Mi madre es una anciana de 95 años, y una de sus actividades regulares es ver el EWTN, un canal religioso católico de derecha con base en Estados Unidos, tanto que son sicofantes del hombre naranja. Uno de los temas recurrentes de la cadena es la hagiografía de la Guerra Cristera. En una de esas transmisiones abordaban la vida de un sacerdote ejecutado por las tropas federales y mencionaban que, cuando le informaron a la madre del presbítero que el ejército buscaba a su hijo para fusilarlo, la anciana declaró con entusiasmo: «¡Excelente, ojalá lo maten para que lo hagan mártir y sea beatificado!».
Esta disposición maternal ante el martirio encuentra un antecedente documental en las crónicas de la represión militar de 1927 en Guadalajara, recogidas por autores como el padre Alfredo Sáenz y el historiador Lauro López Beltrán. En el relato titulado Los mártires del viernes primero de abril en Guadalajara, redactado por un testigo presencial a través de una carta fechada el 10 de abril de 1927, se detalla el arresto de Anacleto González Flores —dirigente de la Unión Popular— junto a los hermanos Jorge, Ramón y Florentino Vargas González, así como el joven Luis Padilla.
Aprehendidos en la madrugada por tropas federales que cercaron las azoteas de la manzana, fueron conducidos al "Cuartel Colorado Grande". Tras ser sometidos a torturas sistemáticas —Anacleto fue colgado de los pulgares, azotado y acuchillado en las plantas de los pies para obligarlo a revelar el paradero del obispo—, los prisioneros fueron ejecutados. Anacleto alentó a sus compañeros hasta su último aliento, muriendo a puñaladas mientras los jóvenes Vargas González caían bajo una descarga de fusilería. La esposa de Anacleto acudió presurosa con un recurso de amparo judicial, pero las autoridades militares le impidieron el ingreso hasta que el cadáver de su marido estuvo expuesto y mutilado.
Uno de los hermanos Vargas González fue excluido a última hora del pelotón de fusilamiento y puesto en libertad. Al regresar a su hogar custodiando los féretros sangrantes de sus hermanos, fue recibido por su madre no con el alivio de la supervivencia, sino con un lamento de celo espiritual:
«¡Ay, hijito, qué cerca de ti estuvo la corona, y no la alcanzaste! Ahora estás obligado a ser más bueno, para merecerla.»
A quienes acudían a ofrecerle el pésame al padre de los jóvenes, el progenitor respondía con idéntico rigor: «No, no es el pésame lo que deben darme, sino felicitarme porque tengo el inmerecido honor de tener en el cielo a dos hijos mártires». Los cadáveres, expuestos en cajas gemelas adornadas con palmas de dátil y rosas blancas y rojas, mostraban la vestimenta empapada en sangre, mientras el rostro de Anacleto exhibía una serenidad que los testigos interpretaron como la serenidad del triunfo de la fe.
Esta exaltación del martirio estuvo vinculada al grito de «¡Viva Cristo Rey!», articuló la resistencia cristera en México (1926–1929) y, posteriormente, la contienda de la Guerra Civil Española (1936–1939). Las investigaciones desarrolladas en torno a los mártires de la Archidiócesis de Toledo revelan que el origen institucional de este lema en México se remonta al 6 de enero de 1914, fiesta de la Epifanía, cuando los obispos mexicanos, tras obtener el beneplácito del papa San Pío X, consagraron la patria al Sagrado Corazón colocándole corona y cetro a la sagrada imagen. Luis Beltrán y Mendoza, testigo presencial y líder de la Acción Católica, atestiguó que cuando el arzobispo José Mora y del Río concluyó la consagración, de la juventud congregada brotó de manera espontánea la exclamación «¡Viva Cristo Rey!».
Simultáneamente, la prensa católica española atestigua que la exclamación poseía una genealogía previa en la península. El periódico carlista El Siglo Futuro (publicado entre 1875 y 1936) empleaba de forma habitual la exclamación «¡Viva Cristo Rey!» en sus editoriales desde 1888, 1890 y 1901. A través de este diario y de publicaciones como El Castellano de Toledo, las crónicas del martirio mexicano cruzaron el Atlántico. En febrero de 1928, El Siglo Futuro detalló la dinamitación del monumento al Corazón de Jesús en el Cerro del Cubilete ordenada por el gobierno de Plutarco Elías Calles —hecho que tuvo su réplica idéntica en agosto de 1936 con la destrucción del monumento del Cerro de los Ángeles en España—.
Se conserva el registro del siervo de Dios Rafael Peláez Plaza, coadjutor en Utiel (diócesis de Cuenca), quien el 7 de julio de 1936, pocos días antes del estallido de la contienda española, se encontraba en su despacho leyendo la biografía del jesuita mexicano Miguel Agustín Pro y exclamó ante sus allegados: «¡Qué hermoso es el martirio...! Si el Señor nos lo concede, tenemos que recibirlo con gusto». El flujo ideológico y periodístico entre ambas naciones cimentó una teología del martirio compartida en el mundo hispánico.
