente de marxismo humanista articulada en torno a la revista homónima fundada en 1964 y a la célebre Escuela de Verano de Korčula. Filósofos y sociólogos como Mihailo Marković, Svetozar Stojanović, Gajo Petrović y Milan Kangrga emprendieron una relectura radical de los escritos del joven Karl Marx, distanciándose tanto del dogmatismo esclerótico del dialectismo soviético como del fetiche de la mercancía propio del capitalismo occidental. Su concepto central, la praxis, entendía al ser humano como un agente creador y libre, sofocado por estructuras alienantes que reaparecían de forma siniestra bajo el socialismo real.

El punto de fricción más agudo entre los filósofos de la Praxis y el régimen de Josip Broz Tito se produjo a raíz de la gran Reforma Económica de 1965. Dicha reforma introdujo mecanismos de mercado, descentralización financiera y criterios de rentabilidad mercantil dentro del esquema de autogestión obrera (samoupravljanje). Para teóricos como Marković y Stojanović, el "socialismo de mercado" titoísta no estaba democratizando la producción, sino creando una casta tecnocrática y burocrática que acumulaba privilegios, chalets, automóviles de lujo e influencia política inalcanzable para la clase trabajadora. La Escuela de la Praxis conceptualizó a este grupo como una auténtica «burguesía roja» (crvena buržoazija), argumentando que el mercado sin control ético ni democrático reinstauraba la alineación capitalista y la desigualdad bajo un barniz de retórica revolucionaria.

Cuando los estudiantes de la Universidad de Belgrado ocuparon las facultades en junio de 1968, rebautizando la institución como la «Universidad Roja Karl Marx», las tesis de la Escuela de la Praxis abandonaron las aulas para convertirse en consignas de combate. Los manifiestos estudiantiles demandaban la abolición de la estratificación social, el freno a la emigración masiva de trabajadores yugoslavos a la Alemania Occidental —a quienes veían como víctimas de la incapacidad del sistema para garantizar empleo— y la devolución real del control fabril a los consejos obreros. De este modo, los filósofos de la Praxis proveyeron el instrumental teórico que permitió a los jóvenes rebelarse contra el Estado en nombre de los ideales fundacionales de ese mismo Estado.

Uno de los debates historiográficos gira en torno a hasta qué punto el movimiento yugoslavo fue un estallido puramente orgánico o una manifestación instrumentalizada por facciones internas de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (LCY) y potencias extranjeras. La evidencia histórica revela una dialéctica sutil donde las causas materiales genuinas coexistieron con sombras de manipulación geopolítica e intrigas palaciegas.

En su núcleo, el movimiento fue indiscutiblemente orgánico. Las tensiones sociales acumuladas desde la reforma de 1965 eran explosivas: la inflación galopante, el desempleo juvenil que alcanzaba el 20 por ciento y las deplorables condiciones de vida en los internados de la Ciudad Estudiantil (Studentski Grad) crearon un caldo de cultivo propicio para la indignación. La chispa que desató la huelga el 2 de junio fue un incidente fortuito: la falta de espacio para los estudiantes en un concierto juvenil, seguida de una brutal represión ejercida por la milicia estatal. El pánico gubernamental y la violencia policíaca transformaron un descontento social difuso en un movimiento político estructurado en cuestión de horas.

Sin embargo, la historiografía crítica y los memoristas de la época coinciden en que la insurrección fue observada e intervenida por corrientes subterráneas. Por un lado, la sombra del KGB soviético planeaba sobre Belgrado. Moscú veía con regocijo las turbulencias en la Yugoslavia no alineada, considerando que la protesta juvenil contra el "socialismo de mercado" confirmaba las advertencias soviéticas de que el desvío del dogma moscovita solo conducía al caos. Agentes prosoviéticos dentro del aparato de seguridad yugoslavo —simpatizantes del modelo centralista depurado tras la caída de Aleksandar Ranković en 1966— intentaron encauzar las demandas estudiantiles contra las facciones más liberales y reformistas del partido, como Latinka Perović y Marko Nikezić.

Por otro lado, existió una fricción faccional interna en el propio partido. Sectores conservadores de la vieja guardia partidista utilizaron el pánico a las protestas para descreditar las reformas económicas y frenar la apertura política. La paranoia oficial del régimen alimentó hipótesis contradictorias: mientras la prensa estatal acusaba veladamente a los estudiantes de estar manipulados por "provocadores anarco-liberales" pagados por Occidente o por "agentes maoístas", las cúpulas de inteligencia investigaban simultáneamente hilos que conectaban a los líderes estudiantiles con células Kominformistas respaldadas por el Bloque del Este. El movimiento, aunque nacido del descontento genuino, se convirtió en un campo de batalla donde las superpotencias y las facciones de la LCY libraron una guerra de posiciones por el control de la sucesión e influencia sobre Tito.

La interpretación del 68 yugoslavo dividió tajantemente a la Izquierda y a la Derecha internacional, evidenciando las contradicciones conceptuales de la Guerra Fría. Para la Nueva Izquierda occidental y los marxistas heterodoxos, el estallido en Belgrado fue saludado como la confirmación de que era posible una revolución socialista desde abajo contra las estructuras burocráticas del Estado. Filósofos occidentales como Ernst Bloch y Jean-Paul Sartre vieron en los estudiantes yugoslavos la encarnación de un socialismo con rostro humano, libre del yugo estalinista y del consumismo alienante del capitalismo de mercado.

En contraste, para la Derecha conservadora y el pensamiento liberal occidental, las protestas en Yugoslavia ofrecieron la validación empírica de la famosa tesis enunciada por el disidente Milovan Đilas en su obra La Nueva Clase. Los analistas liberales argumentaron que el estallido demostraba la imposibilidad estructural de construir una utopía socialista autogestionaria: el régimen comunista, por más que intentara descentralizarse o disfrazarse de "no alineado", producía inevitablemente una oligarquía privilegiada que monopolizaba el poder y los recursos. Desde la óptica conservadora, el intento estudiantil de corregir los males del socialismo mediante "más socialismo" era un ejercicio de idealismo ingenuo que se negaba a aceptar que la verdadera libertad requería pluralismo político e instituciones de mercado consolidadas.

«Los estudiantes tienen razón... La huelga ha mostrado que nuestro pueblo es maduro, pero que tenemos deficiencias que debemos corregir. Si no soy capaz de resolver estos problemas, no debería seguir en mi puesto.»
— Josip Broz Tito, Discurso televisado a la nación, 9 de junio de 1968.


El desenlace autoritario

El cierre de la crisis demostró el genio político y la naturaleza pragmática de Josip Broz Tito. El 9 de junio de 1968, tras días de parálisis universitaria y cuando el movimiento amenazaba con extenderse a las fábricas, Tito realizó un movimiento magistral: se dirigió al país por televisión y le dio la razón pública a los estudiantes. Declaró que las demandas de los jóvenes contra la desigualdad y la burocracia eran legítimas y que surgían de las fallas del propio partido en aplicar el verdadero socialismo, prometiendo reformas inmediatas y llegando a insinuar su renuncia si no cumplía sus compromisos.

El discurso de Tito desactivó la protesta instantáneamente. Los estudiantes abandonaron las facultades celebrando lo que consideraron una victoria histórica sobre la burocracia. Sin embargo, la respuesta posterior del Estado fue implacable y calculada. Una vez restaurado el orden, el régimen aplicó una represión silenciosa pero sistemática: los profesores clave de la Escuela de la Praxis fueron expulsados de la universidad y stripped de sus cátedras; la revista Praxis fue asfixiada financieramente hasta su prohibición definitiva en 1975; se purgó a los líderes estudiantiles más radicales; y se censuró ferozmente al cine de la Ola Negra (Crni talas), que retrataba las zonas oscuras de la sociedad yugoslava.

El movimiento de 1968 en Yugoslavia permanece como un espejo de doble fondo. Demostró la existencia de un marxismo crítico capaz de desnudarse ante sus propios fracasos institucionales, pero reveló al mismo tiempo la imposibilidad de tolerar la verdadera autonomía civil dentro de un régimen de partido único. Tito logró cooptar el lenguaje de la insurrección para preservar su hegemonía política, pero las fisuras étnicas y sociales expuestas durante aquel verano de 1968 anticiparon las tensiones estructurales que, dos décadas más tarde, desintegrarían trágicamente a la Federación yugoslava.

martes, 22 de septiembre de 2026

El CUEC, la Revolución Mexicana, y el 68

El cine como trinchera

Todo es posible en la paz
Lema de las olimpiadas de 1968

El cine en México es una de las arenas donde el Estado y sus disidentes han disputado la propiedad de la memoria colectiva. Pocas instituciones en el panorama cultural de América Latina encarnan un origen tan radical y una trayectoria tan paradójica como el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), hoy transformado en la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Fundado en 1963 por el intelectual y promotor cultural Manuel González Casanova —quien previamente había promovido la cultura cinéfila nacional mediante la Federación de Cine-Clubes y el legendario ciclo 50 Lecciones de Cine, donde compartieron cátedra figuras de la talla de Gabriel García Márquez, José Revueltas y Manuel Álvarez Bravo—, el CUEC nació con una vocación transformadora: pasar de la contemplación pasiva de la pantalla a la praxis directa del lenguaje audiovisual. Como la escuela de cine más antigua de la región y miembro desde 1972 del CILECT, el CUEC no sólo descentralizó el monopolio del cine industrial de los Estudios Churubusco, sino que erigió un modelo pedagógico donde el estudiante se asumió como un creador crítico.

La prueba de fuego de esta institución se libró en las calles de la Ciudad de México durante el verano de 1968. En ese momento, el CUEC vivió su bautismo político y estético, fijando un precedente que redefiniría la relación entre el Estado autoritario, la vanguardia estudiantil y la construcción de la memoria histórica a través del celuloide.


I. El Bautismo del Fuego: La Génesis de El grito

En julio de 1968, mientras el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) encabezado por Gustavo Díaz Ordaz articulaba la respuesta represiva contra la movilización universitaria, un colectivo de 18 alumnos de primer ingreso y cursos avanzados del CUEC tomó una decisión estética e ideológica sin retorno: empuñar las cámaras Bolex de cuerda de 16 milímetros (equipadas con chasis de 400 pies) y convertir el material vírgil destinado a las prácticas escolares en la trinchera documental del Consejo Nacional de Huelga (CNH).

Filmando de manera clandestina, improvisando soportes —como esconder el lente cinematográfico en el hueco del faro de un Valiant desde la cajuela para registrar la ocupación militar de Ciudad Universitaria—, los estudiantes acumularon más de ocho horas de material fáctico. La gesta tuvo un costo humano directo: tras la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, el montaje no pudo culminarse de inmediato. Leobardo López Arretche, director asignado por el colectivo para estructurar el material, fue aprehendido por las fuerzas del Estado, despojado de parte del equipo y confinado en el Palacio de Lecumberri como preso político. López Arretche sería, de hecho, uno de los últimos dirigentes y realizadores en abandonar las crujías de la "Cárcel Negra".

Entre 1969 y 1970, bajo la guía del propio López Arretche recién liberado, con la producción de José Rovirosa y el montaje de Ramón Aupart, el CUEC dio a luz El grito (120 minutos, blanco y negro). La obra se estructuró prescindiendo de la voz institucional del Estado; en su lugar, incorporó la contundente crónica epistolar de la periodista italiana Oriana Fallaci —herida por proyectiles militares en el edificio Chihuahua— y los manifiestos del CNH, leídos magistralmente por Magda Vizcaíno. Con la música de protesta de Óscar Chávez y las transmisiones intervenidas de Radio UNAM, El grito se erigió como el primer largometraje del CUEC y el único testimonio fílmico concebido desde el corazón mismo del movimiento.

«La edición y el montaje de los fragmentos filmados por esos alumnos constituyen El grito, el testimonio fílmico más importante de dicho movimiento estudiantil; es, además, una película emblemática de la UNAM, porque representa la manera en que la enseñanza crítica se vincula con los movimientos sociales.»

— María del Carmen de Lara, cineasta y exdirectora del CUEC.

Censurado y perseguido durante más de un año por los aparatos de inteligencia gubernamental, el documental tuvo su estreno clandestino en 1971 en el cineclub de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Las copias en 16 mm se multiplicaron y circularon de mano en mano entre comités de lucha universitarios, transformándose en una pieza fundacional del cine militante latinoamericano. Restaurado fotograma a fotograma por la Filmoteca de la UNAM en 2018 (rehabilitando 145 mil cuadros de celuloide), El grito permanece como la contranarrativa definitiva frente a la versión oficial de la prensa vendida y la historiografía del Estado.

Oriana Fallaci no participó en la producción, el guion ni el rodaje o montaje de El grito. El colectivo de estudiantes del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) y el director Leobardo López Arretche utilizaron de forma independiente sus crónicas e impresiones periodísticas ya publicadas para incorporarlas en la banda sonora y narrativa del documental.

El proceso de incorporación y su trasfondo histórico se articuló a través de los siguientes puntos clave:

El testimonio de Tlatelolco:
Fallaci se encontraba en México como corresponsal de la revista italiana L'Europeo para cubrir las protestas estudiantiles y los Juegos Olímpicos de 1968. La tarde del 2 de octubre, mientras presenciaba el mitin en la terraza del tercer piso del edificio Chihuahua junto a la dirigencia del Consejo Nacional de Huelga (CNH), comenzó la balacera. Recibió tres impactos de bala (en la espalda y las piernas), fue despojada de sus pertenencias y trasladada en estado grave al Hospital Rubén Leñero, donde inicialmente se le llegó a dar por muerta.
La crónica en Niente e così sia:
Tras sobrevivir y ser repatriada, Fallaci escribió una serie de crónicas brutales y testimoniales para L'Europeo. Estos textos fueron compilados posteriormente en su célebre libro cuyo título original en italiano es Niente e così sia (publicado en 1969 por la editorial Rizzoli y traducido al español como Nada y así sea), además de ser citados fragmentariamente en obras como La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska.
La voz y el uso en la película:
Entre 1969 y 1970, durante el proceso de edición clandestina de El grito, Leobardo López Arretche tomó extractos de las crónicas publicadas por Fallaci en la prensa internacional. Para la banda sonora de la película, esos pasajes no fueron grabados por ella, sino leídos e interpretados en voz en off por la actriz y locutora Magda Vizcaíno.
El testimonio de Fallaci en la voz de Magda Vizcaíno se alternó en la banda sonora con los boletines oficiales del CNH, poemas, música de Óscar Chávez y grabaciones de Radio UNAM, aportando el peso de una periodista internacional de prestigio que ratificaba como víctima y testigo presencial la versión estudiantil frente a la censura del régimen de Gustavo Díaz Ordaz.

II. La Cooptación Echeverrista

La relación entre el CUEC y el Estado mexicano atravesó una mutación profunda tras el sexenio de Díaz Ordaz. La transición hacia el gobierno de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) —quien en 1968, como Secretario de Gobernación, había sido el arquitecto operativo de la represión— planteó una sofisticada estrategia de legitimación política denominada la "Apertura Democrática". Frente a la juventud radicalizada y el surgimiento de la guerrilla urbana, la consigna del régimen echeverrista fue pragmática: coopta e institucionaliza el disenso.

