lunes, 21 de septiembre de 2026

El 68 a través de Luis González de Alba

Una crisis generacional, paranoia y el PRI

El movimiento estudiantil de 1968 en México suele presentarse en la historiografía popular como una épica civil simple: el despertar romántico de una juventud reprimida por un régimen monolítico. Sin embargo, el análisis político riguroso exige desentrañar una matriz mucho más compleja e inquietante. El 68 fue el punto de colisión donde convergieron tres dinámicas históricas: la irrupción global de la generación de los baby boomers, la esclerosis terminal del Partido Revolucionario Institucional (PRI) —incapaz de procesar la menor apertura democratizadora— y la paranoia contrainsurgente de la Guerra Fría que cooptó a la cúpula del poder federal. Para examinar esta trama sin las anteojeras del dogma, la trayectoria vital e intelectual de Luis González de Alba —delegado del Consejo Nacional de Huelga (CNH), preso en Lecumberri, divulgador científico, activista pionero de la liberación sexual y polemista formidable— se constituye en el hilo narrativo más lúcido y desmitificador de la historia contemporánea mexicana.

González de Alba no ocupó el vértice superior de las negociaciones políticas del CNH —reservado a figuras como Raúl Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla o Marcelino Perelló—; fue un dirigente de base de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sin embargo, su prosa magistral en Los días y los años y en su obra testamentaria Tlatelolco. Aquella tarde lo convirtió en el cronista definitivo y más incómodo del movimiento. Años más tarde, al romper con la sacralización victimista del 68 y denunciar la presencia de provocadores, exageraciones y falsedades en la propia memoria de la izquierda, González de Alba pagó el precio de volverse un disidente repudiado, reafirmando su vocación por la precisión histórica por encima del mito.


I. La esclerosis del PRI

El estallido estudiantil de 1968 no ocurrió en el vacío. Fue el síntoma de un sistema político que había clausurado sistemáticamente todas las vías de reforma institucional. Dentro del propio PRI, los intentos por democratizar la selección de candidatos y descentralizar las decisiones de la presidencia habían sido aplastados. El ejemplo más elocuente fue el de Carlos A. Madrazo, quien al asumir la dirigencia nacional del partido (1964-1965) intentó instaurar elecciones internas y romper el monopolio de las cúpulas caciquiles; su experimento democratizador fue abortado con violencia por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, forzando la renuncia de Madrazo y demostrando que la dictadura perfecta no toleraba disidencias ni en su propio seno.

Cerrada la válvula de escape política, el Estado optó por el garrote militar contra cualquier sector que demandara autonomía. Como atestigua González de Alba en su obra testimonial emblemática, Los días y los años, los estudiantes de 1968 conocían perfectamente los antecedentes de la violencia gubernamental contra médicos, ferrocarrileros y campesinos:

«Otro dirigente ferrocarrilero, Valentín Campa, también se encontraba encarcelado a causa de la huelga de 1958. En 1965 había sido aprehendido el periodista Víctor Rico Galán y su grupo; el movimiento de los médicos había terminado con ceses y detenciones, algunos médicos seguían en la cárcel; en 1967 se inició, de manera sistemática, la aprehensión de dirigentes estudiantiles... En los últimos años la tropa había entrado en las universidades de Michoacán, Puebla, Sonora, Tabasco; habíamos visto aplastar con el ejército demandas estudiantiles y populares... Y más atrás, la huelga de los médicos, contra la que se usaron los más sucios recursos, desde el sentimentalismo populachero para pedir a los médicos que se comportaran como los abnegados y bondadosos apóstoles que deben ser, y no simples mercantilistas.»

El régimen había desarticulado el tejido social hasta convertir a los sindicatos y gremios en «meros resonadores de sus propias alabanzas». Frente a la juventud universitaria que rechazaba el vasallaje, el Estado aplicó la misma fórmula represiva que había perfeccionado contra los trabajadores.


II. La sombra del "cerebro comunista"

El conflicto generacional de los baby boomers resonaba en las calles de París con el Mayo Francés y en Europa Oriental con la Primavera de Praga. Sin embargo, la élite gobernante mexicana leyó las demandas libertarias a través del prisma distorsionado del anticomunismo de la Guerra Fría. Documentos desclasificados del Security Archive y de agencias de inteligencia estadounidenses confirmaron que tanto el presidente Gustavo Díaz Ordaz como su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, eran informantes de alto nivel de la CIA, identificados bajo los criptónimos LITEMPO-2 y LITEMPO-8, respectivamente, en la red dirigida por el jefe de estación Winston Scott.

Esta subordinación ideológica alimentó la paranoia oficial: el movimiento estudiantil no podía ser una expresión genuina de descontento urbano, sino una «conjura soviético-cubana» diseñada para sabotear los Juegos Olímpicos de octubre. En su afán por justificar la existencia de una mente maestra detrás de las brigadas, el régimen fijó la mirada en figuras intelectuales como el escritor José Revueltas. A sus 54 años, autor de Los días terrenales y militante marxista crítico, Revueltas encarnaba para el gobierno al "cerebro comunista" que manipulaba a los jóvenes desde la Facultad de Filosofía y Letras.

Sin embargo, la realidad de las calles era operada por una camada universitaria muy distinta. Entre ellos destacaba Eduardo Valle Espinoza, apodado «El Búho». Estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM, de apenas 21 años y originario del barrio de La Merced, Valle se convirtió en uno de los estrategas más perspicaces del CNH. Su apodo derivaba tanto de sus prominentes anteojos con lentes de grueso calibre como de su perfil marcadamente noctámbulo: era quien permanecía en los pisos universitarios hasta las 3 o 4 de la mañana redactando manifiestos, corrigiendo volantes y manteniendo en la memoria cada acuerdo de asamblea. Mientras la paranoia gubernamental buscaba conspiraciones internacionales, jóvenes como «El Búho» y González de Alba articulaban la resistencia logística del movimiento.

González de Alba retrata con agudeza en Los días y los años cómo el Ejecutivo y el Poder Judicial construyeron este libreto paranoico:

«Díaz Ordaz, investido de todos sus atributos y con la banda presidencial cruzada en el pecho, hizo saber ante el gobierno en pleno, los altos jefes militares y la nación que lo escuchaba, que los disturbios de "la llamada Revolución de Mayo", en Francia, no se habían iniciado por casualidad cuando todo el mundo estaba atento a las pláticas Vietnam-Washington; y que la proximidad de los Juegos Olímpicos convertía a México en blanco favorito para los mismos agitadores... El mismo análisis fue presentado, al poco tiempo, por el Ministerio Público para dejar "probado" a todas luces que existía una conjura internacional de la que nosotros formábamos parte.»

III. Provocaciones, delación y montajes

Para desarticular la protesta, el aparato estatal desplegó una estrategia compleja de contrainsurgencia, penetración de agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la instrumentalización de dirigentes radicales. La historiografía y las revisiones documentales del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico (MEH) exigen diferenciar tres niveles en el fenómeno de la infiltración:

1. El agente orgánico e infiltrado desde el origen: El caso emblemático es Áyax Segura Garrido, representante de la Vocacional 7 del IPN e hijo del antiguo jefe de la Policía del D.F. Pese a haber sido consignado formalmente a Lecumberri tras el 2 de octubre para simular su militancia, los expedientes desclasificados de la Galería 1 del Archivo General de la Nación (AGN) —cuya versión pública de 155 fojas (expediente 100-10-1) fue ordenada por el INAI en 2015— confirmaron que Segura era un informante activo de la DFS que firmaba partes policíacos al calce junto a mandos represivos como Luis de la Barreda Moreno. Cuadros del CNH como Eduardo Valle «El Búho», Luis Tomás Cabeza de Vaca y González de Alba denunciaron oportunamente cómo Áyax entregaba la ubicación exacta de brigadas y casas de seguridad.

2. El dirigente provocador y detenido-informante: La trayectoria de Sócrates Amado Campos Lemus, delegado de Economía del IPN, responde a un perfil distinto que suele confundirse con el de un agente estadounidense. González de Alba —en sus análisis posteriores en Nexos, Letras Libres y sus colaboraciones periodísticas— rechazó la hipótesis conspirativa de que Sócrates fuera un agente de la CIA contratado con sueldo antes del 68, considerando esa idea como una fantasía consuelo de la izquierda para no aceptar que el movimiento albergó porros, mitómanos y aventureros en sus propias filas. Para Luis, Sócrates fue un "fanfarrón desbocado" y un provocador que encabezó la facción ultrarradical del IPN impulsando propuestas irresponsables —marchar a la Cámara de Diputados, decretar huelga indefinida o instalar el plantón en el Zócalo el 27 de agosto— diseñadas para empujar al movimiento al despeñadero. Como documentó «El Búho» en Escritos sobre el movimiento de 1968 (1983) e Historias de la rebelión por la democracia (2008), Sócrates buscaba provocar la represión para capitalizarla políticamente.

Las investigaciones del MEH y de Sergio Aguayo ratifican que no existe ficha de Sócrates como agente reclutado previo al 68. Sin embargo, tras ser capturado el 2 de octubre, se quebró en el Campo Militar Número 1 bajo tortura e intimidaciones contra su familia, convirtiéndose en un detenido-informante bajo custodia que leyó declaraciones prefabricadas acusando al CNH de poseer armas y señalando a sus compañeros cara a cara. La prueba definitiva de su capitulación la publicó Arturo Ortiz Marbán en A 50 del 68: prisión y otras vivencias: una carta del 23 de enero de 1969 enviada a Díaz Ordaz desde Lecumberri, firmada por Sócrates, ofreciendo organizar «un público acto de desagravio y solidaridad» con el Presidente.

3. El montaje político de la DFS: Apenas cinco días después de Tlatelolco, el 7 y 8 de octubre de 1968, la escritora Elena Garro —retenida e incomunicada por agentes estatales— ofreció una famosa conferencia de prensa donde aseguró que Sócrates Campos Lemus y el exdirigente del PRI, Carlos A. Madrazo conspiraba junto con otros para derrocar a Díaz Ordaz. Aquella declaración no revelaba una alianza real, sino un sofisticado montaje orquestado por la DFS para usar a Garro y a Sócrates como chivos expiatorios, vinculando al movimiento estudiantil con Madrazo para incriminarlo en subversión y destruirlo políticamente antes de su trágica muerte en el sospechoso accidente aéreo de 1969.

González de Alba registró en Los días y los años la indignación que provocó la conducta de estos cuadros:

«El tiempo dejó probado que no era cierto: ningún miembro del Consejo conocía de antemano el resultado final, pero al mismo tiempo comprobó también que sí hubo un delegado deshonesto, Áyax Segura, sin lugar a dudas. Todavía ahora no alcanzamos a explicarnos las increíbles declaraciones de Sócrates... ¡Las que hizo después del 2 de octubre!... Es lo más deshonesto que hay y yo lo llamo traición.»

IV. Las dos cadenas de mando

Un punto de inflexión decisivo en el testimonio de González de Alba es su impugnación frontal a la tesis del "operativo militar perfecto". Cronistas e intelectuales emblemáticos, como Carlos Monsiváis y Julio Scherer García, sostuvieron en sus textos que los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco demostraban la «perfecta sincronización de las fuerzas represivas» del Estado. Sin embargo, González de Alba, quien vivió la balacera retenido en el tercer piso del edificio Chihuahua, sostuvo exactamente lo contrario: Tlatelolco evidenció una absoluta desorganización, la falta de un mando unificado y una confusión sangrienta entre los agresores de civil y la tropa regular.

Los hechos históricos confirman la lectura de González de Alba sobre la existencia de dos cadenas de mando paralelas en las Fuerzas Armadas. La versión oficial justificó la masacre afirmando que los estudiantes habían abatido a un alto mando al ingresar a la plaza. El militar herido fue el general brigadier José Hernández Toledo (comandante del Batallón de Fusileros Paracaidistas), quien entró con un megáfono desarmado pidiendo disolver el mitin y recibió un impacto a las 18:15 horas. La pericial sobre los archivos del Secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, demostró que la bala que hirió a Hernández Toledo tuvo una trayectoria descendente: vino de las alturas de los edificios, no de la multitud.