La Cristiada, como un fenómeno impulsado por el celo femenino, fue ratificada por los dos mayores narradores del sur de Jalisco: Juan Rulfo (nacido en Sayula/San Gabriel) y Juan José Arreola (nacido en Zapotlán el Grande). Ambos escritores presenciaron el conflicto durante su infancia y coincidieron en señalar que la insurrección tuvo como detonante fundamental un matriarcado religioso doméstico que reaccionó con intransigencia ante la suspensión del culto decretada por el gobierno de Calles.
Rulfo sostuvo de manera constante que el conflicto cristero no surgió como un movimiento político liderado por estrategas militares, sino como una reacción de fe visceral donde las mujeres de los pueblos se negaron a vivir sin sacramentos (misa, bautismos, extremaunción) y obligaron o "azuzaron" a sus esposos e hijos a tomar las armas contra el ejército federal.
Rulfo evoca su infancia en San Gabriel, la muerte de su padre y la quema de su pueblo, explica cómo el fervor religioso de las mujeres de Jalisco constituyó el verdadero sostén de la guerra. Rulfo señala abiertamente que los hombres se incorporaban a la contienda empujados por la intransigencia piadosa de sus madres y esposas y por la influencia del clero local, destacando el papel estratégico de las clandestinas Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco.
En testimonios custodiados en la serie documental Juan Rulfo: Homenaje Nacional (TVUNAM / Canal 22), el autor explicó cómo su madre y sus tías habitaban en un estado de sobria desesperación tras la clausura de los templos, y cómo en el ámbito doméstico eran las mujeres quienes calificaban de "cobardes" o "impíos" a los hombres que dudaban en unirse a las guerrillas del Bajío y el sur de Jalisco. Rulfo llegó a declarar que la violencia en su provincia se atizó porque las mujeres preferían ver a sus hijos o maridos muertos en combate antes que viviendo en "pecado mortal" sin acceso a la confesión o la extremaunción.
Esta lectura coincide con los hallazgos del historiador Jean Meyer, quien en el tomo dedicado a los combatientes de La Cristiada cita testimonios de la región de Sayula y San Gabriel que confirman que las mujeres no solo empujaron a los hombres al frente, sino que administraron el correo clandestino, ocultaron sacerdotes y proveyeron la intendencia de la rebelión.
Por su parte, Juan José Arreola abordó la Cristiada desde la sociología de la vida cotidiana. Para el autor de La feria, el hogar jalisciense de los años veinte funcionaba bajo un matriarcado religioso absoluto. Frente a la clausura de los templos, las madres de familia reaccionaron mediante un ultimátum ético contra la figura paterna y la juventud masculina.
Arreola evocó en múltiples entrevistas la atmósfera asfixiante de Zapotlán el Grande durante su niñez, relatando cómo las mujeres de su familia vivían el culto como el eje de la cohesión comunitaria y cómo la suspensión de los sacramentos en 1926 provocó una movilización afectiva que empujó a los hombres del campo —habitualmente pragmáticos e indiferentes— hacia la sierra.
«La Guerra Cristera en Zapotlán fue cosa de mujeres. Los hombres del campo eran más bien indiferentes o pragmáticos, pero las mujeres —las madres, las tías, las esposas— crearon un cerco moral asfixiante. Ellas no podían concebir la vida sin los sacramentos, sin la misa, y fueron las que empujaron a los hombres a la sierra a pelear contra el gobierno. Un hombre que no salía a defender la fe era un cobarde dentro de su propia casa.»
La convergencia entre la crónica martirial de 1927, la teología transatlántica del martirio y los testimonios literarios de Rulfo y Arreola permite concluir que la prominencia de la mujer en la Guerra Cristera obedeció a dos estructuras precisas:
- El Factor Sociológico y Moral: En el México rural de los años veinte, la salvaguardia del dogma y la continuidad de los rituales domésticos recaían sobre la esfera materna. La clausura de las iglesias decretada por el Estado fue percibida por las mujeres como una amenaza de condena eterna para sus familias, activando un mecanismo de presión comunitaria que privó de legitimidad al hombre que rehusara combatir.
- El Factor Logístico-Militar: La creación formal de las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco —que integraron a más de 25,000 mujeres organizadas en células secretas bajo juramento de confidencialidad— constituyó el soporte operativo del ejército cristero. Transportando cartuchos y dinamita ocultos entre mercancías y ropajes, financiando la compra de pertrechos, gestionando hospitales de campaña y sosteniendo las redes de inteligencia frente al Ejército Federal, las Brigadas Femeninas representaron la columna vertebral sin la cual la guerra campesina se habría extinguido en cuestión de meses.
Desde la madre de los hermanos Vargas González en la Guadalajara de 1927, la historia de la Cristiada demuestra que el impulso más intransigente del conflicto no residió únicamente en las proclamas de los generales o en los decretos del gobierno Callista, sino en la fe inquebrantable de las mujeres.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario