lunes, 26 de octubre de 2026

Los cachitos de Jorge Americus

Antisemitismo y sionismo

El libro Mi vida… en cachitos, de Jorge Américus con prólogo de Daniel Lubetzky, se presenta como un testimonio personal que cruza la experiencia judía en el México del siglo XX con la construcción de Israel. Este ensayo examina tres ejes que el texto plantea —a veces de manera explícita, a veces por omisión—: el antisemitismo en el México de los años cincuenta y sesenta, la percepción del sionismo dentro de la comunidad judía mexicana, y la peligrosa fusión contemporánea entre antisionismo y antisemitismo en el discurso legal y político occidental. El objetivo no es emitir juicios morales sobre el autor, sino contrastar el relato con datos históricos verificables y señalar las tensiones argumentativas que emergen cuando la memoria personal se enfrenta a la evidencia documental.

1. El antisemitismo en el México de posguerra

El libro describe episodios de antisemitismo cotidiano en la infancia del autor: burlas en la escuela, la exclusión del discurso de graduación por ser judío, la sensación de ser señalado. Estos relatos son verosímiles y se insertan en un contexto más amplio que la historiografía ha documentado. Sin embargo, el texto los presenta como experiencias aisladas de intolerancia, sin conectarlas con las estructuras políticas e ideológicas que las hicieron posibles.

En el México de los años cuarenta y cincuenta, el antisemitismo no era una política de Estado —el gobierno de Cárdenas había condenado explícitamente el racismo nazi y no existía un antisemitismo oficial—, pero sí circulaba con fuerza en ciertos sectores de la derecha nacionalista y católica. Un caso paradigmático es el de Derrota Mundial, el libro de Salvador Borrego publicado en 1953, que se convirtió en un texto de difusión masiva entre círculos conservadores. La investigación académica sobre Borrego documenta que su obra, aunque ignorada por la academia, tuvo una recepción significativa en sectores nacionalistas y conservadores que veían en el nazismo un baluarte contra el comunismo. El propio Borrego afirmó en entrevista que en el PAN había «mucha gente» que simpatizaba con sus tesis, aunque no lo expresara públicamente.

El libro de Américus, sin embargo, no menciona Derrota Mundial ni el ecosistema ideológico que lo hizo posible. Tampoco alude a organizaciones como El Yunque, de raigambre católica ultramontana y con ramificaciones en la política mexicana, que compartía el imaginario de una conspiración judeo-masónica. Esta omisión es significativa: al reducir el antisemitismo a anécdotas de matonismo escolar, el relato pierde la oportunidad de examinar cómo las ideas nazis penetraron en el México de posguerra a través de redes editoriales, grupos políticos y publicaciones periódicas. El antisemitismo que el autor experimentó no era un residuo folclórico, sino parte de una corriente intelectual que tenía nombres, editores y lectores.

En Tampico, ciudad donde el autor vivió, la comunidad judía era pequeña y su visibilidad limitada. La documentación sobre judíos en ciudades provinciales mexicanas indica que Tampico fue uno de los asentamientos de provincia donde algunas familias se establecieron permanentemente. No hay evidencia de pogromos ni de violencia colectiva contra judíos en Tampico en esas décadas; el antisemitismo operaba más bien en el plano del prejuicio social, la exclusión y la difusión de literatura conspirativa. El libro acierta al mostrar esa dimensión cotidiana, pero yerra al descontextualizarla.

2. La comunidad judía mexicana y la construcción de Israel

El relato de Américus presenta el sionismo como una continuación natural de la identidad judía: el viaje a Israel, el trabajo en el Néguev, el orgullo por la construcción del Estado. Esta perspectiva refleja una posición dominante en la comunidad judía mexicana de la segunda mitad del siglo XX, pero no la única. La historiografía sobre los judíos en México muestra que el sionismo fue un factor de cohesión interna y de prestigio identitario tras el Holocausto, y que la comunidad desplegó esfuerzos significativos para apoyar la creación de Israel, aunque México se abstuvo en la votación de partición de 1947 y reconoció al Estado judío en 1949.

Lo que el libro no problematiza es la tensión entre esa identificación sionista y la realidad palestina. Shlomo Sand ha argumentado que el sionismo construyó una narrativa de continuidad histórica judía con la tierra que no se sostiene empíricamente, y que la invención del «pueblo judío» como entidad nacional homogénea fue un proyecto ideológico del siglo XIX. Ilan Pappé, por su parte, describe el sionismo como un movimiento colonial de asentamiento que, desde su llegada a Palestina, adoptó una visión racista hacia la población nativa y ejecutó un programa de limpieza étnica en 1948. Estas tesis son académicamente controvertidas, pero el libro de Américus no las confronta ni las menciona: simplemente las ignora.