¿Quiénes disparaban desde lo alto? Los francotiradores del Estado Mayor Presidencial (EMP), al mando del coronel Carlos Humberto Bermúdez Dávila, y los efectivos del Batallón Olimpia, bajo las órdenes del coronel Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle. Un cable desclasificado de la Defense Intelligence Agency (DIA) de Estados Unidos, fechado el 4 de octubre de 1968, confirmó que el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del EMP y hombre de confianza de Díaz Ordaz, operó una cadena de mando paralela que saboteó las órdenes de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Mientras García Barragán había diseñado la Operación Galeana para rodear la plaza y arrestar a los líderes sin abrir fuego, Gutiérrez Oropeza apostó francotiradores en los edificios Chihuahua, ISSSTE y 15 de Septiembre con la orden deliberada de disparar contra la multitud y contra las tropas del propio Ejército regular. Esta provocación desató el pánico: los soldados de verde creyeron que los estudiantes los atacaban desde arriba y respondieron con fuego masivo hacia el edificio Chihuahua. González de Alba presenció el desconcierto de los miembros del Batallón Olimpia (identificados por sus guantes o pañuelos blancos en la mano izquierda), quienes al ver que la tropa regular les respondía el fuego, se tiraron aterrorizados al suelo del balcón gritando desesperadamente hacia la plaza: «¡Batallón Olimpia, no disparen!». Aquellos soldados de civil no esperaban la respuesta del ejército porque creían formar parte de un operativo coordinado por la SEDENA, ignorando que la cúpula política había creado un fuego cruzado a ciegas.

González de Alba inmortalizó en Los días y los años y reiteró en Tlatelolco. Aquella tarde la vivencia directa de esa trampa:

«De uno de los helicópteros cayó una bengala verde... Cayó otra bengala, ésta era roja... A mi lado Sócrates tenía el micrófono: ¡No corran, compañeros! ¡Es una provocación!… Los francotiradores de guante blanco y ropa civil, primeros en disparar, cayeron en pánico, desconcertados por el hecho de que el ejército les respondiera el fuego. Desde el suelo entendí el grito: ¡Batallón Olimpia, no disparen!... Les gritaban al ejército que no les dispararan.»

V. La crujía de Lecumberri

Tras la razzia de Tlatelolco, el Palacio de Lecumberri se convirtió en la caja de resonancia del movimiento. En las crujías de la "Cárcel Negra", coincidirían las dos generaciones del descontento: la madurez teórica de José Revueltas y la militancia juvenil de Eduardo Valle «El Búho» y Luis González de Alba. Entre 1968 y 1971, Revueltas entabló un discipulado entrañable con «El Búho», a quien llamaba cariñosamente «Búhito», siendo Valle quien se encargaba de esconder y sacar de prisión los manuscritos de la novela El apando.

En el universo testimonial y personal de González de Alba, el apellido Escudero ocupa un lugar fascinante que requiere ser desglosado para evitar las confusiones habituales que genera el uso directo de apellidos en sus escritos:

1. El brigadista de Filosofía en Los días y los años: Durante los mítines en la UNAM previos a octubre de 1968, González de Alba menciona a "Escudero" como un compañero militante de su propia facultad, orador de base y brigadista que participaba en el boteo y las asambleas.

2. El maestro de hebreo en Lecumberri: Durante su encierro en la Crujía C, González de Alba entabló relación con un preso veterano de origen judío de apellido Escudero. Fue este personaje quien le obsequió un volumen de los Salmos en hebreo y español para mitigar el hastío de la celda. Aquel gesto fortuito detonó en Luis una pasión vitalicia por la lengua hebrea, la cultura judía y la historia del Estado de Israel.

3. Carlos Escudero, el compañero de vida: Totalmente ajeno a los sucesos de 1968 y mucho más joven que el escritor, Carlos Escudero fue un bailarín y profesor de danza que se convirtió en la pareja sentimental de González de Alba durante más de tres décadas, desde finales de los años setenta hasta la muerte del autor en 2016. Representó su refugio doméstico y su verdadero núcleo familiar frente a las encendidas tempestades políticas y literarias. Fue Carlos Escudero quien halló el cuerpo sin vida de Luis tras su suicidio y quien resguardó su archivo personal.