Mediante la estatización de la industria cinematográfica, la creación de corporaciones estatales como CONACINE, CONACITE y el reordenamiento del Banco Nacional Cinematográfico bajo la gestión de Rodolfo Echeverría (hermano del Presidente), el Estado que había enviado tanques a la UNAM abrió de par en par las puertas del presupuesto público a los egresados del CUEC y a la generación del "Nuevo Cine Mexicano" (Jorge Fons, Jaime Humberto Hermosillo, Arturo Ripstein, Felipe Cazals y Paul Leduc). Como sintetizó agudamente el historiador Emilio García Riera, el país presenció un fenómeno inédito: nunca antes una generación de realizadores con formación crítica accedió con tanto financiamiento público a la producción cinematográfica industrial.

En este cruce de caminos se ubica Canoa (1975), dirigida por Felipe Cazals con guion de Tomás Pérez Turrent. Producida por CONACINE I a través del eficiente sistema de cuotas sindicales de la era echeverriista, la película reconstruye el linchamiento real perpetrado el 14 de septiembre de 1968 en San Miguel Canoa, Puebla, donde cinco empleados de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) fueron masacrados por una turba azuzada por el cura párroco del pueblo, quien los acusó falsamente de ser "comunistas" que pretendían izar la bandera rojinegra en el templo local.

El análisis de crítica cinematográfica e historiografía política en torno a Canoa revela una profunda división teórica:

  • La alegoría directa del 68: Para un sector de la crítica y para el propio Felipe Cazals, Canoa funcionaba como una feroz metáfora indirecta de Tlatelolco. En el texto filmado, los empleados universitarios encarnan la inocencia y la fragilidad de los estudiantes perseguidos; el cura párroco alude alegóricamente al dogmatismo autoritario de Díaz Ordaz y a los medios serviles; y la turba efervescente retrata a la clase media acrítica que apladio la represión. Desde esta perspectiva, la película era una denuncia audaz que lograba hacer brotar la herida del 68 en las pantallas comerciales.
  • El desplazamiento de la culpa y la absolución del Estado: En contraste, la lectura historiográfica más incisiva —sostenida por el crítico Jorge Ayala Blanco, continuada por Carlos Monsiváis y analizada por Israel Rodríguez en El nuevo cine y la revolución congelada— sostiene que Canoa operó, de manera involuntaria o calculada, como un dispositivo ideológico funcional al echeverriismo.

Como argumentaba Ayala Blanco en sus debates cinematográficos, Canoa desplaza el origen de la violencia autoritaria: los culpables visibles de la masacre son el fanatismo religioso del cura, la ignorancia bárbara del pueblo inculto y el cacicazgo rural. El Estado mexicano —el Ejército, la Secretaría de Gobernación, el PRI— no aparece en cuadro como el perpetrador; por el contrario, irrumpe al final del metraje bajo la figura de las fuerzas del orden que llegan a restablecer la paz. El mensaje subliminal permitía al echeverrismo mirarse al espejo y proyectar que la violencia en México no provenía del régimen, sino del atraso cultural y clerical del país. Como sentenció célebremente Carlos Monsiváis: «Canoa es una película donde el PRI se mira al espejo y ve a un cura».

Existe una distinción teórica fundamental entre el poder operativo en Canoa y en Tlatelolco. Mientras que en Canoa se retrata un poder capilar y orgánico (un microfascismo comunitario ejercido mediante el miedo, el fanatismo y el control parroquial, donde la turba actúa de forma horizontal), en Tlatelolco presenciamos la ejecución de un poder estatal soberano y vertical (un crimen de Estado planificado desde la cúpula militar y el Estado Mayor Presidencial). Sin embargo, ambas esferas se retroalimentaron en 1968: el discurso anticomunista emitido desde el micrófono presidencial necesitó del prejuicio orgánico para legitimarse, del mismo modo que el régimen echeverrista utilizó la denuncia del "fanatismo vergonzoso" de Canoa —premiada incluso con el Oso de Plata en el Festival de Berlín— para exhibir una fachada de pluralidad y libertad de expresión ante el mundo.


III. La Cristiada

Para comprender en toda su densidad cómo el cine mexicano ha procesado las tensiones entre la fe, el Estado secular y la rebelión popular, resulta imprescindible abordar la representación de la Guerra Cristera (1926-1929) no como un mero brote de fanatismo local, sino como un tablero geopolítico multidimensional. En este ámbito, la precisión analítica de la crítica e historiografía cinematográfica adquiere una vigencia categórica al examinar obras como De todos modos Juan te llamas (1976), ópera prima de Marcela Fernández Violante —pionera del cine nacional y primera mujer egresada del CUEC—, cuyo guion articula una de las revisiones más desmitificadoras del periodo posrevolucionario.

Frente a la versión maniquea de la historia oficial, la historiografía moderna —encabezada por los estudios de Jean Meyer (La Cristiada) y Lorenzo Meyer (México y Estados Unidos en el conflicto petrolero)— demuestra que el conflicto religioso estuvo indisolublemente ligado a la presión de Washington sobre el régimen de Plutarco Elías Calles. La amenaza de aplicar con rigor el Artículo 27 constitucional a las concesiones petroleras y a la propiedad de nacionales estadounidenses colocó al Estado mexicano al borde de un cerco financiero o militar. Como sostiene Lorenzo Meyer, la llegada del embajador estadounidense Dwight Morrow en 1927 redefinió las prioridades estatales: la diplomacia del petróleo exigió la pacificación inmediata del campo a cambio del reconocimiento y financiamiento al gobierno callista. Para Jean Meyer, este proceso convirtió a la Cristiada en el catalizador donde el régimen posrevolucionario sacrificó su retórica jacobina y antiimperialista en el altar del pragmatismo geopolítico, entendiendo que pacificar el país era la condición indispensable para garantizar la fluidez del crudo hacia el norte, consolidar el monopolio del poder militar y sofocar a las facciones comunistas, agraristas y ultranacionalistas que se oponían a transar con Estados Unidos.

En este marco, De todos modos Juan te llamas se sitúa como un documento sociológico y cinematográfico excepcional sobre la Cristiada, marcando una ruptura radical frente a las producciones comerciales del cine de oro (como Sucedió en Jalisco de Raúl de Anda) o las hagiografías de sesgo puramente confesional. Producida por la UNAM y el CUEC —siendo formalmente el primer largometraje producido por la Máxima Casa de Estudios—, la cinta de Fernández Violante se rodó a partir de noviembre de 1974 en locaciones de Tulancingo, Hidalgo (Huapalcalco, La Cañada y San Antonio Farías), incorporando a los habitantes locales como extras.

Con guion de la propia realizadora en colaboración con Mitl Valdés y Adrián Palomeque, la obra abreva de textos históricos e investigativos prohibidos durante décadas en la historiografía priísta. La sinopsis plantea un retrato despiadado del Bajío de 1927: el general Guinda Guajardo (encarnado por Jorge Russek) es el cacique militar enviado por Calles para ejecutar a sangre y fuego la Ley Calles. Su esposa Beatriz, ultracatólica, muere linchada dentro de un templo en medio de un violento operativo militar durante una misa clandestina, detonando en el general una espiral de represión desalmada.

A través del núcleo familiar del general Guajardo, Fernández Violante radiografía la fragmentación social e ideológica de la época desde sus contradicciones internas: su hija Armanda es enviada a la Ciudad de México para ponerla a salvo de la barbarie del Bajío; su hijo Gabriel abraza la causa de la izquierda comunista en abierta rebelión contra el autoritarismo de su padre; y su sobrino, el coronel Gontrán Bonilla, encarna la figura trágica del militar idealista que, al sostener con ética los principios originales de la Revolución y negarse a solapar los despojos y masacres del ejército, termina siendo asesinado por el propio aparato estatal al que sirve.

De este modo, la película se niega a construir héroes maniqueos: muestra con crudeza cómo cristeros y campesinos —sectores populares pobres y despojados— son empujados a aniquilarse entre sí en los campos de batalla, mientras en la cima política el régimen callista y la alta jerarquía eclesiástica pactan los Arreglos de 1929 con la mediación del embajador estadounidense Dwight Morrow, reabriendo los templos, salvaguardando las inversiones petroleras de Estados Unidos y consolidando el monopolio del poder militar.

Como han señalado críticos de la talla de Jorge Ayala Blanco y Emilio García Riera, el mérito de Fernández Violante radica en exponer las tripas económicas de la guerra. La película muestra con frialdad cómo la cúpula militar utilizó la persecución religiosa como fachada para despojar de tierras a los campesinos y controlar la producción algodonera y petrolera, mientras en la Ciudad de México el régimen callista negociaba con Washington. Fernández Violante captura la fricción ideológica interna: el régimen se proclamaba "socialista", anticlerical y defensor del pueblo, pero en la práctica depuraba e incineraba a los batallones ultranacionalistas o comunistas que criticaban la cesión ante las petroleras de Estados Unidos.

El cierre de De todos modos Juan te llamas (1976) sintetiza con lucidez la postura ideológica y teórica de Marcela Fernández Violante. En las secuencias finales, la cámara encuadra una edición de portada roja y tipografía mecanografiada: el folleto El problema del proletariado en México, texto de formación marxista publicado por Ediciones de Cultura Popular del Partido Comunista Mexicano (PCM), vinculado a la tradición analítica de Vicente Lombardo Toledano, la CROM y la sociología soviética de la época.

Este guiño bibliográfico —que contrasta en el imaginario con la literatura confesional de combate como La persecución religiosa en México de López Beltrán— condensa la tesis medular de la cineasta formada en la UNAM crítica de los años setenta:

La Guerra Cristera no fue en el fondo una contienda teológica sobre la fe o la existencia de Dios, sino un trágico conflicto socioeconómico e instrumental. Mientras la cúpula del Estado posrevolucionario, la alta jerarquía eclesiástica y el gobierno de Estados Unidos negociaban acuerdos petroleros, agrarios y geopolíticos, se envió a matarse entre sí a masas de campesinos y agraristas desposeídos.

Al destacar el documento marxista sobre el dogma religioso, Fernández Violante evidencia que el verdadero drama de 1926 residía en la condición servil del peón: carente de tierra, salario y derechos sindicales. Ya fuera muriendo al grito de «¡Viva Cristo Rey!» o «¡Viva el Supremo Gobierno!», el campesinado fue reducido a simple carne de cañón. Ante el cinismo pragmático del régimen, la consolidación del capital y los pactos de la alta política, la condición de explotación permanecía inalterada: «de todos modos Juan te llamas».

A pesar de haber conquistado la Diosa de Plata a Mejor Ópera Prima, los premios Ariel a Mejor Actor (Jorge Russek) y Mejor Actriz (Rocío Brambila), y de haber cosechado aclamación en festivales como Nueva York y La Habana en 1976, la película enfrentó una censura de facto por parte del Ejército, la Iglesia y los exhibidores comerciales. Tras exhibirse escasamente una semana en salas de cine, fue enlatada durante años. Hoy, restaurada por la Filmoteca de la UNAM, se reconoce como la piedra angular del cine político y feminista universitario en México.


IV. El Legado del CUEC/ENAC

A lo largo de seis décadas de existencia y tras su histórica transición en 2019 a Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) —paso institucional que permitió otorgar el título formal de Licenciatura en Cinematografía con nueve especialidades académicas—, la percepción pública e ideológica sobre el CUEC ha fluctuado entre la admiración por su excelencia técnica y el recelo ante sus posturas críticas.

Para la historiografía del cine latinoamericano, el CUEC ha operado como el modelo pedagógico más generoso y arriesgado de la región: una institución pública donde el estudiante no se limita al consumo teórico, sino que dispone de infraestructura universitaria para producir proyectos de autor con total libertad formal. De sus aulas han egresado las miradas que redefinieron el lenguaje cinematográfico global y nacional:

  • Alfonso Cuarón: Ganador de 5 premios Oscar, realizador de obras maestras contemporáneas como Roma y Gravity.
  • Emmanuel Lubezki: Fotógrafo galardonado con 3 premios Oscar consecutivos, revolucionario de la luz natural y la plástica cinematográfica.
  • Jorge Fons: Autor de obras cruciales sobre la represión urbana y la marginalidad como Los Albañiles y El callejón de los milagros.
  • Jaime Humberto Hermosillo: Uno de los primeros egresados de la institución, explorador audaz de la moral de la clase media en La tarea.
  • María Novaro: Cineasta fundamental del nuevo mapa femenino con Danzón.
  • Marcela Fernández Violante: Primogénita de la institución, primera mujer egresada y voz crítica de la historia oficial.
  • Luis Estrada: Heredero de la sátira política incisiva contra el régimen gubernamental en La ley de Herodes y El infierno.
  • Nombres indispensables para la plástica audiovisual como Carlos Bolado, Ernesto Contreras, Fernando Eimbcke, Issa López, Julián Hernández, Juan Mora Catlett y Alfredo Joskowicz.

Sin embargo, la percepción ideológica del CUEC en el espectro sociopolítico mexicano conserva una marcada dualidad. Para los sectores conservadores y la burocracia cultural del viejo régimen, el CUEC fue percibido históricamente como un bastión de radicalismo de izquierda, una "incubadora de agitadores" que utilizaba el presupuesto de la UNAM para desestabilizar la imagen del país. En contraste, para la izquierda crítica y la vanguardia documental, el CUEC representa la reserva moral de la imagen en movimiento: la escuela que salió a filmar las calles en 1968 cuando la televisión comercial aplaudía la represión, y la comunidad que ha sabido mantener un cordón umbilical con las demandas sociales de los sectores vulnerables.

En última instancia, el recorrido del CUEC desde la trinchera clandestina de El grito en 1968 hasta su institucionalización en la ENAC demuestra que el cine en México nunca ha sido una manifestación neutra. Entre el dolor fáctico de los estudiantes perseguidos y las complejas alianzas con el financiamiento estatal, las cámaras del CUEC capturaron no sólo los fotogramas de una época, sino las grietas de una nación que continúa debatiéndose entre el mito autoritario y la búsqueda intransigente de la verdad histórica.

lunes, 21 de septiembre de 2026

El 68 a través de Luis González de Alba

Una crisis generacional, paranoia y el PRI

El movimiento estudiantil de 1968 en México suele presentarse como el despertar romántico de una juventud reprimida por un régimen monolítico. Sin embargo, el análisis político riguroso exige desentrañar una matriz mucho más compleja. El 68 fue el punto de colisión donde convergieron tres dinámicas históricas: la irrupción global de la generación de los baby boomers, la esclerosis del Partido Revolucionario Institucional (PRI) —incapaz de procesar la menor apertura democratizadora— y la paranoia contrainsurgente de la Guerra Fría que cooptó a la cúpula del poder federal. La trayectoria de Luis González de Alba —delegado del Consejo Nacional de Huelga (CNH), preso en Lecumberri, divulgador científico, activista pionero de la liberación sexual y polemista formidable— se constituye en un hilo narrativo de la historia contemporánea mexicana.

González de Alba no ocupó el vértice superior de las negociaciones políticas del CNH —reservado a figuras como Raúl Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla o Marcelino Perelló—; fue un dirigente de base de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sin embargo, su prosa magistral en Los días y los años y en su obra testamentaria Tlatelolco. Aquella tarde lo convirtió en un cronista incómodo del movimiento al romper con la sacralización victimista del 68 y denunciar la presencia de provocadores, exageraciones y falsedades en la propia memoria de la izquierda. González de Alba pagó el precio de volverse un disidente repudiado, reafirmando su vocación por ir a contracorriente y negar los mitos heroicos.