La comparación con Novia que te vea, la novela de Rosa Nissán y la película de Guita Schyfter, resulta iluminadora. Ambas obras retratan la vida de jóvenes judías en el México de los años cincuenta y sesenta, pero lo hacen desde una perspectiva que privilegia la experiencia íntima, la negociación con las tradiciones familiares y la búsqueda de un lugar en la sociedad mexicana. Novia que te vea no convierte a sus personajes en portavoces de una ideología nacional; su judaísmo es una dimensión de la vida cotidiana, no un programa político. El contraste con Mi vida… en cachitos es notable: donde Nissán narra la complejidad de ser mujer, sefaradí y mexicana, Américus narra la epopeya de un ingeniero que participa en la construcción del Estado israelí. La primera obra es literatura de la diáspora; la segunda es literatura de la redención nacional.

3. La fusión contemporánea de antisionismo y antisemitismo

El libro dedica varias páginas a denunciar el «resurgimiento del antisemitismo» y a equiparar la crítica a Israel con el odio a los judíos. Esta operación no es exclusiva del autor: es una tendencia consolidada en el discurso político y legal occidental desde la adopción de la definición de antisemitismo de la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA) en 2016. Según esta definición, algunas formas de crítica a Israel —como «negar al pueblo judío su derecho a la autodeterminación» o «afirmar que la existencia del Estado de Israel es un esfuerzo racista»— pueden constituir antisemitismo.

La cuestión es jurídica y políticamente compleja. Por un lado, la IHRA ha sido adoptada por la Comisión Europea y por varios Estados como herramienta orientativa, y sus defensores sostienen que no limita la libertad de expresión, pues la propia definición aclara que «la crítica a Israel similar a la que se dirige a cualquier otro país no puede considerarse antisemita». Por otro lado, académicos como Ilan Pappé han señalado que la definición ha sido utilizada para silenciar la crítica a las políticas israelíes y para estigmatizar el antisionismo político. Kenneth Stern, uno de los redactores originales de la definición, ha criticado públicamente su uso legislativo como instrumento de censura en los campus universitarios.

El libro de Américus se alinea sin matices con la posición oficial israelí: el 7 de octubre justifica todo, la crítica a Israel es antisemitismo, el antisionismo es una forma de odio. Pero esta posición, presentada como sentido común, es en realidad una tesis política controvertida. La distinción entre antisemitismo (odio a los judíos como judíos) y antisionismo (oposición política al proyecto sionista y al Estado de Israel) es analíticamente necesaria, aunque en la práctica ambos fenómenos a veces se solapan. El problema de la fusión legal es que borra esa distinción y convierte la crítica política en patología. Naomi Klein, desde una posición judía crítica, ha insistido en que el universalismo judío —la tradición profética de justicia— es incompatible con el nacionalismo etnonacionalista que el sionismo encarna.

El libro, en suma, no discute estas tensiones: las clausura. Presenta el sionismo como identidad y el antisionismo como patología, sin admitir la posibilidad de un judaísmo no sionista, de una crítica judía a Israel o de una solidaridad entre judíos y palestinos que no pase por la negación de la Nakba. Esa clausura es el límite más serio del texto como testimonio histórico.

4. Balance argumentativo

A favor de la narrativa del libro: El testimonio de Américus tiene el mérito de mostrar la experiencia subjetiva del antisemitismo cotidiano en un país donde la comunidad judía era una minoría ínfima. La sensación de vulnerabilidad, el miedo a la exposición, la necesidad de reafirmar la identidad en un entorno hostil son reales y están documentados en la literatura sobre minorías en México. El relato también captura la emoción de la construcción nacional israelí para una generación de judíos diaspóricos que vieron en Israel una respuesta al Holocausto. Esa emoción es histórica, aunque sus consecuencias políticas sean discutibles.

En contra: El libro convierte esa emoción en ideología y omite los costos humanos del proyecto sionista. No menciona la Nakba, no nombra a los palestinos como sujetos de derechos, no problematiza la ocupación. La narrativa del «desierto que floreció» y de «un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo» es historiográficamente insostenible, como han demostrado Shlomo Sand, Ilan Pappé y Avi Shlaim. El libro tampoco examina la complicidad de sectores de la comunidad judía mexicana con narrativas que invisibilizan la violencia fundacional de Israel. Y en el plano local, reduce el antisemitismo mexicano a anécdota, sin analizar su base ideológica en el nacionalismo católico y en la literatura de extrema derecha que circuló profusamente en el México de posguerra.

La obra, en definitiva, funciona como memoria personal pero falla como testimonio histórico. Ilumina la subjetividad de un hombre que vivió el antisemitismo y abrazó el sionismo como respuesta, pero oscurece las estructuras que hicieron posible tanto el antisemitismo en México como el desplazamiento palestino. Una lectura académicamente rigurosa debe leer el libro por lo que dice y por lo que calla: ambas dimensiones son igualmente reveladoras.

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