Por su parte, Eduardo Valle «El Búho» continuó una relevante trayectoria tras salir de prisión. En 1983 publicó Escritos sobre el movimiento de 1968, donde asentó de manera pionera las acusaciones contra los provocadores. Más tarde, tras investigar las redes del narcotráfico como asesor en la PGR, publicó El Segundo Disparo: la narcodemocracia mexicana (1995), obra que le valió el exilio. Finalmente, en 2008 dio a conocer El año de la rebelión por la democracia (Océano), sacando a la luz los anexos documentales del expediente 114/2004-1 por genocidio contra la cúpula echeverrista.


VI. La querella con Poniatowska

El distanciamiento entre González de Alba y la intelectualidad de izquierda se cristalizó de manera dramática en su acérrima disputa con Elena Poniatowska. La publicación en 1971 de La noche de Tlatelolco convirtió a Poniatowska en la referente internacional de la memoria del 68. Sin embargo, para González de Alba —quien en su juventud mantuvo una relación afectuosa sintetizada en el tránsito del «ay Elenita» al indignado «¡carajo, Elena!»—, dicho libro representó un acto grave de deshonestidad intelectual y distorsión histórica.

En sus ensayos periodísticos y formalmente en su libro Tlatelolco. Aquella tarde (2016), González de Alba denunció que La noche de Tlatelolco era en gran medida una copia y reapropiación no acreditada de su propio testimonio en Los días y los años. Precisó que la autora había incorporado más de 500 líneas de su texto, introduciendo alteraciones, cambiando nombres, modificando secuencias de hechos y distorsionando el tono político del movimiento para adaptarlo a un melodrama de víctimas indefensas destinado al aplauso fácil del público. La querella escaló a los tribunales en 1997, obligando a la editorial Era a corregir en ediciones posteriores los párrafos atribuidos erróneamente o modificados sin consentimiento del autor.

Para González de Alba, el trabajo de Poniatowska sustituyó la complejidad de la resistencia estudiantil por un "martirologio piadoso" que convertía a los jóvenes en víctimas pasivas de una tragedia sentimental. Frente a la literatura de consumo emotivo, exigió que los historiadores tomaran La noche de Tlatelolco con extrema reserva, rescatando los hechos fríos registrables por encima de las ficciones consoladoras.


VII. Entre la represión sangrienta y la negación de los mitos del 68

Uno de los aspectos más complejos, controvertidos y aparentemente contradictorios en la figura de Luis González de Alba radica en la tensión interna de su propio discurso sobre Tlatelolco y sus víctimas. Por un lado, González de Alba nunca negó la represión ni la naturaleza sangrienta de la tarde del 2 de octubre; fue un testigo presencial que narró cómo los francotiradores del Batallón Olimpia y el tiroteo del Ejército acribillaron a la multitud, dejando un saldo trágico de niños, jóvenes y vecinos muertos en la plaza. Él mismo fue golpeado, detenido y encarcelado durante casi tres años en Lecumberri, acusado falsamente de homicidio en masa.

Sin embargo, por otro lado, el testimonio de González de Alba resulta desconcertante para la narrativa tradicional de la izquierda porque emprendió una cruzada encarnizada contra lo que denominó "la mitología del 68", llegando a insinuar que el movimiento inventó o infló cifras y relatos ficticios. Esta postura se sintetiza en cuatro ejes paradójicos de su pensamiento:

1. La negación tajante de los "desaparecidos" en el 68: González de Alba sostuvo categóricamente que en el movimiento estudiantil de 1968 no hubo desaparecidos. Afirmaba con vehemencia que todos los caídos y presos tenían nombre y apellido identificables: «muertos con nombre, encarcelados o perseguidos; ningún dirigente del CNH desapareció, ninguno murió en Tlatelolco ni en el Campo Militar». Para González de Alba, la figura de la "desaparición forzada" en México pertenece estrictamente a la etapa posterior: la Guerra Sucia de los años setenta bajo el mandato de Luis Echeverría, cuando la insurgencia armada y las guerrillas urbanas sufrieron la detención clandestina y el exterminio sin rastro. Mezclar las desapariciones de la Guerra Sucia con los eventos de 1968 constituía, a su juicio, un anacronismo e imprecisión histórica.

