miércoles, 2 de septiembre de 2026

La razón y las razones

En una reciente plática de sobremesa con mi familia, observé que cada vez es más común que la gente se estacione en las esquinas de las calles de nuestras zonas residenciales. Ante mi comentario, un familiar, caracterizado por ser asertivo en extremo, declaró, sin pestañear, que estacionarse en las esquinas es simplemente una cuestión de "sentido común" y que solo las personas carentes de dicho sentido podrían encontrar alguna falla en hacerlo. No me sorprendió el tono tajante de su postura, pero me pareció contradictorio con sus opiniones frecuentes, en las que suele expresar una desaprobación hacia otras infracciones antisociales menores, como invadir cajones para personas con discapacidad o abandonar el carrito del supermercado a mitad del estacionamiento.

La planificación urbana moderna y la ingeniería de tránsito demuestran que prohibir el estacionamiento en las esquinas no es un capricho burocrático, sino un principio básico de seguridad vial. En el diseño urbano existe el concepto del triángulo de visibilidad: el ángulo despejado que requiere un conductor para verificar que no se aproximen otros vehículos o peatones antes de incorporarse a un cruce. Estacionar un automóvil en la esquina anula esta línea de visión, fuerza a los conductores a asomarse a ciegas hacia el carril de circulación, reduce drásticamente el radio de giro para vehículos de emergencia —como ambulancias o camiones de bomberos— y desprotege al peatón al eliminar su zona segura de cruce.

Desde la psicología social, apelar al "sentido común" para justificar un riesgo objetivo responde a lo que Leon Festinger definió como reducción de disonancia cognitiva, sumado al fenómeno de la hipocresía moral investigado por Daniel Batson: la tendencia del individuo a evaluar sus propias transgresiones bajo el lente de la necesidad práctica mientras juzga las faltas ajenas como fallas de carácter moral.

Esta escena doméstica me remitió de inmediato a un aforismo que me ha resonado últimamente: aunque no siempre hay razón, siempre hay razones. La aparente incoherencia de mi familiar no es una anomalía personal, sino la manifestación en miniatura de cómo los individuos reajustamos nuestro marco moral según la conveniencia inmediata. Ocupar la esquina resuelve un problema privado de espacio a costa de poner en riesgo la seguridad colectiva. Cuando una falta propia se vuelve cotidiana, se racionaliza bajo el disfraz del "sentido común", mientras se reserva la indignación ética para el comportamiento ajeno.

Para entender por qué la gente empieza a estacionarse masivamente en las esquinas de la Zona Metropolitana de Monterrey, no basta con señalar la hipocresía individual. Es necesario analizar la estructura urbana que la produce. Monterrey ha operado históricamente bajo un modelo de prosperidad material acelerada y dependencia absoluta del automóvil. En muchas colonias residenciales trazadas hace tres o cuatro décadas, las casas fueron diseñadas con cochera para un solo vehículo. Hoy, en esos mismos hogares conviven dos, tres o cuatro adultos donde la deficiencia estructural del transporte público vuelve indispensable que cada integrante tenga su propio automóvil para movilizarse. La densidad de metales y llantas ha multiplicado el volumen original de las calles sin que estas hayan crecido un solo centímetro.

Es aquí donde el comportamiento urbano regiomontano conecta con el famoso experimento del "Universo 25", realizado por el etólogo John B. Calhoun. En dicho estudio, Calhoun creó un entorno idílico para ratones: comida y agua ilimitadas, clima perfecto y ausencia de depredadores. No obstante, al sobrepasar cierto umbral de densidad poblacional y agotarse el espacio social sin una estructura que permitiera la convivencia ordenada, la micro-sociedad colapsó. Surgió lo que Calhoun denominó el *sumidero conductual*: las labores de cuidado se abandonaron, la agresividad sin sentido se disparó y aparecieron conductas completamente apáticas y desvinculadas de la comunidad. El "paraíso" de abundancia material terminó en una degradación social absoluta.

El entorno metropolitano de Monterrey muestra síntomas inquietantes de su propio "sumidero conductual". Gozamos de dinamismo económico y consumo, pero vivimos en un entorno urbano estresado donde los servicios públicos, la vialidad y los espacios comunes han sido desbordados por el hacinamiento vehicular y la saturación inmobiliaria. La fricción constante en el tráfico, las disputas por el espacio frente a las casas y la privatización informal de la vía pública son los equivalentes regios a los comportamientos anómalos observados en el experimento de Calhoun.

Cuando el espacio público se encoge y la infraestructura no acompaña al crecimiento, el orden social no se destruye de la noche a la mañana mediante una gran crisis; se erosiona lentamente en los pequeños detalles. Comienza cuando la norma compartida cede ante la necesidad individual, redefiniendo la falta de civismo como "sentido común". La costumbre de estacionarse en la esquina, la agresividad al volante o el cerramiento ilegal de calles comunitarias no son simples fallas de educación individual: son los síntomas de un ecosistema urbano sofocado que, al carecer de una planificación cívica adecuada, empuja a sus habitantes a la degradación de la convivencia y al paulatino colapso de su calidad de vida.

Héctor Germán Oesterheld y El Eternauta

El rol cultural de Oesterheld y el significado de su obra han sido objeto de un intenso debate intelectual que va desde la la crítica político-literaria hasta elevación mítica. El Eternauta funciona como un palimpsesto donde se superponen la ciencia ficción urbana, el viaje en el tiempo, la alegoría del poder y la tragedia histórica. En su capa exterior, la obra relata una invasión alienígena en las calles de Buenos Aires. En su capa metanarrativa, la historia se repliega sobre sí misma cuando Juan Salvo, un viajero atrapado en un bucle temporal, se le aparece al propio guionista, Héctor Germán Oesterheld, para contarle los hechos. Finalmente, en su estrato más profundo y doloroso, la ficción dialoga con la tragedia real de su autor, secuestrado y desaparecido por la dictadura militar argentina en 1977 tras sufrir el asesinato de sus cuatro hijas y ser sometido a la tortura de ver las fotografías de sus cadáveres exhibidas por sus captores.

Juan Sasturain, en ensayos como El Aventurador, posiciona a Oesterheld como el creador del relato mítico más importante del siglo XX en Argentina. Para Sasturain, la gran innovación de Oesterheld es el "héroe colectivo": en lugar del superhéroe mesiánico anglosajón, la resistencia la encabeza un grupo de vecinos comunes (un profesor, un tornero, un jubilado) que se convierten en héroes a través de la solidaridad en la acción.

Sasturain elevó la historieta de Oesterheld a la categoría de alta cultura y rescató el valor ético de "poner el cuerpo", argumentando que tener una aventura no es un entretenimiento irresponsable, sino la decisión consciente de asumir la responsabilidad sobre el propio destino. Sin embargo, tiende a la hagiografía. Al superponer de forma indivisible la calidad literaria de Oesterheld con su trágico martirio político, su lectura dificulta la crítica objetiva de sus textos y fomenta una visión teleológica que interpreta toda su obra temprana únicamente como un presagio de su futura militancia.

Desde la crítica especializada en ciencia ficción, Pablo Capanna analiza el mérito de Oesterheld en su capacidad para aclimatar las estructuras de la literatura anglosajona (como las de H.G. Wells o Robert A. Heinlein) al entorno rioplatense, reemplazando el escenario imperialista estadounidense por la geografía cotidiana de Buenos Aires. Desmitifica la obra y la restituye a su contexto original de 1957, valorando su eficacia narrativa y su dimensión de entretenimiento popular sin la necesidad de forzar lecturas políticas contemporáneas. Su perspectiva, centrada primordialmente en los valores formales del género, minimiza la densidad ideológica y las tensiones sociales que germinaban en el relato original y que más tarde redefinirían la cultura argentina.

Diversos analistas culturales y críticos literarios cuestionan la evolución del rol de Oesterheld durante los años 70. En El Eternauta II (1976), escrito en la clandestinidad militante dentro de la organización Montoneros, el "héroe colectivo" humanista de 1957 muta en una vanguardia militarizada donde Juan Salvo se convierte en un líder dispuesto a sacrificar las vidas de sus propios compañeros en función de un fin superior. La fractura ideológica del autor, visibilizando cómo el dogmatismo político de la época desgastó la empatía y el sentido comunitario que hacían única a la primera parte de la obra. Se corre el riesgo de juzgar la obra de manera descontextualizada, ignorando que la radicalización del texto fue la respuesta desesperada de un autor que escribía bajo la violencia explícita del Terrorismo de Estado y la inminencia de su propia destrucción.

En su dimensión alegórica, la estructura del enemigo en *El Eternauta* refleja las trampas del poder autoritario. El poder no opera de forma directa, sino mediante capas de alienación: los Hombres-Robot (ciudadanos despojados de voluntad), los Cascarudos y los Manos (seres sensibles extorsionados a través del miedo), todos instrumentalizados por "Los Ellos", una entidad difusa que encarna el poder por el poder mismo. Esta metáfora demuestra que la mayor crueldad del absolutismo consiste en hacer que los oprimidos se destruyan entre sí.

Así, entre la reivindicación de Sasturain, el rigor de Capanna y las advertencias sobre su deriva ideológica, la figura de Oesterheld permanece en el centro de la cultura hispanoamericana como el testimonio trágico de un creador que entendió la literatura como un compromiso ético ineludible.

