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lunes, 26 de octubre de 2026

Los cachitos de Jorge Américus

Antisemitismo y sionismo

Mi vida… en cachitos, de Jorge Américus —con prólogo del empresario y filántropo Daniel Lubetzky—, se presenta como un testimonio personal que entrelaza la experiencia judía en el México del siglo XX con la construcción del Estado de Israel. El objetivo de este ensayo es contrastar la perspectiva personal de un sionista con datos históricos verificables y señalar las tensiones argumentativas que emergen cuando la memoria individual contrasta con la evidencia documental y las realidades del conflicto en Oriente Medio. Mostrar cómo se internaliza y se narra la hostilidad en un medio donde esa hostilidad no adopta formas institucionales visibles.

1. El antisemitismo en el México de posguerra

Mi vida… en cachitos está compuesto en general de anécdotas personales aisladas entre las cuales Américus describe episodios de antisemitismo cotidiano en su infancia: burlas en la escuela, la exclusión del discurso de graduación por ser judío, la sensación constante de ser señalado. Algunos de estos relatos resultan inverosímiles, pero independientemente de su veracidad o exactitud, ilustran la perspectiva individual de un sionista en el contexto de una identidad forjada en el trauma del Holocausto. Estos relatos son experiencias aisladas de intolerancia individual, no un análisis de las estructuras políticas e ideológicas que las alimentaban.

En el México de los años cuarenta y cincuenta, el antisemitismo no constituía una política de Estado —el gobierno de Lázaro Cárdenas había condenado explícitamente el racismo nazi y no existía una persecución oficial—, ni era el sentir de la mayoría de la población. Sin embargo, ciertos sectores de la derecha nacionalista y católica eran definitivamente antisemitas. Derrota Mundial, el libro de Salvador Borrego publicado en 1953, se convirtió en un texto de difusión masiva entre círculos conservadores que veían en el nazismo un baluarte contra el comunismo. Borrego, aunque ignorado por la academia, tuvo una recepción significativa entre sectores nacionalistas y conservadores. El propio Borrego afirmó en entrevista que en el Partido Acción Nacional (PAN) había «mucha gente» que simpatizaba con sus tesis, aunque no lo expresara públicamente.

Lo que pudo existir, se indica, fue «xenofobia genérica de pueblo chico a comerciante foráneo» y un léxico local que englobaba bajo «turcos» o «judíos» a diversos comerciantes extranjeros. Para el análisis del libro esto es relevante: si el entorno tampiqueño no contaba con una comunidad judía visible, la experiencia infantil del autor se produce en un contexto de baja densidad de interacción intergrupal, donde el prejuicio circula como representación heredada y no como conflicto cotidiano con un otro concreto.

Américus presenta una perspectiva personal sin entrar en un análisis del contexto político. Su mirada es la del trauma personal de un grupo que se siente acosado por un mundo hostil. No menciona ni el libro Derrota Mundial, ni el ecosistema ideológico que la hizo posible. Tampoco alude a organizaciones como El Yunque, de raigambre católica ultramontana y con ramificaciones en la política mexicana, que compartía el imaginario de una conspiración judeo-masónica. Al reducir el antisemitismo a incidentes de acoso escolar, la narración pierde de vista las redes intelectuales y editoriales que difundían el prejuicio en la posguerra.

En Tampico, uno de los asentamientos de provincia donde algunas familias se establecieron permanentemente y ciudad donde el autor vivió, la comunidad judía era pequeña y su visibilidad limitada. En Tampico, en esas décadas; el antisemitismo operaba en el plano del prejuicio social, la exclusión sutil y la difusión de literatura conspirativa. El libro captura con veracidad esa vivencia íntima, pero la descontextualiza de su entorno sociopolítico.

La noción de «antisemitismo sin judíos», acuñada por Claudio Lomnitz, describe justamente esa configuración: una plantilla católica anti-judía importada que persiste con independencia de la presencia real de judíos. Es una categoría útil para leer el testimonio de Américus sin exigirle un análisis estructural que no pretende ofrecer.

2. PeaceWorks

El relato de Américus presenta el sionismo como una continuación natural de la identidad judía: el viaje a Israel, el trabajo en el Néguev, el orgullo por la construcción del Estado israelí. Esta perspectiva refleja una posición dominante en la comunidad judía mexicana de la segunda mitad del siglo XX. La historiografía sobre los judíos en México muestra que el sionismo fue un factor de cohesión interna y de prestigio identitario tras el Holocausto, y que la comunidad desplegó esfuerzos significativos para apoyar la creación de Israel, aunque el gobierno de México se abstuvo en la votación de partición de la ONU en 1947 y reconoció formalmente al Estado judío hasta 1949.

La presencia de Daniel Lubetzky en el prólogo introduce un matiz crucial. Lubetzky —hijo de un sobreviviente del Holocausto criado en México y fundador de KIND Snacks— representa una vertiente distinta del pragmatismo identitario al haber creado la PeaceWorks Foundation y el movimiento OneVoice. Frente a la visión rígidamente nacionalista, el modelo de PeaceWorks propuso la «coexistencia económica», promoviendo negocios conjuntos entre israelíes y palestinos cuyas ganancias financiaran OneVoice, una iniciativa binacional diseñada por más de 200 líderes de ambas partes para impulsar la solución de dos Estados y dar voz a las mayorías moderadas.

Esta perspectiva convive y contrasta con otras iniciativas binacionales de la sociedad civil que buscan trascender el conflicto:

Combatants for Peace:
movimiento fundado en 2006 por exsoldados de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y exmilicianos palestinos de Fatah que decidieron abandonar las armas para promover el diálogo conjunto.
Parents Circle - Families Forum:
integrado por más de 600 familias israelíes y palestinas que han perdido seres queridos en el conflicto y trabajan unidas en favor de la reconciliación.
Neve Shalom / Wahat al-Salam (Oasis de Paz):
aldea cooperativa bilingüe y conjunta fundada por judíos y árabes en Israel.
Standing Together (Omdim Beyachad / Naqef Ma'an):
movimiento de base judeo-árabe que moviliza a ciudadanos dentro de Israel por la justicia social y la paz.
Peace Now (Shalom Achshav) e IPCRI:
organizaciones dedicadas al monitoreo de asentamientos y a la investigación analítica binacional de negociación.

Américus, en cambio, ignora la tensión entre esa identificación sionista y la realidad palestina. En todo el libro no hay una sola referencia a los palestinos como sujetos de derechos; las menciones se limitan a «árabes terroristas». Shlomo Sand ha argumentado que el sionismo construyó una narrativa de continuidad histórica judía con la tierra que no se sostiene empíricamente, y que la invención del «pueblo judío» como entidad nacional homogénea fue un proyecto ideológico del siglo XIX. Ilan Pappé, por su parte, describe el sionismo como un movimiento colonial de asentamiento que, desde su llegada a Palestina, adoptó una visión racista hacia la población nativa y ejecutó un programa de limpieza étnica en 1948. Avi Shlaim ha documentado la responsabilidad israelí en la expulsión de cientos de miles de palestinos. El libro de Américus simplemente ignora la existencia del pueblo palestino y la Nakba.

La comparación con Novia que te vea, la novela de Rosa Nissán y la película de Guita Schyfter, retratan la vida de jóvenes judías en el México de los años cincuenta y sesenta desde una perspectiva que privilegia la experiencia íntima, la negociación con las tradiciones familiares y la búsqueda de un lugar en la sociedad mexicana. Novia que te vea no convierte a sus personajes en portavoces de una ideología nacional; su judaísmo es una dimensión de la vida cotidiana, no un programa político. Donde Nissán narra la complejidad de ser mujer, sefaradí y mexicana, Américus narra la epopeya de un ingeniero que participa en la construcción del Estado israelí, un relato de redención nacional.

3. Antisionismo y antisemitismo

El libro dedica varias páginas a denunciar el «resurgimiento del antisemitismo» y a equiparar la crítica a Israel con el odio a los judíos. Esta operación no es exclusiva del autor: es una tendencia consolidada en el discurso político y legal occidental desde la adopción de la definición de antisemitismo de la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA) en 2016. Según esta definición, algunas formas de crítica a Israel —como «negar al pueblo judío su derecho a la autodeterminación» o «afirmar que la existencia del Estado de Israel es un esfuerzo racista»— pueden constituir antisemitismo.

La cuestión es jurídica y políticamente compleja. Por un lado, la IHRA ha sido adoptada por la Comisión Europea y por varios Estados como herramienta orientativa, y sus defensores sostienen que no limita la libertad de expresión, pues la propia definición aclara que «la crítica a Israel similar a la que se dirige a cualquier otro país no puede considerarse antisemita». Por otro lado, académicos como Ilan Pappé han señalado que la definición ha sido utilizada para silenciar la crítica a las políticas israelíes y para estigmatizar el antisionismo político. Kenneth Stern, uno de los redactores originales de la definición, ha criticado públicamente su uso legislativo como instrumento de censura en los campus universitarios. Pensadoras judías como Naomi Klein han insistido en que el universalismo profético judío —la tradición de justicia— es éticamente incompatible con un etnonacionalismo excluyente.

El libro de Américus se alinea sin matices con la posición oficial israelí: el 7 de octubre justifica todo, la crítica a Israel es antisemitismo, el antisionismo es una forma de odio. Pero esta posición, presentada como sentido común, es en realidad una tesis política controvertida. La distinción entre antisemitismo (odio a los judíos como judíos) y antisionismo (oposición política al proyecto sionista y al Estado de Israel) es analíticamente necesaria, aunque en la práctica ambos fenómenos a veces se solapen. El problema de la fusión legal es que borra esa distinción y convierte la crítica política en patología. Al clausurar el debate y calificar todo antisionismo de patología o rencor, el texto invisibiliza la existencia de un amplio espectro de judaísmo no sionista, así como las redes de solidaridad entre judíos y palestinos que exigen el fin de la ocupación sin renunciar a su acervo ético e histórico.

4. Balance argumentativo

La existencia de un espectro de judaísmo no sionista y de redes de solidaridad judeo-palestinas permite describir el sionismo no como esencia de la identidad judía sino como una posición históricamente dominante —y por tanto discutible— dentro de un campo identitario plural. La comparación con Novia que te vea (Rosa Nissán; Guita Schyfter) opera en la misma dirección: muestra un judaísmo como dimensión de la vida cotidiana y no como programa político, lo que relativiza la pretensión de que la experiencia judía diaspórica tenga una traducción nacional única.

La distinción analítica entre antisemitismo (hostilidad hacia los judíos en cuanto judíos) y antisionismo (oposición política a un proyecto estatal) es sostenible en el plano conceptual, aun reconociendo solapamientos empíricos. El interés sociológico está en el uso social de la fusión: qué actores la promueven, qué efectos produce en la conversación pública y qué voces judías quedan desautorizadas por ella. La entrada acierta al señalar que la posición del libro se presenta como sentido común cuando es una tesis política controvertida; conviene añadir, simétricamente, que la impugnación de esa tesis también lo es, y que el análisis gana cuando ambos lados se describen como posiciones en un campo y no como evidencia contra patología.

Como memoria personal, el libro ofrece lo que ningún archivo entrega: la fenomenología del prejuicio en un país de minoría ínfima —la sensación de vulnerabilidad, el miedo a la exposición, la reafirmación identitaria en un entorno percibido como hostil—, así como la carga emocional de la construcción nacional israelí para una generación diaspórica posterior al Holocausto. Como testimonio histórico, en cambio, no sistematiza el contexto ideológico que hizo posible ese prejuicio ni tematiza los costos humanos del proyecto sionista; la entrada lo señala con razón al inventariar las ausencias (Nakba, palestinos como sujetos de derechos, problematización de la ocupación) y al remitir a la crítica historiográfica de Shlomo Sand, Ilan Pappé y Avi Shlaim.

El libro funciona como fuente primaria de subjetividad y no como análisis estructural. Confundir ambos registros —exigirle al testimonio la función del archivo, o al archivo la función del testimonio— empobrece tanto la comprensión del antisemitismo mexicano como la del sionismo como fenómeno identitario. El contraste con PeaceWorks, con las iniciativas binacionales y con Novia que te vea no refuta el relato de Américus: delimita el lugar que le corresponde y muestra que la identidad judía, como todo campo identitario, contiene alternativas históricamente disponibles que la narración decide no incluir.

A favor de la narrativa del libro: el testimonio de Américus tiene el mérito de mostrar la experiencia subjetiva del antisemitismo cotidiano en un país donde la comunidad judía era una minoría ínfima. La sensación de vulnerabilidad, el miedo a la exposición, la necesidad de reafirmar la identidad en un entorno hostil son reales y están documentados en la literatura sobre minorías en México. El relato también captura la emoción de la construcción nacional israelí para una generación de judíos diaspóricos que vieron en Israel una respuesta al Holocausto. Esa emoción es histórica, aunque sus consecuencias políticas sean discutibles.

En contra: el libro convierte el trauma del Holocausto en ideología y omite los costos humanos del proyecto sionista. No menciona la Nakba, no nombra a los palestinos como sujetos de derechos, no problematiza la ocupación. La narrativa del «desierto que floreció» y de «un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo» es historiográficamente insostenible, como han demostrado Shlomo Sand, Ilan Pappé y Avi Shlaim. El libro tampoco examina la complicidad de sectores de la comunidad judía mexicana con narrativas que invisibilizan la violencia fundacional de Israel. Y en el plano local, reduce el antisemitismo mexicano a anécdota, sin analizar su base ideológica en el nacionalismo católico y en la literatura de extrema derecha que circuló profusamente en el México de posguerra.

La obra, en definitiva, funciona como memoria personal pero falla como testimonio histórico. Ilumina la subjetividad de un hombre que vivió el antisemitismo y abrazó el sionismo como respuesta, pero ignora las estructuras que hicieron posible tanto el antisemitismo en México como el desplazamiento palestino. El contraste con iniciativas como PeaceWorks, Combatants for Peace o Novia que te vea revela que existen otras formas de habitar la identidad judía —más dialogantes, más críticas, más atentas a la complejidad del otro— que la narrativa de Américus decide no ver.


Referencias citadas en el texto analizado y en las fuentes de trabajo:

  • Américus, J. Mi vida… en cachitos (con prólogo de Daniel Lubetzky).
  • Borrego, S. Derrota Mundial (1953).
  • Lomnitz, C., sobre la categoría «antisemitismo sin judíos».
  • Nissán, R. Novia que te vea; Schyfter, G. (adaptación fílmica).
  • Sand, S.; Pappé, I.; Shlaim, A., sobre historiografía del sionismo y la Nakba.
  • Stern, K., sobre la definición de la IHRA; Klein, N., sobre universalismo profético judío.
  • PHMSA y EGIG, documentación sobre causas de falla en oleoductos.
  • Informes sobre el oleoducto Eilat-Ashkelon (EAPC) y el contrato Israel-Irán de 1968.
  • Tribuna Israelita (fundada en 1944), registros de incidentes.

miércoles, 7 de octubre de 2026

La Instrumentalización Política de las Comunidades Religiosas

Resumen: El presente ensayo argumentativo examina la tesis sociohistórica de que las comunidades religiosas —tanto la hegemonía histórica del catolicismo romano como la emergente expansión neopentecostal y evangélica— han sido de manera constante instrumentalizadas por élites políticas y jerarquías eclesiásticas para la acumulación de poder corporativo, la legitimación de regímenes y la contención de transformaciones sociales. Se analiza la ambivalencia semántica del concepto griego ekklesía (comunidad horizontal versus institución jerárquica), la resistencia de la Iglesia católica ante el Estado laico juarista, la manipulación de la población campesina y el «matriarcado cristero» en la década de 1920, y la posterior penetración evangélica promovida en el marco geopolítico de la Guerra Fría. Asimismo, se incorpora la métrica estadística contemporánea sobre el cambio religioso (Pew Research Center y CONICET), el uso ritual de iconografía e ideología del Sionismo Cristiano en los templos neopentecostales del siglo XXI, y la confluencia de este fenómeno con la polarización política en Brasil y la sacralización del libre mercado en la Argentina de Javier Milei, evaluando finalmente el debate historiográfico entre la manipulación verticalista y la agencia autónoma de los creyentes.


I. La Ambivalencia de la Ekklesía

El estudio de la intersección entre el fenómeno religioso y la estructura del poder político en México y América Latina exige disecar la categoría conceptual de «Iglesia». Desde su etimología en el griego clásico, ekklesía (ἐκκλησία) designaba la asamblea horizontal de ciudadanos convocados para deliberar sobre los asuntos de la polis. En el cristianismo primitivo, el término conservó esta dimensión comunitaria, horizontal y de cohesión identitaria. Sin embargo, en el curso de la institucionalización histórica, el concepto sufrió una translación semántica: pasó de definir al cuerpo orgánico de creyentes a identificar a la estructura jerárquica, burocrática y sacerdotal que ostenta el monopolio de la administración de lo sagrado.

Esta ambivalencia ha sido la piedra angular sobre la cual se edifica la instrumentalización política. Las élites gubernamentales y las dirigencias eclesiásticas recurren sistemáticamente a la sobreposición de ambas nociones: apelan a la fe incondicional de la comunidad de creyentes para legitimar las agendas corporativas, económicas o electorales de la institución. Como señalan investigaciones del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM [1] y el sociólogo Elio Masferrer Kan [5], la sacralización de las identidades religiosas opera como un poderoso mecanismo de movilización colectiva que disuelve la conciencia de clase o la adscripción ciudadana secular en favor de imperativos morales dogmáticos.

La hipótesis central de este ensayo sostiene que las comunidades religiosas en México y en el ámbito latinoamericano han funcionado como instrumentos de dominación política y social. Esta dinámica se evidencia desde las resistencias confesionales del siglo XIX frente al Estado laico en México, pasando por la instrumentalización del campesinado y el matriarcado moral en la Guerra Cristera, hasta la infiltración contemporánea de redes evangélicas como dispositivos de contención geopolítica, bloques de votación conservadora y plataformas de sacralización ideológica del libre mercado.


II. La Iglesia Católica y el Estado Laico Mexicano

1. Las Leyes de Reforma y la Fractura del Orden Corporativo

La consolidación del Estado-nación mexicano en el siglo XIX implicó una confrontación inevitable entre el proyecto liberal de secularización institucional y el modelo corporativo heredado del periodo novohispano. La promulgación de las Leyes de Reforma en 1859 por Benito Juárez [2, 7, 10] y la subsecuente extinción legal de las comunidades religiosas [15] buscaron desmantelar el fuero eclesiástico, la propiedad amortizada y el monopolio confesional sobre el registro civil y la educación. Como documenta Pablo Mijangos González [11], el obispado mexicano y la diplomacia vaticana interpretaron la secularización no como una delimitación de esferas, sino como una persecución existencial contra la civilización cristiana.

Lejos de limitar su oposición a la esfera teológica, la jerarquía católica respaldó abiertamente la intervención francesa y el Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo para preservar sus prerrogativas económicas y políticas. Cuando las circunstancias exigieron contemperar con el poder terrenal, la Iglesia estableció durante el Porfiriato un modus vivendi no escrito: una tolerancia pragmática donde el Estado flexibilizó la aplicación de la Constitución de 1857 a cambio de la neutralidad política eclesial y el mantenimiento de la paz social entre las masas rurales y urbanas [1, 3].

2. La Guerra Cristera (1926–1929): Manipulación Campesina y el «Matriarcado Moral»

El estallido de la Guerra Cristera en 1926 tras la promulgación de la Ley Calles expuso la versión más trágica de la instrumentalización religiosa. La decisión del Episcopado Mexicano de suspender el culto público el 1 de agosto de 1926 funcionó como una medida de presión política contra el régimen posrevolucionario, apostando a que el descontento popular derrocaría al gobierno [4, 8, 12]. El conflicto enfrentó a un Estado anticlerical intransigente contra un campesinado devoto movilizado bajo el grito de «¡Viva Cristo Rey!» [13].

En este escenario, el clero y las organizaciones confesionales (como la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa) instrumentalizaron el arraigo devocional del mundo rural. Investigaciones sobre el llamado «matriarcado cristero» muestran cómo las mujeres —articuladas clandestinamente en las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco— ejercieron una coerción moral asfixiante sobre los hombres en el ámbito doméstico. Madres, esposas y hermanas calificaban de "impíos" o "cobardes" a los varones que dudaban en tomar las armas, bajo la premisa inculcada por el clero de que la salvación del alma dependía de la restauración del culto sacramental [12, 13].

«La Iglesia utilizó la fe del campesinado como moneda de cambio geopolítica. Cuando los 'Arreglos' de 1929 se firmaron entre la cúpula eclesiástica, el gobierno mexicano y la mediación del embajador estadounidense Dwight Morrow, los combatientes campesinos fueron desarmados y abandonados a la represión militar sin amnistía real ni modificación constitucional.» (Jean Meyer, La Cristiada) [4, 12].

La historiografía crítica documenta que la jerarquía priorizó la reapertura formal de los templos y el restablecimiento de sus cuotas de negociación institucional sobre la vida de los más de 250,000 caídos en la contienda, llegando incluso a desautorizar y excomulgar a las partidas cristeras que se negaron a deponer las armas tras el pacto [4, 9, 12].


III. De la Teología de la Liberación a la Penetración Evangélica

1. El Giro Geopolítico de la Guerra Fría

Durante la segunda mitad del siglo XX, el rol político de las comunidades religiosas sufrió un viraje estratégico. La emergencia de la Teología de la Liberación tras el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (1968) articuló una opción preferencial por los pobres que legitimó las luchas sociales, las huelgas campesinas y los movimientos de liberación en América Latina. Esta vertiente transformó a sectores de la Iglesia en focos de concienciación crítica y resistencia contra las dictaduras militares y los regímenes autoritarios.

Los Documentos de Santa Fe y la Contención Ideológica

Ante la radicalización del catolicismo de base, los centros de inteligencia de los Estados Unidos identificaron a la Teología de la Liberación como una amenaza directa a la seguridad hemisférica. El conocido Documento de Santa Fe I (1980), elaborado por asesores de la administración Reagan, estableció explícitamente que la política exterior estadounidense debía combatir a la «teología de la liberación» por considerar que transformaba la fe cristiana en un instrumento de agitación subversiva marxista-leninista.

Para neutralizar este fenómeno, se fomentó deliberadamente la expansión de sectas y misiones neopentecostales procedentes del cinturón bíblico (Bible Belt) de los Estados Unidos [5, 14]. Como explica Elio Masferrer Kan [5], las iglesias evangélicas ofrecían un modelo teológico centrado en la Teología de la Prosperidad, el individualismo salvífico y la obediencia a las autoridades establecidas, contrapesando el colectivismo redistributivo de la izquierda católica.

2. La Métrica Estadística de la Transición Religiosa

La sociología de la religión en América Latina ha documentado cuantitativamente este desplazamiento durante las últimas tres décadas: la erosión de la hegemonía histórica del catolicismo romano y la acelerada expansión de los movimientos evangélicos y neopentecostales. Investigaciones del Pew Research Center (2014) confiman que la proporción de adultos latinoamericanos identificados como católicos descendió del 80% en 1990 a menos del 69% hacia mediados de la década de 2010, mientras que la adscripción evangélica alcanzó en promedio el 20% a nivel continental, superando el 40% en diversos países de América Central y el 30% en Brasil.

En el caso de Argentina, la Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas realizada por el CONICET (2019) bajo la dirección de Fortunato Mallimaci, Juan Cruz Esquivel y Verónica Giménez Béliveau, ofrece evidencia cuantitativa sobre esta metamorfosis sociodemográfica [16]:

Filiación / Identificación Religiosa Primera Encuesta CONICET (2008) Segunda Encuesta CONICET (2019) Variación Porcentual Neta
Catolicismo Romano 76.5% 62.9% -13.6%
Evangélicos (Pentecostales / Neopentecostales) 9.0% 15.3% +6.3%
Sin Religión (Ateos, Agnósticos, Creyentes sin filiación) 11.3% 18.9% +7.6%
Otras Religiones (Judaísmo, Islam, Afro-americanas, etc.) 3.2% 2.9% -0.3%

3. Conflictos Intraétnicos en el Sur de México

En estados como Chiapas y Oaxaca, la penetración de grupos evangélicos a partir de las décadas de 1970 y 1980 alteró profundamente las estructuras comunitarias basadas en los usos y costumbres tradicionales. La negativa de los conversos evangélicos a participar en los sistemas de cargos comunitarios —que fusionan la jerarquía política local con las festividades del catolicismo sincretista— derivó en expulsiones masivas, despojo de tierras y enfrentamientos físicos armados entre pobladores indígenas de la misma etnia (como en San Juan Chamula).

Analistas sociológicos coinciden en que estas disputas, aunque tipificadas formalmente como «conflictos religiosos», ocultaban pugnas por el control político municipal, el acceso a recursos públicos y la ruptura de la cohesión comunitaria que entorpecía la penetración de proyectos económicos y electorales externos [1, 5, 14].


IV. El Neoconservadurismo Contemporáneo

En el siglo XXI, la instrumentalización de las comunidades religiosas ha migrado de la contención geopolítica de la Guerra Fría a la estructuración de bloques electorales decisivos dentro de la democracia formal. Este fenómeno se caracteriza por la simplificación de la arena política en dos identidades canónicas polarizadas:

  • La Izquierda: Asociada por las narrativas confesionales con el "marxismo cultural", la agenda del aborto, la ideología de género, las políticas de diversidad sexual y la disolución de la familia tradicional.
  • La Derecha: Vinculada con la defensa del "orden natural", la narrativa de libertad económica, el libre mercado, la propiedad privada y la prosperidad promovida por la bendición divina.

1. La Estética Judaica en el Neopentecostalismo y la Teología del Dominio

Un fenómeno sociocultural distintivo en los cultos neopentecostales del siglo XXI es la incorporación intensiva de parafernalia, símbolos y términos procedentes de la tradición judía y del Estado de Israel. En templos e intervenciones públicas de iglesias formalmente cristianas, es habitual el despliegue de banderas israelíes, el uso ritual del shofár (cuerno de carnero), la exposición de la Menorá (candelabro de siete brazos) y el arca de la alianza, así como la adopción de terminología hebrea (Yahvé, Ruach, Shalom, Adonai).

Desde la sociología del fenómeno religioso (Reneé de la Torre, Pablo Semán) [18, 19], la apropiación neopentecostal de la simbología judaica no constituye una conversión teológica al judaísmo rabínico, sino un ensamblaje simbólico fundamentado en dos pilares doctrinarios:

Fundamentos Doctrinarios del Ensamblaje Simbólico:

  1. El Sionismo Cristiano y el Dispensacionalismo: Sustentado en lecturas literales de pasajes bíblicos como Génesis 12:3 («Bendeciré a los que te bendijeren»), este marco teológico sostiene que la bendición espiritual y la prosperidad económica de las naciones están ligadas directamente al respaldo político y material al pueblo judío y al Estado de Israel. Israel es interpretado no solo como un actor geopolítico, sino como el "reloj profético" indispensable para la escatología cristiana.
  2. La Teología del Dominio y el Mandato de las Siete Montañas: Esta corriente postula que los cristianos deben ocupar y "reconquistar" las esferas de influencia estratégica de la sociedad (gobierno, economía, medios, educación, familia, artes y religión). En este esquema, los símbolos del Antiguo Testamento invocan una imagen de "guerra espiritual", firmeza moral y pacto davídico frente al secularismo y al Estado regulador.

2. El Caso de Brasil: La Bancada Evangélica y la Coerción Pastoral

En Brasil, el segmento evangélico —que abarca más del 31% de la población según datos oficiales del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE)— se ha consolidado como un actor político clave. Durante la presidencia de Jair Bolsonaro, la consigna «Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos» materializó la alianza estratégica entre la derecha política, el agronegocio y las corporaciones pastorales (como la Iglesia Universal del Reino de Dios).

Estudios sociológicos y testimonios de campo exponen la paradoja de votantes pertenecientes a sectores populares vulnerables que, beneficiándose directamente de los programas de redistribución de ingreso impulsados por la izquierda (como los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva), votan sistemáticamente en contra de sus propios intereses socioeconómicos motivados por el mandato pastoral:

«Múltiples testimonios en las favelas de Río de Janeiro y São Paulo convergen en la misma premisa: "Lula ha sido un buen presidente y nos dio de comer, pero mi pastor me ordena votar contra él porque representa el mal moral y la destrucción de la familia".»

Este fenómeno demuestra cómo la autoridad espiritual disuelve la racionalidad del voto económico, transformando la elección parlamentaria en una cruzada escatológica entre el «bien» y el «mal» [5, 6].

3. El Caso de Argentina: Javier Milei, «Las Fuerzas del Cielo» y la Sacralización del Mercado

En Argentina, la irrupción política de Javier Milei y su coalición La Libertad Avanza ejemplifica una reconfiguración simbólica atípica en el panorama político regional. Si bien Milei fue criado en el seno de una familia católica tradicional, su proceso de formación política e intelectual incorporó un estrecho vínculo con el judaísmo ortodoxo (específicamente la corriente jasídica Chabad-Lubavitch y la tutoría espiritual del rabino Axel Wahnish).

Esta alineación personal y geopolítica se tradujo en un dispositivo de comunicación política que entrelaza la economía de libre mercado, la defensa irrestricta del Estado de Israel y la invocación permanente de relatos del Antiguo Testamento.

El lema político central de su movimiento, «las fuerzas del cielo», constituye una cita textual directa del Primer Libro de los Macabeos (capítulo 3, versículo 19), un texto del periodo helenístico que narra la rebelión armada de los macabeos en defensa de su fe y soberanía:

«Porque en la guerra la victoria no depende de la multitud del ejército, sino de la fuerza que viene del cielo.» (1 Macabeos 3:19).

La utilización de esta cita cumple una función sociopolítica precisa: enmarcar una contienda electoral y un programa de reformas económicas drásticas no como un debate técnico entre modelos de desarrollo, sino como una batalla moral asimétrica entre una minoría "iluminada" por la verdad y un sistema estatista percibido como corrupto e idólatra.

A diferencia de los discursos neoconservadores tradicionales que apelan a la Doctrina Social de la Iglesia Católica, el discurso de Milei fusiona los principios de la Escuela Austríaca de Economía (Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Murray Rothbard) con exégesis del Antiguo Testamento y la Torá:

  • La Propiedad Privada como Mandamiento Divino: La prohibición bíblica del robo (Séptimo Mandamiento del Decálogo) es interpretada analíticamente por Milei como una condena explícita a los impuestos, al déficit fiscal y a la intervención estatal, catalogando al Estado no como un regulador del bien común, sino como un "mecanismo violento de espoliación".
  • El Mercado como Orden Natural Bendecido: La libre competencia, la desregulación económica y la iniciativa individual son presentadas como la manifestación terrenal de la libertad concedida por el Creador al individuo, mientras que la justicia social redistribucionista es calificada como el producto del "pecado de la envidia".
  • Alineamiento Geopolítico Radical: La promesa formal de trasladar la embajada argentina a Jerusalén y el alineamiento irrestricto con Israel y Estados Unidos en política exterior no solo responden a una estrategia diplomática, sino a un imperativo de coherencia dentro de su narrativa de pertenencia al "bloque occidental judeocristiano".

Desde la perspectiva de la ciencia política y la sociología electoral (Pablo Semán, Sergio Morresi) [19, 20], la adopción de símbolos y narrativas del Antiguo Testamento por parte de un líder político secular logró tender un puente altamente efectivo hacia el electorado evangélico y neopentecostal en Argentina, así como hacia sectores del catolicismo tradicional desencantados con las posturas del Papa Francisco y la jerarquía eclesiástica local. Para la comunidad neopentecostal, el lenguaje enfocado en el Éxodo, la épica de David contra Goliat, la defensa de Jerusalén y las referencias a las "fuerzas del cielo" resultan culturalmente familiares y teológicamente validadas, facilitando la adscripción emocional al candidato.


V. ¿Manipulación Vertical o Agencia Autónoma?

Dentro de la sociología de la religión y la ciencia política, el grado de control que ejercen las jerarquías sobre las bases de creyentes es objeto de un intenso debate. No existe un consenso unánime que reduzca a las comunidades religiosas a meros peones pasivos.

Perspectiva Teórica Postulados Principales Principales Exponentes / Evidencia
Tesis de la Instrumentalización Vertical (Top-Down) Las comunidades de fe son manipuladas por élites eclesiásticas y políticas mediante el uso del miedo moral, la coacción de la salvación eterna y el monopolio del dogma, para servir a intereses económicos corporativos y mantener el status quo. Jean Meyer [4], Elio Masferrer [5], análisis del voto corporativo neopentecostal en América Latina.
Tesis de la Agencia Popular y Resistencia (Bottom-Up) Los creyentes no son receptores pasivos. Apropiaron y reinterpretan los símbolos religiosos como herramientas de dignidad, red de apoyo comunitario, capital social e identidad frente al abandono del Estado secular y las crisis económicas. Estudios de Teología de la Liberación, investigación etnográfica en sectores populares de la UNAM [1] y Redalyc [14].

Los defensores de la tesis de la agencia autónoma argumentan que la adhesión a iglesias evangélicas en sectores marginales responde a necesidades concretas: contención frente a las adicciones, violencia intrafamiliar y falta de servicios estatales. Para estos sectores, el templo funciona como una red de solidaridad económica y sanación emocional que el Estado laico no ha podido proveer [14]. Por tanto, la alineación electoral no sería una pura "ceguera ideológica", sino un intercambio pragmático de protección y reconocimiento social.

Por otro lado, los defensores de la tesis de la instrumentalización sostienen que, si bien la base social busca refugio comunitario, las dirigencias religiosas operan como verdaderas "empresas de fe" que monetizan el capital simbólico acumulado para negociar concesiones de medios de comunicación (frecuencias de radio y TV), exenciones fiscales y cargos de representación popular con los partidos políticos de turno [1, 6].


VI. Conclusión

El recorrido histórico, geopolítico y sociodemográfico ratifica la validez de la tesis planteada: las comunidades religiosas en México y América Latina han sido y continúan siendo instrumentalizadas para fines políticos corporativos y de control social. La manipulación ha operado de forma transhistórica, independientemente del signo confesional:

  • La Iglesia Católica defendió sus privilegios feudales e institucionales oponiéndose a las reformas liberales del siglo XIX [2, 7, 10, 15] e incitó al levantamiento armado campesino durante la Cristiada [4, 12, 13], para posteriormente pactar con el Estado cuando sus intereses cupulares quedaron garantizados.
  • Las comunidades Evangélicas y Neopentecostales contemporáneas han sido utilizadas como dispositivos geopolíticos de contención ideológica [5, 14] y consolidadas como bloques de votación conservadores que simplifican el debate democrático a una contienda moral bipolar en beneficio de las élites del libre mercado.
  • Fenómenos recientes, como la adopción de parafernalia judía y lenguaje sionista por movimientos neopentecostales, o la sacralización del anarcocapitalismo en Argentina a través de las «fuerzas del cielo», demuestran que la instrumentalización de lo sagrado ya no requiere únicamente la mediación institucional eclesial tradicional, sino la convergencia entre teologías del dominio, estética veterotestamentaria y ofertas políticas libertarias.

El desafío fundamental para las democracias contemporáneas y para la preservación del Estado laico [6, 7] no reside en restringir la libertad de culto o descalificar la fe privada de las poblaciones, sino en distinguir de forma tajante entre la comunidad de creyentes en su dimensión cívica y las estructuras de poder eclesial y político que mercantilizan y politizan la fe. Garantizar la separación definitiva entre el dogma confesional y la deliberación pública sigue siendo, como en los días de Benito Juárez, la condición indispensable para la equidad, la diversidad social y la soberanía popular.


Referencias Bibliográficas y Fuentes Consultadas

  1. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas. Religión y política en México. UNAM, México.
  2. Memórica México. (1859). Promulgación de las Leyes de Reforma. Archivo Histórico Digital.
  3. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). Maderismo y la larga transición. SEP, México.
  4. Meyer, Jean. (1973). La Cristiada: Vol. 1. La guerra de los cristeros. Siglo XXI Editores.
  5. Masferrer Kan, Elio. (2001). «Cultura plural y símbolos religiosos». Dimensión Antropológica, vol. 22, INAH, pp. 67-94.
  6. El Universal. (2026). «Las nuevas batallas del Estado laico». Sección de Análisis Político.
  7. Secretaría de Cultura. (2019). «Juárez, benemérito fundador del Estado laico». Gobierno de México.
  8. Wairarapa Daily Times. (1926). «Conflict in Mexico: Church and State Relations». Archivo Hemerográfico Internacional.
  9. Memórica México. «El Archivo José García Márquez: una mirada fotográfica sobre la Segunda Cristiada». Secretaría de Cultura.
  10. Archivo General de la Nación (AGN). «#AGNRecuerda la transformación del Estado a través de las Leyes de Reforma». Gobierno de México.
  11. Mijangos González, Pablo. (2018). The Lawyer of the Church: Bishop Clemente de Jesús Munguía and the Clerical Response to the Mexican Liberal Revolution. Taylor & Francis / Routledge.
  12. Meyer, Jean. La Cristiada. Archivo Histórico y Documental de la Guerra Cristera.
  13. Memórica México. «Images of the Cristero War (1926-29)». Acervo Gráfico Histórico.
  14. Redalyc. «La función del martirio y la reconfiguración de identidades entre los protestantes y evangélicos en el sur de México». Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe.
  15. Palacio Nacional. (2019). «160 aniversario de la extinción de las comunidades religiosas en México». Conmemoraciones Históricas Oficiales.
  16. CONICET / Mallimaci, F., Esquivel, J., & Giménez Béliveau, V. (2019). Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en la Argentina. Informe de Investigación, CEIL-CONICET.
  17. Pew Research Center. (2014). Religion in Latin America: Widespread Change in a Historically Catholic Region. Washington, D.C.
  18. De la Torre, R., & Martín, E. (2016). «El campo religioso latinoamericano: transformaciones, transgresiones y reconfiguraciones». Revista Sociedade e Estado, 31(2).
  19. Semán, P. (2021). Vivir la fe: Entre el catolicismo y el pentecostalismo en la Argentina contemporánea. Siglo XXI Editores.
  20. Morresi, S., & Vommaro, G. (2014). Haciendo equipo: La construcción de la nueva derecha en Argentina. Universidad Nacional de General Sarmiento.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Hispanidad e Indigenismo

En el espacio público hispanoamericano contemporáneo, el debate sobre el pasado monárquico y la consolidación del Estado-nación republicano se halla subordinado a una confrontación ideológica polarizada. Esta trinchera conceptual opone dos constructos narrativos antagónicos que instrumentalizan la historia con fines de legitimación política: por un lado, la Leyenda Negra articulada en el indigenismo estatal; por el otro, la Leyenda Rosa promovida por la apología del hispanismo conservador. Ambos bloques reducen la complejidad de un proceso de tres siglos a un esquema maniqueo que ignora la evidencia fáctica y la teoría historiográfica contemporánea.


I. La Guerra Cultural

La contienda interpretativa sobre la herencia hispánica e indígena en América Latina no constituye un debate académico neutral, sino una contienda ideológica donde se disputan la hegemonía cultural y la identidad política del presente. Esta batalla se articula a través de dos frentes definidos:

1. Indigenismo Estatal

Marco Narrativo: Heredero de la propaganda protestante e imperialista europea de los siglos XVI y XVII, retoma la Leyenda Negra para presentar la presencia hispánica como un paréntesis de violencia ininterrumpida, barbarie y destrucción cultural, contraponiéndola a un pasado precolombino idílico, monolítico y exento de contradicciones internas.

Motivaciones Ideológicas: Para las élites políticas y los movimientos populistas contemporáneos, esta narrativa cumple una función de legitimación nacionalista. Permite canalizar el descontento social hacia un enemigo histórico externo (la metrópoli imperial o el pasado virreinal), invisibilizando la responsabilidad directa del Estado republicano en la desposesión de las comunidades originarias durante los siglos XIX y XX. Asimismo, construye un sujeto político homogéneo ("el pueblo originario") que resulta funcional para el paternalismo estatal y la subordinación clientelar.

2. Hispanismo Apologético

Marco Narrativo: Concibe a la Monarquía Hispánica como una empresa exclusivamente civilizadora, evangelizadora e integradora. Se ampara en el aparato jurídico formal de los "Reinos de Indias" para sostener que la violencia conquistadora quedó disuelta en las instituciones protectoras de la Corona y en la creación de una síntesis barroca y armónica.

Motivaciones Ideológicas: Este sector busca reivindicar un modelo social jerárquico, ordenado e hispanocéntrico frente al avance de las teorías decoloniales y los movimientos identitarios. Su motivación política reside en la defensa de los valores de la tradición occidental, el catolicismo institucional y la continuidad de las élites criollas y mestizas urbanas, negando la persistencia de mecanismos estructurales de discriminación étnica y extracción económica.

Ambas posturas incurren en un reduccionismo ahistórico maniqueo. Tanto la condena total como la apología idílica asumen que la dominación virreinal operó como un bloque homogéneo. La investigación histórica demuestra que la Nueva España fue un territorio caracterizado por la heterogeneidad regional, la asimetría legal y la contradicción constante entre la doctrina jurídica y la realidad socioeconómica.


II. ¿Reino o Colonia?

Para cimentar un análisis riguroso sobre la estructura novohispana, la historiografía contemporánea distingue entre la arquitectura institucional del derecho indiano y la dinámica socioeconómica sobre el terreno.

Desde la historia del derecho y la historia institucional (corriente representada por Ricardo Levene, Alfonso García-Gallo, John H. Elliott y Annick Lempérière), se señala que el término "colonia" es anacrónico para referirse a los siglos XVI al XVIII. En la estructura formal de la Monarquía Compuesta de los Austrias, la Nueva España no era una posesión colonial subordinada en el sentido del imperialismo industrial del siglo XIX, sino un reino incorporado a la Corona de Castilla. Contaba con audiencias, consulados de comercio, universidades, cabildos y una división jurídica dual articulada en la República de Españoles y la República de Indios, dotada esta última de fueros, tierras de comunidad y tribunales especializados como el Juzgado General de Indios.

En contraposición, la sociología histórica y la historia económica (desde Silvio Zavala, Stanley y Barbara Stein, hasta la teoría de la colonialidad del poder desarrollada por Aníbal Quijano y Walter Mignolo) demuestran que la economía novohispana funcionó bajo una lógica marcadamente extractiva. El monopolio comercial metropolitano, la imposición del tributo, el trabajo forzado bajo la encomienda o el repartimiento, y la estratificación pigmentocrática de las castas constituyeron un sistema de dominación colonial efectivo.

El Consenso Historiográfico de Cañizares-Esguerra y Herzog

La síntesis formulada por historiadores como Jorge Cañizares-Esguerra y Tamar Herzog resuelve la aparente paradoja entre el estatus formal y la función económica:

«Las Indias fueron un reino en el derecho y la doctrina jurídica, pero funcionaron de forma inequívoca como una colonia en la economía y en la estratificación social.»

Esta dualidad demuestra que la administración virreinal no se redujo a una mera tiranía militar ni a una utopía institucional, sino a un complejo equilibrio de pactos, mediaciones corporativas y presiones extractivas que variaron según la geografía del territorio.


III. Heterogeneidad de la Colonización Novohispana

Aplicando la tipología de las ciencias sociales sobre el fenómeno colonial (desarrollada por Patrick Wolfe, Lorenzo Veracini y Pablo González Casanova), es posible constatar que en el territorio de la Nueva España coexistieron al menos tres modelos de dominación y asentamiento:

1. El Centro y Occidente: Colonialismo de Explotación, Tributo y Sincretismo

En las regiones con alta densidad demográfica y estructuras estatales preexistentes (los señoríos mesoamericanos), la Corona implantó un modelo de explotación e integración tributaria. Las élites indígenas locales (los pipiltin) fueron integradas parcialmente como intermediarias en la recaudación y el gobierno local. La preservación demográfica de la población originaria resulta indispensable para el sostenimiento de la agricultura y la minería, dando pie a la emergencia del barroco novohispano y al mestizaje biológico y cultural.

2. El Septentrión: Colonialismo de Asentamiento y Lógica de Eliminación

En la Gran Chichimeca y las provincias del norte (Nueva Vizcaya, Nuevo León, Coahuila, Sonora y las Californias), habitadas por grupos seminómadas sin centralización tributaria, el modelo virreinal se aproximó al colonialismo de asentamiento o poblamiento (settler colonialism). Ante la imposibilidad de someter a las poblaciones locales al sistema de encomienda, la política de la Corona viró hacia la presidiación, el desplazamiento forzado y la confrontación armada directa, operando bajo lo que Patrick Wolfe define como la lógica de eliminación.

La Expansión Tlaxcalteca: Agentes Indígenas del Imperio

La colonización del norte novohispano desmiente la noción de un enfrentamiento binario entre españoles e indígenas. Tras las Capitulaciones de 1591, la Monarquía organizó el traslado de cuatrocientas familias tlaxcaltecas hacia el septentrión para pacificar el territorio. Los tlaxcaltecas actuaron como colonos, propietarios agrícolas, soldados de presidio y evangelizadores, gozando de exención de tributos, fuero de hidalgos y el derecho a portar armas de fuego y montar a caballo. Asentamientos como San Esteban de la Nueva Tlaxcala (junto a Saltillo) o sus filiales en San Luis Potosí y Colotlán demuestran el papel de contingentes indígenas aculturados en la expansión del modelo virreinal, dinámica que se extendió hasta la colonización del archipiélago de las Filipinas.

3. El Sur y Sureste: Enclave, Segregación y Estancamiento de Castas

En Oaxaca, Chiapas y la Península de Yucatán, el mestizaje biológico fue comparativamente menor. Se consolidó una estructura donde las comunidades mayas y zapotecas permanecieron bajo la tutela de corporaciones eclesiásticas y encomenderos, manteniendo una marcada distancia étnica y social respecto a la minoría criolla-mestiza urbana. Esta polarización alimentó tensiones socioeconómicas que estallarían en conflictos abiertos durante el siglo XIX.


IV. El Colonialismo Interno Republicano

La consumación de la Independencia en 1821 no significó la erradicación de las dinámicas coloniales, sino su reconfiguración y profundización bajo los postulados del Estado-nación liberal. Como postularon en la sociología mexicana Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen, la formación de la República inauguró el periodo del colonialismo interno.

Durante la época virreinal, el régimen corporativo de la República de Indios —a pesar de su condición vasálica y la carga del tributo— otorgaba un reconocimiento jurídico explícito a la propiedad comunal de la tierra (ejidos y fondos legales) y a las autoridades tradicionales. El proyecto liberal del siglo XIX, consolidado en las Leyes de Reforma (particularmente la Ley Lerdo de 1856), abolió la propiedad corporativa en favor de la propiedad privada individual.

«La República Liberal privó a las comunidades indígenas del estatuto corporativo que las protegía bajo el Derecho Novohispano, transformando a los comuneros en 'ciudadanos teóricos' pero desposeídos reales frente al latifundismo privado.»

Esta desposesión jurídica alcanzó su vertiente más violenta durante el Porfiriato a través de las compañías deslindadoras de terrenos baldíos. El caso del pueblo Yaqui en Sonora constituye un proceso documentado de despojo territorial y represión estatal. Tras defender la cuenca del Río Yaqui frente a la expropiación agrícola, el gobierno republicano ejecutó campañas militares que culminaron con la deportación masiva y el traslado forzado de miles de yaquis y mayos hacia las plantaciones henequeneras de Yucatán y los cañaverales del Valle Nacional. Sometida a regímenes de trabajo forzado, esta operación de la República independiente superó en escala y crueldad a los desplazamientos del periodo virreinal.


V. El Indigenismo Institucional como Paternalismo Racista

Tras la Revolución de 1910, el Estado posrevolucionario sustituyó la eliminación física por una política de integración cultural: el indigenismo oficial, institucionalizado en organismos como el Instituto Nacional Indigenista (INI) bajo las directrices de ideólogos como Manuel Gamio y José Vasconcelos.

El análisis sociológico crítico revela que esta política funcionó como una forma de paternalismo de Estado y racismo institucional, articulada en dos mecanismos discursivos:

El Esencialismo Histórico:
La ideología oficial exaltó la figura del "indio muerto" —la herencia prehispánica monumental exhibida en los museos nacionales— mientras desvalorizaba al "indio vivo". Las comunidades contemporáneas fueron conceptualizadas como colectivos congelados en el tiempo, desprovistos de capacidad para interactuar activamente con la modernidad económica o tecnológica sin perder su identidad.
El Paternalismo Tutelar:
Se asumió que las poblaciones indígenas requerían la intermediación permanente de las burocracias estatales para incorporarse al proyecto de nación. El Estado promovió la asimilación lingüística y cultural (castellanización) y la folclorización de sus manifestaciones artísticas, reservándose el control de los recursos naturales y la toma de decisiones políticas en sus territorios.

VI. El Colonialismo en el Siglo XXI

En el escenario contemporáneo, la lógica del despojo territorial se mantiene activa a través de un modelo que la teoría social define como settler colonialism extractivista. Este fenómeno no requiere la presencia de un gobierno colonial extranjero, sino que es operado por la convergencia de capitales transnacionales, empresas inmobiliarias y la intermediación de los aparatos estatales.

Este dispositivo de desposesión actúa mediante tres mecanismos principales:

Extractivismo Minero, Energético e Hídrico:
Concesiones masivas para la minería a cielo abierto, proyectos de fracturación hidráulica (fracking) e infraestructuras hídricas que impactan severamente las cuencas y provocan el desplazamiento forzado indirecto de comunidades rurales.
Megaproyectos e Infraestructura de Reordenamiento:
Proyectos de integración comercial y logística que imponen corredores industriales y vías de transporte sin la aplicación efectiva del derecho a la Consulta Previa, Libre e Informada (normado en el Convenio 169 de la OIT), transformando la estructura demográfica local y precarizando la mano de obra originaria.
Gentrificación Rural y Especulación Inmobiliaria:
La apropiación de litorales, selvas y centros históricos por capitales turísticos y desarrollos inmobiliarios que expulsan a los residentes locales mediante el incremento en los costos de vida y la privatización de bienes comunes como el agua y la energía.


La perseverancia del colonialismo de asentamiento en el siglo XXI no es un fenómeno exclusivo de América Latina; constituye una estructura que atraviesa el orden internacional. Tal como definió Patrick Wolfe, el colonialismo de asentamiento no es un evento del pasado, sino una **estructura permanente orientada a la sustitución poblacional y la apropiación territorial**.

Para la analítica geopolítica y el derecho internacional multilateral, el estudio comparativo entre el régimen de Apartheid en Sudáfrica (1948–1994) y el sistema implantado por el Estado de Israel en los Territorios Palestinos Ocupados (Cisjordania, Jerusalén Oriental y la Franja de Gaza) permite ilustrar el funcionamiento de estas estructuras en la política global.

Dictámenes de la Jurisprudencia Internacional y Nivel Multilateral

La caracterización jurídica de estas estructuras se apoya en resoluciones y opiniones consultivas de los órganos del sistema de las Naciones Unidas:

Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia (19 de julio de 2024):
La CIJ determinó la ilicitud de la presencia continuada de Israel en el Territorio Palestino Ocupado, estableciendo que la confiscación de tierras, la transferencia de colonos y la anexión de facto contravienen el Artículo 49 del Cuarto Convenio de Ginebra y constituyen una infracción del Artículo 3 de la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, relativo a la segregación y el apartheid.
Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (Art. 7.1.j):
Define el crimen de apartheid como un acto inhumano cometido en el marco de un régimen institucionalizado de opresión y dominación sistemática de un grupo racial sobre otro, con la intención de mantener dicho régimen.
Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU (2016):
Reafirma que la construcción de asentamientos en territorio ocupado carece de validez legal y constituye una violación flagrante del derecho internacional.

1. Convergencias Estructurales: Dualidad Jurídica y Fragmentación Territorial

Tanto el Apartheid sudafricano como el sistema de ocupación en Palestina comparten la instauración de una dualidad jurídica explícita: un marco de derecho civil con amplios derechos para la población dominante/colonizadora, coexistiendo con un régimen de excepción militar, confinamiento y justicia restrictiva para la población sometida.

En el plano territorial, la creación de los Bantustanes o "Homelands" en Sudáfrica (Transkei, Ciskei, Bophuthatswana) encuentra una equivalencia funcional en la fragmentación de Cisjordania tras los Acuerdos de Oslo. La población autóctona queda confinada en enclaves dislocados, delimitados por carreteras de acceso restringido, cientos de puntos de control (checkpoints) militares, muros de separación y la continua expansión de asentamientos que absorben los recursos hídricos y agrícolas estratégicos.

2. Divergencias Funcionales: Explotación Laboral vs. Reemplazo Demográfico

A pesar de sus similitudes institucionales, los análisis sociológicos (Mahmood Mamdani, Oren Yiftachel, Ilan Pappé) señalan una distinción operativa fundamental entre ambos proyectos:

Sudáfrica (Subordinación de la Mano de Obra):
El proyecto del Apartheid afrikáner dependía de la fuerza de trabajo de la mayoría negra para sostener la minería, la agricultura y la industria. Su objetivo fue la segregación y explotación económica dentro de reservorios territoriales, no el reemplazo demográfico total.
Palestina (Lógica de Asentamiento y Reemplazo):
El modelo de asentamiento en Palestina ha operado bajo la premisa de la adquisición territorial con la menor presencia posible de población autóctona. Por ello, el mecanismo predominante no es la integración laboral, sino la desposesión de la tierra, la ingeniería demográfica, el confinamiento perimetral y la sustitución poblacional mediante la expansión de asentamientos permanentes.

Esta comparación permite conceptualizar las distintas modalidades del colonialismo contemporáneo en sus tres escalas sociológicas:

Segregación e Integración Laboral Subordinada:
Ejemplificada por el apartheid sudafricano histórico, donde la dominación se cimentó en el control de la mano de obra.
Anexión Territorial y Reemplazo Demográfico:
Ejemplificada por el modelo de asentamiento en Palestina, donde el objetivo central es la soberanía sobre el suelo y la reconfiguración poblacional.
Desposesión Extractivista e Inmobiliaria:
Ejemplificada por el colonialismo interno en América Latina y México, donde la expulsión territorial no responde a una guerra formal, sino a la expansión de concesiones mineras, megaproyectos y especulación financiera solapados por el Estado.

VIII. Conclusión

El análisis de los procesos históricos y contemporáneos demuestra que la estructura colonial no se extinguió con la disolución de la Monarquía Hispánica en 1821. Superar la confrontación ideológica entre el indigenismo estatal y el hispanismo apologético exige abandonar las construcciones mitológicas de la Leyenda Negra y la Leyenda Rosa.

La dominación colonial en México fue heterogénea y diversa: combinó la integración tributaria en el centro, la eliminación de asentamientos en el norte y la segregación en el sur. Las mayores operaciones de desposesión territorial contra las comunidades indígenas se ejecutaron bajo el pendón del Estado republicano liberal en el siglo XIX y la consolidación del desarrollo moderno en los siglos XX y XXI.

Superar esta herencia no requiere apelaciones simbólicas al pasado novohispano ni la congelación folclórica de las comunidades originarias. Requiere el reconocimiento de la diversidad de los procesos históricos y la transformación efectiva de las estructuras económicas y jurídicas del presente, garantizando la ciudadanía plena, la seguridad sobre el territorio y el fin de la desposesión colonial en todas sus escalas.

lunes, 21 de septiembre de 2026

El 68 a través de Luis González de Alba

Una crisis generacional, paranoia y el PRI

El movimiento estudiantil de 1968 en México suele presentarse como el despertar romántico de una juventud reprimida por un régimen monolítico. Sin embargo, el análisis político riguroso exige desentrañar una matriz mucho más compleja. El 68 fue el punto de colisión donde convergieron tres dinámicas históricas: la irrupción global de la generación de los baby boomers, la esclerosis del Partido Revolucionario Institucional (PRI) —incapaz de procesar la menor apertura democratizadora— y la paranoia contrainsurgente de la Guerra Fría que cooptó a la cúpula del poder federal. La trayectoria de Luis González de Alba —delegado del Consejo Nacional de Huelga (CNH), preso en Lecumberri, divulgador científico, activista pionero de la liberación sexual y polemista formidable— se constituye en un hilo narrativo de la historia contemporánea mexicana.

González de Alba no ocupó el vértice superior de las negociaciones políticas del CNH —reservado a figuras como Raúl Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla o Marcelino Perelló—; fue un dirigente de base de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sin embargo, su prosa magistral en Los días y los años y en su obra testamentaria Tlatelolco. Aquella tarde lo convirtió en un cronista incómodo del movimiento al romper con la sacralización victimista del 68 y denunciar la presencia de provocadores, exageraciones y falsedades en la propia memoria de la izquierda. González de Alba pagó el precio de volverse un disidente repudiado, reafirmando su vocación por ir a contracorriente y negar los mitos heroicos.


I. La esclerosis del PRI

El estallido estudiantil de 1968 fue el síntoma de un sistema político que había clausurado sistemáticamente todas las vías de reforma institucional. Dentro del propio PRI, los intentos por democratizar la selección de candidatos y descentralizar las decisiones de la presidencia habían sido reprimidos. El ejemplo más elocuente fue el de Carlos A. Madrazo, quien al asumir la dirigencia nacional del partido (1964-1965) intentó instaurar elecciones internas y romper el monopolio de las cúpulas caciquiles; su experimento democratizador fue abortado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, forzando la renuncia de Madrazo y demostrando que la dictadura perfecta no toleraba disidencias ni en su propio seno.

Cerrada la válvula de escape política, el Estado optó por el garrote militar contra cualquier sector que demandara autonomía. Como atestigua González de Alba en su obra testimonial emblemática, Los días y los años, los estudiantes de 1968 conocían perfectamente los antecedentes de la violencia gubernamental contra médicos, ferrocarrileros y campesinos:

«Otro dirigente ferrocarrilero, Valentín Campa, también se encontraba encarcelado a causa de la huelga de 1958. En 1965 había sido aprehendido el periodista Víctor Rico Galán y su grupo; el movimiento de los médicos había terminado con ceses y detenciones, algunos médicos seguían en la cárcel; en 1967 se inició, de manera sistemática, la aprehensión de dirigentes estudiantiles... En los últimos años la tropa había entrado en las universidades de Michoacán, Puebla, Sonora, Tabasco; habíamos visto aplastar con el ejército demandas estudiantiles y populares... Y más atrás, la huelga de los médicos, contra la que se usaron los más sucios recursos, desde el sentimentalismo populachero para pedir a los médicos que se comportaran como los abnegados y bondadosos apóstoles que deben ser, y no simples mercantilistas.»

El régimen había desarticulado el tejido social hasta convertir a los sindicatos y gremios en «meros resonadores de sus propias alabanzas». Frente a la juventud universitaria que rechazaba el vasallaje, el Estado aplicó la misma fórmula represiva que había perfeccionado contra los trabajadores.


II. La sombra del "cerebro comunista"

El conflicto generacional de los baby boomers resonaba en las calles de París con el Mayo Francés y, en Europa Oriental, con la Primavera de Praga. La élite gobernante mexicana leyó las demandas libertarias a través del prisma distorsionado del anticomunismo de la Guerra Fría. Documentos desclasificados del Security Archive y de agencias de inteligencia estadounidenses confirmaron que tanto el presidente Gustavo Díaz Ordaz como su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, eran informantes de alto nivel de la CIA, identificados bajo los criptónimos LITEMPO-2 y LITEMPO-8, respectivamente, en la red dirigida por el jefe de estación Winston Scott.

Esta subordinación ideológica alimentó la paranoia oficial: el movimiento estudiantil no podía ser una expresión genuina de descontento urbano, sino una «conjura soviético-cubana» diseñada para sabotear los Juegos Olímpicos de octubre. En su afán por justificar la existencia de una mente maestra detrás de las brigadas, el régimen fijó la mirada en figuras intelectuales como el escritor José Revueltas. A sus 54 años, autor de Los días terrenales y militante marxista crítico, Revueltas encarnaba para el gobierno al "cerebro comunista" que manipulaba a los jóvenes desde la Facultad de Filosofía y Letras.

Sin embargo, la realidad de las calles era operada por una camada universitaria de jóvenes inquietos e idealistas. Entre ellos destacaba Eduardo Valle Espinoza, apodado «El Búho». Estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM, de apenas 21 años y originario del barrio de La Merced, Valle se convirtió en uno de los estrategas más perspicaces del CNH. Su apodo derivaba tanto de sus prominentes anteojos con lentes de grueso calibre como de su perfil marcadamente noctámbulo: era quien permanecía en los pisos universitarios hasta las 3 o 4 de la mañana redactando manifiestos, corrigiendo volantes y manteniendo en la memoria cada acuerdo de asamblea. Mientras la paranoia gubernamental buscaba conspiraciones internacionales, jóvenes como «El Búho» y González de Alba articulaban el reclamo juvenil por una apertura democrática.

González de Alba retrata con agudeza en Los días y los años cómo el Ejecutivo y el Poder Judicial construyeron un libreto paranoico:

«Díaz Ordaz, investido de todos sus atributos y con la banda presidencial cruzada en el pecho, hizo saber ante el gobierno en pleno, los altos jefes militares y la nación que lo escuchaba, que los disturbios de "la llamada Revolución de Mayo", en Francia, no se habían iniciado por casualidad cuando todo el mundo estaba atento a las pláticas Vietnam-Washington; y que la proximidad de los Juegos Olímpicos convertía a México en blanco favorito para los mismos agitadores... El mismo análisis fue presentado, al poco tiempo, por el Ministerio Público para dejar "probado" a todas luces que existía una conjura internacional de la que nosotros formábamos parte.»

III. Provocaciones, delación y montajes

Para desarticular la protesta, el aparato estatal desplegó una estrategia compleja de contrainsurgencia, penetración con agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la instrumentalización de dirigentes radicales. La historiografía y las revisiones documentales del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico (MEH) diferencian tres niveles en el fenómeno de la infiltración:

1. El agente orgánico e infiltrado desde el origen: El caso emblemático es Áyax Segura Garrido, representante de la Vocacional 7 del IPN e hijo del antiguo jefe de la Policía del D.F. Pese a haber sido consignado formalmente a Lecumberri tras el 2 de octubre para simular su militancia, los expedientes desclasificados de la Galería 1 del Archivo General de la Nación (AGN) —cuya versión pública de 155 fojas (expediente 100-10-1) fue ordenada por el INAI en 2015— confirmaron que Segura era un informante activo de la DFS que firmaba partes policíacos al calce junto a mandos represivos como Luis de la Barreda Moreno. Cuadros del CNH como Eduardo Valle «El Búho», Luis Tomás Cabeza de Vaca y González de Alba denunciaron oportunamente cómo Áyax entregaba la ubicación exacta de brigadas y casas de seguridad.

2. El dirigente provocador y detenido-informante: La trayectoria de Sócrates Amado Campos Lemus, delegado de Economía del IPN, responde a un perfil distinto que suele confundirse con el de un agente estadounidense. González de Alba —en sus análisis posteriores en Nexos, Letras Libres y sus colaboraciones periodísticas— rechazó la hipótesis conspirativa de que Sócrates fuera un agente de la CIA contratado con sueldo antes del 68, considerando esa idea como una fantasía consuelo de la izquierda para no aceptar que el movimiento albergó porros, mitómanos y aventureros en sus propias filas. Para Luis, Sócrates fue un "fanfarrón desbocado" y un provocador que encabezó la facción ultrarradical del IPN impulsando propuestas irresponsables —marchar a la Cámara de Diputados, decretar huelga indefinida o instalar el plantón en el Zócalo el 27 de agosto— diseñadas para empujar al movimiento al despeñadero. Como documentó «El Búho» en Escritos sobre el movimiento de 1968 (1983) e Historias de la rebelión por la democracia (2008), Sócrates buscaba provocar la represión para capitalizarla políticamente.

Las investigaciones del MEH y de Sergio Aguayo ratifican que no existe ficha de Sócrates como agente reclutado previo al 68. Sin embargo, tras ser capturado el 2 de octubre, se quebró en el Campo Militar Número 1 bajo tortura e intimidaciones contra su familia, convirtiéndose en un detenido-informante bajo custodia que leyó declaraciones prefabricadas acusando al CNH de poseer armas y señalando a sus compañeros cara a cara. La prueba definitiva de su capitulación la publicó Arturo Ortiz Marbán en A 50 del 68: prisión y otras vivencias: una carta del 23 de enero de 1969 enviada a Díaz Ordaz desde Lecumberri, firmada por Sócrates, ofreciendo organizar «un público acto de desagravio y solidaridad» con el Presidente.

3. El montaje político de la DFS: Apenas cinco días después de Tlatelolco, el 7 y 8 de octubre de 1968, la escritora Elena Garro —retenida e incomunicada por agentes estatales— ofreció una famosa conferencia de prensa donde aseguró que Sócrates Campos Lemus y el exdirigente del PRI, Carlos A. Madrazo conspiraba junto con otros para derrocar a Díaz Ordaz. Aquella declaración no revelaba una alianza real, sino un sofisticado montaje orquestado por la DFS para usar a Garro y a Sócrates como chivos expiatorios, vinculando al movimiento estudiantil con Madrazo para incriminarlo en subversión y destruirlo políticamente antes de su trágica muerte en el sospechoso accidente aéreo de 1969.

González de Alba registró en Los días y los años la indignación que provocó la conducta de estos cuadros:

«El tiempo dejó probado que no era cierto: ningún miembro del Consejo conocía de antemano el resultado final, pero al mismo tiempo comprobó también que sí hubo un delegado deshonesto, Áyax Segura, sin lugar a dudas. Todavía ahora no alcanzamos a explicarnos las increíbles declaraciones de Sócrates... ¡Las que hizo después del 2 de octubre!... Es lo más deshonesto que hay y yo lo llamo traición.»

IV. Las dos cadenas de mando

Un punto de inflexión decisivo en el testimonio de González de Alba es su impugnación frontal a la tesis del "operativo militar perfecto". Cronistas e intelectuales emblemáticos, como Carlos Monsiváis y Julio Scherer García, sostuvieron en sus textos que los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco demostraban la «perfecta sincronización de las fuerzas represivas» del Estado. Sin embargo, González de Alba, quien vivió la balacera retenido en el tercer piso del edificio Chihuahua, sostuvo exactamente lo contrario: Tlatelolco evidenció una absoluta desorganización, la falta de un mando unificado y una confusión sangrienta entre los agresores de civil y la tropa regular.

Los hechos históricos confirman la lectura de González de Alba sobre la existencia de dos cadenas de mando paralelas en las Fuerzas Armadas. La versión oficial justificó la masacre afirmando que los estudiantes habían abatido a un alto mando al ingresar a la plaza. El militar herido fue el general brigadier José Hernández Toledo (comandante del Batallón de Fusileros Paracaidistas), quien entró con un megáfono desarmado pidiendo disolver el mitin y recibió un impacto a las 18:15 horas. La pericial sobre los archivos del Secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, demostró que la bala que hirió a Hernández Toledo tuvo una trayectoria descendente: vino de las alturas de los edificios, no de la multitud.

¿Quiénes disparaban desde lo alto? Los francotiradores del Estado Mayor Presidencial (EMP), al mando del coronel Carlos Humberto Bermúdez Dávila, y los efectivos del Batallón Olimpia, bajo las órdenes del coronel Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle. Un cable desclasificado de la Defense Intelligence Agency (DIA) de Estados Unidos, fechado el 4 de octubre de 1968, confirmó que el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del EMP y hombre de confianza de Díaz Ordaz, operó una cadena de mando paralela que saboteó las órdenes de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Mientras García Barragán había diseñado la Operación Galeana para rodear la plaza y arrestar a los líderes sin abrir fuego, Gutiérrez Oropeza apostó francotiradores en los edificios Chihuahua, ISSSTE y 15 de Septiembre con la orden deliberada de disparar contra la multitud y contra las tropas del propio Ejército regular. Esta provocación desató el pánico: los soldados de verde creyeron que los estudiantes los atacaban desde arriba y respondieron con fuego masivo hacia el edificio Chihuahua. González de Alba presenció el desconcierto de los miembros del Batallón Olimpia (identificados por sus guantes o pañuelos blancos en la mano izquierda), quienes al ver que la tropa regular les respondía el fuego, se tiraron aterrorizados al suelo del balcón gritando desesperadamente hacia la plaza: «¡Batallón Olimpia, no disparen!». Aquellos soldados de civil no esperaban la respuesta del ejército porque creían formar parte de un operativo coordinado por la SEDENA, ignorando que la cúpula política había creado un fuego cruzado a ciegas.

González de Alba inmortalizó en Los días y los años y reiteró en Tlatelolco. Aquella tarde la vivencia directa de esa trampa:

«De uno de los helicópteros cayó una bengala verde... Cayó otra bengala, ésta era roja... A mi lado Sócrates tenía el micrófono: ¡No corran, compañeros! ¡Es una provocación!… Los francotiradores de guante blanco y ropa civil, primeros en disparar, cayeron en pánico, desconcertados por el hecho de que el ejército les respondiera el fuego. Desde el suelo entendí el grito: ¡Batallón Olimpia, no disparen!... Les gritaban al ejército que no les dispararan.»

V. La crujía de Lecumberri

Tras la razzia de Tlatelolco, el Palacio de Lecumberri se convirtió en la caja de resonancia del movimiento. En las crujías de la "Cárcel Negra", coincidirían las dos generaciones del descontento: la madurez teórica de José Revueltas y la militancia juvenil de Eduardo Valle «El Búho» y Luis González de Alba. Entre 1968 y 1971, Revueltas entabló un discipulado entrañable con «El Búho», a quien llamaba cariñosamente «Búhito», siendo Valle quien se encargaba de esconder y sacar de prisión los manuscritos de la novela El apando.

En el universo testimonial y personal de González de Alba, el apellido Escudero ocupa un lugar fascinante que requiere ser desglosado para evitar las confusiones habituales que genera el uso directo de apellidos en sus escritos:

1. El brigadista de Filosofía en Los días y los años: Durante los mítines en la UNAM previos a octubre de 1968, González de Alba menciona a "Escudero" como un compañero militante de su propia facultad, orador de base y brigadista que participaba en el boteo y las asambleas.

2. El maestro de hebreo en Lecumberri: Durante su encierro en la Crujía C, González de Alba entabló relación con un preso veterano de origen judío de apellido Escudero. Fue este personaje quien le obsequió un volumen de los Salmos en hebreo y español para mitigar el hastío de la celda. Aquel gesto fortuito detonó en Luis una pasión vitalicia por la lengua hebrea, la cultura judía y la historia del Estado de Israel.

3. Carlos Escudero, el compañero de vida: Totalmente ajeno a los sucesos de 1968 y mucho más joven que el escritor, Carlos Escudero fue un bailarín y profesor de danza que se convirtió en la pareja sentimental de González de Alba durante más de tres décadas, desde finales de los años setenta hasta la muerte del autor en 2016. Representó su refugio doméstico y su verdadero núcleo familiar frente a las encendidas tempestades políticas y literarias. Fue Carlos Escudero quien halló el cuerpo sin vida de Luis tras su suicidio y quien resguardó su archivo personal.

Por su parte, Eduardo Valle «El Búho» continuó una relevante trayectoria tras salir de prisión. En 1983 publicó Escritos sobre el movimiento de 1968, donde asentó de manera pionera las acusaciones contra los provocadores. Más tarde, tras investigar las redes del narcotráfico como asesor en la PGR, publicó El Segundo Disparo: la narcodemocracia mexicana (1995), obra que le valió el exilio. Finalmente, en 2008 dio a conocer El año de la rebelión por la democracia (Océano), sacando a la luz los anexos documentales del expediente 114/2004-1 por genocidio contra la cúpula echeverrista.


VI. La querella con Poniatowska

El diferendo entre el dirigente estudiantil Luis González de Alba y la escritora Elena Poniatowska representa uno de los debates más significativos sobre la ética periodística, la apropiación de testimonios y la construcción de la memoria histórica en México. Lo que comenzó como la publicación paralela en 1971 de Los días y los años (González de Alba) y La noche de Tlatelolco (Poniatowska) derivó en 1997 en un litigio ético, conceptual y legal que obligó a corregir formalmente la obra canónica de Poniatowska.

El distanciamiento entre González de Alba y la intelectualidad de izquierda se cristalizó de manera dramática en su acérrima disputa con Elena Poniatowska. La publicación en 1971 de La noche de Tlatelolco convirtió a Poniatowska en la referente internacional de la memoria del 68. Sin embargo, para González de Alba —quien en su juventud mantuvo una relación afectuosa sintetizada en el tránsito del «ay Elenita» al indignado «¡carajo, Elena!»—, dicho libro representó un acto grave de deshonestidad intelectual y distorsión histórica.

En sus ensayos periodísticos y formalmente en su libro Tlatelolco. Aquella tarde (2016), González de Alba denunció que La noche de Tlatelolco era en gran medida una copia y reapropiación no acreditada de su propio testimonio en Los días y los años. Precisó que la autora había incorporado más de 500 líneas de su texto, introduciendo alteraciones, cambiando nombres, modificando secuencias de hechos y distorsionando el tono político del movimiento para adaptarlo a un melodrama de víctimas indefensas destinado al aplauso fácil del público. La querella escaló a los tribunales en 1997, obligando a la editorial Era a corregir en ediciones posteriores los párrafos atribuidos erróneamente o modificados sin consentimiento del autor.

En el panorama de las letras y la historiografía mexicana, pocas controversias han resultado tan reveladoras sobre los límites de la ética periodística, la apropiación testimonial y la construcción de la memoria colectiva como el enfrentamiento entre el dirigente estudiantil Luis González de Alba y la escritora Elena Poniatowska. Lo que nació en 1971 como la publicación paralela de dos obras fundamentales sobre la matanza del 2 de octubre —Los días y los años, de González de Alba, y La noche de Tlatelolco, de Poniatowska— derivó casi tres décadas después en un amargo contencioso ético, conceptual y jurídico que transformó la manera de abordar la literatura testimonial en México.

Para González de Alba, la relación con la escritora cristalizó un tránsito dramático: de la cercanía juvenil expresada en el afectuoso «ay, Elenita» a la indignación frontal condensada en su célebre «¡carajo, Elena!». Detrás de la ruptura no existía un simple diferendo personal, sino la denuncia de lo que consideraba un acto grave de deshonestidad intelectual y falsación histórica.

En octubre de 1997, a las puertas de conmemorarse el trigésimo aniversario del movimiento de 1968, González de Alba publicó en la revista Nexos (núm. 238) un ensayo demoledor titulado «Para limpiar la memoria». En él reveló la génesis del conflicto: durante su encarcelamiento en la Penitenciaría de Lecumberri como integrante del Consejo Nacional de Huelga (CNH), escribió el manuscrito de Los días y los años. Poniatowska, quien lo visitaba en prisión, lo ayudó a sacar folios del penal para su revisión.

Sin embargo, al redactar La noche de Tlatelolco, la autora incorporó más de 500 líneas del testimonio de González de Alba sin la debida acreditación. La denuncia no se limitó al uso no autorizado de su prosa; abarcó una serie de intervenciones editoriales y literarias que desfiguraron el sentido original del texto:

  • Apropiación de la voz: Pasajes enteros de González de Alba fueron entrecomillados y presentados como si fueran declaraciones obtenidas por Poniatowska en entrevistas de campo directas, o bien reasignados arbitrariamente a otros líderes del CNH y a personajes anónimos.
  • Adulteración del lenguaje: Se objetó la imposición de una jerga pseudocoloquial e impostada (mediante modismos como «titipuchal», «buti» o «chamacada») sobre el discurso de los universitarios, lo que edulcoró el lenguaje analítico y riguroso de la dirigencia estudiantil, infantilizando a sus militantes.
  • Distorsión de la secuencia histórica: Se alteró la cronología de los hechos y se intercalaron diálogos y gritos de pánico apócrifos para enfatizar el dramatismo escénico.

El núcleo de la crítica de González de Alba, sostenido en sus artículos de prensa, en el ensayo de Nexos y sintetizado formalmente en su obra Tlatelolco. Aquella tarde (2016) apuntó a la distorsión ideológica del movimiento. Para el dirigente estudiantil, la juventud de 1968 encarnó una gesta de resistencia política consciente, dotada de estrategia, debate ideológico y cuestionamiento directo al autoritarismo del régimen de Gustavo Díaz Ordaz.

En contraste, la propuesta estética de Poniatowska sustituyó la complejidad de la praxis política por un "martirologio piadoso". Al articular su libro como un melodrama de víctimas pasivas, indefensas e ingenuas, La noche de Tlatelolco reemplazó la crítica política por una conmoción ético-sentimental adaptada al consumo masivo. Pese a estas imprecisiones, el volumen se consagró como la versión de facto del 2 de octubre, desplazando el testimonio directo y el rigor historiográfico en favor de un producto de gran éxito comercial.

Criterio de análisis Los días y los años (González de Alba) La noche de Tlatelolco (Poniatowska)
Naturaleza del texto Memoria autobiográfica e historia política unificada. Crónica periodística, collage testimonial y montaje literario.
Origen de la voz Sujeto militante y dirigente del CNH desde Lecumberri. Cronista y compiladora externa.
Perspectiva sobre el 68 Resistencia ciudadana con estrategia e ideología consciente. Tragedia victoriana y martirologio inocente de jóvenes.
Tratamiento del lenguaje Prosa sobria, precisa, irónica y analítica. Lírico, melodramático y pseudocoloquial.
Estatus documental Registro testimonial directo y fuente historiográfica primaria. Artefacto literario polifónico sujeto a licencias de edición.

La controversia rebasó la contienda intelectual y escaló al ámbito legal ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR). El proceso concluyó en un acuerdo donde Elena Poniatowska y Editorial Era reconocieron las alteraciones e incurrieron en la reparación de la obra. A partir de la 56.ª reimpresión de La noche de Tlatelolco, publicada en 1998, se ejecutaron las siguientes correcciones obligatorias:

  • Rectificación de 28 pasajes específicos que afectaban a 38 párrafos del texto.
  • Acreditación explícita a pie de página de los fragmentos tomados de Los días y los años.
  • Eliminación de frases apócrifas, exclamaciones inventadas y diálogos no sucedidos en la escena del balcón del Edificio Chihuahua y en el relato sobre la vida en Lecumberri.
  • Restitución de la identidad real de González de Alba en los testimonios de los que había sido despojado.

El litigio sentó un precedente histórico respecto a la protección de los derechos morales de autor en la literatura testimonial. Asimismo, obligó a la historiografía contemporánea a tomar La noche de Tlatelolco con extrema reserva metódica, desvinculando la reconstrucción de los hechos de las ficciones consoladoras y exigiendo el cotejo crítico de las fuentes por encima de los mitos comerciales.


VII. Entre la represión sangrienta y la negación de los mitos del 68

Uno de los aspectos más complejos, controvertidos y aparentemente contradictorios en la figura de Luis González de Alba radica en la tensión interna de su propio discurso sobre Tlatelolco y sus víctimas. Por un lado, González de Alba nunca negó la represión ni la naturaleza sangrienta de la tarde del 2 de octubre; fue un testigo presencial que narró cómo los francotiradores del Batallón Olimpia y el tiroteo del Ejército acribillaron a la multitud, dejando un saldo trágico de niños, jóvenes y vecinos muertos en la plaza. Él mismo fue golpeado, detenido y encarcelado durante casi tres años en Lecumberri, acusado falsamente de homicidio en masa.

Sin embargo, por otro lado, el testimonio de González de Alba resulta desconcertante para la narrativa tradicional de la izquierda porque emprendió una cruzada encarnizada contra lo que denominó "la mitología del 68", llegando a insinuar que el movimiento inventó o infló cifras y relatos ficticios. Esta postura se sintetiza en cuatro ejes paradójicos de su pensamiento:

1. La negación tajante de los "desaparecidos" en el 68: González de Alba sostuvo categóricamente que en el movimiento estudiantil de 1968 no hubo desaparecidos. Afirmaba con vehemencia que todos los caídos y presos tenían nombre y apellido identificables: «muertos con nombre, encarcelados o perseguidos; ningún dirigente del CNH desapareció, ninguno murió en Tlatelolco ni en el Campo Militar». Para González de Alba, la figura de la "desaparición forzada" en México pertenece estrictamente a la etapa posterior: la Guerra Sucia de los años setenta bajo el mandato de Luis Echeverría, cuando la insurgencia armada y las guerrillas urbanas sufrieron la detención clandestina y el exterminio sin rastro. Mezclar las desapariciones de la Guerra Sucia con los eventos de 1968 constituía, a su juicio, un anacronismo e imprecisión histórica.

2. El rechazo a los relatos de incineraciones y vuelos de la muerte: En Tlatelolco. Aquella tarde, González de Alba tildó de "ficción mexicana" las historias que hablaban de cientos de cuerpos recogidos en la plaza con helicópteros o incinerados masivamente en los hornos del Campo Militar Número 1. Consideraba que la cifra real de muertos en Tlatelolco —estimada por fuentes serias entre 30 y 40 personas, en su mayoría transeúntes y niños vecinos de la unidad habitacional que jugaban en la plaza— había sido desfigurada por el ego de ciertos dirigentes y por la propaganda ideológica para construir un mito de proporciones bíblicas. Criticó duramente a figuras como Fausto Trejo, a quien acusó de inventar años después la versión fantasiosa de que un alumno había recibido una bala destinada a él, guiado por un ego desmedido que le impidió aceptar que los disparos fueron al azar sobre la masa.