2. El rechazo a los relatos de incineraciones y vuelos de la muerte: En Tlatelolco. Aquella tarde, González de Alba tildó de "ficción mexicana" las historias que hablaban de cientos de cuerpos recogidos en la plaza con helicópteros o incinerados masivamente en los hornos del Campo Militar Número 1. Consideraba que la cifra real de muertos en Tlatelolco —estimada por fuentes serias entre 30 y 40 personas, en su mayoría transeúntes y niños vecinos de la unidad habitacional que jugaban en la plaza— había sido desfigurada por el ego de ciertos dirigentes y por la propaganda ideológica para construir un mito de proporciones bíblicas. Criticó duramente a figuras como Fausto Trejo, a quien acusó de inventar años después la versión fantasiosa de que un alumno había recibido una bala destinada a él, guiado por un ego desmedido que le impidió aceptar que los disparos fueron al azar sobre la masa.

3. La insinuación de una "autovictimización" ideológica: La postura de González de Alba generó la percepción de que, por momentos, relativizaba la escala de la tragedia para desmantelar la aureola heroica del movimiento. Al afirmar que en Tlatelolco "apenas hubo una asistencia escasa que ni siquiera llenaba la plaza" y al insistir en que los caídos fueron vecinos accidentales y no cuadros de vanguardia, sus críticos lo acusaron de insinuar que "ni muertos hubo" o que el saldo fue minimizable. Sin embargo, la intención de Luis no era exonerar al gobierno de Díaz Ordaz, sino despojar a la cúpula del CNH del monopolio del sufrimiento y denunciar el uso mercantil que intelectuales y exdirigentes hicieron de la tragedia a través de viajes, financiamientos y prestigio mediático.

4. El error del "diálogo público" como trampa: González de Alba concluyó que el insistir tercamente en el "diálogo público" en la plaza como exigencia innegociable fue el peor error táctico del CNH, una trampa donde la propia dirigencia se puso el pie para tropezar una y otra vez ante un régimen autoritario que solo buscaba el pretexto de la provocación para imponer el terror.


VIII. La promiscuidad

Paralelamente a su trinchera política, Luis González de Alba fue un vanguardista pionero en la conquista de las libertades civiles e individuales en México. Habiendo crecido en el entorno profundamente conservador y católico de Charcas, San Luis Potosí, concibió la vivencia abierta de la homosexualidad no como una mera orientación privada, sino como una insurrección ética frente al control social. En 1975, coescribió en la revista ¡Siempre! el primer manifiesto de liberación homosexual en el país, e impulsó la apertura de espacios de encuentro y libertad en la Zona Rosa de la Ciudad de México, entre ellos el célebre bar El Vaivén y el legendario El 9.

En su obra autobiográfica Otros días, otros años (1995), González de Alba formuló una de las defensas más radicales y polémicas de la promiscuidad como postura política. Para el autor, la monogamia obligatoria constituía un apéndice más del paquete normativo impuesto por la trinidad del control institucional mexicano: la Iglesia Católica, el PRI y el Partido Comunista Mexicano (PCM), que exigían al individuo el confinamiento en la estructura familiar burguesa. La promiscuidad festiva de la década de 1970 representaba, en sus palabras, la ruptura definitiva con la culpa y la emancipación respecto al confesionario y al partido. Luis resumía esta convicción con una sentencia memorable:

«Nos enseñaron que el amor era escaso y había que ahorrarlo. Yo aprendí que era abundante y había que gastarlo.»

Sin embargo, esta apología de la libertad afectiva colisionó dramáticamente con la irrupción de la epidemia del VIH/SIDA a partir de la década de 1980. Por un lado, tras ser diagnosticado como seropositivo, González de Alba actuó con determinación civil al fundar la Fundación Mexicana contra el Sida. Por otro lado, la epidemia convirtió a Otros días, otros años en una elegía dolorosa, en un registro de duelo por la muerte sistemática de decenas de amigos y amantes de aquella era de efervescencia sexual.

En este punto se gestó la paradoja más trágica y controvertida de su trayectoria intelectual. Temeroso de que el reconocimiento explícito del vínculo entre la promiscuidad masiva y la propagación del virus alimentara el discurso punitivo de la Iglesia y la derecha moralista —quienes interpretaban el SIDA como un "castigo divino"—, González de Alba adoptó posturas sumamente cuestionables. En sus columnas en Milenio a lo largo de los años 2000, llegó a coquetear con el negacionismo del VIH, poniendo en duda la causalidad entre el virus y el síndrome o cuestionando la toxicidad de los tratamientos antivirales como el AZT. Esta postura detonó choques encendidos con científicos de la talla de Antonio Lazcano y con activistas seropositivos, resquebrajando temporalmente su prestigio como divulgador de la ciencia, precisamente en el único ámbito donde sus convicciones identitarias primaron sobre el rigor empírico que en otros campos exigía con ferocidad.