Este documental recorre la vida, el legado literario y el trágico destino personal del guionista argentino **Héctor Germán Oesterheld (HGO)**, relacionando su trayectoria vital con el nacimiento y evolución de su obra más emblemática: El Eternauta. Nacido en 1919, Oesterheld estudió Geología, pero su verdadera pasión fue la escritura. Comenzó escribiendo cuentos infantiles y dio el salto a la historieta en 1952 con Bull Rocket y Sargento Kirk, convencido de que la historieta podía ser un vehículo cultural digno y reflexivo para la juventud.

Ante los condicionamientos del mercado editorial tradicional, fundó junto a su hermano la Editorial Frontera en 1954 para crear revistas emblemáticas como Frontera y Hora Cero, caracterizadas por un mayor respeto hacia los autores e ilustradores.

Junto al dibujante Francisco Solano López, Oesterheld creó una invasión alienígena ambientada en Buenos Aires (la cancha de River, la Av. General Paz, la Plaza de los Dos Congresos) con modismos y costumbres locales. Rompió con el modelo del héroe individual estadounidense introduciendo la figura del héroe colectivo.

En 1969 con Alberto Breccia en la revista Gente trata una versión experimental de El Eternauta II, y nuevamante en 1976 en la revista Scorpio, escrita desde la clandestinidad.

El documental incluye el testimonio de su viuda, Elsa Sánchez, quien relata la incorporación de Oesterheld y sus cuatro hijas (Estela, Diana, Beatriz y Marina) a la organización Montoneros durante los años 70. En 1977, Oesterheld fue secuestrado por la dictadura cívico-militar junto a sus cuatro hijas, sus yernos y nietos, convirtiéndose en uno de los casos más dolorosos de la represión ilegal en Argentina.

Este video corresponde a un episodio del programa Continuará... (emitido por Canal Encuentro y conducido por Juan Sasturain), dedicado al análisis de la obra cumbre de la historieta argentina: ***El Eternauta***, creada por Héctor Germán Oesterheld (HGO) y dibujada por Francisco Solano López.

El 4 de septiembre de 1957 debutó El Eternauta en el primer número de la revista Hora Cero Semanal. Debido al impacto de este lanzamiento, esa fecha fue declarada en Argentina como el Día Nacional de la Historieta.

Solano López recuerda haber conocido a Oesterheld en la Editorial Abril a principios de los años 50, colaborando posteriormente en la fundación de Editorial Frontera con obras como Rolo el marciano adoptivo y Joe Zonda. Explica cómo dibujó de memoria la casa real de Oesterheld y por qué le dio al personaje del guionista ("Germán") un rostro neutro, dado que Hugo Pratt ya había usado los rasgos reales de Oesterheld para el personaje de Ernie Pike. Recibía tres páginas semanales manuscritas por Oesterheld. Los guiones eran concisos pero precisos, lo que le daba libertad para interpretar y componer visualmente las secuencias. Destaca que la gran originalidad de El Eternauta residió en trasladar una invasión extraterrestre a las calles de Buenos Aires, rompiendo con la tradición del cine B y la literatura norteamericana que siempre situaba la acción en Nueva York o en el medio oeste de Estados Unidos. Menciona la influencia de la revista Más Allá, la novela The Puppet Masters de Robert A. Heinlein y el cuento Saturnino Fernández, héroe. Resalta cómo Oesterheld tomó los tropos clásicos de la ciencia ficción de la Guerra Fría para darles un matiz social, político e idiolecto profundamente argentino.

Este video corresponde a la segunda parte de la entrega del programa Continuará... (emitido por Canal Encuentro y conducido por Juan Sasturain), dedicada a profundizar en la dimensión literaria, el diseño de personajes y la memoria histórica en torno a El Eternauta. Se destaca la doble faceta de H. G. Oesterheld como geólogo (curiosidad técnica y científica) y como lector voraz en inglés de autores clásicos de la literatura de aventuras como Joseph Conrad, Jack London, Rudyard Kipling y Robert Louis Stevenson. Su obra cruza preguntas metafísicas sobre el tiempo y el espacio con dilemas éticos profundos: la responsabilidad individual, la libertad, el destino y la relación con el prójimo.

Francisco Solano López explica que dibujó rubio deliberadamente a Juan Salvo —pese a no ser el rasgo más común en Argentina— para darle un toque distintivo e inquietante inspirado en las películas de ciencia ficción de clase B estadounidenses. Favalli, diseñado como el profesor e intelectual, tenía una contextura física fuerte y mesurada que transmitía seguridad y servía de guía al grupo. Polanski representa al inmigrante o descendiente de Europa central, mientras que Lucas Herbert (empleado de banco calvo) encarna al tipo urbano y oficinista. Juntos componen un mosaico representativo de la sociedad porteña de la época.