3. La insinuación de una "autovictimización" ideológica: La postura de González de Alba generó la percepción de que, por momentos, relativizaba la escala de la tragedia para desmantelar la aureola heroica del movimiento. Al afirmar que en Tlatelolco "apenas hubo una asistencia escasa que ni siquiera llenaba la plaza" y al insistir en que los caídos fueron vecinos accidentales y no cuadros de vanguardia, sus críticos lo acusaron de insinuar que el saldo de muertos fue minimo y accidental. Sin embargo, la intención de Luis no era exonerar al gobierno de Díaz Ordaz, sino despojar a la cúpula del CNH del monopolio del sufrimiento y denunciar el uso mercantil que intelectuales y exdirigentes hicieron de la tragedia a través de viajes, financiamientos y prestigio mediático.

4. El error del "diálogo público" como trampa: González de Alba concluyó que el insistir tercamente en el "diálogo público" en la plaza como exigencia innegociable fue el peor error táctico del CNH, una trampa donde la propia dirigencia se puso el pie para tropezar una y otra vez ante un régimen autoritario que solo buscaba el pretexto de la provocación para imponer el terror.


VIII. La promiscuidad

Paralelamente a su trinchera política, Luis González de Alba fue un vanguardista pionero en la conquista de las libertades civiles e individuales en México. Habiendo crecido en el entorno profundamente conservador y católico de Charcas, San Luis Potosí, concibió la vivencia abierta de la homosexualidad no como una mera orientación privada, sino como una insurrección ética frente al control social. En 1975, coescribió en la revista ¡Siempre! el primer manifiesto de liberación homosexual en el país, e impulsó la apertura de espacios de encuentro y libertad en la Zona Rosa de la Ciudad de México, entre ellos el célebre bar El Vaivén y el legendario El 9.

En su obra autobiográfica Otros días, otros años (1995), González de Alba formuló una de las defensas más radicales y polémicas de la promiscuidad como postura política. Para el autor, la monogamia obligatoria constituía un apéndice más del paquete normativo impuesto por la trinidad del control institucional mexicano: la Iglesia Católica, el PRI y el Partido Comunista Mexicano (PCM), que exigían al individuo el confinamiento en la estructura familiar burguesa. La promiscuidad festiva de la década de 1970 representaba, en sus palabras, la ruptura definitiva con la culpa y la emancipación respecto al confesionario y al partido. Luis resumía esta convicción con una sentencia memorable:

«Nos enseñaron que el amor era escaso y había que ahorrarlo. Yo aprendí que era abundante y había que gastarlo.»

Sin embargo, esta apología de la libertad afectiva colisionó dramáticamente con la irrupción de la epidemia del VIH/SIDA a partir de la década de 1980. Por un lado, tras ser diagnosticado como seropositivo, González de Alba actuó con determinación civil al fundar la Fundación Mexicana contra el Sida. Por otro lado, la epidemia convirtió a Otros días, otros años en una elegía dolorosa, en un registro de duelo por la muerte sistemática de decenas de amigos y amantes de aquella era de efervescencia sexual.

En este punto se gestó la paradoja más trágica y controvertida de su trayectoria intelectual. Temeroso de que el reconocimiento explícito del vínculo entre la promiscuidad masiva y la propagación del virus alimentara el discurso punitivo de la Iglesia y la derecha moralista —quienes interpretaban el SIDA como un "castigo divino"—, González de Alba adoptó posturas sumamente cuestionables. En sus columnas en Milenio a lo largo de los años 2000, llegó a coquetear con el negacionismo del VIH, poniendo en duda la causalidad entre el virus y el síndrome o cuestionando la toxicidad de los tratamientos antivirales como el AZT. Esta postura detonó choques encendidos con científicos de la talla de Antonio Lazcano y con activistas seropositivos, resquebrajando temporalmente su prestigio como divulgador de la ciencia, precisamente en el único ámbito donde sus convicciones identitarias primaron sobre el rigor empírico que en otros campos exigía con ferocidad.


IX. Filosemitismo

Uno de los rasgos más singulares y debatidos de González de Alba fue su apasionado filosemitismo y su abierta defensa del Estado de Israel. Luis no era judío por nacimiento ni por convención religiosa; provenía de una familia católica de Charcas, San Luis Potosí, y se declaraba categóricamente ateo y jalisciense por elección. Su fisonomía marcadamente mediterránea hacía que en Atenas fuera tomado por griego y en Estambul por turco. Para verificar sus raíces, se sometió al análisis del Proyecto Genoma Humano de National Geographic; el resultado descartó ascendencia judía directa y confirmó su linaje griego mediterráneo, hallazgo que lo regocijó enormemente dada su devoción por la Grecia clásica y el racionalismo de Kavafis.

Su vínculo afectivo con la cultura judía fue un construido cultural e intelectual. Se inició en Lecumberri cuando un preso veterano le obsequió los Salmos en hebreo, y se consolidó en la esfera familiar a través de su sobrino —hijo de su hermana—, a quien llamaba afectuosamente «mi sobrino el-soldado-de-Israel». El joven hizo aliyah, se convirtió y se enlistó en las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzahal). Luis sentía un enorme orgullo por él y practicaba el hebreo para comunicarse con su sobrino en sus viajes y correspondencia.

Para la generación de González de Alba (nacido en 1944), Israel no encajaba en el paradigma de una empresa colonialista, sino en el de una utopía socialista, laica y científica. Su visión de Israel se fundaba en tres pilares clave:

1. El experimento socialista y antiimperialista: Para la juventud ilustrada de los años sesenta, el embrión de Israel eran los kibutzim: comunas agrícolas laicas, sin propiedad privada, levantadas por supervivientes del Holocausto que carecían de metrópoli a la cual regresar. Recordaba con frecuencia que la propia URSS había respaldado la creación de Israel en 1947-1948 contra el mandato del Imperio Británico.

2. El refugio de la razón y la libertad civil: Frente al autoritarismo de los regímenes confesionales de Medio Oriente, González de Alba contemplaba a Tel Aviv como una vibrante burbuja liberal y laica, con marcha del orgullo gay, universidades de excelencia y prensa independiente. Veía en ella una encarnación moderna de la polis griega.

3. La alternativa tecnológica al nacionalismo patrio: En su combate frontal contra el nacionalismo del PRI y la mitología indigenista de Aztlán, Luis admiraba la capacidad de un país diminuto para hacer fértil el desierto mediante la tecnología, el desalinizado de agua y la investigación científica aplicada.

Cuando la izquierda dogmática mexicana mutó su postura histórica pro-israelí de los años sesenta hacia un antisionismo militante a partir de los noventa, González de Alba convirtió la defensa de Israel en una trinchera contra lo que consideraba "el maniqueísmo religioso de la izquierda". Cuestionaba con vehemencia la doble moral de sus detractores: «Ustedes que marchan por Palestina nunca marcharon por los gays colgados en Irán». Aunque su lealtad emocional a la foto laica del Israel de 1968 le generó un indudable punto ciego frente al drama palestino, en sus últimos años (2014-2015) llegó a matizar su postura en columnas periodísticas, calificando la ocupación de Cisjordania como insostenible y a Benjamín Netanyahu como un verdadero desastre para el propio Israel.

En una conmovedora coincidencia histórica y poética, el suicidio de González de Alba, consumado la tarde del 2 de octubre de 2016 en su residencia de Guadalajara, no solo conmemoraba los 48 años de la tragedia de Tlatelolco, sino que coincidió de manera exacta con la víspera de Rosh Hashaná (el Año Nuevo judío), entrelazando en su despedida final las dos grandes pasiones y memorias que vertebraron su vida.


X. Capital cultural

Un aspecto fundamental para calibrar el perfil público de González de Alba radica en la forma en que se reinventó como el divulgador de la ciencia más leído de México durante las décadas de 1990 y 2000. Sorprendentemente, Luis no era científico de profesión; no poseía un doctorado en física o biología, ni laboraba en un laboratorio realizando investigación de campo. Su formación académica formal era la licenciatura en Psicología por la UNAM. Sin embargo, en 1997 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo por su labor en la divulgación científica.

Esta aparente paradoja se explica a través de la singular posición social y el capital cultural que acumuló a lo largo de su vida:

1. El capital moral e intelectual del 68: Su condición de exdirigente del CNH y preso político de Lecumberri que tuvo el valor de cuestionar los dogmas de la propia izquierda le otorgó un prestigio de independencia intelectual intocable. Editores e intelectuales liberales de primer orden —encabezados por Héctor Aguilar Camín— impulsaron sus espacios permanentes en publicaciones emblemáticas como La Jornada (con su columna «La ciencia en la calle»), Milenio («Se descubrió que...») y la revista Letras Libres.

2. Una prosa seductora y pedagógica: Poseía un estilo literario extraordinario, caracterizado por una claridad cristalina, una ironía fina y una convicción narrativa aplastante. Su método no era el rigor del paper académico, sino la traducción cultural: leía febrilmente publicaciones internacionales como Scientific American, estudiaba la obra de Richard Dawkins o la poesía de Konstantino Kavafis, y explicaba la física cuántica, la evolución biológica o la astronomía en un español fluido y provocador.

3. Un nodo social en la bohemia intelectual: Su faceta de empresario cultural y nocturno en la Zona Rosa y la colonia Roma —donde regenteó espacios de encuentro libertario como los bares El Vaivén y El 9, además de su restaurante La Taberna del Griego— lo conectó directamente con la élite literaria, periodística y artística del país, otorgándole una proyección pública de la que carecía la mayoría de los científicos de carrera.

Esta prominencia mediática desató severas tensiones con la comunidad científica institucional. Investigadores de la talla de Marcelino Cereijido, Ruy Pérez Tamayo y el propio Antonio Lazcano lo criticaron acerbamente, calificándolo como el prototipo del "todólogo" que opinaba con arrogancia pontificia sobre genoma humano, física de partículas, sida o mecánica cuántica sin haber pisado nunca un laboratorio ni haberse sometido al arbitraje de sus pares.

El propio González de Alba asumía con honestidad esa limitación técnica: se definía como un divulgador que leía mucho y traducía con entusiasmo, no como un investigador. Para Luis, la divulgación científica no era una profesión académica neutra, sino un combate ideológico de primera línea. Utilizaba la ciencia como un mazo rationalista para desmantelar la superstición religiosa, el indigenismo oficial y lo que denominaba "la izquierda mágica". Este empeño desmitificador alcanzó su cénit en su célebre ensayo y posterior libro Las mentiras de mis maestros (editado en Nexos #228 en 1996 y ampliado por Cal y Arena en 2002), donde demolió los mitos del nacionalismo revolucionario y el culto a la derrota gloriosa en la historiografía mexicana.


XI. Conclusión

El movimiento estudiantil de 1968 fue el desenlace trágico de una crisis triple: la rebeldía de una generación urbana que rebasó los moldes de la posguerra, la esclerosis de un régimen partidista que cerró las puertas a la democratización pacífica y la paranoia de una cúpula gobernante subordinada a las agencias contrainsurgentes de la Guerra Fría. La masacre de Tlatelolco no fue un error táctico; fue la maniobra calculada de un grupo de poder que instrumentó francotiradores y cadenas paralelas de mando para forzar un baño de sangre y aplastar las libertades civiles.

La vida y la obra de Luis González de Alba, en sintonía con las denuncias documentadas de Eduardo Valle «El Búho», permanecen como un antídoto intelectual insustituible. A través de su rigor testimonial, su rechazo a las ficciones piadosas y su defensa intransigente de la libertad individual, la diversidad sexual y el pensamiento racional, González de Alba demostró que el verdadero homenaje a la historia no consiste en erigir mitos cómodamente trágicos, sino en sostener, con serenidad y valentía, la verdad de los hechos.