IX. Filosemitismo

Uno de los rasgos más singulares y debatidos de González de Alba fue su apasionado filosemitismo y su abierta defensa del Estado de Israel. Luis no era judío por nacimiento ni por convención religiosa; provenía de una familia católica de Charcas, San Luis Potosí, y se declaraba categóricamente ateo y jalisciense por elección. Su fisonomía marcadamente mediterránea hacía que en Atenas fuera tomado por griego y en Estambul por turco. Para verificar sus raíces, se sometió al análisis del Proyecto Genoma Humano de National Geographic; el resultado descartó ascendencia judía directa y confirmó su linaje griego mediterráneo, hallazgo que lo regocijó enormemente dada su devoción por la Grecia clásica y el racionalismo de Kavafis.

Su vínculo afectivo con la cultura judía fue un construido cultural e intelectual. Se inició en Lecumberri cuando un preso veterano le obsequió los Salmos en hebreo, y se consolidó en la esfera familiar a través de su sobrino —hijo de su hermana—, a quien llamaba afectuosamente «mi sobrino el-soldado-de-Israel». El joven hizo aliyah, se convirtió y se enlistó en las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzahal). Luis sentía un enorme orgullo por él y practicaba el hebreo para comunicarse con su sobrino en sus viajes y correspondencia.

Para la generación de González de Alba (nacido en 1944), Israel no encajaba en el paradigma de una empresa colonialista, sino en el de una utopía socialista, laica y científica. Su visión de Israel se fundaba en tres pilares clave:

1. El experimento socialista y antiimperialista: Para la juventud ilustrada de los años sesenta, el embrión de Israel eran los kibutzim: comunas agrícolas laicas, sin propiedad privada, levantadas por supervivientes del Holocausto que carecían de metrópoli a la cual regresar. Recordaba con frecuencia que la propia URSS había respaldado la creación de Israel en 1947-1948 contra el mandato del Imperio Británico.

2. El refugio de la razón y la libertad civil: Frente al autoritarismo de los regímenes confesionales de Medio Oriente, González de Alba contemplaba a Tel Aviv como una vibrante burbuja liberal y laica, con marcha del orgullo gay, universidades de excelencia y prensa independiente. Veía en ella una encarnación moderna de la polis griega.

3. La alternativa tecnológica al nacionalismo patrio: En su combate frontal contra el nacionalismo del PRI y la mitología indigenista de Aztlán, Luis admiraba la capacidad de un país diminuto para hacer fértil el desierto mediante la tecnología, el desalinizado de agua y la investigación científica aplicada.

Cuando la izquierda dogmática mexicana mutó su postura histórica pro-israelí de los años sesenta hacia un antisionismo militante a partir de los noventa, González de Alba convirtió la defensa de Israel en una trinchera contra lo que consideraba "el maniqueísmo religioso de la izquierda". Cuestionaba con vehemencia la doble moral de sus detractores: «Ustedes que marchan por Palestina nunca marcharon por los gays colgados en Irán». Aunque su lealtad emocional a la foto laica del Israel de 1968 le generó un indudable punto ciego frente al drama palestino, en sus últimos años (2014-2015) llegó a matizar su postura en columnas periodísticas, calificando la ocupación de Cisjordania como insostenible y a Benjamín Netanyahu como un verdadero desastre para el propio Israel.

En una conmovedora coincidencia histórica y poética, el suicidio de González de Alba, consumado la tarde del 2 de octubre de 2016 en su residencia de Guadalajara, no solo conmemoraba los 48 años de la tragedia de Tlatelolco, sino que coincidió de manera exacta con la víspera de Rosh Hashaná (el Año Nuevo judío), entrelazando en su despedida final las dos grandes pasiones y memorias que vertebraron su vida.