Juan Sasturain resalta que para Oesterheld la aventura es una circunstancia límite que transforma a hombres comunes en héroes. A diferencia del cómic estadounidense donde predomina el superhéroe individual, en *El Eternauta* el héroe es **colectivo**: es el grupo de amigos, vecinos y camaradas que se organizan para resistir juntos.

Martín Mórtola Oesterheld (hijo de una de las cuatro hijas desaparecidas del guionista) reflexiona sobre la delgada línea entre la lectura infantil de la historieta y la trágica historia familiar real. Comparte cómo descubrió con los años que el recuerdo borroso de haber visto a su abuelo a los tres años y medio no era una ficción, sino la realidad de haber sido la última persona de la familia en estar con Héctor Germán Oesterheld mientras este se encontraba secuestrado en un centro clandestino de detención durante la dictadura militar.

En este video de la editorial Ediciones Aquilina, el escritor y periodista argentino Juan Sasturain reflexiona sobre su libro, El Aventurador, enfocado en la figura y obra de Héctor Germán Oesterheld (HGO), creador de El Eternauta.

Sasturain relata cómo las lecturas de historietas a finales de la década de 1950 marcaron a toda una generación de lectores y futuros narradores en Argentina. Analiza cómo el trágico destino personal de Oesterheld —su militancia revolucionaria y su posterior desaparición a manos de la última dictadura militar junto a sus cuatro hijas — dimensionó la figura del autor al punto de convertirlo en un mito. Señala que este mito a menudo "se comió" la riqueza y diversidad de toda su producción historietística, reduciéndola únicamente a El Eternauta

Cuestiona la lectura simplista que califica a El Eternauta como una obra puramente premonitoria de la tragedia argentina. Aclara que Oesterheld no fue asesinado por lo que escribió en sus historietas, sino por su militancia política, y que reducir su obra a una mera profecía empobrece la complejidad de su genio narrativo.

Sasturain destaca el período creativo más prolífico de Oesterheld (1950-1962 en Editorial Frontera y sus colaboraciones con ilustradores icónicos como Alberto Breccia, Hugo Pratt y Francisco Solano López). Subraya que, en una época previa a la masificación de la televisión, la historieta ocupaba un rol central en el sistema cultural y narrativo para la juventud.

El Estado terrorista asesina inocentes para que se entienda que no hay inocentes, todos son culpables
José Pablo Feinmann

Este episodio del programa Filosofía Aquí y Ahora (de la serie de especiales conducidos por el filósofo y ensayista argentino José Pablo Feinmann), analiza la figura de Héctor Germán Oesterheld desde dos vértices: la educación sentimental de una generación a través de la historieta y la trágica consumación de su compromiso político durante la dictadura militar.

Feinmann recupera la categoría propuesta por Oscar Masotta para dignificar a la historieta y repasa el impacto cultural de Oesterheld en autores e intelectuales que crecieron en los años 50 (como Fontanarrosa, Trillo, Sasturain o Saccomanno). Destaca la creación de Bull Rocket y El Sargento Kirk (junto a Hugo Pratt), subrayando el hito de Kirk como un desertor del ejército que se pasa "al lado de los indios" , anticipándose por décadas a revisionismos del género en Estados Unidos. Explica que la máxima ética de Oesterheld ("prefiero al héroe en grupo antes que al héroe solitario") articula toda su producción. Esta dinámica colectiva se consolida tras la fundación de Editorial Frontera y las revistas Frontera y Hora Cero. Examina el arranque de la obra maestra con la partida de truco en la buhardilla y la llegada de la "nevada de la muerte". Feinmann reflexiona sobre cómo los niños que leyeron estas aventuras en los años 50 se convirtieron en los jóvenes militantes de la década de 1970. Analiza el cambio de tono en El Eternauta II (1976), donde la influencia de la militancia revolucionaria conduce al dilema ético en el que Juan Salvo opta por salvar a un pueblo sacrificando a su propia familia. Feinmann discute los riesgos de las vanguardias políticas cuando se desconectan de la realidad social y adoptan una posición de exterioridad dogmática. Reconstruye la dimensión más dolorosa de la represión ilegal: el secuestro y desaparición de Oesterheld, el asesinato de sus cuatro hijas y la perversidad psicológica de sus captores. El programa concluye con una sentida dedicatoria a Elsa Sánchez de Oesterheld por su entereza frente a la tragedia y un reconocimiento al valor universal de la obra de HGO.