I. La esclerosis del PRI

El estallido estudiantil de 1968 fue el síntoma de un sistema político que había clausurado sistemáticamente todas las vías de reforma institucional. Dentro del propio PRI, los intentos por democratizar la selección de candidatos y descentralizar las decisiones de la presidencia habían sido reprimidos. El ejemplo más elocuente fue el de Carlos A. Madrazo, quien al asumir la dirigencia nacional del partido (1964-1965) intentó instaurar elecciones internas y romper el monopolio de las cúpulas caciquiles; su experimento democratizador fue abortado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, forzando la renuncia de Madrazo y demostrando que la dictadura perfecta no toleraba disidencias ni en su propio seno.

Cerrada la válvula de escape política, el Estado optó por el garrote militar contra cualquier sector que demandara autonomía. Como atestigua González de Alba en su obra testimonial emblemática, Los días y los años, los estudiantes de 1968 conocían perfectamente los antecedentes de la violencia gubernamental contra médicos, ferrocarrileros y campesinos:

«Otro dirigente ferrocarrilero, Valentín Campa, también se encontraba encarcelado a causa de la huelga de 1958. En 1965 había sido aprehendido el periodista Víctor Rico Galán y su grupo; el movimiento de los médicos había terminado con ceses y detenciones, algunos médicos seguían en la cárcel; en 1967 se inició, de manera sistemática, la aprehensión de dirigentes estudiantiles... En los últimos años la tropa había entrado en las universidades de Michoacán, Puebla, Sonora, Tabasco; habíamos visto aplastar con el ejército demandas estudiantiles y populares... Y más atrás, la huelga de los médicos, contra la que se usaron los más sucios recursos, desde el sentimentalismo populachero para pedir a los médicos que se comportaran como los abnegados y bondadosos apóstoles que deben ser, y no simples mercantilistas.»

El régimen había desarticulado el tejido social hasta convertir a los sindicatos y gremios en «meros resonadores de sus propias alabanzas». Frente a la juventud universitaria que rechazaba el vasallaje, el Estado aplicó la misma fórmula represiva que había perfeccionado contra los trabajadores.


II. La sombra del "cerebro comunista"

El conflicto generacional de los baby boomers resonaba en las calles de París con el Mayo Francés y, en Europa Oriental, con la Primavera de Praga. La élite gobernante mexicana leyó las demandas libertarias a través del prisma distorsionado del anticomunismo de la Guerra Fría. Documentos desclasificados del Security Archive y de agencias de inteligencia estadounidenses confirmaron que tanto el presidente Gustavo Díaz Ordaz como su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, eran informantes de alto nivel de la CIA, identificados bajo los criptónimos LITEMPO-2 y LITEMPO-8, respectivamente, en la red dirigida por el jefe de estación Winston Scott.

Esta subordinación ideológica alimentó la paranoia oficial: el movimiento estudiantil no podía ser una expresión genuina de descontento urbano, sino una «conjura soviético-cubana» diseñada para sabotear los Juegos Olímpicos de octubre. En su afán por justificar la existencia de una mente maestra detrás de las brigadas, el régimen fijó la mirada en figuras intelectuales como el escritor José Revueltas. A sus 54 años, autor de Los días terrenales y militante marxista crítico, Revueltas encarnaba para el gobierno al "cerebro comunista" que manipulaba a los jóvenes desde la Facultad de Filosofía y Letras.

Sin embargo, la realidad de las calles era operada por una camada universitaria de jóvenes inquietos e idealistas. Entre ellos destacaba Eduardo Valle Espinoza, apodado «El Búho». Estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM, de apenas 21 años y originario del barrio de La Merced, Valle se convirtió en uno de los estrategas más perspicaces del CNH. Su apodo derivaba tanto de sus prominentes anteojos con lentes de grueso calibre como de su perfil marcadamente noctámbulo: era quien permanecía en los pisos universitarios hasta las 3 o 4 de la mañana redactando manifiestos, corrigiendo volantes y manteniendo en la memoria cada acuerdo de asamblea. Mientras la paranoia gubernamental buscaba conspiraciones internacionales, jóvenes como «El Búho» y González de Alba articulaban el reclamo juvenil por una apertura democrática.

González de Alba retrata con agudeza en Los días y los años cómo el Ejecutivo y el Poder Judicial construyeron un libreto paranoico:

«Díaz Ordaz, investido de todos sus atributos y con la banda presidencial cruzada en el pecho, hizo saber ante el gobierno en pleno, los altos jefes militares y la nación que lo escuchaba, que los disturbios de "la llamada Revolución de Mayo", en Francia, no se habían iniciado por casualidad cuando todo el mundo estaba atento a las pláticas Vietnam-Washington; y que la proximidad de los Juegos Olímpicos convertía a México en blanco favorito para los mismos agitadores... El mismo análisis fue presentado, al poco tiempo, por el Ministerio Público para dejar "probado" a todas luces que existía una conjura internacional de la que nosotros formábamos parte.»

III. Provocaciones, delación y montajes

Para desarticular la protesta, el aparato estatal desplegó una estrategia compleja de contrainsurgencia, penetración con agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la instrumentalización de dirigentes radicales. La historiografía y las revisiones documentales del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico (MEH) diferencian tres niveles en el fenómeno de la infiltración:

1. El agente orgánico e infiltrado desde el origen: El caso emblemático es Áyax Segura Garrido, representante de la Vocacional 7 del IPN e hijo del antiguo jefe de la Policía del D.F. Pese a haber sido consignado formalmente a Lecumberri tras el 2 de octubre para simular su militancia, los expedientes desclasificados de la Galería 1 del Archivo General de la Nación (AGN) —cuya versión pública de 155 fojas (expediente 100-10-1) fue ordenada por el INAI en 2015— confirmaron que Segura era un informante activo de la DFS que firmaba partes policíacos al calce junto a mandos represivos como Luis de la Barreda Moreno. Cuadros del CNH como Eduardo Valle «El Búho», Luis Tomás Cabeza de Vaca y González de Alba denunciaron oportunamente cómo Áyax entregaba la ubicación exacta de brigadas y casas de seguridad.

2. El dirigente provocador y detenido-informante: La trayectoria de Sócrates Amado Campos Lemus, delegado de Economía del IPN, responde a un perfil distinto que suele confundirse con el de un agente estadounidense. González de Alba —en sus análisis posteriores en Nexos, Letras Libres y sus colaboraciones periodísticas— rechazó la hipótesis conspirativa de que Sócrates fuera un agente de la CIA contratado con sueldo antes del 68, considerando esa idea como una fantasía consuelo de la izquierda para no aceptar que el movimiento albergó porros, mitómanos y aventureros en sus propias filas. Para Luis, Sócrates fue un "fanfarrón desbocado" y un provocador que encabezó la facción ultrarradical del IPN impulsando propuestas irresponsables —marchar a la Cámara de Diputados, decretar huelga indefinida o instalar el plantón en el Zócalo el 27 de agosto— diseñadas para empujar al movimiento al despeñadero. Como documentó «El Búho» en Escritos sobre el movimiento de 1968 (1983) e Historias de la rebelión por la democracia (2008), Sócrates buscaba provocar la represión para capitalizarla políticamente.

Las investigaciones del MEH y de Sergio Aguayo ratifican que no existe ficha de Sócrates como agente reclutado previo al 68. Sin embargo, tras ser capturado el 2 de octubre, se quebró en el Campo Militar Número 1 bajo tortura e intimidaciones contra su familia, convirtiéndose en un detenido-informante bajo custodia que leyó declaraciones prefabricadas acusando al CNH de poseer armas y señalando a sus compañeros cara a cara. La prueba definitiva de su capitulación la publicó Arturo Ortiz Marbán en A 50 del 68: prisión y otras vivencias: una carta del 23 de enero de 1969 enviada a Díaz Ordaz desde Lecumberri, firmada por Sócrates, ofreciendo organizar «un público acto de desagravio y solidaridad» con el Presidente.

3. El montaje político de la DFS: Apenas cinco días después de Tlatelolco, el 7 y 8 de octubre de 1968, la escritora Elena Garro —retenida e incomunicada por agentes estatales— ofreció una famosa conferencia de prensa donde aseguró que Sócrates Campos Lemus y el exdirigente del PRI, Carlos A. Madrazo conspiraba junto con otros para derrocar a Díaz Ordaz. Aquella declaración no revelaba una alianza real, sino un sofisticado montaje orquestado por la DFS para usar a Garro y a Sócrates como chivos expiatorios, vinculando al movimiento estudiantil con Madrazo para incriminarlo en subversión y destruirlo políticamente antes de su trágica muerte en el sospechoso accidente aéreo de 1969.

González de Alba registró en Los días y los años la indignación que provocó la conducta de estos cuadros:

«El tiempo dejó probado que no era cierto: ningún miembro del Consejo conocía de antemano el resultado final, pero al mismo tiempo comprobó también que sí hubo un delegado deshonesto, Áyax Segura, sin lugar a dudas. Todavía ahora no alcanzamos a explicarnos las increíbles declaraciones de Sócrates... ¡Las que hizo después del 2 de octubre!... Es lo más deshonesto que hay y yo lo llamo traición.»

IV. Las dos cadenas de mando

Un punto de inflexión decisivo en el testimonio de González de Alba es su impugnación frontal a la tesis del "operativo militar perfecto". Cronistas e intelectuales emblemáticos, como Carlos Monsiváis y Julio Scherer García, sostuvieron en sus textos que los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco demostraban la «perfecta sincronización de las fuerzas represivas» del Estado. Sin embargo, González de Alba, quien vivió la balacera retenido en el tercer piso del edificio Chihuahua, sostuvo exactamente lo contrario: Tlatelolco evidenció una absoluta desorganización, la falta de un mando unificado y una confusión sangrienta entre los agresores de civil y la tropa regular.

Los hechos históricos confirman la lectura de González de Alba sobre la existencia de dos cadenas de mando paralelas en las Fuerzas Armadas. La versión oficial justificó la masacre afirmando que los estudiantes habían abatido a un alto mando al ingresar a la plaza. El militar herido fue el general brigadier José Hernández Toledo (comandante del Batallón de Fusileros Paracaidistas), quien entró con un megáfono desarmado pidiendo disolver el mitin y recibió un impacto a las 18:15 horas. La pericial sobre los archivos del Secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, demostró que la bala que hirió a Hernández Toledo tuvo una trayectoria descendente: vino de las alturas de los edificios, no de la multitud.

¿Quiénes disparaban desde lo alto? Los francotiradores del Estado Mayor Presidencial (EMP), al mando del coronel Carlos Humberto Bermúdez Dávila, y los efectivos del Batallón Olimpia, bajo las órdenes del coronel Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle. Un cable desclasificado de la Defense Intelligence Agency (DIA) de Estados Unidos, fechado el 4 de octubre de 1968, confirmó que el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del EMP y hombre de confianza de Díaz Ordaz, operó una cadena de mando paralela que saboteó las órdenes de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Mientras García Barragán había diseñado la Operación Galeana para rodear la plaza y arrestar a los líderes sin abrir fuego, Gutiérrez Oropeza apostó francotiradores en los edificios Chihuahua, ISSSTE y 15 de Septiembre con la orden deliberada de disparar contra la multitud y contra las tropas del propio Ejército regular. Esta provocación desató el pánico: los soldados de verde creyeron que los estudiantes los atacaban desde arriba y respondieron con fuego masivo hacia el edificio Chihuahua. González de Alba presenció el desconcierto de los miembros del Batallón Olimpia (identificados por sus guantes o pañuelos blancos en la mano izquierda), quienes al ver que la tropa regular les respondía el fuego, se tiraron aterrorizados al suelo del balcón gritando desesperadamente hacia la plaza: «¡Batallón Olimpia, no disparen!». Aquellos soldados de civil no esperaban la respuesta del ejército porque creían formar parte de un operativo coordinado por la SEDENA, ignorando que la cúpula política había creado un fuego cruzado a ciegas.

González de Alba inmortalizó en Los días y los años y reiteró en Tlatelolco. Aquella tarde la vivencia directa de esa trampa:

«De uno de los helicópteros cayó una bengala verde... Cayó otra bengala, ésta era roja... A mi lado Sócrates tenía el micrófono: ¡No corran, compañeros! ¡Es una provocación!… Los francotiradores de guante blanco y ropa civil, primeros en disparar, cayeron en pánico, desconcertados por el hecho de que el ejército les respondiera el fuego. Desde el suelo entendí el grito: ¡Batallón Olimpia, no disparen!... Les gritaban al ejército que no les dispararan.»

V. La crujía de Lecumberri

Tras la razzia de Tlatelolco, el Palacio de Lecumberri se convirtió en la caja de resonancia del movimiento. En las crujías de la "Cárcel Negra", coincidirían las dos generaciones del descontento: la madurez teórica de José Revueltas y la militancia juvenil de Eduardo Valle «El Búho» y Luis González de Alba. Entre 1968 y 1971, Revueltas entabló un discipulado entrañable con «El Búho», a quien llamaba cariñosamente «Búhito», siendo Valle quien se encargaba de esconder y sacar de prisión los manuscritos de la novela El apando.

En el universo testimonial y personal de González de Alba, el apellido Escudero ocupa un lugar fascinante que requiere ser desglosado para evitar las confusiones habituales que genera el uso directo de apellidos en sus escritos:

1. El brigadista de Filosofía en Los días y los años: Durante los mítines en la UNAM previos a octubre de 1968, González de Alba menciona a "Escudero" como un compañero militante de su propia facultad, orador de base y brigadista que participaba en el boteo y las asambleas.

2. El maestro de hebreo en Lecumberri: Durante su encierro en la Crujía C, González de Alba entabló relación con un preso veterano de origen judío de apellido Escudero. Fue este personaje quien le obsequió un volumen de los Salmos en hebreo y español para mitigar el hastío de la celda. Aquel gesto fortuito detonó en Luis una pasión vitalicia por la lengua hebrea, la cultura judía y la historia del Estado de Israel.

3. Carlos Escudero, el compañero de vida: Totalmente ajeno a los sucesos de 1968 y mucho más joven que el escritor, Carlos Escudero fue un bailarín y profesor de danza que se convirtió en la pareja sentimental de González de Alba durante más de tres décadas, desde finales de los años setenta hasta la muerte del autor en 2016. Representó su refugio doméstico y su verdadero núcleo familiar frente a las encendidas tempestades políticas y literarias. Fue Carlos Escudero quien halló el cuerpo sin vida de Luis tras su suicidio y quien resguardó su archivo personal.

Por su parte, Eduardo Valle «El Búho» continuó una relevante trayectoria tras salir de prisión. En 1983 publicó Escritos sobre el movimiento de 1968, donde asentó de manera pionera las acusaciones contra los provocadores. Más tarde, tras investigar las redes del narcotráfico como asesor en la PGR, publicó El Segundo Disparo: la narcodemocracia mexicana (1995), obra que le valió el exilio. Finalmente, en 2008 dio a conocer El año de la rebelión por la democracia (Océano), sacando a la luz los anexos documentales del expediente 114/2004-1 por genocidio contra la cúpula echeverrista.


VI. La querella con Poniatowska

El distanciamiento entre González de Alba y la intelectualidad de izquierda se cristalizó de manera dramática en su acérrima disputa con Elena Poniatowska. La publicación en 1971 de La noche de Tlatelolco convirtió a Poniatowska en la referente internacional de la memoria del 68. Sin embargo, para González de Alba —quien en su juventud mantuvo una relación afectuosa sintetizada en el tránsito del «ay Elenita» al indignado «¡carajo, Elena!»—, dicho libro representó un acto grave de deshonestidad intelectual y distorsión histórica.

En sus ensayos periodísticos y formalmente en su libro Tlatelolco. Aquella tarde (2016), González de Alba denunció que La noche de Tlatelolco era en gran medida una copia y reapropiación no acreditada de su propio testimonio en Los días y los años. Precisó que la autora había incorporado más de 500 líneas de su texto, introduciendo alteraciones, cambiando nombres, modificando secuencias de hechos y distorsionando el tono político del movimiento para adaptarlo a un melodrama de víctimas indefensas destinado al aplauso fácil del público. La querella escaló a los tribunales en 1997, obligando a la editorial Era a corregir en ediciones posteriores los párrafos atribuidos erróneamente o modificados sin consentimiento del autor.

Para González de Alba, el trabajo de Poniatowska sustituyó la complejidad de la resistencia estudiantil por un "martirologio piadoso" que convertía a los jóvenes en víctimas pasivas de una tragedia sentimental. Frente a la literatura de consumo emotivo, exigió que los historiadores tomaran La noche de Tlatelolco con extrema reserva, rescatando los hechos fríos registrables por encima de las ficciones consoladoras.


VII. Entre la represión sangrienta y la negación de los mitos del 68

Uno de los aspectos más complejos, controvertidos y aparentemente contradictorios en la figura de Luis González de Alba radica en la tensión interna de su propio discurso sobre Tlatelolco y sus víctimas. Por un lado, González de Alba nunca negó la represión ni la naturaleza sangrienta de la tarde del 2 de octubre; fue un testigo presencial que narró cómo los francotiradores del Batallón Olimpia y el tiroteo del Ejército acribillaron a la multitud, dejando un saldo trágico de niños, jóvenes y vecinos muertos en la plaza. Él mismo fue golpeado, detenido y encarcelado durante casi tres años en Lecumberri, acusado falsamente de homicidio en masa.

Sin embargo, por otro lado, el testimonio de González de Alba resulta desconcertante para la narrativa tradicional de la izquierda porque emprendió una cruzada encarnizada contra lo que denominó "la mitología del 68", llegando a insinuar que el movimiento inventó o infló cifras y relatos ficticios. Esta postura se sintetiza en cuatro ejes paradójicos de su pensamiento:

1. La negación tajante de los "desaparecidos" en el 68: González de Alba sostuvo categóricamente que en el movimiento estudiantil de 1968 no hubo desaparecidos. Afirmaba con vehemencia que todos los caídos y presos tenían nombre y apellido identificables: «muertos con nombre, encarcelados o perseguidos; ningún dirigente del CNH desapareció, ninguno murió en Tlatelolco ni en el Campo Militar». Para González de Alba, la figura de la "desaparición forzada" en México pertenece estrictamente a la etapa posterior: la Guerra Sucia de los años setenta bajo el mandato de Luis Echeverría, cuando la insurgencia armada y las guerrillas urbanas sufrieron la detención clandestina y el exterminio sin rastro. Mezclar las desapariciones de la Guerra Sucia con los eventos de 1968 constituía, a su juicio, un anacronismo e imprecisión histórica.

2. El rechazo a los relatos de incineraciones y vuelos de la muerte: En Tlatelolco. Aquella tarde, González de Alba tildó de "ficción mexicana" las historias que hablaban de cientos de cuerpos recogidos en la plaza con helicópteros o incinerados masivamente en los hornos del Campo Militar Número 1. Consideraba que la cifra real de muertos en Tlatelolco —estimada por fuentes serias entre 30 y 40 personas, en su mayoría transeúntes y niños vecinos de la unidad habitacional que jugaban en la plaza— había sido desfigurada por el ego de ciertos dirigentes y por la propaganda ideológica para construir un mito de proporciones bíblicas. Criticó duramente a figuras como Fausto Trejo, a quien acusó de inventar años después la versión fantasiosa de que un alumno había recibido una bala destinada a él, guiado por un ego desmedido que le impidió aceptar que los disparos fueron al azar sobre la masa.

3. La insinuación de una "autovictimización" ideológica: La postura de González de Alba generó la percepción de que, por momentos, relativizaba la escala de la tragedia para desmantelar la aureola heroica del movimiento. Al afirmar que en Tlatelolco "apenas hubo una asistencia escasa que ni siquiera llenaba la plaza" y al insistir en que los caídos fueron vecinos accidentales y no cuadros de vanguardia, sus críticos lo acusaron de insinuar que el saldo de muertos fue minimo y accidental. Sin embargo, la intención de Luis no era exonerar al gobierno de Díaz Ordaz, sino despojar a la cúpula del CNH del monopolio del sufrimiento y denunciar el uso mercantil que intelectuales y exdirigentes hicieron de la tragedia a través de viajes, financiamientos y prestigio mediático.

4. El error del "diálogo público" como trampa: González de Alba concluyó que el insistir tercamente en el "diálogo público" en la plaza como exigencia innegociable fue el peor error táctico del CNH, una trampa donde la propia dirigencia se puso el pie para tropezar una y otra vez ante un régimen autoritario que solo buscaba el pretexto de la provocación para imponer el terror.


VIII. La promiscuidad

Paralelamente a su trinchera política, Luis González de Alba fue un vanguardista pionero en la conquista de las libertades civiles e individuales en México. Habiendo crecido en el entorno profundamente conservador y católico de Charcas, San Luis Potosí, concibió la vivencia abierta de la homosexualidad no como una mera orientación privada, sino como una insurrección ética frente al control social. En 1975, coescribió en la revista ¡Siempre! el primer manifiesto de liberación homosexual en el país, e impulsó la apertura de espacios de encuentro y libertad en la Zona Rosa de la Ciudad de México, entre ellos el célebre bar El Vaivén y el legendario El 9.

En su obra autobiográfica Otros días, otros años (1995), González de Alba formuló una de las defensas más radicales y polémicas de la promiscuidad como postura política. Para el autor, la monogamia obligatoria constituía un apéndice más del paquete normativo impuesto por la trinidad del control institucional mexicano: la Iglesia Católica, el PRI y el Partido Comunista Mexicano (PCM), que exigían al individuo el confinamiento en la estructura familiar burguesa. La promiscuidad festiva de la década de 1970 representaba, en sus palabras, la ruptura definitiva con la culpa y la emancipación respecto al confesionario y al partido. Luis resumía esta convicción con una sentencia memorable:

«Nos enseñaron que el amor era escaso y había que ahorrarlo. Yo aprendí que era abundante y había que gastarlo.»

Sin embargo, esta apología de la libertad afectiva colisionó dramáticamente con la irrupción de la epidemia del VIH/SIDA a partir de la década de 1980. Por un lado, tras ser diagnosticado como seropositivo, González de Alba actuó con determinación civil al fundar la Fundación Mexicana contra el Sida. Por otro lado, la epidemia convirtió a Otros días, otros años en una elegía dolorosa, en un registro de duelo por la muerte sistemática de decenas de amigos y amantes de aquella era de efervescencia sexual.

En este punto se gestó la paradoja más trágica y controvertida de su trayectoria intelectual. Temeroso de que el reconocimiento explícito del vínculo entre la promiscuidad masiva y la propagación del virus alimentara el discurso punitivo de la Iglesia y la derecha moralista —quienes interpretaban el SIDA como un "castigo divino"—, González de Alba adoptó posturas sumamente cuestionables. En sus columnas en Milenio a lo largo de los años 2000, llegó a coquetear con el negacionismo del VIH, poniendo en duda la causalidad entre el virus y el síndrome o cuestionando la toxicidad de los tratamientos antivirales como el AZT. Esta postura detonó choques encendidos con científicos de la talla de Antonio Lazcano y con activistas seropositivos, resquebrajando temporalmente su prestigio como divulgador de la ciencia, precisamente en el único ámbito donde sus convicciones identitarias primaron sobre el rigor empírico que en otros campos exigía con ferocidad.