X. Capital cultural

Un aspecto fundamental para calibrar el perfil público de González de Alba radica en la forma en que se reinventó como el divulgador de la ciencia más leído de México durante las décadas de 1990 y 2000. Sorprendentemente, Luis no era científico de profesión; no poseía un doctorado en física o biología, ni laboraba en un laboratorio realizando investigación de campo. Su formación académica formal era la licenciatura en Psicología por la UNAM. Sin embargo, en 1997 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo por su labor en la divulgación científica.

Esta aparente paradoja se explica a través de la singular posición social y el capital cultural que acumuló a lo largo de su vida:

1. El capital moral e intelectual del 68: Su condición de exdirigente del CNH y preso político de Lecumberri que tuvo el valor de cuestionar los dogmas de la propia izquierda le otorgó un prestigio de independencia intelectual intocable. Editores e intelectuales liberales de primer orden —encabezados por Héctor Aguilar Camín— impulsaron sus espacios permanentes en publicaciones emblemáticas como La Jornada (con su columna «La ciencia en la calle»), Milenio («Se descubrió que...») y la revista Letras Libres.

2. Una prosa seductora y pedagógica: Poseía un estilo literario extraordinario, caracterizado por una claridad cristalina, una ironía fina y una convicción narrativa aplastante. Su método no era el rigor del paper académico, sino la traducción cultural: leía febrilmente publicaciones internacionales como Scientific American, estudiaba la obra de Richard Dawkins o la poesía de Konstantino Kavafis, y explicaba la física cuántica, la evolución biológica o la astronomía en un español fluido y provocador.

3. Un nodo social en la bohemia intelectual: Su faceta de empresario cultural y nocturno en la Zona Rosa y la colonia Roma —donde regenteó espacios de encuentro libertario como los bares El Vaivén y El 9, además de su restaurante La Taberna del Griego— lo conectó directamente con la élite literaria, periodística y artística del país, otorgándole una proyección pública de la que carecía la mayoría de los científicos de carrera.

Esta prominencia mediática desató severas tensiones con la comunidad científica institucional. Investigadores de la talla de Marcelino Cereijido, Ruy Pérez Tamayo y el propio Antonio Lazcano lo criticaron acerbamente, calificándolo como el prototipo del "todólogo" que opinaba con arrogancia pontificia sobre genoma humano, física de partículas, sida o mecánica cuántica sin haber pisado nunca un laboratorio ni haberse sometido al arbitraje de sus pares.

El propio González de Alba asumía con honestidad esa limitación técnica: se definía como un divulgador que leía mucho y traducía con entusiasmo, no como un investigador. Para Luis, la divulgación científica no era una profesión académica neutra, sino un combate ideológico de primera línea. Utilizaba la ciencia como un mazo rationalista para desmantelar la superstición religiosa, el indigenismo oficial y lo que denominaba "la izquierda mágica". Este empeño desmitificador alcanzó su cénit en su célebre ensayo y posterior libro Las mentiras de mis maestros (editado en Nexos #228 en 1996 y ampliado por Cal y Arena en 2002), donde demolió los mitos del nacionalismo revolucionario y el culto a la derrota gloriosa en la historiografía mexicana.


XI. Conclusión

El movimiento estudiantil de 1968 fue el desenlace trágico de una crisis triple: la rebeldía de una generación urbana que rebasó los moldes de la posguerra, la esclerosis de un régimen partidista que cerró las puertas a la democratización pacífica y la paranoia de una cúpula gobernante subordinada a las agencias contrainsurgentes de la Guerra Fría. La masacre de Tlatelolco no fue un error táctico; fue la maniobra calculada de un grupo de poder que instrumentó francotiradores y cadenas paralelas de mando para forzar un baño de sangre y aplastar las libertades civiles.

La vida y la obra de Luis González de Alba, en sintonía con las denuncias documentadas de Eduardo Valle «El Búho», permanecen como un antídoto intelectual insustituible. A través de su rigor testimonial, su rechazo a las ficciones piadosas y su defensa intransigente de la libertad individual, la diversidad sexual y el pensamiento racional, González de Alba demostró que el verdadero homenaje a la historia no consiste en erigir mitos cómodamente trágicos, sino en sostener, con serenidad y valentía, la verdad de los hechos.

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