IX. Filosemitismo

Uno de los rasgos más singulares y debatidos de González de Alba fue su apasionado filosemitismo y su abierta defensa del Estado de Israel. Luis no era judío por nacimiento ni por convención religiosa; provenía de una familia católica de Charcas, San Luis Potosí, y se declaraba categóricamente ateo y jalisciense por elección. Su fisonomía marcadamente mediterránea hacía que en Atenas fuera tomado por griego y en Estambul por turco. Para verificar sus raíces, se sometió al análisis del Proyecto Genoma Humano de National Geographic; el resultado descartó ascendencia judía directa y confirmó su linaje griego mediterráneo, hallazgo que lo regocijó enormemente dada su devoción por la Grecia clásica y el racionalismo de Kavafis.

Su vínculo afectivo con la cultura judía fue un construido cultural e intelectual. Se inició en Lecumberri cuando un preso veterano le obsequió los Salmos en hebreo, y se consolidó en la esfera familiar a través de su sobrino —hijo de su hermana—, a quien llamaba afectuosamente «mi sobrino el-soldado-de-Israel». El joven hizo aliyah, se convirtió y se enlistó en las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzahal). Luis sentía un enorme orgullo por él y practicaba el hebreo para comunicarse con su sobrino en sus viajes y correspondencia.

Para la generación de González de Alba (nacido en 1944), Israel no encajaba en el paradigma de una empresa colonialista, sino en el de una utopía socialista, laica y científica. Su visión de Israel se fundaba en tres pilares clave:

1. El experimento socialista y antiimperialista: Para la juventud ilustrada de los años sesenta, el embrión de Israel eran los kibutzim: comunas agrícolas laicas, sin propiedad privada, levantadas por supervivientes del Holocausto que carecían de metrópoli a la cual regresar. Recordaba con frecuencia que la propia URSS había respaldado la creación de Israel en 1947-1948 contra el mandato del Imperio Británico.

2. El refugio de la razón y la libertad civil: Frente al autoritarismo de los regímenes confesionales de Medio Oriente, González de Alba contemplaba a Tel Aviv como una vibrante burbuja liberal y laica, con marcha del orgullo gay, universidades de excelencia y prensa independiente. Veía en ella una encarnación moderna de la polis griega.

3. La alternativa tecnológica al nacionalismo patrio: En su combate frontal contra el nacionalismo del PRI y la mitología indigenista de Aztlán, Luis admiraba la capacidad de un país diminuto para hacer fértil el desierto mediante la tecnología, el desalinizado de agua y la investigación científica aplicada.

Cuando la izquierda dogmática mexicana mutó su postura histórica pro-israelí de los años sesenta hacia un antisionismo militante a partir de los noventa, González de Alba convirtió la defensa de Israel en una trinchera contra lo que consideraba "el maniqueísmo religioso de la izquierda". Cuestionaba con vehemencia la doble moral de sus detractores: «Ustedes que marchan por Palestina nunca marcharon por los gays colgados en Irán». Aunque su lealtad emocional a la foto laica del Israel de 1968 le generó un indudable punto ciego frente al drama palestino, en sus últimos años (2014-2015) llegó a matizar su postura en columnas periodísticas, calificando la ocupación de Cisjordania como insostenible y a Benjamín Netanyahu como un verdadero desastre para el propio Israel.

En una conmovedora coincidencia histórica y poética, el suicidio de González de Alba, consumado la tarde del 2 de octubre de 2016 en su residencia de Guadalajara, no solo conmemoraba los 48 años de la tragedia de Tlatelolco, sino que coincidió de manera exacta con la víspera de Rosh Hashaná (el Año Nuevo judío), entrelazando en su despedida final las dos grandes pasiones y memorias que vertebraron su vida.


X. Capital cultural

Un aspecto fundamental para calibrar el perfil público de González de Alba radica en la forma en que se reinventó como el divulgador de la ciencia más leído de México durante las décadas de 1990 y 2000. Sorprendentemente, Luis no era científico de profesión; no poseía un doctorado en física o biología, ni laboraba en un laboratorio realizando investigación de campo. Su formación académica formal era la licenciatura en Psicología por la UNAM. Sin embargo, en 1997 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo por su labor en la divulgación científica.

Esta aparente paradoja se explica a través de la singular posición social y el capital cultural que acumuló a lo largo de su vida:

1. El capital moral e intelectual del 68: Su condición de exdirigente del CNH y preso político de Lecumberri que tuvo el valor de cuestionar los dogmas de la propia izquierda le otorgó un prestigio de independencia intelectual intocable. Editores e intelectuales liberales de primer orden —encabezados por Héctor Aguilar Camín— impulsaron sus espacios permanentes en publicaciones emblemáticas como La Jornada (con su columna «La ciencia en la calle»), Milenio («Se descubrió que...») y la revista Letras Libres.

2. Una prosa seductora y pedagógica: Poseía un estilo literario extraordinario, caracterizado por una claridad cristalina, una ironía fina y una convicción narrativa aplastante. Su método no era el rigor del paper académico, sino la traducción cultural: leía febrilmente publicaciones internacionales como Scientific American, estudiaba la obra de Richard Dawkins o la poesía de Konstantino Kavafis, y explicaba la física cuántica, la evolución biológica o la astronomía en un español fluido y provocador.

3. Un nodo social en la bohemia intelectual: Su faceta de empresario cultural y nocturno en la Zona Rosa y la colonia Roma —donde regenteó espacios de encuentro libertario como los bares El Vaivén y El 9, además de su restaurante La Taberna del Griego— lo conectó directamente con la élite literaria, periodística y artística del país, otorgándole una proyección pública de la que carecía la mayoría de los científicos de carrera.

Esta prominencia mediática desató severas tensiones con la comunidad científica institucional. Investigadores de la talla de Marcelino Cereijido, Ruy Pérez Tamayo y el propio Antonio Lazcano lo criticaron acerbamente, calificándolo como el prototipo del "todólogo" que opinaba con arrogancia pontificia sobre genoma humano, física de partículas, sida o mecánica cuántica sin haber pisado nunca un laboratorio ni haberse sometido al arbitraje de sus pares.

El propio González de Alba asumía con honestidad esa limitación técnica: se definía como un divulgador que leía mucho y traducía con entusiasmo, no como un investigador. Para Luis, la divulgación científica no era una profesión académica neutra, sino un combate ideológico de primera línea. Utilizaba la ciencia como un mazo rationalista para desmantelar la superstición religiosa, el indigenismo oficial y lo que denominaba "la izquierda mágica". Este empeño desmitificador alcanzó su cénit en su célebre ensayo y posterior libro Las mentiras de mis maestros (editado en Nexos #228 en 1996 y ampliado por Cal y Arena en 2002), donde demolió los mitos del nacionalismo revolucionario y el culto a la derrota gloriosa en la historiografía mexicana.


XI. Conclusión

El movimiento estudiantil de 1968 fue el desenlace trágico de una crisis triple: la rebeldía de una generación urbana que rebasó los moldes de la posguerra, la esclerosis de un régimen partidista que cerró las puertas a la democratización pacífica y la paranoia de una cúpula gobernante subordinada a las agencias contrainsurgentes de la Guerra Fría. La masacre de Tlatelolco no fue un error táctico; fue la maniobra calculada de un grupo de poder que instrumentó francotiradores y cadenas paralelas de mando para forzar un baño de sangre y aplastar las libertades civiles.

La vida y la obra de Luis González de Alba, en sintonía con las denuncias documentadas de Eduardo Valle «El Búho», permanecen como un antídoto intelectual insustituible. A través de su rigor testimonial, su rechazo a las ficciones piadosas y su defensa intransigente de la libertad individual, la diversidad sexual y el pensamiento racional, González de Alba demostró que el verdadero homenaje a la historia no consiste en erigir mitos cómodamente trágicos, sino en sostener, con serenidad y valentía, la verdad de los hechos.